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sábado 23 de febrero de 2019

Ucrania, el fantasma de Stalin

Marianna Lara Otaola*

Las elecciones del 31 de marzo en Ucrania no serán distintas a las ocurridas a partir de la Revolución Naranja de 2004-2005, desde el punto de vista de los actores, las reglas del juego y el contexto interno. Difícilmente habrá sorpresas. Veremos una ciudadanía dividida social y políticamente entre un proyecto proeuropeo y uno prorruso, una segunda vuelta y, muy posiblemente, acusaciones de fraude y poca aceptación de la derrota, como ha sucedido en las elecciones de 2009-2010 y 2014-2015. No obstante, para el desarrollo y avance democrático y económico de Ucrania sería deseable que ocurriera lo contrario. En política las cosas pueden cambiar de un día a otro, y en este caso, dada la posición geográfica estratégica del país, factores externos podrían determinar el desarrollo y resultado de la elección, sobre todo ante el cambiante escenario internacional, la determinante política exterior rusa y el presente y futuro incierto de la Unión Europea (UE).

El resultado de la elección, cual sea, será relevante. En la geopolítica de la región, que involucra a Europa y Rusia por su vecindad, podrían vislumbrarse cambios en el corto y mediano plazo. Estas elecciones son importantes para entender y analizar la visión de la ciudadanía ucraniana, así como el peso y credibilidad de la ejecución del poder suave y duro tanto de la UE como de Rusia, en Ucrania y la región.

Hasta el momento se han registrado como candidatos a la Presidencia Ihor Shevchenko, quien fue ministro de Ecología y Recursos Naturales; Serhiv Kaplin, cercano al actual presidente Petro Poroshenko y líder del Partido Social Democrático; Vitality Skotsyk, candidato del Partido Agrario Ucraniano; Andriy Savyi, alcalde de Lviv y miembro del partido Autosuficiencia; y Valentyn Nalyvaichenko, ex jefe del Servicio de Seguridad de Ucrania y miembro del Partido Justicia. El registro de candidatos se hará durante todo enero y seguramente aumentará el número de candidatos, pues en 2018, además de los arriba mencionados, otras 20 figuras públicas anunciaron su interés, incluidos el actual presidente y Yulia Tymoshenko, quien hoy encabeza las encuestas con un 17-20 por ciento de intención de voto.

Yulia Tymoshenko tiene una larga trayectoria en la política electoral del país. En dos ocasiones ha quedado en segundo lugar en la contienda presidencial, en las segundas vueltas de las elecciones de 2009 y 2014. Ha sido parlamentaria tanto de la oposición como del partido en el gobierno, líder de la oposición y luego primera ministra de Ucrania en 2005 y 2007-2010, en coalición con partidos tanto proeuropeos (con Yuschenko) como prorrusos (con Yanukovich). Estuvo involucrada en escándalos de corrupción vinculados con Rusia por un acuerdo energético en el invierno de 2009, que la llevaron a la cárcel de 2011 a 2014.

Además de los actores, el escenario interno no dista del de elecciones anteriores. La economía mantiene un nivel pobre de crecimiento, del dos por ciento, si bien no ha caído a los niveles de 2009 (menos 14 por ciento del PIB), en plena crisis mundial y ante la caída de la demanda del acero, principal producto de exportación de Ucrania, ni a los de 2014-2015 (entre menos seis y menos nueve por ciento del PIB), cuando Rusia ocupó los territorios de Donetsk y Luhansk y se adhirió a Crimea. Aunado a ello, prevalece la atomización del poder político entre muchos candidatos y partidos, de lo cual resultará una segunda vuelta en que la ciudadanía decidirá cuál será la relación con Rusia y la UE, y el interés o no de adherirse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Recordemos procesos electorales previos. En 2004, la Suprema Corte anuló las elecciones que le habían dado la victoria al candidato prorruso del Partido de las Regiones, Victor Yanukovich, por lo que en 2005 volvieron a celebrarse y ganó la Presidencia el candidato proeuropeo Victor Yushchenko. Esto significó el triunfo de la Revolución Naranja, cuya oposición política y social fue financiada por Occidente, principalmente por Estados Unidos, pero sobre todo implicó la derrota de Moscú en un país dentro de su esfera de influencia, con el que comparte historia y población, y con gran peso geopolítico dado el acceso al mar Negro y el hecho de que es puente con Occidente.

