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Jueves 18 de octubre de 2018

Porfirio Díaz, su vida y su tiempo: la ambición (1867-1884)

 (Extractos; aparece este octubre con el sello de Debate).

Carlos Tello Díaz

 Elecciones de 1867

Porfirio Díaz salió de Puebla luego de las fiestas de la Patria, para llegar poco después en un coche tirado por caballos a Tehuacán, la base de la 2ª División del Ejército Mexicano. “Tehuacán es una bonita ciudad con siete mil habitantes, clima templado la mayor parte del año, calles planas, anchas, enlosadas, rectas, sin empedrar y surcadas por caños”, notó un viajero que la visitó por esos tiempos. “El comercio y la agricultura son los principales ramos de que viven sus habitantes”.1 Había una plaza muy animada los días de mercado, dominada por la fachada profusa y hermosa de la iglesia del Carmen. Los campos estaban cultivados con papa y cebada, y los huertos sembrados con granadas. Nuestra Señora de la Concepción de Tehuacán –llamada Tehuacán de las Granadas– era fundamental desde la Colonia como punto de comunicación entre Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Veracruz y la ciudad de México. Por eso era la sede de la 2ª División. Porfirio y Delfina habitaron una casa de bajos con azotea, alumbrada con ventanales de reja de hierro que daban a la calle, como todas las de Tehuacán.

Las elecciones de los poderes iban a marcar la vida del país en las semanas y los meses por venir. Varios periódicos de provincia comenzaban a postular a Díaz, como La República de Zacatecas, La Época de Guanajuato, El Telégrafo de Tampico y La Prensa de Guadalajara. Algunos de los que secundaban a Juárez retiraron su candidatura, fue el caso de La Revista de Veracruz, aunque la mayoría confirmó su postulación, como La Reforma de San Juan Bautista, El Torbellino de Saltillo y La Cola del Diablo de Orizaba. El sentimiento contra la reelección ganaba seguidores entre los mexicanos de todas las clases. “Para don Benito Juárez no hay más gloria, no hay más patria que la Presidencia de la República”, escribió con acritud un general de la 4ª División, basado en Occidente. “Diez años lleva ya en el poder y aún no está satisfecho, quiere ser vitalicio. Veremos si lo consigue”.2 Díaz recibía, mañanas y tardes, noticias al respecto en Tehuacán. Estaba optimista, pues veía que el sentimiento contra la permanencia en el poder del presidente crecía por todas partes. “Respecto a la elección”, le informó José María Mata, uno de los porfiristas más insignes, “gana terreno cada día la idea de que no sea nombrado el señor Juárez”.3 Los mensajes de sus partidarios más cercanos, en particular, resplandecían de certidumbre. “Todo sigue perfectamente por los estados del interior y seguirá mejor y mejor con el transcurso de los días”, exclamó Justo Benítez desde México.4 “Ganamos terreno cada día de un modo notable y si en el interior sucede lo mismo, el resultado será seguro”, cacareó Juan de Mata Vázquez desde Xalapa.5 Aquella elección sería la primera en ser organizada bajo las reglas establecidas en la Constitución. Tiempos atrás, al triunfo de los liberales en la Reforma, habían sido celebradas elecciones, es cierto, pero en ellas hubo nada más un candidato: don Benito Juárez. Los comicios no fueron así, en realidad, más que una manera de formalizar el triunfo de los liberales en la Reforma. Ahora, como antes, serían de nuevo excluidos los que fueron derrotados en la guerra: los católicos, los conservadores, los imperialistas, que desertaron para siempre de la política. Iban a competir nada más los liberales. Pero esta vez estaban divididos, enfrentados en las opciones que significaban Juárez y Díaz. Habría disputa por los votos.

“La elección de presidente será indirecta en primer grado y en escrutinio secreto, en los términos que disponga la ley electoral”, decía el Artículo 76º de la Constitución.6 La ley electoral detallaba, en efecto, las normas que debía seguir esa elección en México. El territorio, para ello, estaba dividido en distritos electorales de cuarenta mil habitantes, subdivididos a su vez en secciones electorales de quinientos habitantes, entre hombres y mujeres de todas las edades. La Ley Orgánica Electoral establecía que los gobernadores tenían que hacer la demarcación de los distritos (Artículo 1º) y los ayuntamientos tenían que empadronar a los ciudadanos y expedir las boletas para la votación en las secciones (Artículo 3º).

