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domingo 20 de enero de 2019

Pesos y Contrapesos

 

Marianna Lara Otaola*

En una democracia liberal el poder político está dividido, por lo general, en tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La división de poderes como contrapeso en los gobiernos ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Desde Aristóteles, que hablaba de una mezcla de formas de gobierno (monarquía, democracia, aristocracia) para evitar abusos y vicios de cada uno; pasando por Locke y Montesquieu, que establecieron la importancia de la división de poderes para evitar la concentración en alguno; hasta hoy en día, cuando existen actores cuyo poder radica en su actuación e influencia sobre los otros.

La división de poderes de jure se instituye en las leyes, desde el método de selección para quienes representarán a cada poder hasta sus funciones. Sin embargo, la credibilidad y certidumbre de los contrapesos dentro de una democracia se muestra en la actuación. No es suficiente la independencia escrita cuando no la hay en la toma de decisiones ni autonomía de gestión. Nuevos actores, como la ciudadanía, los medios y los mercados financieros son claro ejemplo de esto. Son poderes que no están escritos, pero sus actuaciones independientes les han otorgado legitimidad dentro del espacio público.

En la democracia liberal, el Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y el Electoral como en Bolivia, han sido reconocidos como contrapesos que entre sí se vigilan y supervisan para evitar la concentración de poder en uno de ellos y procurar el correcto funcionamiento del sistema en favor del interés público. La historia nos ha enseñado que a veces los poderes pueden opacarse entre sí, por causas que varían. Por ejemplo, en algunos regímenes presidenciales de América Latina se observan casos donde el Ejecutivo se ha fortalecido en detrimento de los otros poderes. En Venezuela, con Hugo Chávez se extendieron los periodos de mandato al introducirse la reelección, los controles del Poder Legislativo se atenuaron mediante decretos del Ejecutivo y la independencia del Poder Judicial se mermó.

Igualmente, ha habido casos en que el Poder Legislativo rebasa al Ejecutivo; por ejemplo, cuando el Congreso destituyó al presidente Lucio Gutiérrez en Ecuador por haber intentado capturar al Poder Judicial. En un caso diferente, hemos visto cómo el Poder Electoral, capturado por el Ejecutivo, habilitó la candidatura de Evo Morales en Bolivia para un cuarto mandato, a pesar de que algunos sectores de la ciudadanía y miembros del Legislativo se oponían, y avaló la reelección de Juan Orlando Hernández en Honduras, a pesar de que hasta la Organización de Estados Americanos pedía llamar a nuevas elecciones.

Así, mediante el fortalecimiento de un poder en detrimento de otro, las democracias pueden debilitarse. Afortunadamente, hoy existen más voces legítimas en el espacio público que pueden hacer sonar la alerta ante la concentración en algún poder; sin embargo, que haya una alerta no significa que se logre impedir el abuso de poder. Ha habido casos donde la ciudadanía, como poder fáctico, ejerce fuerte presión para destituir al Ejecutivo, como en dos ocasiones en Brasil, con Fernando Collor de Mello y Dilma Rousseff. En esos momentos, la ciudadanía ha fungido como contrapeso del Ejecutivo y ha coadyuvado al Poder Judicial para sancionar desviaciones del deber ser del presidente. En otras circunstancias, la ciudadanía no ha bastado para impedir abusos de un poder de jure; hemos visto recientemente que en Venezuela, Honduras, Nicaragua y Bolivia los ciudadanos se manifiestan en contra del robustecido Poder Ejecutivo. Desafortunadamente, sus voces no repercuten en la toma de decisiones de otros actores que cuentan con la legalidad para frenar y revertir la situación.

Dentro de la esfera pública, existe un actor que si bien no es considerado un poder de jure, posee los elementos para serlo. Los bancos centrales inciden en la toma de decisiones de un gobierno, también pueden ser una voz opositora al Ejecutivo o Legislativo. En la Constitución de cada país se establece la selección de sus miembros, así como sus funciones. Aun así, no basta con el andamiaje legal para constituirse en poder; la autonomía de gestión, libre de presiones políticas, es clave para ser un contrapeso.

