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domingo 20 de enero de 2019

Urnas 2019

Omar Cepeda*

Estamos por concluir la segunda década del siglo XXI y la sociedad global enfrenta la encrucijada sobre el tiempo que nos queda para resolver problemas como el cambio climático. Asunto que debe resolverse, según los especialistas, con “urgencia” por ser “irreversible”. La solución debe ser considerada, además, de forma integral y consensuada por todos los actores relevantes de los estados, instituciones internacionales y sociedad en su conjunto.

Apenas en diciembre se celebró en Polonia la 24 Conferencia de las Partes de la Convención sobre el Cambio Climático, donde se analizaron las afectaciones y el apoyo que deberán recibir los países que sufren escasez de agua, inundaciones, tormentas o aumento en el nivel del mar. La devastación de los ecosistemas por el crecimiento industrial y las personas desplazadas a gran escala ya rebasan los daños causados por conflictos armados, y están a punto de ser incontrolables.

Días después, líderes del mundo se reunieron en Marrakech para firmar por primera vez el Pacto Mundial para la Migración. Más de 150 naciones se comprometieron a cumplir 23 objetivos, entre ellos, evitar la separación de las familias, otorgar atención médica y educación. No obstante, países como Estados Unidos, Polonia, República Checa, Israel y República Dominicana se abstuvieron de comprometerse a este acuerdo (no es un tratado).

Precisamente el fenómeno migratorio es otro de los graves problemas que se extiende de manera alarmante entre continentes. Aunque la migración es condición propia de la naturaleza humana, las causas que la empujan en este siglo son errores de nuestro sistema político-económico: guerras civiles, pobreza, encumbramiento del crimen organizado, desigualdad. La falta de oportunidades para las nuevas generaciones está siendo un caldo de cultivo para alimentarla. La solución se encuentra en impulsar la educación temprana y que no se interrumpa, esfuerzo doble pero fundamental para que los jóvenes migrantes no sean marginados.

Los países enfrentan estas realidades mientras en la arena de los sistemas políticos se debate entre el multilateralismo como único modelo para alcanzar resultados integrales, impulsado por China, la Unión Europa e Iberoamérica, y el unilateralismo, impulsado por las administraciones de Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia y Theresa May en Gran Bretaña.

En este 2019 habrá elecciones presidenciales o generales en una veintena de  países, al tiempo que se conforma el nuevo orden global trilateral, encabezado por China, Rusia y Estados Unidos, que polarizan apoyos e influencia y seguramente estarán muy atentos al desenlace de estas citas a las urnas.

En América Latina se acudirá a votar en cinco países. Buscarán cambiar o ratificar a su presidente El Salvador en febrero, Guatemala en junio, y Argentina, Uruguay y Bolivia en octubre. Los países centroamericanos traen una agenda complicada en materia de inseguridad, migración y pobreza. El pasado noviembre se celebró en La Antigua, Guatemala, la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Además de impulsar la Agenda 2030 contra el cambio climático, se habló del compromiso que debe existir para combatir la migración, a partir de frenar la violencia.

Por otro lado, está el eje de los países sudamericanos. La elección argentina estará centrada en los factores que tienen que ver con el crecimiento de su economía; se espera que sean positivos, para permitirle al actual presidente, Mauricio Macri, un periodo más en la Casa Rosada. Esos factores van desde el idilio que inició con el Fondo Monetario Internacional para obtener préstamos que le ayudaran a salir de la crisis que viene del periodo kirchnerista, y se extienden hasta el destino, aún en suspenso, del Mercado Común del Sur (Mercosur), ahora que llegó a la Presidencia de Brasil el nacionalista Jair Bolsonaro, quien ve con escepticismo su devenir a partir de las grandes diferencias con Macri. También será una constante del debate entre los candidatos argentinos el qué hacer con los migrantes venezolanos que ingresan al país expulsados por la grave crisis que vive la nación bolivariana, y por supuesto, las medidas que se adoptarán frente al gobierno de Nicolás Maduro.

Bolivia es otro de los países que acudirá a las urnas bajo una pregunta que inquieta al orden global: ¿el presidente Evo Morales está quebrantando la democracia y sus instituciones al confirmar que se volverá a presentar como candidato a estas elecciones después de que el Tribunal Supremo Electoral le dio luz verde? Recordemos que Morales gobierna desde 2006 y buscará un cuarto mandato consecutivo; a pesar de que la Constitución vigente solo permite una reelección, el eternizado mandatario ha encontrado mecanismos para driblar las leyes. Esta falta a los preceptos básicos de la democracia boliviana será el talón de Aquiles de Evo y su electorado. Y aunque hay que reconocer que su gobierno ha sido sobresaliente, la renovación de los gobernantes, basada en un equilibrio partidista, es fundamental para el desarrollo. Uno de los mentores de Morales, Hugo Chávez, comenzó bien y culminó dejando una Venezuela fallida por no haber abierto a tiempo las puertas a una democracia real que supiera corregir sus múltiples errores, los que se siguen profundizando.

