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viernes 18 de octubre de 2019

PASO sin ver

Natalia del Cogliano*

Los hechos del 11-8

No hubo nadie, o casi nadie, que no se sorprendiera con la noticia de los resultados que arrojó el escrutinio provisorio la noche del 11 de agosto, precisamente a las 22 horas. El presidente de turno, Mauricio Macri (Juntos por el Cambio), había perdido por casi 16 puntos porcentuales ante el principal candidato opositor, Alberto Fernández (Frente de Todos). El discurso del cambio se había impuesto. Sólo que la ciudadanía había entendido que el cambio lo personificaba, esta vez, el candidato de la oposición y no la continuidad de la actual gestión.

El escenario de cuasi paridad en la intención de voto entre las dos principales fuerzas, del cual algunos nos convencimos1 en las semanas previas a las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), se sustentaba en tres puntos. En primer lugar, en las mediciones de numerosas encuestadoras que preveían la victoria opositora, pero por un margen reversible. En segundo lugar, la decisión de Macri de nominar a un peronista como candidato a vicepresidente, el corrimiento de la controversial figura de Cristina Fernández de Kirchner del centro de la escena política y la moderada candidatura de Alberto Fernández, acompañada de otras figuras fuertemente críticas del kirchnerismo, permitía avizorar una tendencia de ambas alternativas hacia el centro. Estos elementos dejaban creer en un escenario competitivo, donde los votantes indecisos ubicados en el centro del espectro político distribuirían sus preferencias de manera bastante pareja. Al final, en el aparente éxito del gobierno de imponer la creencia de que “valen los sacrificios de hoy por un mañana mejor”, esta vez la gente no votaría de forma mayoritaria con el bolsillo.

Pero todas estas previsiones cayeron en saco roto la noche del 11 de agosto: la paridad era una quimera, el corrimiento hacia el centro no significó que ambas opciones políticas se distribuirían parejo entre los indecisos, sino la ampliación de la base electoral de la mancuerna peronista/kirchnerista en ese espacio del espectro político y que el voto fuera profundamente económico, castigando a una gestión que profundizó los índices de pobreza e inflación y produjo un estancamiento del mercado interno. La derrota del presidente Macri fue contundente y se avizora irreversible. Incluso, se presume que su derrota efectiva –en la primera vuelta electoral del 27 de octubre– será aún más profunda. Los casi 16 puntos porcentuales de Fernández por encima de Macri podrían rondar los 20.

Lo que las PASO pusieron en evidencia

Los resultados de las PASO y las eternas semanas que las siguieron, dejaron unas cuatro cosas en claro.

La primera es que la política argentina se sigue ordenando en torno al eje peronismo-no peronismo. Que la llegada de una tercera fuerza al poder no fue suficiente para quebrar ese orden, sino que, incluso, con su fuerte discurso antiperonista y antipopular ayudó a reproducir. Protagonizado del otro lado por la alicaída ucr o por una fuerza de “derecha moderna” como el pro; el antagonismo subsiste y es el eje rector de la política argentina.

La segunda es que el peronismo unido es prácticamente imbatible. Los poco más de tres millones de votos y 11 puntos porcentuales que Alberto Fernández obtuvo por encima del principal candidato peronista en las PASO de 2015 (Daniel Scioli) se explica en gran medida por la unidad peronista en 2019. Además, por supuesto, de que en 2015 el peronismo protagonizaba un gobierno de salida, muy desgastado; hoy su candidato encarna la novedad y la alternativa a un gobierno que no cumplió con las expectativas de la mayor parte de la población (Macri incluso perdió 1,300,000 votos respecto a 2015).

La tercera es que hay un problema en el sistema de encuestas pre-electorales, las cuales no dejan de errar en sus mediciones.2 En este contexto, el único mecanismo capaz de anticipar los resultados de las elecciones generales lo representan las PASO.

La cuarta y última es la vigencia de las teorías de voto económico en un contexto de inflación y recesión. Los resultados demostraron que la sociedad argentina no está dispuesta a resignar su bienestar por la promesa de que su sacrificio es la llave de un mañana mejor y que no hay modelo económico que se pueda sostener sin política, sin construir hegemonía. Menos un modelo de ajuste. El mantra “estamos mal, pero vamos bien” repetido hasta el hartazgo por el gobierno de turno, no convenció.

