You dont have javascript enabled! Please download Google Chrome!
Jueves 18 de octubre de 2018

Tres misiones

Dong Nguyen Huu*

Señor presidente de IFES; querido Bill Sweeney, CEO de IFES, mis queridos amigos:

Les agradezco sus palabras tan amables y generosas. Y les agradezco este privilegio de recibir su prestigioso Premio Joe Baxter, que es un honor para mí pero no solo eso, sino una inmensa alegría. Si solo dijera que es un honor, habría quienes preguntaran por qué lo merecí; al decir también que me da una inmensa alegría, que comparto de buen grado pues compartida durará más, espero que menos personas cuestionen mi calidad de galardonado.

Cuando les conté a mis amigos de Francia y de Vietnam que la Fundación Internacional para los Sistemas Electorales (IFES) había decidido concederme su Premio como un administrador-profesional electoral, todos tuvieron la misma reacción: ¿Qué es un administrador electoral? Francia fue uno de los primeros países en adoptar el sufragio universal (bueno, al menos para los hombres pudientes) en el siglo xix. Desde su independencia en 1945, Vietnam ha promovido e implementado consistentemente el sufragio universal. Pero estos dos países míos ignoraban tal profesión de la administración electoral. 

En ambos países, el Ejecutivo organiza las elecciones. Un prefecto francés, representante del gobierno central en cada departamento, habrá organizado unas veinte elecciones nacionales durante su carrera. En los círculos académicos y políticos las discusiones se centran en el marco legal de una elección, en el tamaño del electorado o en el sistema electoral. Esas discusiones siguen vigentes. Pero asuntos como la tecnología de votación o la justicia electoral apenas vieron la luz en la discusión pública muy recientemente. 

Un amigo y colega creó en 2000, en la Universidad de París II, un seminario dedicado a la “administración electoral” que no duró más de diez años. Para sus pares, ese seminario venía de una “influencia anglosajona”, y en el momento en que su fundador se retiró, fue cerrado.

En Estados Unidos, el doctor Charles Stewart iii, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, habló de una “ciencia emergente de la administración electoral” en 2013, hace cinco años y casi veinte años después de la creación del IFES.

Si vuelvo la vista atrás a las Naciones Unidas donde serví por casi treinta años, la evolución también ha sido significativa. Al final de los años ochenta, la onu participó en dos importantes misiones de observación y supervisión electoral, en Namibia y Nicaragua. En Namibia, su papel fue supervisar la votación, así como lo hizo en varios referendos por la independencia en África. La operación era simple, pues para menos de 400 centros de votación la onu tenía cerca de 1,800 observadores.

En Nicaragua, un país independiente, el ejercicio de observación electoral tenía que ser diferente, por restricciones de presupuesto. Pero la idea era la misma: un observador es un testigo y se supone que su presencia disuada de cualquier violación a la ley y dé confianza a los electores. Fui parte de esa misión nicaragüense sin saber nada acerca de la elección. Quien encabezaba la misión, así como quien estaba al frente de la División Electoral, con trabajos habían votado en su país. La misión se percibió como un éxito, seguramente por razones distintas de nuestras capacidades en la práctica electoral.

Desde entonces formé parte de numerosas misiones de la onu en observación electoral, hasta 2011, cuando la propia onu decidió dejar esta actividad a las organizaciones regionales (con excepción de Burundi, en 2015). Puede haber muchas razones para haber tomado esa decisión. Una es la complejidad de una operación dirigida por la onu, pero otra podría ser que nuestros directores se dieron cuenta de que observar no basta para comprender un proceso electoral. Esta relación entre observación y conocimiento requiere una explicación más detallada que hoy les ahorraré. Mientras tanto, las Naciones Unidas se están enfocando principalmente en la administración electoral, en colaboración con organizaciones como IFES e IDEA.

A diferencia de Napoleón, quien solía decir que había aprendido de su primera batalla todo lo que necesitaba saber y que las otras cien no contaban, yo he debido aprender de tres misiones. La de Sudáfrica, donde entendí que una elección es principalmente un acontecimiento político; la de Haití, donde la administración podía usarse como herramienta para debilitar la política estatal, y la de México, donde la modernización de la administración electoral estuvo en el núcleo del proceso de democratización.

¿Esas experiencias son parte de la profesión de administración electoral? Yo diría que sí, pero necesitaría más tiempo para desarrollarlo. Por ahora, acudiendo a mi experiencia, me gustaría explicar por qué una administración eficiente está en el centro de la credibilidad de una elección, pero también por qué una elección con credibilidad requiere algo más que una buena administración electoral.