Hoy en día el banco central se ha convertido en una voz poderosa. A diferencia de los ciudadanos y los mercados, tiene legalidad y legitimidad. Su independencia se ha vuelto un tema de discusión. En el sector económico financiero, sobre todo a raíz de la crisis de 2008, se han manifestado distintas posturas sobre cuál debe ser su papel y la independencia que debe tener. Por un lado, se defiende la independencia del banco central para que se enfoque meramente en la política monetaria. Por otro lado, se plantea la posibilidad de que desempeñe un papel más activo en el crecimiento económico de un país, lo que implicaría seguir e implementar las políticas del Ejecutivo. De hacerlo así, se pondría en riesgo su autonomía de gestión. Y si esta se encuentra en jaque, el contrapeso deja de existir, ya que la institución se convierte en una agencia más del gobierno.

En Turquía, el banco central ha aumentado con dificultad la tasa de interés, ya que el presidente reelecto Tayyip Erdogan, durante su campaña y su primer mandato, fue vociferante para alinear las políticas monetaria y fiscal con fines de crecimiento económico. En este periodo, el banco central turco ha tenido aprietos para mantener su independencia y se ha mermado su credibilidad, sobre todo en los últimos años, en que el Poder Ejecutivo se ha fortalecido y pareciera buscar el control total de la economía.

De manera similar, en Estados Unidos el presidente Donald Trump mantiene una relación tensa con la Reserva Federal (FED), pero por un motivo distinto. La FED ha subido continuamente las tasas de interés a pesar de que el Ejecutivo pide lo contrario y arremete contra ella por su autonomía de gestión.

Así como los bancos centrales, los órganos electorales cuentan con la legalidad y legitimidad que les permite ser un actor clave en la democracia liberal. No obstante, por estar directamente vinculados a la organización de las elecciones, en algunos países no son considerados un contrapeso. En este escenario, los bancos centrales, al poseer legalidad y legitimidad, sí son un contrapeso en la esfera pública, sobre todo al actuar para el bienestar económico del país en el mediano y largo plazo, enfocándose en mantener la estabilidad de precios. De ahí la necesidad de defender su autonomía de gestión.

También en el sector económico, los mercados financieros –calificadoras de crédito, inversionistas y los analistas de crédito de los bancos y fondos de inversión– pueden ser un contrapeso a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, e incluso a las decisiones avaladas por los ciudadanos. Pero de nuevo, los mercados financieros carecen de una legalidad como la del banco central para tomar decisiones y conducir la política pública.

Los mercados financieros, cuyos intereses son privados, son indiferentes al tipo de sistema político. Son una alarma sobre la política económica. Las inversiones van y vienen de acuerdo con los fundamentales de cada economía, y sobre todo por la consistencia, certidumbre y expectativa de las políticas públicas de los gobiernos. Recordemos la caída de la libra esterlina y la bolsa cuando ganó el Sí en el referéndum para dejar la Unión Europea. Hoy, ante la incertidumbre política y económica del Brexit, seguimos observando una libra volátil. El Parlamento británico ha manifestado su inconformidad ante el acuerdo alcanzado por la primera ministra Theresa May, hasta ocasionar que esta haya diferido su votación y regresado a renegociar con la Unión Europea.

Los tres poderes, los órganos electorales y los bancos centrales conviven dentro de un sistema político. Al contar con legalidad y legitimidad, deben respetar su área de influencia, así como sus decisiones. El respeto de la legalidad y legitimidad entre actores es clave para el funcionamiento de las democracias liberales. En cuanto se debilita alguno de estos poderes, o alguno se posiciona por encima de otro, la democracia se pone en peligro. La ciudadanía, los mercados financieros y los medios de comunicación constituyen una voz legítima, y así se convierten en focos rojos de lo que está sucediendo dentro de un país. Cada uno de los actores tiene un papel importante en el espacio público, una función determinada. El reto es mantener el juego armonioso y respetuoso entre ellos.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.
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