La elección estaba dividida en dos fases: la primaria (en las secciones) y la secundaria (en los distritos). En la primaria, los ciudadanos con derecho a votar, después de instalar la mesa, depositaban su boleta en la urna, nombrando en ella a un elector entre los miembros de su comunidad –normalmente algún notable del pueblo. “Los ciudadanos irán entregando sus boletas al presidente de la mesa”, indicaba la Ley Orgánica Electoral. “Este las pasará a uno de los secretarios para que pregunte, en voz baja, si el ciudadano N. es el que el dueño de la boleta nombra para elector de su sección”.7 Los mexicanos eran analfabetos, no sabían escribir, por lo que había que sufragar de este modo: en voz baja. Hecha la votación, la mesa leía las boletas para conocer el nombre del elector, que era quien obtenía la mayoría de los votos en la sección.

Así concluía la elección primaria, para dar lugar a la elección secundaria, que comenzaba un par de semanas más tarde. En ella, los electores escogidos en cada una de las secciones (ochenta, en principio) debían acudir a la cabecera del distrito que les correspondía, para votar a su vez por un candidato para la Presidencia de la República. El resultado de sus votos quedaba consignado en un expediente firmado por todos los electores, que era remitido al Congreso de la Unión, en la ciudad de México. El Congreso contaba entonces los votos para consignar el resultado en un decreto. Era declarado presidente el candidato que obtuviera, como decía la ley, “la mayoría absoluta de los sufragios del número total de los electores de la República”.8

La convocatoria disponía que la elección de los electores, es decir, la primaria, tuviera lugar el domingo 22 de septiembre; la ley electoral, por su parte, detallaba lo que procedía. “A las nueve de la mañana del día de la elección, reunidos siete ciudadanos, por lo menos, en el sitio público que se haya designado, y bajo la presidencia del vecino que al efecto haya comisionado el ayuntamiento para sólo instalar la mesa”, decía uno de sus artículos, “procederán a nombrar de entre los individuos presentes que hubieren recibido boleta, un presidente, dos escrutadores y dos secretarios, que desde luego comenzarán a funcionar”.9

La mayoría de la población jamás había votado. No entendía el mecanismo del sufragio, no comprendía su objeto. Era común que nadie acudiera a la elección, por lo que resultaba necesario que un agente del gobierno instalara él mismo la mesa y obligara a los ciudadanos de la sección a concurrir, les entregara las boletas ya preparadas con el nombre de un elector y les explicara cómo depositarlas en la urna. Muchos no estaban al tanto de la distinción hecha para las elecciones (unas primarias, otras secundarias) por la Ley Orgánica Electoral.

Porfirio supo por esos días de septiembre que los soldados de un batallón de la ciudad de México votaron por él, confusos, en los comicios del domingo, a pesar de que sus oficiales les ordenaron sufragar por Juárez. Supo que muchos de los que depositaron su voto ignoraban que esas elecciones eran las primarias, no las secundarias. “Hubo más de sesenta hombres”, le contó un amigo, “que lo dieron por usted para elector, creyendo que se trataba ya de la elección para presidente”.10

La confusión acrecentaba el poder de quienes, por ley, tenían las elecciones bajo su autoridad: los gobernadores. Ellos controlaban todo el proceso por medio de los jefes políticos, que hacían la demarcación de los distritos, establecían las secciones, imprimían y repartían las boletas, y decidían la sede de las juntas de electores. Juárez tenía el apoyo de la mayoría de los gobernadores, a varios de los cuales acababa de nombrar durante las hostilidades. Díaz mantenía la lealtad de muchos de ellos, designados por él en la Línea de Oriente. Era una de las razones que hacían atractiva su candidatura.