Enseguida, en las elecciones parlamentarias de 2006, ganó la mayoría el bloque de Tymoshenko, que se convirtió en primera ministra. A partir de entonces, con la visión presidencial y parlamentaria proeuropea, surgieron disputas con Rusia sobre el abastecimiento y distribución del gas a Ucrania. Durante el gobierno de Yushchenko, particularmente en diciembre de 2006 y enero de 2009, Ucrania sufrió desabasto y precios altos del gas porque Rusia, a través de su paraestatal Gazprom, utilizó la carta energética para golpear al gobierno proeuropeo. Igualmente, la política rusa del gas dividió a Europa; Alemania y Francia se aliaron con Rusia para mantener el abastecimiento, ya que en aquellos años Europa Occidental dependía de 30 por ciento del suministro de gas ruso para su consumo interno, mientras que países como Italia, Austria, Grecia y Bulgaria, de más de un 50 por ciento del energético ruso. Incluso, en 2014 Rusia volvió a utilizar su carta; mediante gestiones y mediaciones de Alemania, a pesar de estar en abierto enfrentamiento con Ucrania, accedió a abastecer en el invierno a su vecino eslavo para asegurar el suministro de gas a Europa a precios justos.

En las elecciones de 2010, el prorruso Yanukovich, apoyado financiera y políticamente por Rusia, resultó ganador de la segunda vuelta presidencial y el Parlamento votó en contra de la adhesión a la OTAN (que además tenía la negativa de Alemania y Francia). Este año marcó el regreso de Ucrania a la órbita rusa; Moscú revirtió la Revolución Naranja y quedó claro que el apoyo político y financiero de Occidente no implica necesariamente un apoyo militar, lo cual se evidenció cuando Rusia invadió Osetia del Sur en 2008. Esto se volvió a confirmar con la ocupación rusa de Ucrania en 2014-2015.

En las elecciones siguientes, de 2014-2015, ante las protestas contra la decisión del gobierno de abandonar los planes de avanzar en el acuerdo de asociación con la UE y ante la invasión de Rusia, los proeuropeos ganaron tanto la Presidencia como el Parlamento. Así, Petro Poroshenko se convirtió en presidente. En estas próximas elecciones, si decide registrarse como lo ha anunciado, estaría peleando el segundo lugar en las encuestas, con entre 11 y 12 por ciento de la intención del voto.

En resumen, en los últimos 15 años Ucrania ha estado volteando y virando constantemente, en cada elección, entre la cercanía o la lejanía con Europa o Rusia. Ahora será lo mismo, aunque muy probablemente se mantendrá en línea con la UE. Primero, 12 por ciento de los votantes no podrá participar en las elecciones, ya que se encuentra en los territorios ocupados por Rusia. Segundo, la relación con Moscú vive su momento más tenso por diversas razones, a saber: 1) no se ha respetado el Acuerdo de Minsk, que establece un cese al fuego entre Ucrania y Rusia por la guerra en el territorio de Donbas; en noviembre de 2018, Rusia capturó tres barcos ucranianos por supuestamente navegar en su mar territorial; 2) la división entre los votantes se ha exacerbado ante la firma del acuerdo de asociación con la UE; 3) la construcción rusa de un puente para conectar el sur de Rusia con Crimea; 4) la escisión de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana de la Iglesia Ortodoxa Rusa; y 5) la declaración de la ley marcial por el presidente Poroshenko.

Pero, como dijimos, en política todo puede dar la vuelta en cuestión de horas. Si cambiaran la jugada y los incentivos de Ucrania respecto a su relación con Rusia o la UE, podríamos ver un resultado electoral distinto. Ya ha sucedido. Posiblemente, de aquí a las elecciones del 31 de marzo seguiremos siendo espectadores de acciones y reacciones de Rusia y Ucrania que podrían escalar el conflicto y dividir aún más a los votantes. En el caso de Europa, las circunstancias han cambiado drásticamente en los últimos 15 años. Ahora no es claro el incentivo de acercarse al bloque, pues ya se firmó el acuerdo de asociación, a pesar de lo cual ha sido nulo el respaldo militar ante la crisis en el este de Ucrania.

Estas elecciones ucranianas se desarrollan en un contexto europeo muy diferente al de los procesos electorales anteriores. No está claro el incentivo de acercarse a la UE o integrarse a ella. Vayamos por partes.

