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viernes 18 de octubre de 2019

¿Por qué funciona el populismo?

Por Flavia Freidenberg*

Buenos Aires: Siglo XXI, 207 páginas.

En la última conferencia de la Federación Latinoamericana de Ciudades, Municipios y Asociaciones de Gobiernos Municipales, realizada en San Juan de Puerto Rico, uno de los ponentes, en un provocador e impactante discurso, sentenció ante una audiencia repleta de alcaldes y concejales de, al menos, 15 países de la región: “nos faltan líderes”. Me quedé pensando en el contenido y la sustancia de tremenda afirmación. ¿En verdad alguien puede creer que América Latina no tiene líderes? El último libro de la politóloga argentina, Esperanza Casullo, rechaza de plano esta presunción: hay líderes, ganan elecciones con el apoyo mayoritario de la gente y además ayudan a que éstos encuentren causas por las cuales movilizarse y respuestas de cómo son las cosas en medio de tanta incertidumbre.

¡Es el tipo de discurso!

¿Qué es lo que hace tan similar a líderes tan diferentes como Juan Domingo Perón, Hugo Chávez, Donald Trump, Lula da Silva, Rafael Correa o Andrés Manuel López Obrador? ¿Cuáles son las condiciones que llevan a que en unos países se elija una y otra vez líderes populistas y en otros no? ¿Por qué los electores optan por este estilo de liderazgo mediante elecciones libres y competitivas? ¿Será que la ciudadanía prefiere a quienes ve en su espejo o a quienes les dan explicaciones que les convencen respecto a cómo son las cosas en un contexto de desconfianza? El libro de Casullo, que ha superado las expectativas respecto a sus ventas en los últimos meses en Argentina, da claves interpretativas respecto a por qué funciona el populismo e invita a pensar sobre una serie de argumentos controvertidos. La mesa está servida. Y la polémica también.

La idea principal del libro es audaz, a la vez que provocadora. Casullo argumenta que lo que hace más similares a estos líderes no está en sus orígenes, en sus vínculos sociales, sus políticas o en la época histórica en la que cada uno de ellos gobernaron. Son precisamente sus ideas y el tipo de discurso que promueven lo que les hace ser parecidos (y lo que moviliza a la gente). Aún cuando sus políticas puedan ser diferentes, sus comportamientos son similares. El liderazgo es relacional: para que haya un líder, tiene que haber seguidores. Los líderes se encuentran en esos seguidores (o, a la inversa, los seguidores se encuentran en esos líderes). El vínculo entre ellos es emocional y halla en el discurso populista una fuente constante de expresión.

Los líderes ayudan a los seguidores a entender lo que no es tan sencillo comprender en medio de tan pocas certezas. Los individuos eligen a personas bajo el supuesto de cambiar el statu quo, mejorar el bienestar público, contribuir a la equidad social o, simplemente, rechazar a las élites que les gobiernan. Esta idea poderosa contradice la presunción de que los populistas son elegidos por quienes desconocen de políticas y de programas, también los postulados respecto a que la gente que elige a líderes populistas no sabe lo que hace o son anómicas. Lo que no entienden es que el populismo da a la gente una manera de explicar el mundo. Como sostiene Casullo, no se trata sólo de preferir determinadas políticas en función de una relación de costo/beneficio, sino que también “se convoca a comprometerse en una lucha de tipo épico contra un adversario que –según el líder– está equivocado” y que, además, “lo hace a propósito” (p. 190).

Por medio del discurso, el populista emplea mitos que incluye a quienes –simbólica o materialmente– han estado excluidos del sistema político. Como cualquier líder exitoso, generan una explicación, un “por qué” hacen las cosas, más que sólo decir las cosas que van a hacer. Ellos explican a la gente las razones que les motivan, las causas que movilizan su accionar y la gente se moviliza cuando entiende la causa, la hace suya y se siente parte de un proyecto colectivo de comunidad. Esta visión incluyente del populismo que defiende Casullo desorienta a los que ven en él un peligro para la democracia. Por el contrario, esta mirada entiende al populismo como un fenómeno democratizador.

Lo que pocos quieren ver y (mucho menos) aceptar: el populismo funciona

La gente cree en líderes aparentemente diferentes, pero que emplean un mismo recurso discursivo. Casullo sostiene que el populismo funciona justo porque resuelve la incertidumbre que genera tener pocas explicaciones para entender lo que ocurre. Macri, Trump, Correa, Lula o Bolsonaro se han caracterizado por emplear “el mito político”; una narrativa que, además de ofrecer mapas, repertorios y explicaciones del mundo, brinda respuestas a los miedos y las ansiedades del electorado. Una manera de narrar que enuncia cursos de acción y otorga la posibilidad de participar en un proyecto de carácter épico, el cual origina comunidad a partir de la idea de “pueblo bueno”.