Estuve en Haití en 1990. En el día de la votación visité Cité Soleil, un barrio pobre de la capital. Cuando llegué a las 10:30, me rodearon algunos miles de personas, todas furiosas. Vociferaban que los observadores y los funcionarios electorales eran cómplices de boicotear los votos en esa zona. Estaban formadas para votar desde las seis de la mañana y la casilla no se había abierto, mientras que en las colonias ricas estaban votando desde hacía horas. Gritaron: “Vamos a quemar la ciudad, comenzando por el chino y su coche”. 

Llegó un joven sacerdote, los calmó a todos y me abrió el camino para que regresara a la ciudad. El argumento me siguió resonando y durante años reforzó mi confianza en la fuerza del voto: pueden quemar la ciudad, pero entonces ya no podrán votar. La razón del retraso, de la que me enteré después, era que el funcionario encargado de la casilla de votación se había emborrachado la noche anterior, perdió la llave del almacén y, por miedo a la sanción, se fue de la ciudad. Dudo mucho que un caso como este se haya enseñado jamás en ninguna universidad.

Más allá de la anécdota personal, hoy sabemos que la administración electoral se consideró seriamente en los Estados Unidos después de las elecciones de 2000, cuyos resultados tuvieron que esperar a una decisión de la Suprema Corte. Esta crisis fue una verdadera llamada de atención. En un libro reciente, el profesor Richard L. Hansen, de la Irvine School of Law, advierte de las “guerras de votación” que vienen si no se mejora la administración de las elecciones. Los académicos y profesionales pronto se percataron de que las máquinas de votación estaban obsoletas; las boletas, mal diseñadas, y que el sistema de conteo no era confiable. De la Ley de Votación Help America (HELP), adoptada en 2002, y unos cuantos miles de millones de dólares después, surgió lo que ahora se llama “ciencia emergente de la administración electoral”, como lo mencioné antes.

La cuestión es la siguiente: ¿cuál es la diferencia entre la administración de una elección y la administración de una empresa? Una posible respuesta consiste en señalar el objetivo final de los dos tipos de administración. Una ve por la bonanza de una compañía y la otra aspira a servir a toda una comunidad. Pero esta no es la principal diferencia, pues el resto de la administración pública podría sostener que su objetivo es servir el interés público. Para mí, es mucho más importante el contexto en que existe y funciona cada tipo de administración.

Una administración pública (y la electoral forma parte de ella) es la clave de la construcción de un Estado. La administración electoral aparece cuando hay una desconfianza generalizada en el gobierno, que representa al Estado. De este modo, los criterios de evaluación son la diferencia principal. Ambas administraciones deben acatar la ley, pero en una tenemos la racionalidad y la eficiencia, y en la otra tenemos que añadir la credibilidad, eso que el economista Ken Arrow llamaría una institución invisible. Es como un elefante (para citar a otra economista, Joan Robinson): es difícil describirlo, pero si te lo topas en la calle, lo reconoces al instante.

Lo he dicho antes: la administración electoral no es en sí todo el proceso electoral, también tenemos un componente legal y uno político. Por político me refiero a dar un servicio a todos los partidos políticos sobre bases iguales (de hecho, legales), con la aspiración de construir confianza en la población sobre el proceso electoral. Luego viene el componente técnico y administrativo. Por esa razón, tentativamente diría que la administración electoral es una actividad no política (no partidista) que sirve a la política.

Una de las virtudes de tal administración es ser casi invisible, a pesar de que es indispensable. México es muy conocido por sus murales; casi todo turista quiere ir a la ciudad para admirar los de Diego Rivera o los de Siqueiros. ¿Pero acaso alguien recuerda el nombre de los arquitectos sin quienes no habría habido muros y, por tanto, murales? Yo compararía un Órgano de Administración Electoral (EMB) con esos arquitectos, así como con todo aquel que produce los marcos de las pinturas que admiramos en los museos. Imaginen la Mona Lisa puesta directamente en el piso…

Después de la elección crucial de 2000 en México, un grupo de amigos formó una compañía que distribuiría elecciones listas para usarse en Centroamérica. Para ellos, entregar una elección no se distinguía de entregar bicicletas. La compañía quebró en un par de meses.

En ese sentido, no hablo de una elección libre y justa, sino de si es creíble o no. 

¿Por qué las elecciones son tan vitales para un sistema democrático? Por las razones ya expresadas por Montesquieu y, más cerca de nosotros, por Hans Kelsen: “Los ciudadanos en democracia tienen el privilegio único de producir ellos mismos, consciente y voluntariamente a través de legislación, el orden que los gobierna”. En otras palabras, las utilizadas por Montesquieu, un ciudadano es hijo y padre de las leyes. ¿Cómo es posible? Por una operación que en nuestros días se caracteriza como libre, secreta e individual, y que se llama elección. 