Dentro de la dividida Europa, se celebrarán elecciones presidenciales en Ucrania a finales de marzo. Serán las segundas en el país después de la Revolución de la Dignidad de 2014, cuando sucumbió el régimen de Yanukóvich. Existe un fuerte conflicto entre Europa y Rusia por el cobijo de este territorio con fuerte peso geopolítico y que se decantó por alinearse a la Unión Europea, después del férreo control que ejerció allí la Unión Soviética y después de los ilimitados intereses de Rusia. Ante esa preferencia por la Europa Occidental, en medio del enojo generalizado Rusia asumió como suya la península de Crimea, que le arrebató al territorio ucraniano. El gobierno de Vladimir Putin seguramente seguirá muy de cerca este proceso electoral y les guiñará el ojo a posibles candidatos que florezcan cercanos a su régimen.

Ucrania, Polonia y Bielorrusia son esa franja vecina a Rusia con una parte de la sociedad que ve con añoranza su afiliación soviética y admira la astucia con la que lleva Putin a su país. Hace dos meses se celebró una megamanifestación nacionalista, xenófoba y racista en Polonia, que aglutinó a la ultraderecha europea y dejó claro el rechazo a las políticas establecidas desde Bruselas. Una división que favorece el interés ruso en una Europa débil.

En África también habrá que seguir con atención importantes elecciones. Por todos es sabido que el gobierno chino ha inyectado fuertes cantidades de dinero en países de la región, y así ejerce como un nuevo y poderoso aliado en el continente. Con intereses a corto, mediano y largo plazo, teje el impactante proyecto comercial estelar que ya inició y que será su nueva ruta de la seda.

A mediados de 2018 el presidente chino Xi Jinping visitó Senegal, Ruanda, Mauricio y Sudáfrica. Precisamente en este último país se celebrarán elecciones en mayo. Sudáfrica ha vivido una transformación a partir de claroscuros. A pesar de que fue modelo con el fin del Apartheid en 1992 y eliminando la separación racial mediante nuevas leyes, según la Comisión Sudafricana de Derechos Humanos sigue prevaleciendo un fuerte racismo “sistemático”, sobre todo con los negros pobres que viven en granjas o que realizan labores domésticas. Asimismo, existen fuertes rezagos en la asistencia médica, alimenticia, provisión de agua y en seguridad social.

Problemas similares, quizá más acentuados, viven otros países del continente que también votarán en busca de nuevas esperanzas o simplemente para seguir por el mismo camino.

Se votará en Argelia, una de las grandes puertas de entrada a Europa para los africanos de todo el continente, que llegan en desbandada antes de intentar cruzar el Mediterráneo hacia España. En la débil Mozambique, que acaba de inaugurar el puente más largo de África, de tres kilómetros y financiado en su totalidad por China, la obra más cara desde que logró su independencia en 1975. Y también habrá comicios en la pequeña Malaui, casi imperceptible entre Zambia, Tanzania y Mozambique que la rodean, al igual que sus problemas, los cuales se profundizan día a día.

Finalmente llegamos a Asia; entre sus fronteras habrá un relativo sosiego electoral. Citas con las boletas las habrá en la exótica y ultramoderna Tailandia y en las más de 17 mil islas paradisiacas que conforman Indonesia. En este último país, el separatismo en Papúa es uno de los principales retos, pues es causante de asesinatos y siembra temor en la población. Ambas naciones crecen de la mano de China y lo seguirán haciendo; mientras sea una potencia en ascenso y con planes en todo el mundo, la estabilidad está asegurada.

No obstante, del otro lado de Asia, donde las cosas no marchan tan bien desde hace tiempo, habrá elecciones en el dislocado Afganistán. Recordemos que desde 2001 Estados Unidos invadió el territorio para quitarles el poder a los talibanes, grupo terrorista que sigue amedrentando a la sociedad, en especial a las mujeres y a cualquier tipo de expresión emocional como la música o el arte. En lugar de que se haya reducido su poder, los talibanes lo han ido asentando de nuevo. Prácticamente están presentes en un 70 por ciento del territorio, con diversas intensidades; si la medición se hace en ataques, en algunos lugares los lanzan al menos dos veces por semana, mientras que en otras zonas, una vez cada tres meses, según análisis de la bbc.

El gobierno afgano, con muy débiles instituciones y una guerra duradera sin trazas de declararse concluida, sumó en 2017 diez mil civiles asesinados. Lamentablemente, se prevé que en 2018 la cifra llegue a ser mayor.

El gobierno de Donald Trump busca desesperado nuevas fórmulas para frenar a los terroristas talibanes, que han ocasionado el conflicto armado más largo al que se ha enfrentado Estados Unidos, con cientos de bajas. Los múltiples intentos fallidos de sentarse a negociar han sido infructuosos. También quedan residuos del Estado Islámico, que contribuyen a desestabilizar gravemente a la región.

 De celebrarse, por sí mismas las elecciones ya serían un logro para esta rupestre nación. Por sentado, es deseable que los comicios sirvan como punto de inflexión que genere los acuerdos necesarios entre talibanes y gobierno para frenar de una vez por todas esta feroz y sangrienta lucha. Si esto sucediera, sin lugar a dudas sería la elección más exitosa de 2019.

* Internacionalista.
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