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sábado 23 de febrero de 2019

Un cuento (electoral) de Navidad

Miriam Hinojosa Dieck*

El proceso electoral más grande en la historia del país le siguió la elección extraordinaria también más extensa que se haya dado en la República: la del ayuntamiento de Monterrey. Al parecer, por la capital de Nuevo León cruza una falla similar a la que atravesó a Gran Bretaña con el Brexit, a Colombia con la propuesta de paz con las FARC y a Suiza con el asunto de la integración de toda la zona del Jura al cantón del mismo nombre: división del electorado en mitades prácticamente exactas.

Sin embargo, la gran diferencia entre los tres casos citados y el de nuestro país, radica en que en México los resultados electorales apretados parecen contener en sí mismos un llamado a rechazarlos y recurrirlos ante los tribunales. Y esta ruta fue, para el proceso electoral de Monterreyhh, harto azarosa. En el Tribunal Estatal Electoral, ante el juicio de inconformidad (JI-243/2018 y acumulados), se consideró que se habían suscitado integraciones indebidas de las mesas de casilla, dolo o error en el escrutinio de los votos, así como violaciones a la cadena de custodia de los paquetes electorales, que se estimaron suficientes para proceder a la anulación de un número de casillas tal, que terminó modificándose cuál era la candidatura mayoritaria. Así, en lugar de Felipe de Jesús Cantú, postulado por el PAN, a quien la autoridad administrativa local había señalado como triunfador y otorgado la constancia de mayoría respectiva, ahora resultaba ganador Adrián de la Garza, abanderado del PRI.

Por supuesto, esa decisión fue recurrida por el panista ante la instancia siguiente, es decir, la Sala Regional Monterrey del TEPJF, la cual, argumentando que no se pudo corroborar la ausencia de los funcionarios de casilla en la firma de las actas electorales ni la violación de la cadena de custodia, volvió a la conclusión de que el triunfador era el panista Felipe de Jesús Cantú (SM-JDC-765/2018). Bastante predecible era que el Revolucionario Institucional y su candidato recurrirían esta sentencia ante la Sala Superior; lo que no se vio venir es que del análisis del caso y con votación dividida de cuatro contra tres magistrados, se anulara la elección y se determinara que una nueva jornada comicial se llevara a cabo dentro de los sesenta días siguientes (SUP-REC-1638/2018). Ello situó, irremediablemente, a la elección extraordinaria en un escenario navideño del que me permitiré abusar para plantear algunas reflexiones apoyándome en dos filmes clásicos de la temporada: El día de la marmota (Groundhog Day, Harold Ramis) y Los fantasmas de Scrooge (A Christmas Carol, Robert Zemeckis).

En la primera película, un malhumorado meteorólogo de televisión es enviado como corresponsal a cubrir un ritual irrelevante a un pequeño pueblo donde, de acuerdo con la tradición, se libera a una marmota que predice la precocidad de la primavera. El asunto es que el protagonista se ve obligado a vivir sin cesar esa misma jornada, hasta que el hechizo se rompe cuando modifica la forma en que aborda los sucesos de ese día tomándolos con mejor actitud y aprovechando el conocimiento que va acumulando. La segunda es la historia del gruñón y poco empático Scrooge, quien ablanda su corazón para disfrutar la Navidad a través de la dura lección que en una pesadilla le dan tres fantasmas. Les ruego paciencia en su lectura a cambio de mi compromiso de plantear, en las siguientes líneas, la relevancia de esta larga digresión.

En la elección extraordinaria para el municipio de Monterrey, la primera disyuntiva que tuvieron que atender las autoridades fue determinar si la elección extraordinaria debía ser una suerte de nueva toma cinematográfica en que la continuidad fuera el elemento más importante, a fin de mantener el estado de cosas imperante en los primeros minutos de la jornada comicial (así como todo lo ocurrido en El día de la marmota se repite sin cesar y lo único que se modifica es la forma en que el protagonista reacciona), o bien si, a partir de la decisión del máximo órgano jurisdiccional, se abriría un nuevo proceso electoral que calcara las etapas de cualquier otro de carácter ordinario, y cuya calidad de extraordinario radicara exclusivamente en que se contaría con tiempos más cortos para su desahogo.

Todo ello mientras que, al igual que en el filme de Scrooge, en la víspera de Nochebuena nos acechaban tres fantasmas que podían incidir en el resultado de los comicios, todos estrechamente vinculados a esta decisión de revivir o no las condiciones originalmente prevalecientes y, por supuesto, también ligados entre sí por una relación que pudiera resultar causal, aunque los alcances de esta colaboración no permitan demostrarlo. El primero de ellos consistía en las modificaciones que podían sufrir las opciones disponibles para elegir, tanto en lo que respecta a la configuración partidista como en las candidaturas propuestas. El segundo y más temido de los fantasmas era el menoscabo a la participación ciudadana, que podía verse afectada por la decisión de los tribunales de anular la elección y, en consecuencia, tendría que acudir de nuevo a emitir el sufragio, especialmente en fechas festivas. Por último, el fantasma de una realineación de los apoyos ciudadanos (votantes switchers), que podrían optar por un candidato distinto de aquel por el que habían votado en la elección ordinaria.