Hace 15 años, la Unión Europea estaba en su auge. Se consolidaba el euro como una de las monedas con mayor transaccionalidad y la región estaba creciendo a un ritmo cercano al dos por ciento. En 2004, uno de los principales temas de la agenda europea era expandirse. En aquel año se sumaron diez países (Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia y República Checa) y más de cien millones de ciudadanos al bloque. La expansión hacia el este era creíble incluso todavía en 2009, en plena crisis económica, cuando Bulgaria y Rumania se adhirieron. De ahí que Ucrania, Turquía, Croacia y Macedonia, entre otros países, comenzaran a tener pláticas con Bruselas en aquella época.

Sin embargo, desde 2015 la prioridad de la UE dejó de ser la expansión. La economía (con una caída de 4.5 por ciento del PIB en 2009) y la crisis migratoria se sitúan en la agenda de Bruselas. La crisis de 2009 golpeó fuertemente a Grecia, que amenazó con salirse de la zona euro –incluso podría decirse que lo intentó– para tomar control de su política monetaria, regresar a la dracma, devaluarla y comenzar un ciclo de crecimiento económico. En menor medida, pero igualmente en la cuerda floja, España, Italia, Portugal e Irlanda sorteaban la crisis económica con apoyo de la Troika –Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional– y sufrían las tasas más altas de desempleo en la región, aproximadamente una cuarta parte de su población joven. Además, la Unión Europea comenzó a recibir oleadas de migrantes. En ese año, 2015, se estimó el arribo de más de un millón de personas provenientes de África y Medio Oriente, que comenzó a generar tensión social. En la medida en que se exacerbó el conflicto en Siria con la ocupación por el Estado Islámico, las oleadas de migración a Europa aumentaron. Y con ello, las brechas políticas, sociales e ideológicas.

De las crisis económicas y migratorias resultó el surgimiento y resurgimiento de líderes y partidos políticos pro y antieuropeos, así como de extrema izquierda y derecha (incluso nacionalistas y xenófobos). Recordemos el triunfo del partido de extrema izquierda en Grecia, antieuropeo, Syriza; la creación y victoria electoral (rompimiento del bipartidismo) de Podemos y Ciudadanos en España; y la extensión de la popularidad de los partidos de extrema derecha en Reino Unido, el UKIP (partido Independiente del Reino Unido), y en Francia, el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen.

La realidad de la Unión Europea es muy distinta a aquella de 2004. Si creíamos que los problemas habían sido superados, estamos en un error. Hoy, pareciera que la UE se autodestruye. Las acentuadas divisiones internas sobre cuáles debieran ser las políticas migratoria y monetaria, el surgimiento de los nacionalismos y populismos, y el rechazo del Brexit en la Cámara de los Comunes, son su peor enemigo. La incertidumbre permea la Unión. Ahora, su prioridad es resolver sus problemas internos, más allá de tener enfrentamientos abiertos con Rusia por el conflicto en Ucrania. Difícilmente Occidente intervendrá en las elecciones como lo hizo en la Revolución Naranja.

Considero que el presidente ruso Vladimir Putin ha leído muy bien esta situación. Tan es así que, a pesar de las sanciones económicas impuestas por Occidente por la invasión de Ucrania, Rusia no ha usado ninguna de sus herramientas geopolíticas –intervención militar, la relación con partidos afines a sus intereses, la carta energética– para dividir a Europa. Los problemas internos han debilitado a la UE y Rusia los ha capitalizado acercándose a los líderes de partidos nacionalistas, como en Francia o Italia, o a partidos antieuropeos. Ante esto, Rusia tiene las de ganar para reinsertar a Ucrania en su esfera de influencia, como ya lo hizo en 2010. Esto no significa que los rusos estén interesados en hacerlo en este momento, cuando no perciben amenaza occidental, porque de hecho tienen el control de Crimea y flotas en el mar Negro y mar de Azov, el este de Ucrania está militarizado y en su población está cada vez más arraigado el nacionalismo ruso, además de que ahora cuentan con el gasoducto North Stream que llega directamente a Alemania sin pasar por Ucrania.

Entonces, en este escenario internacional y tomando en cuenta el contexto nacional, creo que Ucrania seguirá volteando a Europa después del 31 de marzo. Sabe que está controlada por Rusia y su única salida, aunque difícil de concretar dada la situación en la UE, es voltear al oeste. El pronóstico puede cambiar en cualquier momento, todo dependerá de la política exterior de sus vecinos. La moneda sigue en el aire.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.
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