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lunes 23 de septiembre de 2019

Tres veces te enterré

Jorge Alcocer V.*

¿Cuántas veces hemos leído o escuchado sobre el entierro del Partido Revolucionario Institucional (PRI)? Pertenezco a la generación que vivió los años de predominio casi absoluto del PRI-“hegemonía”, le llamaron más tarde politólogos influidos por el comunista italiano Antonio Gramsci.

Para quienes ingresamos a la militancia partidista hacia mediados de los años 70 del siglo xx, en los pequeños, casi minúsculos partidos de oposición, derrotar al PRI era como una quimera, casi como la conquista de El Dorado. Y sin embargo, aún recuerdo a Valentín Campa Salazar, el histórico líder ferrocarrilero –encarcelado a finales de los años 50 y candidato presidencial sin registro en 1976– asegurarnos que el fin de este partido estaba cerca.

Lo cierto es que a lo largo de poco más de dos décadas (1997-2019) el PRI y los priistas han podido responder, en al menos tres ocasiones, a sus aspirantes a enterradores con la paráfrasis de la célebre sentencia, erróneamente atribuida al tenorio: “el muerto que vos matáis, goza de cabal salud”.

El primer entierro del PRI se produce después de las elecciones intermedias de 1997 –justo un año después de la crucial reforma electoral de 1996– cuando, por primera vez en su larga historia (el PRI fue fundado como prm en 1929), pierde la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, inaugurando así la etapa de los gobiernos divididos. Muchos factores de orden histórico explican el resultado del hasta entonces invencible partido en ese año, pero entre los coyunturales que parecen haber tenido mayor peso, uno fue determinante.

Me refiero al efecto colateral, no previsto por sus autores, de la generosa reforma al esquema de financiamiento público a partidos políticos, aprobado en la reforma de 1996. Como reconoció años más tarde, en entrevista para Voz y Voto, quien era presidente del PRI en 1997, Humberto Roque Villanueva, su partido no tuvo tiempo ni condiciones para acomodarse al doble efecto de aquel cambio.

Por una parte, los partidos opositores, hasta entonces con fuertes restricciones de ingresos, vieron hincharse sus arcas y adquirieron una capacidad de gasto nunca antes vista. Aunque el PRI fue el partido que más recursos recibió del erario, no tenía la estructura ni el entrenamiento para aplicar de manera eficiente –es decir, con visión de competencia electoral– los cuantiosos recursos que empezó a recibir de forma directa.

Aunque las voces de los agoreros del sepulcro se escucharon en muchos foros, lo cierto es que, pese al resultado adverso de 1997, el presidente Ernesto Zedillo pudo cursar la segunda parte de su mandato sin mayores sobresaltos, entre otras razones por la mayoría absoluta con la que el PRI contaba en el Senado y por la fuerza de los gobernadores de extracción priista, que seguían siendo amplia mayoría.

A sortear con relativo éxito la inédita condición de minoría mayor del PRI en la Cámara de Diputados contribuyó también la pericia negociadora de los dos secretarios de Gobernación que se desempeñaron en el segundo trienio del mandato de Ernesto Zedillo. Me refiero a Francisco Labastida Ochoa y a Diódoro Carrasco Altamirano, ambos fueron mis jefes en esos años.

El segundo entierro del PRI tenía mayores elementos para suponerlo inevitable. Me refiero a la derrota del año 2000, cuando pierde la presidencia de México después de poco más de siete décadas de ejercicio ininterrumpido en el más alto cargo público del país, y además la mayoría absoluta en el Senado, mientras que en la Cámara de Diputados pasa a la condición de segunda fuerza.

Las profecías sobre la inminente debacle y extinción del PRI llenaron planas de diarios y revistas, consumieron horas-antena y fueron tema de acalorados debates en las mesas de café. Sin el poder, el cemento que une a los políticos, el PRI quedaría a la deriva, se produciría una suerte de implosión que, se vaticinaba, daría lugar a la explosión final, de la que surgirían otros partidos.

Sin embargo, aunque la derrota del PRI en 2000 tenía la calidad de un hecho histórico, volviendo realidad –al menos en parte– los augurios de Octavio Paz seis años antes (motivados por el asesinato de Luis Donaldo Colosio. El ensayo de Paz “PRI hora cumplida” fue publicado también en Voz y Voto), un conjunto de decisiones de gobierno y del propio partido, tomadas a tiempo, atajaron lo que aparecía como inevitable debacle y dieron al priismo un respiro en medio de la vorágine.

