You dont have javascript enabled! Please download Google Chrome!
Jueves 18 de octubre de 2018

Trump a las urnas

Pablo Estrada*

Como cada dos años, el 6 de noviembre habrá elecciones legislativas intermedias en Estados Unidos. Se renovarán los 435 asientos de la Cámara de Representantes y 35 de los cien lugares del Senado.1 Entre otros asuntos, el nuevo Congreso se encargará de continuar la discusión de las leyes migratorias, las investigaciones contra el presidente por su posible colusión electoral con los rusos, y de revisar la muy partidista redistritación electoral federal.

Es habitual ver este tipo de comicios como un plebiscito sobre el gobierno que se encuentra a la mitad de su periodo. Sin embargo, por el estilo personal de gobernar de Donald Trump (insultar y ofender a sus opositores políticos, mentir en declaraciones públicas y tomar decisiones de claro tono racista y xenófobo), algunos comentaristas o figuras como el ex presidente Barack Obama han enmarcado la elección como un referendo entre la insensatez y la cordura en la política de Estados Unidos.2

Muy probablemente Trump no tiene ninguna preocupación sobre las implicaciones éticas de los resultados electorales. Lo que sí podría quitarle el sueño es la posibilidad de que en estas elecciones legislativas y después de ellas él siguiera siendo el foco de atención de forma negativa.

En sus marcas…

El Congreso llega a las elecciones intermedias con una mayoría estrecha para el Partido Republicano (PR) en ambas cámaras. En la gráfica se muestra la distribución de fuerzas en cada una de ellas de acuerdo a la bancada con la que ahora se identifica cada legislador (lo que puede no coincidir con el resultado original de las elecciones).

Como puede verse, la ventaja de los republicanos no es cómoda. En la Cámara de Representantes tienen 21 legisladores más que la mayoría absoluta de 215 (considerando que ahora hay seis asientos vacantes, que no se muestran en la gráfica). Es decir, su margen es pequeño para perder lugares y seguir siendo el primer partido. En cambio, en el Senado tienen exactamente los 51 senadores necesarios para la mayoría (tomando en cuenta que hay dos senadores sin partido que suelen votar con los demócratas). De esos asientos, ocho se elegirán este año. Si el PR quiere seguir siendo la primera fuerza en el Senado, no puede perder ninguno de sus lugares; idealmente, debería buscar ganar alguno de los 25 de los demócratas que se renovarán en esta ocasión.

Las mayorías estrechas del PR en el Congreso permiten decir que el Poder Legislativo está polarizado, lo que no es nuevo. Por ejemplo, en las 45 elecciones legislativas de 1900 a 1990 hubo nueve ocasiones en que el partido mayoritario tuvo 11 por ciento (la ventaja porcentual en la cantidad de lugares que ahora tiene el PR frente al Partido Demócrata, PD) o menos asientos más que el minoritario.3 Es decir, la tendencia era que hubiera mayorías relativamente holgadas.4

Por otro lado, en diez de las 13 elecciones después de 1992 la tendencia fue la inversa: las mayorías eran de 11 por ciento o menos curules. En el Senado hay tendencias similares a las de la Cámara de Representantes si se toma como punto de referencia la actual ventaja de dos por ciento del PR sobre el PD en el número de asientos. Entre 1900 y 1990 hubo seis veces en que el partido mayoritario en el Senado tuvo dos por ciento o menos asientos que el partido minoritario. De 1990 a 2016 eso ocurrió tres veces.

Un sistema político muy dividido indica que la mayor parte de quienes participan en él (congresistas, electores o grupos de interés) tiende a ubicarse en posturas políticas extremas.5 Esto ha llevado cada vez con más frecuencia a que los partidos adopten posturas poco cooperativas que bloqueen la aprobación de leyes porque, consideran, les redituará electoralmente (lo que en ocasiones ocurre), mientras que un número cada vez menor de legisladores busca cooperar con los miembros del otro partido.6 A su vez, esto se traduce en discusiones más largas sobre propuestas legislativas que no llegan a nada o en leyes aprobadas que, al ser producto de un consenso en medio de posiciones extremas, resultan demasiado enredadas para aplicarse o terminan por mostrar consecuencias perversas. Así pasó con la fallida aprobación de la reforma al sistema de salud en los años noventa, propuesta por Bill Clinton, o con las discusiones presupuestales en años recientes, que han orillado al gobierno federal a suspender actividades por falta de acuerdo en la asignación de recursos.

