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viernes 18 de octubre de 2019

Suiza vuelve a estar de moda

Dong Nguyen Huu*

En vísperas de elecciones importantes para México y el mundo (2021), este texto tiene como objetivo aclarar un problema que ha atormentado a los especialistas electorales durante décadas: la aceptación o el rechazo de los resultados.1

En 1991, el tema de Przeworski fue menos una pregunta y más una recomendación porque después de la Guerra Fría y de la tercera ola de democratización de Samuel Huntington,2 las elecciones levantaron más esperanza que preguntas. Eran, en todo el mundo, una fuente de paz (Nicaragua, El Salvador, Sudáfrica, Eritrea, Camboya) y estabilidad (México, Rusia), al tiempo que demostraban que la democratización era posible gracias a la alternancia pacífica (México, Senegal o Taiwán en al año 2000). El caso de Angola, cuando los perdedores tomaron las armas (1993), apareció como una excepción a la regla y se analiza como el producto de un conflicto étnico más que político.3

Esta época dorada de las elecciones ha fortalecido nuestra convicción de que el voto, la forma concreta o material de las elecciones libres, tiene un valor fundamental que no ha cambiado desde la fundación de la democracia representativa, la Declaración de Independencia de Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

De hecho, el voto es el único acto político individual y secreto, la expresión del privilegio de pertenecer a una comunidad política soberana e independiente, la afirmación de igualdad y libertad de los miembros de una comunidad. Es por medio del voto de sus representantes que la ciudadanía ejerce su libertad y obediencia a las leyes de la comunidad nacional.

Desde los años 2000, puntualmente, después de las guerras del Cercano Oriente, el rechazo a los resultados electorales se multiplicó en el mundo, no sólo en los países de “democracias jóvenes”, sino también en las democracias consolidadas. Si en 2000, en Estados Unidos, los resultados tardaron más de un mes antes de ser aceptados por el perdedor, en otros países este rechazo desencadenó protestas, algunas de ellas violentas: México en 2006, Kenia en 2008, Costa de Marfil en 2010-2011, sin mencionar los rechazos menos espectaculares que se resolvieron mediante una intervención sistemática de las autoridades judiciales. En 2016, un candidato presidencial en Estados Unidos provocó un shock nacional al proclamar que aceptaría los resultados sólo si éstos lo favorecían.

No será un análisis caso por caso de este rechazo, sino una reflexión sobre elecciones que nunca han sido cuestionadas, incluso si, desde un punto de vista técnico, su organización o su propio concepto deja algo que desear. Por ejemplo, en las elecciones de Sudáfrica (1994), la lista de votantes se elaboró el mismo día de la votación y un candidato se agregó a la boleta una semana antes de la elección, sin mencionar otras deficiencias importantes.4 Sin embargo, nunca ha habido una queja o rechazo nacional o internacional sobre el valor de los resultados, cuya certeza se adquirió el día en que los partidos políticos decidieron adoptar el sufragio para la población de color.

Es común escuchar que una elección siempre origina conflictos de naturaleza política o administrativa y que, en última instancia, prevalece el derecho. Sin embargo, dependiendo el contexto, tal afirmación debe ser matizada.

Elección, selección y credibilidad indiscutible

Se sabe que las elecciones se utilizaron como un método para seleccionar líderes de una comunidad antes de la era cristiana. Las primeras codificadas y reguladas fueron las que la Iglesia católica estableció en el Concilio de Basilea (1431-1449). Hay reglas que evolucionaron en el tiempo, pero en lo fundamental siguen siendo válidas hasta las elecciones del Papa Francisco hace dos años.

Este es un voto –el del Papa– con un electorado limitado a un centenar de electores que puede ser, a su vez, eventualmente elegido bajo la actual condición de ser menores de 80 años. Es un voto sin campaña y sin publicación de los resultados. De hecho, hay una mayoría y una minoría, pero por el bien de la unidad, la minoría siempre se une a la mayoría para convertir la operación en un voto unánime. Esta unanimidad está acompañada por el acto de fe según el cual el Papa elegido es la encarnación de la Iglesia y esta elección/selección es una decisión del Ser Supremo.

Es comprensible que no haya distinción entre elección y selección.5 ¿Por qué el Concilio de Basilea se dio a la tarea de sistematizar la antigua práctica de la elección? Probablemente para que la elección del Papa sea independiente de las influencias terrestres, tanto de las grandes familias romanas como la de los emperadores católicos. Este procedimiento culmina en la ficción de que el seleccionado es “el elegido” y, a partir de ahí, su autoridad es divina.