Por una parte, en los meses transcurridos entre la jornada electoral del 2000 y la entrega del Poder Ejecutivo a Vicente Fox, la reacción del todavía presidente Zedillo y la participación del candidato derrotado, Francisco Labastida, fueron determinantes para estabilizar al PRI y evitar que se desatara una feroz lucha interna por el control del aparato partidista, que varios grupos liderados por Roberto Madrazo querían tomar de inmediato. Una vez que Zedillo salió de Los Pinos, otra afortunada conjunción mantuvo la estabilidad del viejo partido.

El priismo debe un reconocimiento al papel que jugaron en esos meses algunos dirigentes, legisladores y varios gobernadores, Francisco Labastida siguió siendo factor de equilibrio y moderación; Enrique Jackson desde el Senado y Beatriz paredes desde San Lázaro, cohesionaron a sus respectivas bancadas y se erigieron en contrapeso ante el presidente Fox y el PAN (que no eran lo mismo. Arturo Montiel, gobernador del Estado de México, tuvo la visión para dar origen a una agrupación formal de gobernadores del PRI, que al poco tiempo se convirtió en la hasta hoy existente Conferencia Nacional de Gobernadores, conago).

Hubo otro factor, ajeno al PRI, sin el cual no se explica el fracaso de la profecía del segundo entierro. Me refiero a la errática y, a la postre, catastrófica gestión del presidente Vicente Fox y a su alejamiento casi inmediato del partido que lo llevó a Los Pinos. Entre Fox, su gobierno y el PAN existió durante seis años una lejana relación, marcada por la mutua desconfianza y por la sobrevivencia, casi epidérmica, de los reflejos opositores (el ADN) del partido blanquiazul.

“El PRI no se enteró que ya era de oposición, pero los panistas no admitimos que ya éramos gobierno”, me compartió a fines del sexenio de Fox un panista de larga data.

El equilibrio que permitió al PRI evadir la fatalidad del segundo entierro no fue suficiente para impedir que, al paso del tiempo, los grupos articulados en torno a Roberto Madrazo Pintado y éste se apoderaran de la dirección nacional del PRI para, desde ahí, construir lo que fue el único objetivo del tabasqueño, la candidatura presidencial; los dioses griegos lo castigaron otorgándole lo que pedía. Luego, el electorado lo envió, junto con el PRI, al tercer lugar en votación.

La derrota de Roberto Madrazo en 2006, aunada al conflicto electoral desatado por el inédito margen de diferencia entre el ganador (Felipe Calderón) y el segundo lugar (Andrés Manuel López Obrador), parecía colocar al PRI, esta vez sí, de manera irremediable, al borde de la fosa para su tercer entierro. Madrazo no ganó uno solo de los distritos electorales del país (300); en su propio terruño, Tabasco, sufrió la humillación de no vencer ni en la casilla en que votó.

En San Lázaro, en 2006, el PRI se ubicó como tercera fuerza, con el menor número de diputados de su historia y en el Senado, aunque se conservó como segunda fuerza, igualmente vio reducido el número de los integrantes de su grupo parlamentario. En paralelo, las derrotas del PRI en elecciones locales se multiplicaron, dando paso a una variedad de alternancias nunca antes vistas en México.

Se reunían todos los elementos para vaticinar el tercer entierro del PRI. De nueva cuenta, politólogos, editorialistas, conductores de noticieros en tv y radio, opinadores y futurólogos dieron rienda suelta a su (in)capacidad profética. Un consenso recorrió a México: el PRI se había acabado. Era cosa de meses, quizá unos pocos años, para que el vetusto partido pasara a mejor vida o, mejor dicho, al estruendoso fallecimiento y posterior entierro.

Lo que los futurólogos no consideraron fue que podía haber un gobierno y un presidente aún menos capaz y con peor valoración que la obtenida por Vicente Fox al final de su caótico mandato. Ese fue el segundo presidente de la República emanado de las filas del PAN, Felipe Calderón Hinojosa, autor, en buena medida, de la resurrección del PRI y del retorno al Poder Ejecutivo federal del ya para ese entonces octogenario partido que, de la mano de Televisa y con el abierto respaldo de la cúpula empresarial, alcanzó lo que parecía imposible.

Junto con el regreso del PRI a Los Pinos, el resultado electoral de 2012 tuvo varios efectos –algunos inesperados– en el escenario político nacional y, en particular, en el sistema de partidos y su configuración competitiva.

Por un lado, se produjo la división y el posterior hundimiento del PRD, que en 2012 postuló por segunda ocasión a López Obrador como candidato presidencial, pero esa vez quedó lejos de lo alcanzado seis años atrás. Enfrentado con los líderes de las principales tribus perredistas, en especial con la de mayor peso dentro del partido del sol azteca, la de los Chuchos, el dos veces candidato presidencial decidió poner casa aparte, rompió con el partido que le dio cobijo en 1989 y obtuvo registro para su propia organización partidista, a la que bautizó con el nombre de Morena, como el fervor popular denomina a la virgen del Tepeyac.

