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Miércoles 18 de julio de 2018

Tres recuerdos

Jorge Alcocer V.*

A la memoria de Heberto Castillo,
Arnoldo Martínez Verdugo y
Gilberto Rincón Gallardo, camaradas y amigos.

Mucho se ha dicho y escrito de las elecciones de 1988, tanto sobre la jornada comicial del miércoles 6 de julio de ese año, hace tres décadas, como sobre los acontecimientos posteriores, hasta la toma de protesta de Carlos Salinas de Gortari.

Quedan aún por conocer algunos episodios ocurridos en esa coyuntura, para seguir completando una historia que marcó el rumbo político de México en las siguientes décadas.

De los tres episodios que ahora comparto, dos no se habían hecho públicos hasta hoy (no al menos que yo sepa); y sobre el intento de acuerdo entre el PMS y el PRI he escrito en años previos en el diario Reforma, sin algunos detalles que ahora comparto.

La entrevista con Salinas de Gortari

Días antes de la jornada de votación del 6 de julio de 1988 (debió de haber sido dentro de los tres días previos), Gilberto Rincón Gallardo (secretario general del PMS) me comunicó que había recibido la propuesta de una reunión con Carlos Salinas a fin de intercambiar puntos de vista y perspectivas para el día de la elección y las semanas siguientes. Después de analizar pros y contras, decidimos acudir a la cita, en la casa del candidato presidencial del PRI.

Alrededor de las siete de la tarde arribamos a la casa del licenciado Salinas de Gortari, quien nos recibió acompañado de Patricio Chirinos (que era el coordinador de la representación del PRI en la Comisión Federal Electoral, CFE).

Después de las cortesías de rigor, Salinas entró sin más preámbulo al tema de su interés, que era expresarnos la seguridad en que él resultaría triunfador el 6 de julio y que además sería por una diferencia de votos incuestionable. Insistía en que estaba comprometido e interesado en que la elección fuera legal y el resultado, verídico.

Gilberto Rincón Gallardo le expuso nuestra convicción de que Cuauhtémoc Cárdenas, nuestro candidato presidencial después de la declinación de Heberto Castillo, tenía altas posibilidades de resultar victorioso; le puso como ejemplo la asistencia masiva a los mítines de campaña, sobre todo a los actos de cierre, así como los buenos resultados que esperábamos en varios estados, en particular mencionó Michoacán y el Distrito Federal. De mi parte, comenté la importancia de que se cumpliera el ofrecimiento del secretario de Gobernación y presidente de la CFE, Manuel Bartlett, de que se daría información oportuna de resultados preliminares en la noche de la elección.

Además de referirse a experiencias de elecciones presidenciales previas, en especial la de 1982, Salinas respondió que sus encuestas indicaban que Cárdenas tendría mayoría de votos en Michoacán, Baja California y muy probablemente el Distrito Federal, mientras que Manuel Clouthier quizá tendría mayoría en Sinaloa, su estado natal, y puntualizó: “Solo que yo no compito para ser gobernador, sino presidente de México, y eso se gana no con uno o tres estados, sino con mayoría nacional de votos”.

Volvimos a manifestar las expectativas de cada parte sobre la jornada electoral y Carlos Salinas hizo una propuesta concreta: que el 6 de julio Patricio Chirinos y yo mantuviéramos una comunicación constante para aclarar cualquier denuncia que se presentara ante la CFE, y que después de las seis de la tarde de ese día intercambiáramos la información de resultados que nos fuera llegando por cualquier vía. Gilberto y yo aceptamos la propuesta y nos retiramos. La reunión había durado alrededor de una hora.

El 6 de julio de 1988 después de las seis de la tarde, en la sede de la CFE, después de que Diego Fernández de Cevallos presentó la queja porque “la computadora se calló”, me acerqué a Patricio Chirinos y le pregunté si el acuerdo que habíamos establecido en casa de Salinas seguía en pie. Su respuesta fue lacónica y contundente: “No. Las cosas cambiaron”. Durante el resto de esa noche no volví a cruzar palabra con él.

La negociación fallida

A unos días de que se iniciara el Colegio Electoral que calificaría la elección presidencial del 6 de julio de 1988, Gilberto Rincón Gallardo me pidió que nos viéramos en su casa. Acudí de inmediato. Me contó que esa mañana Manuel Camacho Solís lo había visitado para proponerle un encuentro, privado y secreto, con la finalidad de intentar una negociación sobre el dictamen que sería discutido y votado en el Colegio Electoral de la Cámara de Diputados. Mi inmediata respuesta fue pedirle a Gilberto que le comunicara la propuesta a Cuauhtémoc Cárdenas y solamente si él estaba de acuerdo la admitiéramos.