Veamos primero si la extraordinaria fue la repetición de una misma jornada o un nuevo proceso electoral, y su impacto en la oferta política. Si nos atenemos a los argumentos que esgrimió la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para proceder a la anulación, se trata, en todos los casos, de asuntos atenientes a la jornada comicial y a los días subsecuentes, en los que se desahogaron los cómputos. En ningún momento las etapas que se fueron cerrando antes del 1º de julio dieron lugar a la sentencia anulatoria. Ello abonaría a considerar una suerte de ceteris paribus hasta el día en que se celebrara de nuevo la elección. Esto implicaría, de manera subrayada, que las candidaturas se mantuvieran intactas. Sin embargo, la tutela de dos derechos –que en ocasiones colisionaban– volvía esto particularmente complejo: por un lado, el derecho a ser votado de quienes habían sido postulados, y por el otro, la libertad de los partidos a vincularse entre sí por la vía de una alianza.

Al respecto, nuevamente, tanto el órgano administrativo local como las diversas instancias jurisdiccionales tuvieron posturas disímbolas, que iban desde el mantenimiento perfecto de lo que se había dado en la ordinaria (OPLE CEE/CG/211/2018), hasta la libertad absoluta de generar una nueva configuración (TEE JI-321/2018). La postura que prevaleció, originada en la última instancia jurisdiccional, fue un punto intermedio en el que las alianzas podrían o no mantenerse, e incluso generarse nuevas, pero las candidaturas, en cambio, tenían que provenir de las registradas para la elección ordinaria (SUP-REC-1867/2018). El resultado de entreabrir esta puerta fue también intermedio. Se mantuvo la mayoría de las candidaturas (renunciaron un independiente, Aldo Fasci Zuazua, y el candidato de Nueva Alianza, quien fue sustituido por Sandra Pámanes, hasta ese momento panista) y se deshizo la alianza PT-PES-Morena al desistirse de participar en la contienda los últimos dos partidos, de modo que la postulación de Patricio Zambrano quedó amparada solo por el PT. Sin embargo, este escenario se vio modificado en los hechos cuando, días antes de la jornada, varios candidatos decidieron “declinar” (imposible formalmente) en favor de alguno de los dos punteros e, incluso, del tercer lugar (Ana Villalpando del PRD por Adrián de la Garza del PRI, Adalberto Madero del PVEM por Patricio Zambrano del PT e Iván Garza de MC por Felipe de Jesús Cantú del PAN). Así, en las candidaturas, ni se trató de una repetición exacta de las condiciones previas a la jornada ordinaria, ni en la gama de opciones ofrecidas al electorado se convirtió en una segunda vuelta estrictamente, con lo que el primer fantasma quedó neutralizado como elemento decisorio de la elección.

Pasemos a revisar qué fue del más anunciado de los fantasmas de la extraordinaria: la abstención. Al pasar de un 56.78 a un 33 por ciento en promedio, es innegable que este fenómeno se hizo sentir en la ciudad. Si revisamos por distritos locales que tienen secciones en Monterrey, notaremos que también tuvo un efecto “uniformizador” en el número de votantes; es decir, los picos que vimos en la ordinaria no fueron tan sensibles en la extraordinaria.

Por supuesto, el gran temor que producía el segundo fantasma era que podría incidir en el número de votos con los que el ganador asumiera el cabildo, cabiendo la posibilidad de que se perdiera legitimidad. Sin embargo, un fenómeno muy interesante neutralizó a este tercer espectro, pues en lo que a la emisión del sufragio respecta, la elección extraordinaria en Monterrey sí operó como una segunda vuelta y hubo una importante realineación de los votos obtenidos por las candidaturas que habían llegado en tercer lugar y subsiguientes, transfiriéndose a alguno de los dos punteros; con ello, si bien para todos hubo un decremento de votos en números absolutos, el porcentaje de votación del primer y el segundo lugares se incrementó. Mientras que el PAN había obtenido en la ordinaria un total de 153,035 votos (29.18 por ciento), en la extraordinaria obtuvo 122,093 (39.32 por ciento). Por su parte el PRI, que en la ordinaria contabilizaba 148,356 votos (28.29 por ciento), en la extraordinaria obtuvo 128,015 votos (41.23 por ciento). Las demás candidaturas acusaron pérdidas entre una elección y otra que fueron del medio punto (PRD) a casi ocho puntos (PVEM), para sumar entre todos casi un 23 por ciento que se repartió entre los dos punteros en razón de 10.14 por ciento para el PAN y 12.94 por ciento para el PRI. De esta suerte, la legitimidad no se puso en jaque.

No fue así en lo que toca a la candidatura ganadora, toda vez que, si bien el margen entre primero y segundo lugar se mantuvo estrecho, esa diferencia –que pasó de 4,679 votos que los separaban en la ordinaria favoreciendo al PAN, a un total de 5,922 votos que ahora daban la victoria al candidato del PRI– fue suficiente para que el triunfo fuera para Adrián de la Garza.

Como podemos ver en esta, nuestra historia electoral más navideña, solo hay dos constantes: la extrema polarización del electorado y la máxima de que en democracia se gana hasta por un voto, siempre y cuando los tribunales no indiquen lo contrario.

* Consejera electoral de la Comisión Estatal Electoral de Nuevo León.
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