En el PAN, la salida del Poder Ejecutivo y el tercer lugar de su candidata en la elección presidencial de 2012 produjo un cataclismo, del cual aún no se recupera el ahora también octogenario partido (se fundó en 1939). En diciembre de 2012 los dos partidos opositores de mayor raigambre leyeron mal el mensaje de las urnas. Sin mayor reflexión se lanzaron a la aventura de la colaboración con el gobierno de Enrique Peña Nieto, al calor del llamado Pacto por México. Con la colaboración y los votos del PAN y del PRD, el presidente promovió las reformas de mayor calado en la historia contemporánea de México. Mismas que a partir de diciembre de 2018 son motivo de reversión o abiertas críticas.

La forma como el presidente Peña Nieto llevó al PRI al desastre no tiene comparación, salvo quizá si recordamos el hundimiento y la desaparición de los partidos comunistas de los países del bloque soviético, que murieron junto con el sistema que los prohijó y sostuvo. La pregunta que hoy mismo, 2019, está presente es si el PRI mexicano tendrá un final similar al del pcus de la hoy extinta urss.

Hay similitudes, pero cabe expresar la mayor y abismal diferencia entre el final del pcus y el posible término del PRI: la urss no existe. México sigue existiendo, esperemos que por los siglos de los siglos. El partido eludió en 2012 su cuarto entierro, pero en el éxito abrió el camino del infierno, que en 2018 lo colocó, al parecer de manera inexorable, en la ruta de la extinción, o de la mutación.

Las señales negativas para el PRI se manifestaron desde la elección intermedia de 2015 y con toda fuerza en las elecciones locales de 2016. Más preocupado por su imagen y por bloquear las aspiraciones de quienes no formaban parte de su cerrado grupo, Peña Nieto fue incapaz de entender la voz del electorado. Al final, no fue capaz siquiera de dotar al PRI de un candidato presidencial surgido de sus propias filas. Usando y abusando de las reglas no escritas del priismo, Peña Nieto designó a un hombre sin partido –José Antonio Meade, funcionario de probada experiencia técnica y conocida identidad con el PAN– como candidato presidencial del PRI para 2018.

El primer domingo de julio de ese año, el priismo le dio la espalda a su candidato y el electorado se volcó a favor del candidato presidencial de Morena. En su tercera candidatura presidencial, Andrés Manuel López Obrador arrasó con los partidos tradicionales y colocó, por su efecto de arrastre, a su partido como primera fuerza en las dos cámaras del Congreso de la Unión y en 17 legislaturas estatales, además de alcanzar el triunfo en un gran número de municipios, incluyendo muchos de los más poblados del país. Morena, es, por donde se mire, un fenómeno insólito en la historia electoral del mundo.

Para todos los partidos tradicionales, grandes o pequeños, el resultado de julio de 2018 fue como un tsunami que barrió con sus antiguas fortalezas. Para el PRI pudo haber sido un golpe mortal, que podría conducirlo no a su cuarto entierro, en el sentido que lo fueron los tres anteriores, sino esta vez al sepelio de verdad o, peor aún, una penosa y paulatina extinción, que lo convierta en despojo de lo que fue. En satélite de Morena o cabús de un pequeño tren opositor, al que casi nada pueda aportar.

Renovada su dirigencia nacional el mes pasado, cumplidos sus 90 de vida este año, en 2021 podríamos escuchar el réquiem que anuncie el entierro del PRI. Pero… dejemos un espacio a la duda. Quizá veamos, de nueva cuenta, incumplidas las profecías y fracasados los diagnósticos que hoy declaran la inminencia de su muerte. Lo que ya ocurrió puede volver a ocurrir. Eso demuestra la experiencia.

El PRI es, no cabe duda, uno de los tres partidos históricos de México que, junto con el PAN y el PCM (PSUM-PMS-PRD), cubren la mayor parte del siglo xx mexicano y las casi dos primeras décadas del XXI. Pero los partidos son creaturas humanas, organizaciones que nacen, crecen, se transforman y mueren, como lo comprobó el pcm, que en 1981 optó por la eutanasia. Ningún partido está condenado a la eternidad, pero ninguno tiene escrita por anticipado su muerte.

Reconstruir al PRI se antoja hoy más difícil que pegar un cascarón roto, pero el pegamento podría provenir, como en 2012, del balance que el electorado haga del gobierno encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, al que entregó un mandato incuestionable, pero no le escrituró el futuro.

* * Director fundador de Voz y Voto. Las opiniones vertidas en este artículo son de la exclusiva responsabilidad del autor.
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