Así lo hizo Rincón, por teléfono, desde su casa y en mi presencia. Aunque yo no oía lo que decía Cuauhtémoc, escuché la explicación que le dio Gilberto y cómo le comentaba que la reunión podía realizarse ese mismo día a partir de las seis de la tarde en la casa del propio Gilberto en la colonia Anzures. Lo oí despedirse de Cuauhtémoc asegurándole que al concluir la reunión de inmediato le haríamos saber el desenlace en forma personal.

Una vez concluida la conversación con Cárdenas, Gilberto se comunicó con Manuel Camacho, también por teléfono, para aceptar la reunión de ese día, a las seis de la tarde; le notificó que solamente estaríamos él y yo. Camacho no le dijo con quién asistiría. Me retiré de la casa de Rincón y quedé en regresar poco antes de la hora fijada.

Así lo hice; llegando le expuse a Rincón las bases de una propuesta, a fin de que Manuel Camacho admitiera que la votación nacional por Carlos Salinas había sido no mayor al 40 por ciento del total. Poco después de las seis, para nuestra sorpresa, llegó Graco Ramírez, quien nos dijo que horas antes Cárdenas le había pedido que asistiera a la reunión con Camacho. Yo le señalé que era una grosería llegar de esa forma sin haberle avisado a Gilberto, quien me apartó para pedirme que no hiciéramos conflicto por la presencia de Graco.

Poco más tarde arribaron Manuel Camacho y dos integrantes del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, cuyo nombre me reservo. Después de una rispidez inicial, provocada por un agresivo comentario de Camacho a Rincón que nos obligó a suspender la conversación por unos minutos, comenzamos el intercambio de ideas y propuestas.

Manuel Camacho explicó su propuesta de llegar a un acuerdo bilateral entre el PMS y el PRI para que el Colegio Electoral de la Cámara de Diputados calificara la elección presidencial y votara el Dictamen de presidente electo a favor de Carlos Salinas de Gortari con los votos a favor de los diputados del PMS o, en todo caso, su abstención. Para ese propósito, reveló, lo principal era llegar a un acuerdo sobre el porcentaje de votos con el que Salinas sería declarado ganador de la elección y por tanto presidente electo.

Aceptamos entrar a discutir el segundo asunto –el porcentaje de votos de Salinas–; lo demás lo discutiríamos una vez alcanzado un acuerdo en principio. Gilberto Rincón me pidió exponer nuestra propuesta y sus fundamentos. Así lo hice, con detalle y referencias específicas a los resultados con mayor adulteración en ciertos distritos electorales. Camacho y sus dos compañeros me interrumpían de pronto para pedirme más detalles o rebatir alguna de mis afirmaciones. Finalmente, manifesté nuestra convicción de que Carlos Salinas no había obtenido más del 40 por ciento de la votación nacional.

Camacho reaccionó con diversas consideraciones de orden político y acerca de la relación entre el futuro gobierno de Salinas y la izquierda, en particular el PMS. Después de eso, preguntó si nuestra propuesta implicaba que reconoceríamos el triunfo de Salinas de Gortari, dado que aun el 40 por ciento de los votos era superior al que se le había reconocido oficialmente a Cuauhtémoc Cárdenas. Le respondí que nuestra posición era que Cárdenas había obtenido al menos 35 por ciento de los votos, no el 31 por ciento que se pretendía reconocerle de manera oficial, pero que, en todo caso, era casi imposible conocer el porcentaje real de cada candidato debido a la manipulación que el pri había hecho de los resultados de la elección presidencial en los consejos distritales.

Camacho insistió en recibir respuesta a su pregunta de si el PMS aceptaría la victoria de Carlos Salinas. Gilberto le respondió que, al aceptar que Salinas tenía el 40 por ciento de la votación y Cárdenas el 35 por ciento, estaríamos admitiendo que el primero era el ganador de la elección.

