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Lunes 12 de noviembre de 2018

T-MEC: estar listos para lo inesperado

Ildefonso Guajardo*

En diciembre de 2012, la Secretaría de Economía recibió una instrucción muy clara en materia de política comercial: diversificar. Para ello, establecimos una agenda de trabajo sencilla, pero ambiciosa: fortalecer la presencia de México en los cuatro puntos cardinales. En consecuencia, apenas un par de días después de iniciada esta administración, nos incorporamos a las negociaciones del Tratado de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), buscando modernizar indirectamente el marco de integración con Estados Unidos y Canadá, y crear una plataforma de acercamiento a Asia-Pacífico.

Siguiendo esa agenda de trabajo, en los siguientes cuatro años relanzamos el liderazgo comercial de México en América Latina, a través de la Alianza del Pacífico, negociando un tratado de libre comercio con Panamá e iniciando negociaciones para profundizar los acuerdos comerciales con Brasil y Argentina. También impulsamos la modernización de los acuerdos comerciales con la Unión Europea y la Asociación Europea de Libre Comercio e, incluso, tuvimos pláticas exploratorias con Turquía y Jordania.

A finales de 2016 estábamos listos para empezar a cosechar los resultados de esta activa agenda de trabajo, pero el mundo cambió frente a nuestros ojos. El triunfo de Donald Trump en noviembre de 2016 trajo un giro de 180 grados en la política comercial de nuestro socio más importante. En los siguientes meses, el nuevo gobierno de Estados Unidos anunció su salida del TPP, y parecía inminente que activaría el artículo 2205 para denunciar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que opera en nuestra región desde 1994.

Cuando finalmente se confirmó que México entraría en una negociación comercial con sus socios de América del Norte, se pensó que lograr un acuerdo favorable para nuestro país sería prácticamente imposible, dado que partíamos de conceptualizaciones distintas sobre cómo funcionan la economía y el comercio internacional. Para evitar que esa disonancia afectara todo el proceso, México llevó a cabo dos ejercicios de conceptualización de las negociaciones.

El primero lo realizamos antes de iniciarse el proceso y consistió en identificar y señalar con claridad las prioridades de México. Agrupamos esas prioridades en cuatro grandes objetivos, que se convirtieron en los ejes de México en la negociación: uno, fortalecer la competitividad de América del Norte; dos, avanzar hacia un comercio regional inclusivo y responsable; tres, aprovechar las oportunidades de la economía del siglo XXI, y cuatro, promover la certidumbre del comercio y las inversiones en América del Norte. En la página de la Secretaría de Economía se pueden consultar los resultados específicos que obtuvimos para cada una de estas prioridades (https://www.gob.mx/tlcan).

El segundo ejercicio lo llevamos a cabo en los primeros meses de la negociación, conforme Estados Unidos presentó sus propuestas. Se trataba de reconocer que el malestar con el libre comercio y la globalización se deriva de las múltiples disrupciones económicas, sociales, y especialmente tecnológicas, que se han convertido en el signo de nuestros tiempos. Hasta hace unos años ese malestar se concentraba en los países en desarrollo; hoy “los nuevos inconformes con la globalización” –como los ha llamado el premio Nobel, Joseph Stiglitz– están entre grandes sectores de la población, en las economías desarrolladas.

Lo anterior nos ayudó a comprender que la elección estadounidense de noviembre de 2016 es la expresión de un problema profundo y estructural, y que las propuestas más disruptivas (“píldoras venenosas”) que ese país hizo en la negociación provenían precisamente de ese fenómeno. Eran propuestas que respondían a una nueva perspectiva del comercio que busca atender las preocupaciones de una base electoral que se considera defraudada –con razón o sin ella– por la apertura comercial y la globalización.

En conjunto, estos dos ejercicios permitieron a México acercar posturas, comprender conceptualmente las propuestas de cada parte y encontrar balances que conciliaran la nueva visión comercial de Estados Unidos y los objetivos de Canadá con nuestros intereses prioritarios. Esto fue fundamental para desarticular las propuestas más disruptivas con las que principió esta negociación, por ejemplo:

• En lugar de una cláusula de terminación con muerte súbita (conocida como sunset clause), incluimos un mecanismo de revisión y extensión de la vigencia del Tratado, que comprende candados para que las decisiones sobre el futuro del acuerdo atraviesen por diferentes administraciones y garantiza un horizonte de planeación permanente de 16 años.

• En el sector automotriz, acordamos una regla de origen fortalecida que afianzará cadenas regionales, fomentará mayor incorporación de insumos de América del Norte y promoverá la fabricación de una parte de los automóviles en zonas donde el salario mínimo sea en promedio 16 dólares por hora. Ello permite atender algunas de las preocupaciones de los trabajadores de la industria manufacturera dejando espacio a nuestro país para competir e integrar valor en la región.

• Evitamos debilitar el Tratado salvaguardando los tres mecanismos de solución de controversias y, además, lo fortalecimos con nuevas disposiciones y capítulos que lo harán más inclusivo, al facilitar la participación de emprendedores y pequeñas y medianas empresas en el comercio, y también más responsable con el medio ambiente y con la sociedad, al fortalecer la protección a los trabajadores y el compromiso con el combate a la corrupción.

De este proceso se desprenden cuatro lecciones fundamentales para México que no debemos perder de vista hacia adelante, para fortalecer la sustentabilidad no solo de la política comercial, sino de nuestro modelo de apertura e integración global:

1. La calidad de los acuerdos importa. Si queremos defender el libre comercio, sus disposiciones deben favorecer la inclusión, para que sus beneficios lleguen a nuestros trabajadores y sociedades.

2. En las negociaciones comerciales, ni las alianzas ni las amistades pueden darse por sentadas, por lo que debemos fomentar más trabajo en conjunto con todos los grupos de empresarios, académicos, productores y legisladores que salieron a defender la integración de América del Norte en los momentos más complicados del proceso.

3. Ningún tipo de política pública, incluida la política comercial, se sostiene a sí misma. Los políticos y servidores públicos tenemos la responsabilidad de asegurar que nuestras decisiones beneficien a todos y que los efectos negativos imprevistos sean oportunamente atendidos, a través de políticas públicas responsables.

4. Para economías emergentes como México, la política comercial es una herramienta de crecimiento necesaria, pero no suficiente para alcanzar los objetivos de desarrollo económico y de reducción de la pobreza en nuestros países.

La política comercial y los acuerdos de libre comercio nunca podrán sustituir a una agenda integral de trabajo con compromisos específicos en materia de energía, competencia, telecomunicaciones, entre otros, indispensables para fortalecer la competitividad de nuestras economías.

A pesar de las dificultades que esta negociación implicó para el país, los resultados son positivos y el balance favorece a México. Existen procesos que hay que seguir, como es, naturalmente, la ratificación en los Congresos de cada país. Confío en que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) atravesará esos procesos y contribuirá a recuperar la certidumbre de la economía mexicana y, sobre todo, nos alejará del riesgo de dar pasos hacia atrás en nuestra política de apertura. Sin embargo, es tarea de todos continuar trabajando para salvaguardar la visión de un México abierto, donde todos podamos crecer.

* Secretario de Economía.
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