Más cerca de nosotros, podemos recordar la elección del Secretario General de las Naciones Unidas. Sobre la base de ciertas reglas no escritas (la representación rotativa de los cuatro continentes y la prohibición de que el candidato sea nacional de uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad), éste (por el momento no ha habido ninguna candidata) es elegido por el Consejo de Seguridad y luego presentado para su elección (adopción-confirmación) por la Asamblea General.

No existe un caso de controversia a nivel de la onu o de la elección de los papas. En esta última, se sabe que las contestaciones no son admisibles bajo la amenaza de una excomunión inmediata. En resumen, a partir de estos dos ejemplos, ciertamente limitados a dos comunidades muy distantes del voto universal, podemos avanzar en la idea de que la credibilidad no proviene de la organización perfecta del voto, ni del carácter representativo de los candidatos elegidos, ni de la educación cívica del electorado, proviene de factores ajenos al ejercicio del voto, lo sobrenatural por un lado y la unanimidad del parlamento del mundo, por el otro.

Antes de proponer una primera hipótesis de trabajo, nos detendremos en revisar la votación en la China contemporánea6 y, por extensión, en los países que aún afirman ser socialistas. El primer signo visible es el hecho de que los candidatos para los puestos electorales son seleccionados por un solo partido, con algunos independientes que no son en particular opositores. Participar en la votación es otro factor característico, ya que los resultados obtenidos por los representantes electos nunca son inferiores a 90%, casi por unanimidad.

Algunos hablan de elecciones simuladas, otros de signos de potencia del poder estatal. Podemos ofrecer otro análisis, el de Hill. Votar en estos países es menos un medio de expresión, de crítica o adhesión a los candidatos que la forma tradicional de elegir los cuadros más capaces para servir al país. Si son seleccionados por el partido, es porque son los mejores. Si se propone a los ciudadanos votar por ellos, es porque deben aprender a conocer sus cualidades. En otras palabras, votar es, ante todo, un ritual de iniciación a la ciudadanía y no un derecho individual. De ahí la legitimidad indiscutible de estos representantes elegidos y, a partir de esto, la imposibilidad total de una impugnación.

En estos tres tipos ideales de comicios, se puede sacar una primera hipótesis de reflexión: la legitimidad de la operación, como la de sus resultados, no proviene del campo electoral, sino del campo político o sagrado.

Conocemos las diferencias entre este tipo de elecciones y las de la democracia representativa: en las primeras, las deliberaciones sobre las candidaturas son secretas y el voto es abierto. En las segundas, las deliberaciones son abiertas (las primarias son una práctica casi generalizada) y la votación secreta.

La credibilidad construida y debilitada

La legitimidad y credibilidad de las elecciones en la democracia representativa es producto de una doble acción: el respeto a los principios fundamentales de una elección auténtica (la universalidad y el voto individual, libre y secreto) combinado con el respeto a ciertos derechos humanos, como la libertad de expresión, de asociación e información.

La historia de las elecciones está marcada por acciones legales concretas: ampliar el sufragio de manera continua (primero lo femenino, luego lo joven, seguido por el voto de los nacionales en el extranjero), después la búsqueda del sistema electoral más representativo (proporcional, referéndum) y finalmente la relativa equidad entre los candidatos (control de los gastos de las campañas, medios de comunicación), sin hablar del financiamiento público de los partidos políticos, considerados cada vez más como una necesidad del pluralismo y un puente entre los ciudadanos y el interés colectivo.

A la postre, para reforzar la credibilidad, la tendencia que se desarrolló por primera vez en América Latina antes de extenderse por todo el mundo consiste en confiar la organización de elecciones a instituciones autónomas independientes del Poder Ejecutivo, apoyadas por la justicia, también profesional e independiente.

En otras palabras, la credibilidad de las elecciones se considera como el producto de la independencia y la relativa autonomía del campo electoral, entendido en un sentido amplio. En muchos países, esta autonomía significa una cierta extensión del mandato de las autoridades electorales y de la educación cívica a la organización de debates entre partidos y la resolución de sus conflictos internos.

El caso mexicano es emblemático en este sentido porque la institución a cargo de la administración electoral también se ocupa de distribuir el financiamiento público a los partidos políticos, fiscalizar sus gastos y controlar los mensajes de campaña. La credibilidad de la institución es tal que la credencial para votar se ha convertido en una tarjeta de identidad real, a pesar de los preceptos constitucionales.7

No obstante, en este mecanismo sigue la inquietud y el problema de credibilidad y confianza en las elecciones. En el caso específico de México, es interesante notar que las elecciones de 2006 fueron mejor organizadas que las de 2000 y, sin embargo, la protesta fue inconmensurable. Ciertamente lo podemos atribuir al bajo margen entre el ganador y el perdedor (0.56% de los votos), pero ¿no decimos que el ganador es el que obtiene 50% más uno de los votos?

