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lunes 23 de septiembre de 2019

Tres retos

Rubén Moreira*

¿Qué sucedió?

El 11 de agosto se realizaron los comicios para elegir a la nueva dirigencia del Partido Revolucionario Institucional. Triunfó la fórmula conformada por Alejandro Moreno Cárdenas y Carolina Viggiano Austria. El primero, exgobernador con licencia de Campeche, la segunda, legisladora en distintas ocasiones por el estado de Hidalgo. Los dos se distinguen por su trayectoria en cargos de dirigencia partidista.

A las más de 6,000 urnas que se instalaron en el país acudieron 1,885,269 priistas. La fórmula ganadora obtuvo 1,603,725 votos; el segundo lugar correspondió a la encabezada por la exgobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega y José Encarnación Alfaro, en tanto que la tercera posición fue para Lorena Piñón y Daniel Santos. Respectivamente, consiguieron 177,298 y 49,251 votos.

El resultado no fue una sorpresa. Varias encuestas lo anticiparon. Días antes de la elección, los periódicos Reforma y El Universal pronosticaron, con sus correspondientes estudios de opinión, el desenlace de la contienda. El mismo 11 de agosto la empresa Mitofsky, al cierre de urnas y con un ejercicio estadístico, anticipó el triunfo de Alejandro Moreno. Horas después, el programa de resultados preliminares y las actas que fluyeron hacia el órgano de procesos internos del partido confirmaron las tendencias.

¿Por qué una elección abierta?

Para la renovación de su dirigencia nacional, el PRI seleccionó el método que permite a todos los militantes participar con su voto. No es la primera vez que el tricolor realiza una contienda con estas características. Valga decir, la anterior también se desarrolló cuando el partido estaba en la oposición. Y aclaro que, estando en el gobierno, el PRI siempre ha encontrado un “conveniente consenso” para designar a su timonel.

Durante los años que gobernó el presidente Peña desfilaron siete dirigentes: Cristina Díaz, César Camacho, Manlio Fabio Beltrones, Carolina Monroy, Enrique Ochoa, René Juárez y Claudia Ruiz Massieu. Como se puede inferir, el promedio de permanencia es inferior a un año.

No se tiene que reflexionar mucho para obtener conclusiones acerca del rol del PRI en ese periodo: 1. Es evidente la sumisión a un poder “meta partidario” que remueve y designa a las dirigencias sin el concurso de la militancia. 2. No hay forma con la cual se pueda construir un proyecto partidario de mediano y largo plazo, y mucho menos dar buenos resultados electorales. La secuencia de nombramientos se asemeja a lo que sucede en el béisbol cuando el mánager cambia a los lanzadores en un intento por evitar la paliza; o bien, como narra Francisco Rojas en su famoso cuento El diosero, para cada ocasión se fabricaba un ídolo que era sustituido ante un mal resultado o una nueva necesidad.

La dirigencia de Claudia Ruiz Massieu terminará la que inició Manlio Fabio Beltrones, por lo que el proceso electivo era inevitable. No fue posible la prórroga o la sustitución “meta estatutaria”. Ante la contienda se abrieron dos frentes de opinión: los que propusieron una elección donde la militancia participara y los que predicaban “otro método”. Los últimos nunca fueron claros sobre el procedimiento reglamentario que proponían, haciendo parecer que se deseaba más un acuerdo cupular. Al final se optó por el método mencionado. Desde mi punto de vista, fue la mejor decisión que se pudo tomar.

Los órganos electorales del Comité Ejecutivo Nacional organizaron una buena contienda. Muchos militantes, más de lo esperado, acudieron a las urnas y el resultado confirmó los pronósticos de las encuestadoras. No puede despreciarse el esfuerzo que significó instalar las mesas receptoras de votos y organizar la contienda.

La campaña

En cuarenta y cinco días, y con un tope de gasto inferior a los cinco millones de pesos, las tres fórmulas desarrollaron sus campañas electorales. Se desplegaron estrategias muy distintas. Alejandro Moreno y Carolina Viggiano optaron por recorrer el territorio, buscar en las entidades acuerdos con las fuerzas reales y plantear la unidad, así como la promesa de transferir la toma de decisiones importantes a la militancia como ruta para la recuperación del partido.