Es la economía, estúpido

Estas PASO demostraron, una vez más, que la capacidad para manejar la economía sigue siendo la variable electoral clave en Argentina.

En 2015 Mauricio Macri ganó con la promesa de acabar con la pobreza, bajar la inflación y unir a los argentinos. Pero enfrentó su reelección en un 2019 marcado por el aumento de la pobreza, inflación, recesión económica, el endeudamiento externo y la dependencia del FMI.

El resultado de las PASO era, como dijimos, esperable desde los presupuestos del voto económico. También era previsible que a dicho resultado lo sucediera una alteración de los mercados que se tradujo, al final, en el desplome del peso horas después de conocerse los resultados. La profunda debilidad y dependencia de la economía argentina, sumada al miedo de los mercados por el fantasma del kirchnerismo, encarnado en la candidatura a la vicepresidencia de Cristina Fernández de Kirchner, llevaron a que eso sucediera. Un estado de crisis generalizada paralizó a los argentinos. Macri ofreció su primer discurso poselectoral culpando a los electores por haber votado mal, en el rol de mero candidato que se olvidó que era presidente y, por tanto, principal responsable de los avatares económicos durante su gestión. También buscó responsabilizar al candidato ganador de las fuertes alteraciones del tipo de cambio y el descontrol subsiguiente. Luego entendió quién era.

Ante la acelerada quema de reservas del banco central, el gobierno anunció el default de la propia deuda. La situación económica fue tan acuciante y la debilidad del presidente en funciones tan aguda, que reaparecieron los temores de un traspaso de mando anticipado. Se impuso un cambio de Ministro de Economía encargado de encauzar la situación reinstaurando, de manera contradictoria, una serie de medidas propias del tan denostado gobierno kirchnerista y recomendadas pocos días antes por el equipo económico de Alberto Fernández: el regreso al cepo (nadie puede comprar más de 10 mil dólares por mes), los controles de capitales y la obligación a los exportadores cerealeros de liquidar en tiempos perentorios.

Como sostuvo Ignacio Fidanza,3 Macri no sólo termina su mandato absorbiendo todo el costo de sus malas decisiones, sino que al mismo tiempo lo hace instrumentando buena parte del inevitable trabajo sucio que permitirá a su adversario tener un inicio de gobierno mucho menos complejo de lo que se veía venir. Para eso debió dejar de lado lo que tanto daño le hizo: su propio dogmatismo ideológico.

Las condiciones y responsabilidades institucionales

Las PASO dejaron un escenario de certidumbre electoral y, paradójicamente, eso constituye un problema.

En teoría, las PASO son una instancia de selección entre precandidatos. Como tal, no deberían definir en sí mismas una elección presidencial, sino sólo seleccionar a los candidatos que participarán en la elección general. Sin embargo, ninguna de las principales fuerzas que se disputan la presidencia llevó más de un precandidato en las PASO, de forma tal que no hubo competencia interna efectiva y, por tanto, los electores no participaron en la elección del candidato a la presidencia de su espacio político. Así las cosas, las primarias se convierten en una virtual primera vuelta electoral.

El porqué de esta situación hay que buscarlo en el diseño legal de las PASO creadas en 2009 (Ley 26.571) y en el sistema electoral presidencial previsto en la Constitución Nacional. En primer lugar, el hecho de que sean simultáneas (S), abiertas (A) y obligatorias (O) vuelven a las primarias argentinas en un tipo más semejante a una elección general que otros diseños de primarias más restrictivos. Pero vayamos por partes.

La S implica que todas las agrupaciones deben poner en manos del electorado la selección de sus candidatos el mismo día, en un único turno electoral. La A significa que todos los electores del país participan de las primarias, lo cual supone que el votante del partido X puede decidir emitir su voto para afectar la interna (si existe) del partido Z y viceversa, por tanto, no participan sólo los afiliados de cada agrupación en su respectiva primaria, sino todos los electores del padrón. La O supone la obligatoriedad de la participación del electorado nacional –al igual que en elecciones generales– y de todas las fuerzas políticas que desean participar de la elección general, con independencia de que haya disidencia interna o una única candidatura (o lista de candidatos para cargos legislativos) de consenso.