Avanzaremos aquí otra hipótesis de reflexión: lo que comienza a fallar en alcanzar esta confianza es la fragilidad de las diferentes ficciones que permitieron, hasta hace poco, creer en las elecciones como instrumento de la estabilidad social y práctica democrática.

De las ficciones fundadoras

No enumeraremos todas las ficciones que son la base del proceso electoral. Cuatro nos parecen las más importantes: primera, la ficción de la igualdad; segunda, la de la mayoría; tercera, la de la representación y cuarta, la de la fuerza de los programas electorales.

Primero la igualdad. Junto con la libertad, son la base del ideal democrático. En la esfera electoral, la igualdad significa que cada miembro de la comunidad tiene el mismo derecho (y el mismo deber) en las elecciones. Para esto es necesario que la persona sea un sujeto jurídico y abstracto, despojado de todos sus atributos sociales y económicos. Una persona sin género ni edad (dentro del rango de edad definido legalmente para votar) y, en especial, sin estatus social o riqueza. En resumen, es alguien que no tiene capital, social o económico.

Esta necesaria ficción de igualdad es cada vez más cuestionada por las sociedades actuales, marcadas por una profunda desigualdad (económica).8 Las campañas de educación cívica para explicar la diferencia entre igualdad legal y desigualdad económica y social son cada vez más costosas y menos efectivas. El resultado es la pérdida de confianza en la igualdad que simbolizan las elecciones.

Esta igualdad explica la necesidad de la regla mayoritaria: si los miembros de la comunidad son iguales, una elección o decisión es posible sólo si uno aplica la regla de la práctica mayoritaria. Ésta no es constitucional ni obvia, sino que está construida por todo un sistema de procedimientos (la mayoría natural, la de las mujeres nunca se tiene en cuenta). Decir que la mayoría es una regla de oro de la democracia se transfiere precisamente de regla práctica a regla política y, en última instancia, a regla divina. (Unos fans del 45° presidente de Estados Unidos de América van hasta proclamar que es un elegido de Dios).

Por otro lado, la evolución actual de nuestras sociedades tiende hacia un fraccionamiento cada vez más importante de los grupos sociales. Dado que la igualdad nunca se define como la igualdad de las comunidades (religiosas, étnicas, entre otras), la demanda de igualdad de los grupos de identidad es un rechazo frontal a la mayoría tradicional.

Por supuesto, a menudo escuchamos que el dominio de la mayoría no significa la ausencia de los derechos de la minoría. La pregunta es si todavía existen mayorías estables y definidas sociológicamente o si la mayoría no es más que un grupo de minorías.

También puede ser, por esta razón, que la mayoría electoral se está volviendo más volátil. Como si la variación de las decisiones fuera cada vez más importante.

La tercera ficción es la de la representación. Esta última está en el corazón de la democracia representativa y sabemos que todos los sistemas electorales enfrentan esta dificultad: ¿qué significa representar al pueblo? y ¿cómo representarlo? Si se sabe que Luis xiv declaró: “el Estado soy yo” y Stalin, “la sociedad soy yo”, otros se ilustraron con su proclamación “el pueblo soy yo”. Un personaje histórico, el general De Gaulle, no se consideró como el representante de su país, sino más bien como su encarnación.

Esto quiere decir que dicha ficción sigue siendo importante para nuestro análisis. Por el momento, sólo diremos que tal concepto se halla en el corazón del Poder Legislativo (el que se supone produce la ley). Sin embargo, hoy este poder está tan debilitado frente al Ejecutivo y administrativo que la representación ya no es una ficción constitutiva de la credibilidad del sistema. La legitimidad y credibilidad están incorporadas a la eficiencia y al conocimiento (de su labor) del Ejecutivo y confirman la tendencia descrita por Dieter Nohlen9 sobre la presidencialización formal o informal de todos los regímenes políticos en América Latina.

La interminable disputa sobre el brexit ilustra también este dilema en un país donde el parlamentarismo es ejemplar en el mundo. De ahí la importancia actual de los mecanismos de control, juicio y seguimiento de estos últimos. ¿Dónde está, entonces, la ficción de que la credibilidad de los representantes elegidos proviene sobre todo de su carácter representativo?

