You dont have javascript enabled! Please download Google Chrome!
Miércoles 18 de julio de 2018

Pachanga y violencia en México

Carlos Resa Nestares*

La violencia tiene su propio nicho de debate, el que se arremolina en torno a la esfera de influencia de variables económicas y políticas: la pobreza, la política sobre drogas, la violencia política, la desigualdad, el estado de derecho… Es natural. Se buscan soluciones, no una reformulación del drama que se cree cubierto por medios de comunicación a los que se desdeña como sensacionalistas. Cuando se incluye el ámbito social o cultural más general, suele ser para segmentarlo y microanalizarlo: la violencia contra las mujeres o el crimen organizado, ese término enigmático que ha sustituido al tradicional “andaba con malas compañías”

Sin embargo, hay actividades sociales y patrones de comportamiento que tienen una marcada influencia sobre la violencia y que a menudo pasan desapercibidos. El más evidente es que se trata de un asunto de hombres: en México el 95 por ciento de los condenados por homicidio doloso entre 2003 y 2012 fueron varones, y el 89 por ciento de las víctimas de homicidio entre 1900 y 2016 también fueron hombres. Pese a la franca universalidad de los hombres en el recuento de asesinos y asesinados, la biología no predice su sino. La testosterona fomenta la agresión, sí, pero también la cooperación.

La violencia es por naturaleza incompatible con el sueño, y parece que también refractaria al horario de oficina. Los mexicanos se asesinan con mucha más asiduidad por la noche que por la mañana, más los fines de semana que los días laborables y con las cotas más altas en las fiestas. En México los cinco días del año con más asesinatos entre 1998 y 2016 fueron, en este orden, los de las festividades más tradicionales: de Año Nuevo, Navidad, la Independencia, la Virgen de Guadalupe y el Día de Muertos. En cada uno de esos días se acumularon más de mil homicidios, cuando el promedio diario fue 842. En Año Nuevo se duplica la cifra de asesinatos de un día cualquiera del año. Por contra, los dos días más tranquilos del año se situaron al final de las dos quincenas de enero, el mes de la frugal cuesta, cuando la población suele estar más apurada del bolsillo (en México los asalariados suelen cobrar por quincenas).

Los fines de semana también van coronados en México de singular virulencia. Los domingos entre 1998 y 2016 tuvieron 42 por ciento más homicidios que de lunes a viernes; en sábado aumentaron un 15 por ciento con respecto a la semana laborable. Todos los días de la semana los asesinatos alcanzan su punto mínimo entre las 5:00 y las 7:00 de la mañana (menos los domingos, que es entre 9:00 y 10:00) y a partir de ahí el número de homicidios va creciendo a lo largo del día a un ritmo que se va acelerando.

La cosecha de violencia de las noches del sábado al domingo es extraordinaria. Entre las 23:00 horas del sábado y las 3:00 del domingo se contabilizaron 3,259 asesinatos cada hora entre 1998 y 2016. En cambio, se cometieron 1,252 asesinatos por hora en la jornada laboral, de lunes a viernes de 9:00 a 17:00 horas. O los asesinos en México solapan su jornada laboral con los periodos festivos de los demás o los mexicanos se muestran incapaces de hacer dos cosas al mismo tiempo: trabajar y matarse (Gráfica 1).

Otra fiesta, “la fiesta de la democracia”, tiene un vínculo distinto con la violencia. El primer domingo de julio de cada tres años se celebran elecciones legislativas (salvo en 2015, que se adelantaron al primer domingo de junio). Cada dos convocatorias se acompañan de la elección de presidente de México. Resulta que coinciden con el domingo más pacífico de cada trienio. En las seis jornadas electorales entre 2000 y 2015 se sumaron 236 homicidios. Esa cifra constituye una reducción de los asesinatos del 20 por ciento con respecto al siguiente domingo más tranquilo en la misma sucesión trianual y del 32 por ciento sobre el domingo promedio. Mientras las urnas permanecen abiertas, entre las 8:00 y 18:00 horas, el descenso de la violencia es formidable pero menor, del 21 por ciento (Gráfica 2).

Puede ser que el extra de seguridad pública en la jornada electoral inhiba los asesinatos. Puede ser que las urnas proporcionen a los mexicanos un entretenimiento que los aleja de la violencia. O puede ser que en México, como en buena parte de América Latina y a diferencia de casi el resto del mundo, el fin de semana electoral vaya acompañado de la clausura de “todos los establecimientos que, en cualesquiera de sus giros, expendan bebidas embriagantes” (en 2006 se delegó la decisión de clausura a las autoridades estatales y municipales, que con contadas excepciones han mantenido la ley seca electoral).