Pero don Benito, que era el titular del Ejecutivo, conservaba todavía, además, los poderes extraordinarios que el Congreso le había dado para la guerra –poderes que mantuvo, de hecho, hasta que fue reelecto en la Presidencia. Con esos poderes destituyó en el curso de septiembre, por estar contra las reformas de la convocatoria, a los gobernadores de Puebla y Guanajuato. El caso de Puebla, sede de la 2ª División, resultaba delicado, pues el gobernador, Juan N. Méndez, era un hombre muy adicto a Porfirio. Bajo su influencia circuló una excitativa para sufragar a su favor. “Ciudadanos que habéis combatido diez años en defensa de la Constitución de 57, votad por el hombre que en el poder la escudará contra toda reforma retrógrada”, convocaba. “¡Escribid en vuestras cédulas el nombre de Porfirio Díaz!”.11

El general estaba decidido a mantenerlo de su lado para ganar la elección ahí, al extremo de perder su sentido del deber, pues lo incitó a la insubordinación contra el presidente de la República. “Al separarme de Tehuacán, después de haber estado con el general Díaz, me encargó que sin perder un solo momento dijera a usted que por ningún motivo entregara el gobierno, si acaso así lo dispusiere el señor presidente; pero que si por fin se resolvía usted a entregarlo, inmediatamente se dirigiera a la Sierra, adonde esperará sus órdenes”, escribió un correo de Díaz al general Méndez.12 La carta cayó en manos del presidente, quien a partir de entonces supo lo que tenía que hacer. Méndez fue destituido. Su sucesor revirtió sus acciones, para trabajar en apoyo de la reelección. “El gobierno de Puebla está cambiando a todos los prefectos, mandando agentes y haciendo toda clase de trabajos en favor de don Benito”, vociferó Porfirio, convencido de que la elección era una lucha entre el Gobierno y el Pueblo.13 Pero la verdad era distinta. Díaz buscaba, tanto como Juárez, el apoyo del gobierno –los gobernadores– para ganar la elección de 1867.

El lunes 7 de octubre tuvo lugar la elección del presidente, o sea, la secundaria, en todas las cabeceras de distrito en el país. Porfirio sentía que las autoridades lo tenían maniatado (“actualmente, aunque me vea la faja azul, no tengo más facultades que las de un cabo de escuadra, pues a ese grado me ha limitado el gobierno”, le mandó decir a un amigo).14 Aun así, él mismo escribía con regularidad, como si no pasara nada, cartas de recomendación a don Benito. Y esperaba. Las noticias empezaron a llegar a mediados de octubre. Eran buenas. “Aquí he recibido noticias todas favorables de Oaxaca, Yucatán, Tabasco, Tamaulipas y tierra caliente de Cuernavaca”, le informó a un seguidor desde Tehuacán.15 Llegaron más, también halagadoras.

Díaz parecía confiado en el triunfo, a pesar de que conocía ya la deserción de sus aliados en el Distrito Federal. “Baz ha trabajado descaradamente contra nosotros y por Juárez y Lerdo”, le reveló Benítez. “Lucianita lleva la voz cantante y no descansa”.16 Juan José Baz había sido elegido por Díaz gobernador del Distrito Federal –entidad que conocía como la palma de su mano– contra los deseos del presidente Juárez. Y su esposa, Luciana Arrazola, estaba incorporada al Ejército de Oriente desde la marcha de Texcoco a San Cristóbal Ecatepec. Porfirio tenía razones de pensar que ambos, agradecidos con él, trabajarían a su favor, pero estaba equivocado: los dos optaron por secundar la reelección, luego de ser él confirmado en su puesto por el gobierno de la República. La elección, ahí, fue ganada con dos tercios de los votos por Benito Juárez. El golpe resultó terrible. Los porfiristas, sin embargo, aún tenían ilusiones de vencer en los estados que faltaban, cuyas elecciones iban a ocurrir más tarde, el 20 de octubre: Puebla y Guanajuato.