Además, la ley prevé que las PASO deben tener lugar poco más de dos meses antes de la primera vuelta presidencial y, de esta manera, cuatro meses antes de la fecha legalmente prevista para el traspaso de mando (10 de diciembre). Así, en ausencia de competencia en el interior de las dos principales fuerzas políticas, las PASO funcionaron en los hechos como una primera vuelta electoral. Cuando esto ocurre con márgenes de victoria irreversibles que marcan el triunfo de un candidato opositor, tiene los efectos de una elección general sin serlo. Nace entonces un virtual presidente electo mientras el presidente saliente en funciones debe seguir gobernando y aun competir en la elección general, prevista más de dos meses más tarde. Se abre, así, un proceso de transición que dura cuatro meses, cuatro meses de un presidente en funciones sin poder real. Nada de esto puede ser bueno en un sistema presidencial.

Por otro lado, desde 1994 la Constitución prevé un sistema de balotaje atenuado para la elección presidencial. Esto significa que se puede ganar en primera vuelta obteniendo por lo menos 45% de los votos o sólo 40%, si además se verifica una distancia de 10 puntos porcentuales sobre la fórmula que le sigue en número de votos (arts. 94 a 98).  Dado que Alberto Fernández obtuvo 47.7% de los votos y Mauricio Macri 31.8%, y que todo indica que el 27 de octubre la distancia no sólo se mantendrá sino que puede llegar a profundizarse,4 las posibilidades de que no haya presidente electo en primera vuelta son casi nulas. Una segunda vuelta o ballottage parece ser poco más que una utopía macrista.

Evitar que un escenario como el actual se repita en el futuro requiere modificar las PASO. Desde su creación en 2009 y su puesta en marcha en las elecciones de 2011, éstas han sido un instrumento electoral debatido a profundidad en los círculos politológicos. ¿Sirven si no hay competencia en la categoría presidencial? ¿Cumplen con su objetivo de acotar la oferta, de democratizar la selección de candidatos? Estas elecciones no sólo reavivaron ese debate sino que lo ahondaron.

Los resultados evidenciaron un problema de diseño de las PASO. Un problema, a mi juicio, muy importante en un país tan inestable como la Argentina, que necesita instituciones que incentiven la estabilidad: las PASO no se pueden equiparar a una elección general. Como vimos, lo que resulta de ello no es bueno. Para evitarlo, es preciso modificar dos cuestiones. Por un lado, la obligatoriedad: que los partidos participen sólo en caso de llevar más de un precandidato (o lista de precandidatos legislativa) y que los electores tengan sólo el derecho, pero no la obligación, de votar en esta instancia. Por el otro, los tiempos en exceso largos entre las PASO y la elección general, producen un periodo de certidumbre política, pero no legal, hasta la elección general y un proceso de transición aún más extenso, generando incentivos para el comportamiento irresponsable de ambas partes, para la inestabilidad económica y la parálisis del Estado.

Es cierto, como marca María Esperanza Casullo,5 que en 2009 a ninguna de las personas que diseñó las PASO se le ocurrió prever un escenario donde un presidente que compite por su reelección luego de ser refrendado en las legislativas de dos años antes (2017) pierda por quince puntos. Se trata de un efecto no deseado del diseño institucional. Como estos efectos muchas veces no llegan a ser previstos, es necesario que la experiencia marque el camino de las reformas necesarias.

¿Qué esperar el 27 de octubre?

La Alianza Cambiemos llega al final de su mandato en medio de una profunda crisis económica y de gobierno. Ante el público, el presidente mantiene una posición en la cual niega una realidad que marca el fin de su gestión. Pocas horas antes del cierre de esta nota, Macri negó que las elecciones primarias tengan valor alguno al sostener que “la elección no sucedió”. Si bien hay algo de verdad formal en su declaración, la misma es política y materialmente discutible.

La Argentina se encuentra hoy en una especie de situación de doble comando: un presidente en funciones que ha perdido una gran cuota de poder y un candidato considerado virtual presidente. Ahora bien, ¿tiene todavía el mandatario alguna esperanza de poder revertir el resultado? Aunque los datos indican que es poco probable, un resultado distinto en octubre es, por supuesto, posible. En cualquier análisis lo posible debe ser considerado muy en serio, máxime en un país que nos tiene acostumbrados a lo imposible.