El presidente y el partido en sus laberintos

La polarización legislativa en Estados Unidos es un síntoma de una forma de hacer política contenciosa, incluso agresiva, sobre todo del PR. Que Donald Trump haya llegado a la Presidencia es otro ejemplo de lo mismo. Por supuesto, los ataques a los opositores políticos no son nuevos en ese país ni en ninguna parte del mundo. Lo que hace novedosa la situación actual es que los exponentes de ese tipo de actitudes no son políticos relativamente marginales, a quienes sus colegas legisladores o los medios en general vean con cierto recelo, como ocurría anteriormente. Son el presidente, secretarios de Estado, legisladores que definen los términos de los debates públicos y los medios masivos de comunicación los que hablan y negocian así, refiriéndose a los demócratas como enfermos, traidores, enemigos de los ciudadanos; cuestionando la pertenencia a la nación de grupos sociales que no suelen votar por ellos, como los afro e hispanoamericanos; y aprobando leyes que marginan, denigran y reducen el ejercicio de derechos de muchos grupos. Han olvidado normas básicas de tolerancia mutua y prudencia. Se fecha este viraje en el discurso en los años ochenta, con el diputado republicano Newt Gingrich. Durante la campaña presidencial de 2008, la tendencia se acentuó con los señalamientos infundados a Barack Obama de ser marxista y socialista (ideología tabú en el sistema político estadounidense), musulmán (lo que lo haría “por definición” antiestadounidense) y mentiroso por supuestamente haber falisificado su acta de nacimiento para que mostrara que había nacido en Hawái cuando, según sus detractores, en realidad era africano.7

Si este tipo de comportamiento parece ser exitoso para el PR, el riesgo es que el PD también lo adopte y la vida pública se encuadre cada vez más fácilmente en un ambiente de suma cero que se acerque a la violencia.

Así, los votantes estadounidenses están “profundamente divididos por raza, creencia religiosa, geografía e, incluso, ‘modo de vida’”.8 En principio, no es una situación que agrade a la mayoría de los ciudadanos, lo cual puede verse en la popularidad del presidente Trump, que no ha sido buena. Su tasa neta de aprobación fue positiva solo durante las dos semanas siguientes a su toma de posesión. Después, a pesar del desempeño relativamente bueno de la economía, de la recuperación de la tasa de desempleo, de algunos resultados de política que con cautela pueden considerarse positivos (como los avances en la renegociación del TLCAN y haber conseguido que algunas empresas regresen a Estados Unidos sus plantas de producción en el extranjero), y a pesar también de haber tenido altas y bajas en su popularidad, han sido más quienes no lo apoyan que quienes sí.9

Sin embargo, esto no sería suficiente para que los demócratas recuperaran la mayoría en las dos cámaras. Probablemente ocurra en la de Representantes, pero de forma estrecha y para nada segura (en cinco de ocho proyecciones, el PD tendría una mayoría de entre uno y 16 diputados, pero en los tres pronósticos restantes quedaría en minoría por entre cinco y 15 asientos); no así en el Senado (en seis proyecciones el PD quedaría con entre uno y seis senadores menos que el PR).10

Es decir, la baja popularidad de Trump no tiene una relación directa ni clara con la de otros candidatos del pr. El vínculo entre el presidente y el partido es complicado. Por una parte, desde la precampaña, algunos republicanos de larga data públicamente marcaron distancia de su discurso y sus propuestas. Incluso, ha habido llamados abiertos de republicanos para votar por los demócratas porque, desde su punto de vista, un voto para el PR es un voto contra valores que históricamente ha defendido ese partido pero que Trump ha atacado con sus políticas, como la unión familiar sin importar el origen nacional de sus integrantes, la responsabilidad fiscal o la ética del servicio público.11

