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jueves 21 de marzo de 2019

Venezuela, primavera caliente

Salvador Rodrigo Hernández Cuevas*

El 2 de febrero de 1999 asumió formalmente la Presidencia de Venezuela Hugo Chávez, tras su triunfo en las urnas dos meses atrás. Con ello principiaba lo que la literatura especializada ha denominado “el giro a la izquierda en América Latina”. Si bien este concepto es amplio y problemático, en general existe coincidencia en definir a la izquierda latinoamericana como una corriente cuya premisa principal es la reducción de la desigualdad económica a través de la redistribución (en clave igualitaria) y cuya ancla es la reconstitución del Estado como regulador de los mercados.

Venezuela, por muchos motivos, no ha sido solo un eje sobre el cual gravitó este giro a la izquierda en la región, sino el centro de fuertes y acalorados debates en torno a la legitimidad del régimen (el chavismo), así como sus resultados.

A partir del fallecimiento de Hugo Chávez en 2013 y con la llegada de Nicolás Maduro al poder, se inició un conjunto de acontecimientos que anunció un ciclo de debilitamiento en el chavismo, y que ha desembocado en la gran movilización social durante las semanas previas a la redacción de este texto, la cual ha tenido como clímax el autopronunciamiento de Juan Guaidó como presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela.

En las siguientes líneas se hace un recorrido sobre este intento de derrocamiento de Nicolás Maduro, se abordan brevemente las razones que condujeron a este momento y se plantean algunos posibles escenarios por venir.

Surgimiento y consolidación del chavismo

El régimen de Hugo Chávez, iniciado en 1999 y reelecto en tres ocasiones (2000, 2006 y 2012), se caracterizó por una alta concentración del poder político, acompañada por un adelgazamiento de las instituciones encargadas de generar contrapesos gubernamentales, pero también por haber contado con un fuerte respaldo popular en las urnas en diversas ocasiones (incluido un referéndum revocatorio en 2004).

Durante esta etapa hubo alegatos de irregularidades y contienda inequitativa en el campo electoral; no obstante, como lo señalan Salazar-Elena y Diego, “a pesar de que el régimen chavista presenta rasgos claramente autoritarios en lo relativo a la concentración del poder, se trata de un autoritarismo plebiscitario, caracterizado por el apoyo popular reiterado en sucesivas elecciones competidas”.1

Las fracturas en estas mayorías electorales tras la toma del poder de Nicolás Maduro explican en buena medida el contexto convulso de los últimos años y, finalmente, el intento de derrocamiento que hoy está en proceso.

Chávez arribó al poder como una figura alternativa a la política tradicional, después del intento de golpe de Estado en 1992. En la esfera discursiva, desde su campaña por la Presidencia en 1998, la retórica chavista se concentró en la refundación de la República a través de un nuevo pacto social que garantizara poner los intereses del “pueblo” en el centro del debate público, es decir, el impulso de mecanismos propios de la democracia participativa, así como un mayor gasto público en la atención de los problemas sociales.

En los hechos, entre 1998 y 2006, el gasto social per capita en Venezuela aumentó 314 por ciento2 y en buena medida estuvo asociado a programas sociales de gran alcance, cuya operación, por medio de las llamadas alianzas cívico-militares, permitió un control absoluto sobre el destino de los apoyos en el nivel territorial.

En el marco del referéndum revocatorio de 2004, estas alianzas se transformaron en las “misiones” –acciones paralelas del Estado para dotar de servicios básicos a la población más pobre–, operadas por la milicia venezolana y financiadas por el ingreso extraordinario proveniente del petróleo, en el contexto del boom de los precios de las materias primas en la región. Paradigmáticas son la misión Barrio Nuevo, que ofreció servicio médico a 15 millones de personas, o la misión Mercal, que distribuyó alimentos subsidiados a 40 por ciento de la población.3

A partir de 2005, superada la revocación de su mandato y fortalecido su apoyo popular, tanto la retórica chavista como su política social se profundizaron.