Valoramos esa operación cuando expresa con autenticidad y veracidad la voluntad del pueblo. El Instituto Electoral de la Ciudad de México recientemente hizo enormes esfuerzos para obtener la certificación ISO electoral, y hay que elogiarlo. Pero no debemos olvidar que las elecciones, la democracia, solo son una herramienta para preservar eso que la humanidad desea más: la libertad y la igualdad. Aquí aún enfrentamos un misterio: ¿por qué la libertad es el valor fundamental de nuestras sociedades, no solo en el presente sino desde el surgimiento de la comunidad humana? Dejo a los historiadores la respuesta.

Mi enfoque es más práctico. Sabemos que la autenticidad e integridad de las elecciones tiene que obtenerse mediante la adhesión al estado de derecho y mediante un conjunto de instituciones, sean de la administración pública o los partidos políticos. Pero ¿cómo podríamos construir y reforzar la adhesión al estado de derecho, a todas esas instituciones que protegen y consolidan la libertad? Lo que hoy se llama “crisis de representación” es un síntoma de una brecha real de la confianza entre estas instituciones y la población. ¿Podremos superar esta indiferencia hacia la política en general y hacia las instituciones en particular? ¿Cómo?

Permítanme remontarme a mi cultura originaria. La lengua vietnamita es compuesta; por ejemplo, no hablamos solo de pobreza, sino que diremos pobre/miserable (nghèo/khổ), y si mencionamos la enfermedad, tiene que ser enfermedad/sufrimiento (ốm/đau), o cuando hablamos de riqueza, tiene que ser rico/con clase (giàu/sang). Entonces, cuando hablamos de amor siempre es tin/yêu, confianza/amor. Uno puede confiar en alguien sin amarlo o amarla; pero nunca podemos amar a alguien sin confiar en él o ella.

Si aplicamos esa idea a los valores democráticos y sus instituciones, diría que para amarlos necesitamos confiar en ellos, y solo podemos confiar en ellos por la transparencia, la rendición de cuentas, el rigor y la responsabilidad. Esas cualidades no las inventamos nosotros, están en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, de 1789. 

En el campo electoral, IFES es una de las primeras instituciones que inició esa inmensa tarea de dar confianza a la gente buscando un proceso electoral auténtico y cierto. Y también IFES fue uno de los primeros en promover la creación de una comunidad de profesionales electorales, que es un requisito básico de una comunidad científica, la única que puede garantizar la integridad de la operación electoral. (Sin embargo, también sabemos que las cosas son complicadas, porque hoy los resultados finales en muchos países se han vuelto un importante factor para evaluar dicha integridad. Solo planteo la cuestión. Si alguien tiene la respuesta, respetuosamente le sugeriría a IFES que le diera el próximo premio.)

Durante mis días con el gobierno vietnamita, aprendí lo que es servir a una causa superior. Las Naciones Unidas me enseñaron sobre los valores universales de la humanidad y, más tarde, IFES abrió para todos nosotros este campo de actividades llamado administración electoral. 

Recuerdo a un filósofo japonés que dijo: “Aquellos que se adentran en un territorio desconocido son como aventureros sin mapa”. En nuestro caso, igualmente nos adentramos en un territorio desconocido. Si tantas organizaciones nos han provisto de brújula (derechos humanos, dignidad, libertad e igualdad), IFES nos ha dado un mapa detallado para nuestro viaje. Una razón más para agradecer a IFES por su visión y dedicación, y para expresarle lo orgulloso que me siento de contar con su confianza. Hoy se me acepta en esta pequeña comunidad de aquellos que han recibido el Premio Joe Baxter; conozco a algunos de ellos y los admiro a todos. Sin embargo, debo decir que no me considero un experto en elecciones. Más bien sería un negociador honesto, para citar a nuestro recién fallecido secretario general Kofi Annan, o, en mi campo de actividad, un constructor de confianza.

Por darme la oportunidad de llegar a serlo, una vez más agradezco a mi gobierno, a las Naciones Unidas y a IFES, pero también a muchos amigos, aquellos que están presentes y aquellos que no lo están, aquellos que están en México, en Sudáfrica, en España o en el Líbano, por mencionar unos cuantos países, por sus enseñanzas y consejos. No siempre hemos estado de acuerdo, pero incluso nuestras diferencias son una parte importante de nuestro conocimiento, una parte definitiva de las lecciones que he aprendido en estos años.

Este Premio lo recibe uno, pero el mérito corresponde a una multitud. Muchas gracias.

* Discurso de recepción del Premio Joe C. Baxter 2018, por la excelencia en la administración electoral. Washington, D.C., 13 de septiembre de 2018.
Traducción de Dolores Ponce.
error: Alert: Content is protected !!