Por otra parte, a pesar de que aun el día de la jornada electoral su triunfo era dudoso, Trump permitió que el PR recuperara la Presidencia y la mayoría en ambas cámaras. Igualmente, no debe olvidarse que Trump ha mantenido una postura cercana al Tea Party. Los muy activos miembros base de este movimiento, los medios de comunicación que lo apoyan de forma militante y los magnates sumamente influyentes que lo financian suelen estar de acuerdo en que Trump y los legisladores republicanos que se identifican con el Tea Party defiendan las políticas que apoyan y mantengan el discurso con el que se expresan.12

Es decir, a pesar de sus detractores, Trump y el PR pueden llegar a tener amigos muy poderosos. Además, el PD debe demostrar que ha aprendido las lecciones que podrían explicar su derrota de 2016 (relacionadas en parte con no haber podido articular un discurso cosmopolita dirigido a las clases medias y altas urbanas con las preocupaciones económicas e incluso de identidad nacional de las clases bajas y los electores rurales)13 y capitalizar esas lecciones en las urnas.

¿Si el PD recuperara la mayoría en la Cámara de Representantes sería negativo para Trump? Probablemente no. A pesar de que hasta ahora su partido ha contado con mayorías en ambas cámaras, le ha costado mucho trabajo que se aprueben sus propuestas legislativas. En muchas ocasiones ha recurrido a las órdenes ejecutivas para evitar las negociaciones en el Congreso. De este modo, una mayoría demócrata de representantes quizá no cambiaría demasiado las cosas para el presidente. Proseguiría la oposición a su agenda legislativa, continuarían las investigaciones en su contra y los congresistas seguirían hablando mal de él. Pero más. Y el presidente no estaría contento con eso.

* Licenciado en Política y Administración Pública por El Colegio de México. Maestro en Democracia y Gobernanza por la Universidad de Georgetown.
1 El Senado se suele renovar por tercios cada dos años. Los 35 asientos que se elegirán en esta ocasión corresponden a los 33 ordinarios más otros dos que están vacantes por renuncia, debido a escándalos sexuales en un caso y a motivos de salud en el otro.
2 En su discurso del 7 de septiembre en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, Obama dijo que “en dos meses tenemos la oportunidad, no la certeza sino la oportunidad, de restaurar un poco de cordura en nuestra política”.
3 Las cifras resultan de un análisis propio a partir de datos de la Cámara de Representantes y del Senado.
4 Llaman la atención 1920, cuando el pr llegó a tener 39 por ciento más representantes que el pd, y los años treinta, en que los demócratas gozaron de casi 60 por ciento más legisladores que los republicanos.
5 En los estudios sobre identificación partidista estadounidense el espectro suele dividirse en al menos siete partes: identificación fuerte, débil y tendiente para cada partido, más una categoría neutral.
6 Véase Clio Andris et al. (2015). “The rise of partisanship and super-cooperators in the U.S. House of Representatives”, Plos One, 4.
7 Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018). How Democracies Die. Nueva York: Crown, págs. 1-10 y 149-167.
8 Ibid., pág. 167.
9 A mediados de septiembre, su tasa neta de aprobación era -13.9 por ciento. En cambio, en el mismo momento de su presidencia (mes y medio antes de sus primeras elecciones legislativas intermedias), la de Obama era de -1.9 por ciento, de George W. Bush 39.0 por ciento, de Clinton 7.6 por ciento y de George H. W. Bush 59.8 por ciento. (Datos del proyecto “Trump approval ratings” de fivethirtyeight.com.)
10 En la página 270towin.com se recopilan diversas proyecciones sobre la composición de las cámaras tras la elección. Tomo los datos de ahí.
11 Tom Nichols. “Want to save the gop, Republicans? Vote for every Democrat in this year’s ballot”. The Washington Post, 4 de septiembre de 2018.
12 Theda Skocpol y Vanessa Williamson (2016). The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism. Nueva York: Oxford University Press.
13 George Packer. “Hillary Clinton and the populist revolt”, The New Yorker, 31 de octubre de 2016.
error: Alert: Content is protected !!