Entonces retomó la cuestión de los porcentajes y, después de argumentar en contra de algunas de mis afirmaciones sobre irregularidades en varios distritos electorales, Camacho lanzó su propuesta final: el PRI aceptaría que en el Dictamen del Colegio Electoral se asentara que la votación nacional por Carlos Salinas había sido 42 por ciento; a cambio, la dirección nacional del PMS haría una declaración pública aceptando el resultado y los diputados del PMS votarían a favor de dicho Dictamen. Pedimos unos minutos de receso para hablar entre nosotros (Gilberto, Graco y yo). Rincón manifestó que no podíamos comprometer el voto de los diputados del PMS, a lo más que podíamos comprometernos era a intentar un acuerdo para que se abstuvieran en la votación. De mi parte, les expresé que entre el 42 y el 40 por ciento no había una diferencia significativa, por lo que me pronuncié por aceptar la propuesta de Camacho. Graco Ramírez no dijo nada, pero al terminar esa plática nos dijo que tenía que retirarse por otro compromiso. Más tarde nos enteraríamos de que había salido a informar a Cárdenas.

Reanudamos la reunión. Rincón les comunicó a Manuel Camacho y a sus dos acompañantes nuestra contrapropuesta, consistente en tres puntos:

  1. Carlos Salinas de Gortari sería declarado presidente electo con el 42 por ciento de los votos;
  2. La dirección nacional del PMS emitiría una declaración pública admitiendo ese resultado, y
  3. Los diputados del PMS se abstendrían en la votación del Dictamen en el Colegio Electoral.

Camacho nos pidió un receso para hacer consultas; él y sus dos acompañantes salieron de la casa de Rincón a hacer llamadas telefónicas. A los pocos minutos regresaron y Manuel Camacho nos dijo que Carlos Salinas aceptaba nuestra propuesta final. ¿Cuál es el paso siguiente?, nos preguntó.

Rincón le ofreció que consultaríamos de inmediato con Cuauhtémoc Cárdenas para obtener su anuencia al acuerdo y, una vez que así fuera, le llamaríamos para dar la respuesta definitiva. Camacho pidió que fuera esa misma noche sin importar la hora y le apuntó a Rincón un teléfono al que debería llamarle. Acto seguido, se retiró junto con sus acompañantes. Eran casi las once de la noche. En ese momento llamamos a la oficina y casa de Cárdenas. Nadie contestó. Decidimos ir a verlo.

Cerca de las doce de la noche arribamos a la casa de Cuauhtémoc Cárdenas en las Lomas de Chapultepec. Tardaron varios minutos en abrirnos, nos hicieron pasar y nos pidieron que esperáramos en una pequeña sala. Poco después apareció Cuauhtémoc, a quien claramente habíamos sacado de la cama. Rincón comenzó la explicación pero lo interrumpió el Ingeniero; sin mayor contemplación, nos dijo que esa mañana se había entrevistado con Manuel Camacho, quien le había presentado la propuesta de acuerdo y que él la había rechazado. “No hay nada que discutir”, concluyó con sequedad.

Molesto, le reclamé que no nos hubiera enterado de su reunión con Camacho. Prudente, Rincón me interrumpió para despedirse de Cárdenas. Regresamos a la casa de Gilberto y desde ahí marcó el número que Manuel Camacho le había proporcionado. En el instante le contestó.

“Manuel –le dijo Gilberto– no sabíamos que habías visto al ingeniero Cárdenas hoy en la mañana y que te había dicho que rechazaba el acuerdo del que platicamos hoy en la tarde; por tanto, no hay acuerdo.” Camacho reaccionó con virulencia y le espetó a Rincón que lo que decíamos era falso, “qué hijos de la chingada”, dijo, y colgó.

Cerca de las dos de la mañana me subí a mi coche y me fui a mi casa. En el Dictamen del Colegio Electoral, aprobado únicamente con los votos del PRI, Carlos Salinas de Gortari fue declarado presidente electo con poco más del 50 por ciento del total de los votos.

Tomar Palacio Nacional 

Hoy casi nadie recuerda que el Partido Mexicano Socialista (PMS) no se sumó al Frente Democrático Nacional (FDN) para registrar la candidatura presidencial del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en sustitución del ingeniero Heberto Castillo. Lo que hicimos fue un pacto bilateral con la Corriente Democrática, plasmado en un documento que suscribieron ambos ingenieros y los principales dirigentes de cada formación política. Fue con posterioridad al 6 de julio de 1988 cuando el CEN del PMS aceptó la petición de Cárdenas de participar en las sesiones de la Coordinación Nacional del FDN, integrada por los presidentes del PPS, PFCRN y PARM, así como por Ricardo Valero, Porfirio Muñoz Ledo y el propio Cárdenas. Por acuerdo del CEN del PMS, Arnoldo Martínez Verdugo y yo fuimos designados para representar a nuestro partido en esa Coordinación.