Había estados que tenían un número muy alto de electores, era el caso de Jalisco, Oaxaca, Puebla, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas, y otros por el contrario que tenían un número muy bajo, sobre todo en el Norte. Todo dependía de su población. Díaz había ganado en algunos de ellos, como Oaxaca; Juárez había ganado en otros, como Jalisco y Zacatecas. Las elecciones que faltaban podían aún modificar el resultado, especulaban los porfiristas, aunque los juaristas estaban ya por esas fechas convencidos de su triunfo, que presumían en la prensa con el objeto de inhibir a los electores de Puebla y Guanajuato. El mensaje era claro: su voto por Díaz, que ya no podía evitar su derrota, les podía ganar, en cambio, la malquerencia de Juárez. El día de la elección, los votos confirmaron, también en esas entidades, el triunfo del presidente, aunque sin la claridad que merecía, pues los comicios, según varios testigos, fueron empañados por el uso de los recursos del Estado en apoyo de su candidatura, sobre todo en Puebla. “Sé que el gobierno dio 20 000 pesos a los Cravioto, en pagarés sobre la aduana de Tuxpan”, le confió Méndez al general Díaz, en referencia a los hermanos Cravioto, oriundos de Huauchinango, muy influyentes en el norte de Puebla.17

Los electores, comoquiera, habían dicho su palabra. El ganador era claro. Los porfiristas así lo reconocieron, incluso los más recalcitrantes, a la cabeza de los cuales estaba Benítez. “Hablándote con franqueza, me parece que Juárez ha obtenido mayoría a fuerza de poner en juego todos los elementos del poder, y si la consigue en la Cámara quedaríamos a merced de sus rastreros odios”, le escribió sin rodeos a Porfirio.18 La carta revelaba el grado al que estaban ya deterioradas sus relaciones con el presidente de la República.

La Constitución de 1857 otorgaba el derecho al voto a todos los hombres mayores de veintiún años en la República Mexicana. Les imponía, también, la obligación de votar. Con ello estableció el sufragio universal, como lo entendía su tiempo. Pero lo hizo en un pueblo ignorante, pobre y oprimido, que nunca había votado; un pueblo que habitaba un país marginado y fragmentado, dominado por el poderío de los caciques, acostumbrado a la pasividad por la Constitución de 1824, que daba el voto a las legislaturas de los estados que formaban la Federación. ¿Era sabio modificar las leyes, sin haber antes cambiado las costumbres? ¿O había que romper con todo, para progresar?

Entre los constituyentes del 57 hubo algunos que propusieron un sufragio restringido, no universal, pero la iniciativa fue rechazada por una convención de legisladores devotos de la democracia sin reservas. Predominó el espíritu de libertad de la revolución de Ayutla. La nación pensó dar así un salto hacia la modernidad. El engaño y la simulación, sin embargo, eran inevitables, pues no había en el país las condiciones para que los ciudadanos sufragaran de verdad.

Ese fue el consenso de quienes estudiaron la Constitución al terminar su ciclo, entre ellos Emilio Rabasa, el más destacado de todos, quien juzgó con rigor la elección realizada en el otoño de 1867. “Como el sufragio universal era un mandato de la Constitución y un imposible en la práctica, tenía que fingirse para guardar las formas legales, había que llevar a las casillas electorales a ciudadanos autómatas, para lo cual debían intervenir las autoridades y sus agentes inferiores; de modo que para llenar las ritualidades de la ley, sin las que no hay elección, y para hacer la elección, sin la que no hay gobierno, la de aquel hombre de inmensa popularidad”, escribió, en alusión a Juárez, “tuvo que verificarse por medio de la superchería que atentaba contra las leyes”.19

Otros contemporáneos vieron así también las cosas, como Ricardo García Granados. No era posible que el sufragio fuera efectivo, dijo, si era al mismo tiempo universal: “faltaban todas las condiciones necesarias, como son la instrucción de las masas populares, el espíritu de iniciativa, la autodisciplina de las clases superiores, los partidos organizados, etcétera”.20

Los comicios, por todo ello, fueron obra de las autoridades, a un costo muy alto para el futuro de la democracia. En los años y los lustros por venir –por un tiempo que parecía no tener fin, hasta el ocaso del siglo XX, de hecho– las elecciones en México serían organizadas, financiadas, controladas, calificadas y juzgadas por el Supremo Gobierno de la República.