Todo indica que, para torcer su destino, el presidente debería llegar a un balotaje, pero es difícil que eso esté en el horizonte de posibilidades. Para que suceda, el 27 de octubre Fernández debería perder 7% de los votos obtenidos, ubicándose en 40 puntos. De esa manera, Macri se podría colocar  menos de diez puntos por debajo de Fernández y, así, viabilizar una segunda vuelta.

Pero ¿por qué Fernández perdería votos y hacia dónde podrían ir? Nada marca que eso sea factible ni existe factor institucional alguno que incentive a los electores a comportarse de ese modo. Lo que entonces debería ocurrir para que Macri revierta el resultado es casi un imposible: que todos los votos de quien salió en el tercer lugar en las PASO, Roberto Lavagna (con 8% de los votos), vayan a Macri –lo cual es pura ficción–, y que lo mismo suceda con los cerca de cinco puntos porcentuales que sumaron todas las fuerzas ultraminoritarias de derecha y extrema derecha, además de que los casi cuatro puntos de voto blanco (porcentaje más bajo que en las PASO de 2011 y 2015)  se conviertan en voto macrista y que los estimados cuatro o cinco puntos de electores que no se presentaron a votar en las PASO lo hagan en la general y sean todos votos del presidente. Obvio, es ciencia ficción en esta y en cualquier otra elección. Máxime cuando el balotaje en Argentina ha sido una rara avis. Por supuesto que ello es, sobre todo, consecuencia del particular diseño de balotaje atenuado, presentado más arriba. Desde que se introdujo en la constitución de 1994, sólo en 2015 debió celebrarse uno de ellos y fue, esa vez, la llave de entrada de Macri al poder.

Por otro lado, es previsible que en tanto las PASO actuaron como una primera vuelta, los electores tengan un comportamiento más estratégico que el previsto por la teoría en primeras vueltas bajo sistemas con balotaje. Por eso, es probable, por ejemplo, que parte del voto de Lavagna se vuelque esta vez por Fernández dado que, además, existe la tendencia de votar a ganador, ya que ambos candidatos están ideológica y políticamente más cerca.

De Seguro Mauricio Macri no será recordado por haber cumplido con sus principales promesas de campaña allá por 2015: bajar la inflación, eliminar la pobreza, unir a los argentinos. Aun así, la presidencia que eventualmente concluirá el 10 de diciembre sustentada por su alianza de centro-derecha, compuesta en especial por su propio partido PRO y la centenaria UCR, constituye un hito por, al menos, tres razones.

Uno, porque se trató de la primera presidencia en manos de una alianza política donde ninguno de los dos partidos históricos (peronismo y radicalismo) constituía la fuerza principal. Dos, porque dejó demostrado que un proyecto de derecha puede gobernar la Argentina en el marco de las reglas democráticas. Y, tres, porque se trata del primer gobierno no peronista desde la recuperación de la democracia que no se ve forzado a entregar el mando antes de tiempo.

* Doctora en Ciencia Política y docente universitaria. Integrante de la Red de Politólogas y miembro fundador del colectivo Ojo Paritario, se desempeña como asesora en temas electorales y de representación de género en el Ministerio del Interior de la Nación, así como consultora ante diversos organismos.
1 “Las paso son una encuesta nacional a cielo abierto”. Nodal.am, 7 de agosto de 2019 https://bit.ly/2lCXapi
2 “Silencios públicos, miedos privados”, Ernesto Calvo. El Estadista, 6 de agosto de 2019. https://www.elestadista.com.ar/?p=15539
3 “Lacunza, el Remes Lenicov de Alberto”, La Política Online, 1 de septiembre de 2019. https://bit.ly/2k00L0c
4 Aquí una serie de notas periodísticas retoman datos de las últimas encuestas electorales:  https://bit.ly/2lB0Vvq, https://bit.ly/2jZvJFw, https://bit.ly/2lAiiwr
5 “Sería inaudito e insólito que se revirtiera el resultado de las paso”. Diario La Capital, 26 de Agosto de 2019. https://bit.ly/2lB0Vvq
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