Estos líderes sacan a la gente a la calle, como cualquier otro político, pero lo hacen con emociones, crean expectativas en torno a las causas que esos actos/eventos tendrán para redimir sus derechos, haciendo creer que éstos suponen la “irrupción del pueblo” en la política.2 Los líderes populistas emplean las elecciones como un instrumento para acceder y legitimar(se) en el poder. No suelen hacer golpes de Estado (tradicionales) para tener el poder (eso suelen hacerlo los “otros” para quitárselos a estos líderes). Como sostuve en La Tentación Populista (2007), los votos de los seguidores (quienes eligieron libremente) convierten en líderes a personas que no entienden de intermediación sino que buscan una relación directa y paternalista entre líder-seguidor, sin mediaciones organizativas o institucionales, que hablan en nombre del pueblo y potencian su oposición a “los otros” por el hecho de pensar distinto (aun formando parte de la misma comunidad política). Esos seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas (o a los recursos que el líder decide distribuir) conseguirán mejorar su situación personal o la de su entorno.3

Los líderes populistas apelan a sus seguidores (a quienes denominan como el “pueblo bueno”) a partir de lo que les diferencia de los otros, en función de las contradicciones entre ambos, como un instrumento para reforzar la identidad del endogrupo. Esa identidad se construye bajo la retórica de ruptura con el orden social, la confrontación permanente contra un enemigo externo (Estados Unidos, el imperialismo) u otro interno (la oligarquía, los pelucones, los fifis, la mafia del poder o los partidos tradicionales). La figura del líder simboliza la posibilidad de hacer cumplir los deseos populares, o funcionan –como señala Alejandro Dorna– como un “antidepresivo social”, como la posibilidad de encontrar a alguien que les representa en medio de tantas crisis políticas y económicas.

¿Qué es lo que hace novedosa esta visión del populismo en la literatura comparada?

Primero. Casullo traslada el populismo al campo de las ideas –como ya lo había hecho años antes Ernesto Laclau– y lo rescata de las visiones que orillan a entenderlo como producto de la manipulación de un líder, como anomia social e, incluso, descarta la presencia de masas irracionales. Si el líder le da a la gente un discurso, es porque la gente ve al líder por sus ideas, por el modo en que presenta esas ideas apelando a la emoción, más allá de su carisma (representación personalista) o de sus políticas clientelares (representación clientelar). Si el populismo es una manera de entender las cosas y resuelve vacíos y costos de información, entonces hay algo que va más allá del mero oportunismo o la especulación (como algunos insisten en hacer creer).

Si el populismo se sustenta en la noción de soberanía popular,4 que ha dado voz a los excluidos prometiéndoles su inclusión radical al sistema y lo consideran como parte constitutiva de la democracia,5 entonces el líder populista es el que mejor interpreta la voz de esta ciudadanía, que no se sentía escuchada ni interpelada por los otros. De ser esto así, el populismo se presenta como un componente esencial de la democracia que introduce la glorificación del lenguaje común a las relaciones políticas y hace sentir (simbólicamente) que el “pueblo bueno” consiguió acceder al poder.6

Segundo. Casullo sostiene que “el populismo sirve para ganar elecciones, para mantenerse en el poder muchos años y para gobernar, aunque no para hacer un buen gobierno”. Si el populismo sirve para ganar elecciones y para gobernar y (no necesariamente) para hacer un buen gobierno, entonces, ¿por qué la gente continúa eligiendo gobiernos que sabe que no van a gobernar bien? No tengo una respuesta para esto, sin caer en comentarios poco convincentes. Lo cierto es que mucha gente elige este estilo de liderazgo sin pensar en que no va a gobernar bien y, mucho menos, preocupados porque sean (o no) populistas. Esta es una discusión de las élites, no de la gente. Es más, en algunos países, ser populista no se rechaza, se lleva con orgullo. En muchas de las entrevistas que he hecho en Ecuador durante gran parte de mi carrera encontré políticos que se autodenominaban populistas. Incluso Obama lo hizo.

Tercero. La autora señala que en todo populismo “la exclusión discursiva de un otro es fundamental” (p. 149). Los líderes populistas pueden convencer a sus seguidores de que acepten la mezcla de políticas de izquierda y derecha. Todos los populismos son fenómenos “sincréticos e hibridizantes” (p. 148). La diferencia entre populismos de izquierdas o de derechas depende de la orientación hacia dónde se dirige el antagonismo, es decir, si “pegan para arriba”, excluyendo a los que detentan el poder económico, social y cultural (populismos de izquierdas) y los que “pegan para abajo”, excluyendo a la inversa (populismos de derecha).

¿Qué es lo que “no” dice esta visión discursiva del populismo?