En octubre de 2012, Hugo Chávez ganó su tercera reelección consecutiva, al vencer a Henrique Capriles, de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), con 55.07 por ciento de la votación, comicios en que participó más de 80 por ciento de los ciudadanos con derecho a votar. Después de solo unos meses, el 5 de marzo de 2013 falleció Hugo Chávez; había delegado el poder a su vicepresidente, Nicolás Maduro, quien ganaría las primeras elecciones presidenciales de la era post Chávez el 14 de abril del mismo año. De acuerdo con datos de Consulta Mitofsky, Hugo Chávez tenía el 84 por ciento de aprobación social en el momento de su deceso.4

El régimen de Maduro y el declive del chavismo

Nicolás Maduro arribó al poder, en buena medida, gracias a que Hugo Chávez lo designó su sucesor en diciembre de 2012. No obstante el respaldo social recién descrito, las elecciones presidenciales de 2013 tuvieron un desenlace sumamente competido entre el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con Maduro como su candidato, y la MUD. El resultado le dio el triunfo a Maduro con una diferencia de solo 1.5 puntos, el equivalente a aproximadamente 200 mil votos.

En materia económica, el desempeño de Venezuela había entrado en crisis desde la última etapa de Chávez al frente del gobierno; no obstante, a partir de 2014-2015, con la caída de los precios internacionales del petróleo, la crisis se agudizó, fracturó la viabilidad del proyecto social arriba esbozado e impactó gravemente las reservas internacionales, que pasaron de 43,127 millones de dólares en 2008, a 15,000 millones de dólares en 2016. Sin duda, esto afectó directamente la capacidad de importación del país y comenzaron los problemas de desabasto, que se agravaron en años posteriores.5 Lo anterior también fue el origen de una política cada vez más dura de control de precios, para abatir la devaluación.

Este contexto ocasionó que en los primeros años de gestión se desplomara la popularidad de Maduro y, ante el agravamiento de la crisis económica, el desabasto y la inseguridad, emergieran numerosas protestas sociales lideradas por la oposición y la figura de Leopoldo López. En 2014, el saldo de estas movilizaciones fueron miles de detenidos y más de 40 fallecidos, lo que concluyó con la entrega a la Guardia Nacional, y posterior encarcelamiento, del líder de la oposición. Sobre el encarcelamiento de López, Human Rights Watch señaló abiertamente que el gobierno de Venezuela había optado por silenciar a los opositores e intimidar a la sociedad civil, un hecho característico de regímenes autoritarios.6

En esas condiciones, se evidenció el primer rasgo adverso al régimen chavista bajo el liderazgo de Maduro. En las elecciones legislativas de 2015, el frente opositor (MUD) obtuvo 56.2 por ciento de los votos y 67 por ciento de los escaños en la Asamblea Nacional, es decir, 112 de los 167 asientos, con lo cual le arrebataba el control absoluto del Poder Legislativo al gobierno oficialista.

Este hecho simbolizó el inicio de la fractura del apoyo popular chavista gestado durante la primera década del siglo a base de una política social onerosa y vertical, y de un liderazgo populista fuertemente “carismático”, en unas circunstancias de bonanza económica sin precedente en la región.

Después de la pérdida del control del Congreso por el PSUV, y tras un incremento en las protestas sociales contra el gobierno, tres hechos concatenados llevaron al punto de quiebre que enmarca el estado de cosas actual. En primer lugar, el fallido referéndum revocatorio paralizado por el Consejo Nacional Electoral por orden judicial, tras alegatos de alteraciones en la recolección de firmas de los electores. En segundo lugar, la decisión de convocar a una Asamblea Constituyente en 2017, controlada por el oficialismo, y la consecuente disolución del Congreso mayoritariamente de oposición. En tercer lugar, la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de excluir a la MUD del proceso electoral presidencial de 2018, que Maduro ganó finalmente en mayo con el menor porcentaje de participación en el país desde 1958 (46).

Los cambios constitucionales incorporados en 1999 habían tenido como resultado una mayor centralización del poder político y una reducción de los contrapesos institucionales; no obstante, la certeza de la derrota electoral motivó un giro bajo el régimen de Maduro, el cual, a contracorriente del chavismo tradicional, que había consolidado su respaldo popular por la vía electoral, optó por construir una ruta cada vez más centralista en vías de proscribir a la oposición del juego político.

Estas condiciones motivaron la radicalización de las protestas sociales contra el gobierno y la postura de la oposición, al grado de que el 23 de enero de 2019, el presidente parlamentario Juan Guaidó se autoproclamó presidente encargado de Venezuela. De inmediato fue reconocido formalmente por buena parte de la comunidad internacional, de manera paralela a la extensión por todo el país de las protestas contra el régimen de Maduro.