Por nuestra desconfianza en los partidos políticos del FDN y las abiertas discrepancias que por años habíamos mantenido con sus dirigentes, decidimos no asistir a las sesiones ordinarias de la Coordinación, sino solamente a aquellas en las que Cárdenas considerara necesaria nuestra presencia. Fue el caso de la convocada días antes del mitin que tendría lugar a finales de agosto de 1988, previo a la instalación de la LIV Legislatura del Congreso de la Unión.

La reunión tuvo lugar en la sede del PPS, en la avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma de la Ciudad de México. Cuando llegamos Arnoldo y yo, vimos que estaban los dirigentes nacionales de los tres partidos acompañados de otros dirigentes; por la Corriente Democrática asistieron el ingeniero Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

Después de algunos comentarios sobre el curso de los acontecimientos postelectorales, pidió la palabra Muñoz Ledo. Planteó, con énfasis, que el gobierno de Miguel de la Madrid había cerrado cualquier posibilidad de corregir los resultados de la elección del 6 de julio de 1988 y reconocer la victoria de Cárdenas; el fraude estaba por ser consumado, de modo que proponía que nuestro candidato presidencial denunciara ese hecho en el mitin, ya convocado, en el Zócalo capitalino. Para nuestra sorpresa, y creo que también la de Cárdenas, propuso que este, al término de su discurso, anunciara que tomaríamos Palacio Nacional pacíficamente para instalar ahí el nuevo gobierno legítimo, encabezado desde luego por Cuauhtémoc Cárdenas, quien, dijo Porfirio, se sentaría en la silla presidencial para que la prensa nacional e internacional fuera testigo del histórico hecho. Arnoldo y yo veíamos, entre asombrados e intrigados, las caras de los demás asistentes a la reunión.

Enseguida pidieron la palabra los dirigentes del PPS, PARM y PFCRN, quienes con igual énfasis respaldaron la propuesta de Porfirio Muñoz Ledo manifestando su apoyo y lealtad a Cárdenas para “tomar Palacio Nacional”. No podíamos creer lo que estábamos viendo y oyendo; Cárdenas guardaba silencio y su rostro permanecía impasible mientras los dirigentes del FDN se deshacían en elogios a su persona. Al terminar la primera ronda de intervenciones, sin que Arnoldo y yo hubiéramos abierto la boca, Cárdenas pidió un receso, se puso de pie y nos indicó que quería hablar con nosotros.

En el patio central del edificio del PPS, lejos de los demás asistentes, Cárdenas nos pidió opinión. Arnoldo Martínez Verdugo le dijo que lo propuesto por Porfirio nos sorprendía, que no podíamos tomar una posición en tanto no informáramos al CEN del PMS e incluso al Comité Central. “En lo personal –le dijo Arnoldo a Cuauhtémoc– no estoy ni estaré de acuerdo. Es una irresponsabilidad”, concluyó. Entonces Cárdenas le pidió que expresara nuestro rechazo a la idea de Porfirio y, luego de eso, él hablaría en el mismo sentido.

Al reanudarse la reunión, Cárdenas le dio la palabra a Arnoldo, quien hizo un breve recuento de la situación imperante en el país y de las condiciones objetivas y subjetivas que hacían prever el fracaso de una acción como la que Muñoz Ledo planteaba. Ante una interrupción casi grosera de Rafael Aguilar Talamantes, que reclamó la “debilidad” del PMS, Martínez Verdugo dijo, con una intensidad poco usual en su estilo: “Los socialistas no tenemos miedo ni somos débiles, lo que no haremos es ir a una aventura en la que nosotros pondremos los muertos, porque ustedes –dijo viendo a Talamantes– serán los primeros en salir huyendo cuando intervenga el Ejército, y no tengan dudas de que lo hará. El PMS no respalda la propuesta”, concluyó.

Entonces Cárdenas tomó la palabra para señalar que nunca estaría de acuerdo en emprender acciones contrarias a la Constitución ni convocar a ellas, que en los hechos serían equivalentes a un golpe de Estado. Mirando a Porfirio, le pidió que retirara la propuesta; de no hacerlo –le aclaró– él votaría en contra y actuaría en consecuencia. Otro silencio antecedió las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, que demudado, finalmente dijo “Retiro mi propuesta”.

* Director de Voz y Voto.

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