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Miércoles 20 de junio de 2018

Ventanas cerradas

Voz y Voto

Todo se juntó para hacer del segundo debate entre los cuatro candidatos presidenciales un episodio irrelevante.

La hora de inicio, nueve y media de la noche para la mayoría de los televidentes y radioescuchas; un formato que por innovar sacrificó el orden y concierto de las intervenciones; preguntas “ciudadanas” filtradas por dos conductores (León Krauze y Yuriria Sierra) que disputaron protagonismo y minutos en pantalla a los candidatos.

En suma, el segundo debate queda como episodio que, probablemente, será recordado dentro de unos años por los malos chistes que pretendieron dar el gran golpe y lo más que concitaron fue una sonrisa forzada.

La selección del tema, a cargo de los consejeros del INE (México en el mundo), las preguntas formuladas por seis de quienes formaron parte del público (algunos con evidentes signos de somnolencia y ganas de irse a su casa conforme avanzaba el encuentro), los comentarios de los conductores, pero sobre todo la ignorancia o vacuidad de lo dicho por los candidatos presidenciales, dan cuenta del peso apabullante que sigue teniendo Estados Unidos en la visión y percepción de las relaciones de México con el exterior.

Insistir en las buenas intenciones de la diversificación del comercio y las inversiones con y hacia otras latitudes, más allá de América del Norte, quizá sea plausible, pero es ilusorio. Poner los pies en la tierra, en la zona y vecindad geográfica que marca nuestra historia y futuro como nación, solo requiere una pizca de realismo. Incluso, la pertenencia de México al Acuerdo Transpacífico (TPP) no hace sino confirmar la centralidad de la relación y vínculos entre nuestro país y los dos vecinos norteños.

El hecho más relevante en la relación económica entre México, Estados Unidos y Canadá desde la entrada en vigor del TLCAN, ha sido precisamente la renegociación de este Tratado, que la Casa Blanca y la administración de Trump impusieron hace meses y hoy mantiene en vilo a los mercados de bienes, de servicios y financieros. Con el precio del dólar arriba de 20 pesos, producto de la incertidumbre sobre esa renegociación, y los barruntos de tormenta que siembran los discursos y promesas de campaña de López Obrador, el TLC no mereció sino referencias colaterales en las intervenciones de los cuatro candidatos.

Nadie pone en duda que la cuestión de los migrantes mexicanos en Estados Unidos sea fundamental en la agenda bilateral, como lo es el trato que nuestro gobierno propina a los miles de centroamericanos que a diario se internan en territorio nacional en busca de llegar a la frontera con Estados Unidos. Haría mucho bien a la discusión y comprensión del asunto menos sentimiento y más pensamiento.

Nos guste o no, es poco lo que México puede hacer para evitar la deportación de los cientos de miles de mexicanos que radican en Estados Unidos sin tener sus papeles en regla. Podemos reforzar el trabajo de nuestros consulados, activar más canales de auxilio y protección a cargo de las organizaciones creadas por los propios migrantes, o del contacto con autoridades locales, gobernadores y alcaldes de estados y ciudades, tanto en la frontera como en el interior de Estados Unidos, pero no se vale engañar a los connacionales prometiéndoles lo imposible.

Como mal haremos en no admitir la realidad que da sentido y contexto a la travesía de miles de centroamericanos por territorio mexicano, paso obligado en su afán de alcanzar el sueño americano. Esos seres humanos que huyen de la pobreza, de la violencia o de otros hechos que ponen en riesgo su vida y la de sus familias en sus países de origen, tienen la meta de cruzar la frontera y encontrar trabajo en Estados Unidos, no en México.

Es imperativo que nuestro gobierno les asegure a esas personas un trato digno, sin corrupción ni violencia policiaca en su contra, y que las proteja de las bandas del crimen organizado que las explotan en ilegales negocios. Eso es obligatorio. Lo que no puede serlo es que nuestro gobierno ofrezca servicios de traslado de frontera a frontera, como si fuese su obligación asegurar a esos migrantes un exitoso arribo a la línea fronteriza y su cruce por la malla para internarse sin papeles en busca de su sueño.

De eso no hablaron los candidatos presidenciales. Tampoco hablaron, salvo referencias secundarias, de las otras dos fronteras físicas de México, al sur con Centroamérica y en el Golfo de México con Cuba. El mismo domingo del debate en Tijuana, en Caracas Nicolás Maduro consumó la farsa de su reelección.

La insistencia en homologar a López Obrador con Maduro, además de ineficaz como instrumento de propaganda, es un salto a la nada. Más importante que hacer propaganda de baja calidad en contra del tabasqueño es conocer sus posiciones en los asuntos principales de la agenda internacional de México que, llegado el caso, le tocará atender junto con su anunciado secretario de Relaciones Exteriores, el poco actualizado embajador Héctor Vasconcelos.

Cuba ha iniciado la transición hacia la era post Castro; cabe la pregunta de si México será mudo testigo de esos cambios o, haciendo honor a su tradición de solidaridad con el pueblo cubano, desempeñará un papel activo en la promoción de la democracia y las libertades en la Isla. En América Latina, sin importar el monto del comercio exterior con una o todas las naciones que la integran, lo importante es el derrotero inmediato de la democracia en los países de la región, caso por caso.

Proponer la política del avestruz con el pretexto de los principios constitucionales de no intervención y autodeterminación es una pobre, muy pobre, manera de ver a México en el mundo del siglo XXI, y de honrar la tradición de solidaridad internacional que dimos a lo largo del siglo pasado.

México seguirá actuando en el mundo, y el mundo influirá en nuestro país de una forma inédita.

Aunque los cuatro candidatos presidenciales cierren las ventanas o crean que esa realidad solo concierne a la relación bilateral con Estados Unidos, los mexicanos del siglo XXI son y serán, cada día más, ciudadanos del mundo nacidos en México.

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