Ivonne Ortega y Encarnación Alfaro apostaron a las redes sociales, al marketing y a un discurso de confrontación. A mi juicio, la estrategia violenta de la exgobernadora de Yucatán hizo rápidamente inviable su candidatura. Su discurso chocó con sus antecedentes políticos. Nunca distinguió que el receptor de su mensaje era lo más duro del priismo, el que tiene conocimiento de los actores y las formas que se dan dentro del partido. Por último, su planteamiento discursivo torpedeó la visión de su “futura” dirigencia, transmitiendo un mensaje equivocado y el resultado lo comprueba.

La tercera fórmula, integrada por dos militantes con presencia regional, inicialmente padeció de una inexplicable expulsión del partido. Con una resolución del Tribunal Electoral regresaron a la contienda y aun cuando quedaron lejos del primer lugar, dejaron constancia de su discurso de irrupción y de una campaña activa. Además, ganaron algo importante dentro del PRI: presencia nacional.

Hace muchos años escuché de un político: “es cierto: el que se enoja, pierde”. Pero también es cierto, “el que pierde, se enoja”. La fórmula que quedó en segundo lugar no aceptó la derrota y a la fecha que se escriben estas líneas no se sabe si recurrirá o no a los tribunales. Se antoja muy poco probable que lo hagan. La diferencia es tan grande que no deja lugar a dudas sobre el resultado. En ese sentido, para cuando aparezca este artículo, la dirigencia ya estará en funciones.

¿Qué sigue?

En un artículo anterior apunté las cuatro grandes tareas que el partido habrá de enfrentar (http://revista.vozyvoto.com.mx/el-dia-despues/). Ahora sólo voy a enumerarlas y agregar algunos comentarios sobre retos específicos que tiene la nueva dirigencia, en particular, en la organización y administración del partido. Espero que al referirlos sirvan al lector para sacar conclusiones sobre su situación actual y contribuyan al análisis de las causas que llevaron a la terrible derrota de 2018.

Las cuatro grandes tareas son: 1. Resolver cuál es nuestro proyecto de nación y en dónde buscaremos nuestras simpatías. Solventar qué somos y a quién representamos; 2. Cómo nos vamos a organizar en el futuro; 3. Cuál debe ser nuestra relación con el poder, el que sale de otras opciones políticas y el que llega al gobierno avalado por las siglas del PRI, y 4. Solucionar el conflicto de la toma de decisiones en el interior del partido.

El primero de los enumerados pareciera extraño que se tenga que discutir. Sin embargo, resulta evidente que, en los últimos años, el PRI padeció una especie de esquizofrenia. En nuestro programa de acción encontramos un discurso y en la historia del último gobierno una realidad distinta. Quizá una de las grandes causas de la derrota se encuentre en esa patología partidaria.

El reto inmediato de Alejandro Moreno y Carolina Viggiano es enfrentar las condiciones desastrosas en las que se encuentra el instituto político que van a dirigir. Me permito señalar algunas:

  1. Finanzas complicadas. Si bien no estamos ante la tragedia que ocasionaron las multas del Pemexgate, la caída de los votos generó una disminución sustancial de recursos. En las entidades sucede lo mismo: muchos comités directivos están a punto de la asfixia.
  2. Asincronía. En los últimos meses se ha observado una clara inconsistencia en la actuación del partido y en las bancadas de diputados y senadores. Más aún, las legislaturas locales han tomado rumbos extremos. El más notable se presentó en Baja California, donde se respaldó el intento de ampliar el periodo del gobernador electo. En un Estado democrático, un proyecto de nación es básicamente una postura que se conforma desde la legislación. En este renglón, la dirigencia tendrá que enfrentar el dilema: voto de partido o voto en conciencia. En términos crudos: solidez de la ideología o beneficio político del pragmatismo.
  3. El inmovilismo. Desde el periodo de Luis Donaldo Colosio, salvo excepciones regionales, en el PRI se abandonó la práctica partidaria. Hoy tenemos dirigencias estatales y consejos políticos vencidos, municipios donde ya no hay comités partidarios, y la mayor parte de los seccionales no han sido renovados en años o no existen. Se abandonó la operación del partido de masas. En algún momento se encontró en el marketing un placebo momentáneo. Diseñado como un partido de masas, parece tarea titánica poner de pie al gigante, pero resulta inevitable asumirla, salvo que la militancia decida una conversión a otro modelo de partido.

Apunté tres retos inmediatos que Alejandro Moreno y su compañera de fórmula tendrán. Veremos cómo enfrentan su responsabilidad y qué resultados obtienen. De ello, en buena medida, depende el futuro del partido. Iniciarán su encomienda de la mejor forma posible: estar legitimados por el voto de más de un millón y medio de electores.

* Diputado federal. Presidente de la Comisión de Asuntos Frontera Norte.
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