1 Federico C. Aguilar, Último año de residencia en México, Conaculta-Editorial Siquisiri, México, 1995, p.162. Aguilar v
isitó Tehuacán en 1883.
2 Carta de Manuel Márquez a Porfirio Díaz, Guadalajara, 30 de agosto de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. IV, p. 256.
3 Carta de José María Mata a Porfirio Díaz, Xalapa, 22 de septiembre de 1867, en Jorge L. Tamayo (editor), Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1964-1970, vol. XII, p. 512. Mata criticaba, en su carta, “la obcecación del señor Juárez en sostener las medidas anticonstitucionales que contiene la convocatoria” (Ibid.).
4 Carta de Justo Benítez a Porfirio Díaz, México, 18 de septiembre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 44.
5 Carta de Juan de Mata Vázquez a Porfirio Díaz, Xalapa, 26 de septiembre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 82.
6 Artículo 76º de la Constitución de 1857, en Felipe Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México (1808-1957), Porrúa, México, 1999, p. 620. Este artículo fue uno de los pocos que fueron reglamentados.
7 Artículo 17º de la Ley Orgánica Electoral de 1857, en Enciclopedia política de México: normas rectoras y electorales (siglos XIX-XXI), Senado de la República, México, 2010, p. 446.
8 Artículo 44º de la Ley Orgánica Electoral de 1857, en Enciclopedia política de México: normas rectoras y electorales (siglos XIX-XXI), Senado de la República, México, 2010, p. 450.
9 Artículo 9º de la Ley Orgánica Electoral de 1857, en Enciclopedia política de México: normas rectoras y electorales (siglos XIX-XXI), Senado de la República, México, 2010, p. 445.
10 Carta de Francisco Mejía a Porfirio Díaz, México, 27 de septiembre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 89.
11 Citado por El Globo, 20 de octubre de 1867. Hemeroteca Nacional de México.
12 Carta de José de Jesús Islas a Juan N. Méndez, Tepeji, 25 de septiembre de 1867, en Jorge L. Tamayo (editor), Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1964-1970, vol. XII, p. 488.
13 Nota de respuesta de Porfirio Díaz a Francisco Mejía, Tehuacán, octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 89.
14 Nota de respuesta de Porfirio Díaz a Vicente Riva Palacio, Tehuacán, octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 129.
15 Carta de Porfirio Díaz a Jesús Arenas, Tehuacán, 14 de octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 105. Existen más ejemplos del optimismo de Díaz: “Según informes recibidos, hay mucho ganado, y probable es que el éxito corresponda al avance de los trabajos” (carta de Porfirio Díaz a Juan N. Méndez, Tehuacán, 20 de octubre de 1867, Op. Cit, vol. V, p. 151).
16 Carta de Justo Benítez a Porfirio Díaz, México, 4 de octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 135.
17 Carta de Juan N. Méndez a Porfirio Díaz, Huamantla, 23 de octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 262. Méndez se refiere a los hermanos Rafael, Simón y Francisco Cravioto. Otros testimonios afirman que las autoridades pagaron a los electores por votar por Juárez (Op. Cit., vol. V, p. 28).
18 Carta de Justo Benítez a Porfirio Díaz, México, 24 de octubre de 1867, en Alberto María Carreño (editor), Archivo del general Porfirio Díaz, Editorial Elede, México, 1947-1961, vol. V, p. 264. Porfirio le mandó responder, no sin humor: “Que siento mucho decirle que creo que también en el Congreso tendrá mayoría Juárez, puesto que tiene la caja” (Ibid.).
19 Emilio Rabasa, La evolución histórica de México, Porrúa-UNAM, México, 1986, pp. 68-69. El divorcio de la ley con la realidad, en sus palabras, “creó una situación singularmente absurda: para hacer la elección era necesario el fraude electoral; para llenar la función exigida por la Constitución era necesario violar la Constitución” (Ibid.).
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