Algunas de las tensiones que enfrenta el ejercicio de un liderazgo populista las identifiqué hace años en un artículo para lasa Forum.7 Primero, la tensión entre inclusión vs. pluralismo. El líder populista incluye discursiva, formal e, incluso, materialmente a un grupo mayoritario, pero que –a la vez– suele ser contrario a la pluralidad de ideas, visiones y perspectivas. No se suele aceptar al que piensa distinto. Si bien estos gobernantes son elegidos mediante mecanismos competitivos legítimos y se consideran responsables por sus acciones, como cualquier partido que compite en elecciones, la manera de hacer política de los líderes tensiona la dimensión pluralista de la democracia.

Los líderes pueden convertirse en actores polarizantes, a partir de la exclusión discursiva de quienes no opinan como ellos. Percibir la inclusión democrática por parte de las nuevas élites y los sectores que representan, así como la exclusión de todo aquel que el líder y esas élites no consideran como el “pueblo bueno”, es un desafío en la institucionalización del proyecto de cambio político. Hay sectores populares, intelectuales y nuevas élites quienes perciben que esta nueva manera de hacer política permite la incorporación simbólica y efectiva de la gente común a las instituciones (un proceso democratizador). Mientras hay otros sectores que consideran que esta forma de hacer política fomenta la debilidad institucional y limita la democracia. Ambas ocurren al mismo tiempo, con lo cual es un falso dilema pensar que es uno u otro.

Segundo, la tensión entre el poder de la mayoría, la exclusión de la minoría y la institucionalización del cambio político. La manera en que se advierte la relación entre mayoría y minoría, y la posibilidad de conciliar intereses de ambas, pone en discusión lo que es la democracia y cuál es el papel de las instituciones (o de las nuevas instituciones que este proyecto político pretende para la nueva democracia). La política supone la integración en clave identitaria y estos líderes suelen tener dificultad para integrar a quienes no están de acuerdo con su proyecto político. Pueden llegar a moldear a la comunidad en “contra” de las minorías opositoras, de los medios de comunicación de masas (que no siguen sus indicaciones o que publican información crítica) e, incluso, muchas veces contra la justicia.

Tercero, junto a un líder populista, hay una ciudadanía populista. No es cierto que los líderes sean “salvadores todopoderosos”. Pero eso parece no importar. La ciudadanía populista se ve reflejada en ese espejo. Posiblemente elijan a estos líderes porque las élites políticas anteriores han sido bastante irresponsables y las instituciones políticas desde donde esas élites políticas han gobernado no han sido eficientes en sus objetivos, ni tampoco inclusivas en sus resultados democráticos. Los seguidores de los populistas no entienden de la exclusión, porque no es contra ellos sino contra sus adversarios. En un esquema de polarización discursiva constante hay poco espacio para la República.

A pesar de la creencia compartida sobre el valor de la República, la ciudadanía no suele exigir el ejercicio republicano del poder. Nos autocomplacemos con el tipo de sistema político que tenemos, cuando en realidad deberíamos ser más críticos y exigentes con los mediocres resultados de la democracia y preocuparnos más en que se hagan buenos gobiernos. En este sentido, la política democrática debería integrar en las diferencias. Esta no es una cuestión menor. Un libro como el de María Esperanza Casullo contribuye a pensar mejor las razones que llevan a las democracias que tenemos, más allá de líderes y ciudadanías populistas y de agoreros que no ven los liderazgos existentes.

* Instituto de Investigaciones Jurídicas, unam. Observatorio de Reformas Políticas de América Latina [#ObservatorioREFPOL] flavia@unam.mx
2 Álvarez Junco, J. (1994). “El populismo como problema”. En: Álvarez Junco, J. y González Leandri, R. (eds.). El populismo en España y América Latina. Madrid: Catriel, p. 24.
3 Freidenberg, F. (2007). La Tentación Populista: una vía al poder en América Latina. Madrid: Síntesis.
4 Panizza, F. (2008). “Fisuras entre populismo y democracia en América Latina”. En: Stockholm Review of Latin American Studies 3 (diciembre), pp. 81-92.
5 Worsley, P. (1970). “El populismo como concepto”. En: Ionescu, G. y Gellner, E. (eds). Populismo: sus significados y características nacionales. Buenos Aires: Amorrortu. También De la Torre, C. (2004). “Un balance crítico a los debates sobre el nuevo populismo”. En: Autores Varios. Releer los populismos. Quito: Centro Andino de Acción Popular.
6 Canovan, M. (1999). “Trust the People! Populism and the two faces of Democracy”. Political Studies 47 (1): 2-16.
7 Freidenberg, F. (2011). “Los nuevos liderazgos populistas y la democracia en América Latina”. LASA FORUM 42(3) (octubre): 9-11.
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