En los días posteriores al autopronunciamiento de Guaidó han seguido el mantenimiento de las movilizaciones en su apoyo y el respaldo de la comunidad internacional (más de una veintena de países), bajo el rostro de la ayuda humanitaria, con lo que se pretende ejercer presión para la destitución de Maduro. Por otro lado, el gobierno ha recibido muestras de apoyo de algunos países como Rusia, China, Bolivia, Nicaragua, entre otros, en un intento de generar un contrapeso, así como el respaldo de los altos mandos militares, que son los que hasta el momento sostienen al régimen.

Tres escenarios para el futuro (¿cercano?)

Se podrían plantear tres probables escenarios, dependiendo de las posibles reacciones de algunos de los actores clave en las próximas semanas y meses.

  1. Nicolás Maduro. De mantenerse el respaldo militar al régimen, y frente a las más que probables acciones internacionales como la ayuda humanitaria (que en la historia ha tenido diversos rostros), el discurso nacionalista de Maduro naturalmente puede virar hacia el cierre del país en lo político, pero principalmente en lo económico y comercial, en una suerte de espejo del castrismo en Cuba. Las implicaciones de un repliegue nacionalista serían devastadoras para la mayoría de la población venezolana, a mediano y largo plazo.
  2. Comunidad internacional. Una segunda vía, con grandes costos humanos, sería la conformación de una coalición internacional que apostara por la ocupación y el derrocamiento de Maduro por la fuerza, en la que no pueden dejarse de lado los intereses económicos y la natural riqueza del petróleo venezolano. Esta opción podría causar una escalada militar, por lo que hasta el propio Maduro ha dicho que, en caso de ocupación, Venezuela se convertiría en el nuevo Vietnam.
  3. Fuerzas armadas. Un tercer escenario podría estar definido por el cálculo racional de las fuerzas militares, las cuales, frente a la presión internacional y al propio deslizamiento de los poderes internos, podrían optar por retirarle el respaldo a Maduro, con el fin de negociar un espacio en la nueva conformación política y así evitar también un posible enfrentamiento bélico con el correspondiente costo en vidas humanas.

Sin lugar a dudas, el papel de Guaidó como eje sobre el que gravita el descontento social, la presión internacional y el nuevo marco geopolítico de América Latina, ofrecen la atmósfera ideal para el trastocamiento del orden venezolano de las dos últimas décadas. Presenciamos el desgaste de un modelo social gestado en un ambiente de prosperidad inusitado y bajo un discurso populista altamente legitimado, pero que no logró sentar finalmente las bases tributarias para sostener una política social redistributiva.

No obstante, el destino final se ve desdibujado entre el posible giro a la consolidación de un régimen autoritario personalista, o el reencumbramiento de una élite de la que está en duda que haya aprendido la lección. En cualquier escenario, no parece que la próxima sea una década prometedora para los y las venezolanas.

* Maestro en Políticas Públicas Comparadas, Flacso-México; experto en materia electoral.
1 Salazar-Elena, Rodrigo y Adriana Diego (2017). Venezuela y el fin del giro a la izquierda en América Latina: desempeño económico y liderazgo. En Mario Torrico (ed.), ¿Fin del giro a la izquierda en América Latina?: gobiernos y políticas públicas. México: Flacso México, págs. 183-212.
2 Weisbrot, Mark (2008). “An Empty Research Agenda: The Creation of Myths about Contemporary Venezuela”. Issue Brief, Washington, D.C.: Center for Economic and Policy Research.
3 López Maya, Margarita (2011). Venezuela: Hugo Chávez and the Populist Left. En Steven Levitsky y Kenneth M. Roberts (eds.), The Resurgence of the Latin American Left. Baltimore: Johns Hopkins University Press, págs. 213-238.
4 Consulta Mitofsky (2013). Aprobación de mandatarios. América y el mundo. Disponible en: https://web.archive.org/web/20140201214428/http://consulta.mx/web/images/mundo/2013/2013_EvaMandatarios.pdf
5 Bermúdez, Ángel (2016). “Cómo Venezuela pasó de la bonanza petrolera a la emergencia económica”, 25 de febrero, bbc. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160219_venezuela _bonanza_petroleo_ crisis_ economica_ab
6 Human Rights Watch (2014). “Venezuela Violence Against Protesters, Journalists”. Disponible en: https://www.hrw.org/news/2014/02/21/venezuela-violence-against-protesters-journalists
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