Por último, la cuarta ficción, la de que el pueblo sabio elige a los candidatos que presentan el mejor programa electoral. El hecho de que este programa se muestre de forma pública y se discuta abiertamente por opositores y votantes, es prueba de la naturaleza deliberativa de la democracia. Esta es la primera lección dada en las facultades de la ciencia política.10

Constatamos que la brecha entre los discursos de la campaña electoral y los de justificación después de las elecciones se ensancha cada día.11 No es que los candidatos mientan o engañen a sus electores, se trataría más bien de la voluntad de unirse contra las realidades, tanto nacionales como internacionales. La gobernanza no es exactamente la implementación del programa de gobierno y el electorado, informado o no, lo sabe por experiencia. De ahí la orientación impredecible de su voto, que lo mismo puede ir también a caras conocidas del mundo del espectáculo, del deporte o del arte que a las del mundo político. Los movimientos recientes en Europa muestran la tendencia a debilitar los partidos políticos tradicionales.

De todos los comentarios anteriores, se pueden sugerir dos ideas: la primera es que las elecciones no forman un campo autónomo como la política o la economía. Si hubiera sido el caso, este campo sería muy limitado y, por lo mismo, rechazado.

La segunda idea es que, como símbolo, las elecciones necesitan ficciones constitutivas sólidas: de la igualdad, de la mayoría, la representación y de la fuerza de los programas. Estas ficciones no son invenciones. Son imaginarias en el sentido de Benedict Anderson,12 cuando describe la nación como una comunidad imaginaria en la que los miembros están vinculados por símbolos, leyendas o hazañas que se transmiten de generación en generación y que sirven como pegamento para el sentimiento de pertenencia nacional.

Si se necesita otro ejemplo de ficción constitutiva, tomamos el caso del Líbano como un país donde conviven 18 comunidades religiosas y étnicas diferentes. ¿Qué ficción es la piedra angular de la existencia de esta comunidad? Que la sociedad se divide en dos grupos del mismo tamaño, cristianos por un lado y musulmanes por el otro (los censos han sido prohibidos desde 1930). De allí provienen ciertas reglas de distribución del poder, reglas que a menudo no están escritas, pero que permiten a la sociedad vivir y convivir en paz, la definición misma de democracia.

Si lo que se acaba de escribir tiene algún significado, diremos que el desafío intelectual para el próximo tiempo será cómo reconstruir estas ficciones, cómo forjar otras nuevas. Mientras tanto, probablemente continuaremos pensando en otras reformas electorales, otros cursos de educación cívica, otras formas de relacionarnos con el “pueblo” (el regreso reiterado a referéndums o consultas populares es una señal interesante. Suiza vuelve a estar de moda).

Ausencia de nuevos conceptos…

* Fue coordinador del Proyecto de Asistencia a la Observación Electoral del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) en México.
1 “…estamos listos para poner la pregunta central concerniente a la durabilidad de la democracia: ¿cómo es que las fuerzas políticas que pierden una impugnación cumplen con el resultado y continúan participando en lugar de subvertir las instituciones democráticas?”. En: Adam Przeworski. Democracia y Mercado: Reformas políticas y económicas en el Este de Europa y Latinoamérica 1991, p. 15. El mismo autor: Why Bother with Elections (2018). Polity.
2 Huntington, Samuel B. (1991). La tercera ola: La democratización a finales del siglo xx. Oklahoma University Press.
3 Antsee, Margaret Joan (1996). Orphan of the Cold War. St Martin’s Press.
4 Harris, Peter (2010). Birth: The Conspiracy to Stop the ’94 Election. Umuzi South Africa.
5 Msgr. Spiteri, Laurence J. JCD. PHD (2016). Not Always Under Lock and Key: History of the Election of Popes. St Pauls. Vatican City, p. 3.
6 Hill, J. (2019). Voting as a Rite. A History of Elections in Modern China. Harvard University Press.
7 Los libros sobre México pueden llenar una biblioteca de gran tamaño y los autores son bien conocidos ( J. Alcocer, J. Woldenberg, A. Núñez, Lorenzo Córdova, Pedro Salazar, Merino, Valdés, R. Bececra y cien otros…).
8 Muchos escritores encuentran el desafío más letal que el propio ideal democrático.
9 Nohlen, Dieter y Mario Fernández B. (eds.) (1998). El Presidencialismo Renovado: Instituciones y cambio político en América Latina. Caracas. Nueva Sociedad.
10 Es esta ficción la que da origen a la idea equivocada de que votar por una persona también es votar por su política.
11 Rosanvallon, Pierre (2015). Le Bon Gouvernement. París.
12 Benedict, Anderson (1996). Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Revised Edition. Verso Londres-Nueva York.
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