Con más tirón que la política, el futbol es el pasatiempo audiovisual preferido de los mexicanos, sobre todo de los varones. Los campeonatos del mundo cada cuatro años son los que más audiencia televisiva aglutinan, y su impacto sobre la violencia no es despreciable. En los veinte partidos de la selección mexicana en los últimos cinco Mundiales (de Francia 1998 a Brasil 2014), los homicidios disminuyeron en la antesala del partido y se desplomaron en el primer tiempo. Pero el efecto cambió de signo durante la segunda mitad del partido y en las horas posteriores, con una eclosión de violencia.

Comparado con la misma hora del mismo día de la semana del mismo año, el número de homicidios se redujo en 14 por ciento durante las cuatro horas previas al partido y en seis por ciento en las 24 horas anteriores. Durante la primera hora del partido, la disminución de la violencia fue del 46 por ciento. En la segunda hora, que corresponde a la segunda mitad del partido y los minutos posteriores a su conclusión, el número de homicidios casi se triplicó. Y la intensidad de este aumento varió dependiendo del resultado. La victoria de la selección mexicana fue acompañada de una disminución del 15 por ciento en la violencia esperable. Si México pierde, la violencia aumenta en un 39 por ciento, como si la frustración tuviese consecuencias mortales. Y el crecimiento de la violencia se mantiene en las horas posteriores al partido (Gráfica 3).

Hay un elemento más consustancial a los humanos que se asocia con la violencia. En el imaginario colectivo opera la idea de que el calor nos vuelve más agresivos. “Se le calentó la sangre” o “es de sangre caliente” son eufemismos de conductas violentas. Y cuando se observa un mapamundi, el rojo de las tasas de homicidio es más intenso en las zonas más próximas al Ecuador. Los estudios médicos, psiquiátricos y de laboratorio sobre el comportamiento humano, sin embargo, son mucho menos concluyentes al asociar temperatura ambiente y violencia, de lo que se deduce que hay algún matiz cultural responsable de tatuar el calor con la tinta de la violencia.

A partir de los datos de temperatura por hora de 75 observatorios que el Servicio Meteorológico Nacional tiene ubicados por el territorio mexicano, en periodos discontinuos que comprenden de 1998 a 2016 (5.8 millones de datos que abarcan a municipios con 24.3 millones de mexicanos en promedio), se observa que la violencia aumenta sensiblemente en función del calor. Cuando el termómetro se situó por debajo de los diez grados centígrados, la tasa de homicidios fue de 8.8 asesinatos por cada cien mil habitantes; cuando el mercurio marcó por encima de los 30 grados, la tasa de homicidios se disparó hasta los 13.3 por cada cien mil habitantes.

Podría colegirse de forma natural que esa discrepancia climática tan enorme es el resultado de la asociación de la violencia con otras actividades rutinarias que se realizan a distintas temperaturas; la más palmaria es que cuando el ser humano duerme no mata y suele hacer más frío. Sin embargo, cuando se aíslan el municipio y todas las horas del día de cada semana como variables fijas, además de los días festivos más celebrados, el impacto de la temperatura sobre la violencia no solo persiste, sino que tiene la máxima significación estadística. Un aumento de diez grados centígrados eleva la tasa de homicidios en 1.2 por cada cien mil habitantes. Siendo la temperatura para la muestra de 21.7 grados y la tasa de homicidios de 10.9, eso significa que la tasa de homicidios a 35 grados es 40 por ciento mayor que cuando la temperatura es de cinco grados (Gráfica 4).

En definitiva, la violencia no es un ente maléfico aislado del resto de la sociedad, sino que la acompaña en su compás más cotidiano y en su esfera más íntima. Dramatiza sus actitudes machistas. Se mueve al ritmo de sus fiestas. Se altera con la selección nacional de futbol. Es sensible a las elecciones. Oscila con el frío y con el calor.

Tomada en conjunto podría decirse que la violencia sigue una receta sacada del cajón de la abuela: “el ocio es la madre de todos los vicios”, incluido el muy nocivo de asesinar. La paradoja es que el grupo que pone más empeño en matarse entre sí, los hombres de entre 15 y 45 años, es una franca minoría social, pero al mismo tiempo compone el grueso de la fuerza de trabajo remunerada.

* Profesor asociado de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid.
Versión del artículo publicado originalmente en la revista colombiana Razón Pública con el título “Fiesta, elecciones, fútbol, clima… y violencia en México”.
error: Alert: Content is protected !!