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sábado 24 de agosto de 2019

¿Oportunidad o amenaza?

Guillermo Ruiz de Teresa*

La fecha empezó a acercarse y los tiempos para elegir una nueva dirigencia se agotaban. Los cuatro años del tiempo de Manlio Fabio Beltrones se cumplían y el 19 de agosto del 2019 el Partido Revolucionario Institucional tendría que tener una nueva cabeza.

 Después de la gran derrota del partido en las elecciones intermedias, renunció Manlio Fabio Beltrones y se iniciaron los momentos de crisis e inestabilidad; siguieron tres dirigencias (Carolina Monroy, Enrique Ochoa y René Juárez) y la actual encabezada por Claudia Ruiz Massieu y Arturo Zamora.

Empezaron a nombrarse algunos prospectos como Ivonne Ortega (exgobernadora de Yucatán y exsecretaria general del partido), Ulises Ruiz (exgobernador de Oaxaca), José Ramón Martell (exdiputado y exfuncionario del partido), Alejandro Moreno (gobernador de Campeche), el Dr. José Narro Robles (exrector, exsubsecretario de Gobernación y de Salud y exsecretario de Salud) y Lorena Piñón.

Se iniciaron las pláticas entre ellos y posteriormente en el consejo se hizo la propuesta de hacer una consulta abierta a la militancia, respaldada por la presidenta Claudia Ruiz Massieu.

Entonces, para agilizar la discusión, los aspirantes nombraron representantes en una mesa de diálogo que viera detalles y minucias del proceso.

En esa mesa empezaron a salir los intereses, los diferentes puntos de vista, las posibilidades y formas para llevar a cabo la elección.

Algunos de los aspirantes empezaron a decir que había un contendiente de la cúpula (aunque no estaba claro quién era la cúpula) y que lo mejor era confirmar lo ya aprobado por el consejo de una elección abierta a la “militancia”.

Ya confirmada la decisión, inició la discusión en la mesa de representantes sobre cómo debía hacerse, resaltando dos puntos principales: 1) ¿Cuál era el padrón de militantes a usar? y 2) ¿Cuál sería el costo y cómo se pagaría?

Obviamente no eran los únicos puntos, pero sí los más “sensibles”, también necesitaba aclararse quiénes eran los militantes, dada la anacrónica definición del artículo 23 y del 61 de los estatutos, el cual establece que militantes son los afiliados que desempeñen en forma sistemática y reglamentada las obligaciones partidarias. Está cerrada definición nos podría llevar a una impugnación; también habría que definir cómo se garantizaría la cadena de custodia, cuántas urnas habría, dónde se pondrían, qué tipo de papel se usaría, cómo se acreditarían los representantes de casilla y todos los detalles propios de una elección.

Por problemas de espacio, abundaré solamente en los dos puntos principales.

1) El padrón: el partido había presentado al INE un padrón de 6,554,000 militantes, contestando que ese padrón estaba mal, que había muertos, miembros de otros partidos o apartidistas e, incluso, inexistentes, por ello dio una “amnistía” (como a todos los partidos) para ratificar o rectificar el padrón, ya que por cada error los multarían con 48,000 pesos, por tal motivo se inició un proceso de confirmación, reafiliación o nuevas afiliaciones que terminará en enero.

En algunos estados (Campeche, Coahuila, Oaxaca, CDMX) se inició un proceso desmesurado e ilógico que nos llevó a casi 650,000 nuevos afiliados, pareciera que súbitamente hubo un furor partidista donde se llegó a multiplicar por dos o tres el padrón existente, como fue el caso de CDMX y Coahuila. Sin embargo, en los estados donde tuvimos elecciones, los votos por el PRI fueron menores a 15% respecto al padrón que tenía registrado.

¡Era una paradoja! En los estados en elección no votaba ni 15% del padrón, mientras donde se levantaba el padrón, éste se multiplicaba por tres. Lo menos que dijeron varios de los aspirantes es que se salía de cualquier normalidad y generaba malas interpretaciones.

¡¡El INE, por su parte, volvió a revisar estas “nuevas afiliaciones”, manifestando que había varias personas de otros partidos y por lo menos 1,700 muertos!! Era evidente que estaban alterando el padrón. Los priistas nos debemos preguntar si es confiable el padrón por el que se elegirá a la nueva dirigencia. ¿No se prestará a impugnaciones? ¿Terminaremos con una dirigencia cuestionada? ¿Escogimos la mejor opción o sólo la políticamente correcta?

Sin duda, será un proceso difícil, con poca claridad, muy caro y con resultados que se podrían cuestionar.

El primer paso debía ser ante la Comisión de Procesos Internos, donde los aspirantes tendrían que presentar su documentación, sin embargo, antes de esto, José Narro no quiso participar, pues consideró un padrón simulado y sin transparencia.

2) Financiamiento: el PRI no tenía dinero para la elección, por lo que se apoyaría con hipotecas o ventas de inmuebles y, seguramente, crearía futuros problemas al partido.

Por todo en general, pero por estos dos puntos en particular, tomó el doctor Narro la decisión de no competir; una gran pérdida para el partido, que un hombre con su integridad y reconocimiento, del que nos sentiríamos orgullosos los priistas y, que –sin duda– sería un representante sin tacha del nuevo PRI ante la sociedad, decidiera no participar al manifestar que las condiciones vislumbraban un proceso que dejaría muchas interrogantes.

Además de los problemas propios de la elección, había un pronunciamiento de 11 de los 12 gobernadores priistas para apoyar a uno de los contendientes, lo que invalidaba automáticamente el llamado “proceso abierto”. Parecía una contradicción que ensombrecería esta elección; sumado a lo anterior, el convocante de esta “reunión de apoyo” había sido Alfredo del Mazo, lo que provocó muchas especulaciones que se hicieron a partir de que existía una “presión” o “recomendación” del presidente Peña.

Los aspirantes por este u otros motivos empezaron a descartarse, así José Ramón Martell se solidarizó con Alejandro Moreno; Ulises Ruiz entregó su documentación y dijeron que le había faltado apoyo de un Comité Directivo Estatal, por lo que no fue aceptado (dicen que hubo mucha presión para que Ulises no lo obtuviera). Además, otras tres personas quisieron inscribirse y no completaron los mínimos requeridos. Ivonne entregó todo, así como Alejandro Moreno. Por parte de Lorena Piñón, se “descubrió” que había sido precandidata del PAN a una diputación local, esto invalidó su candidatura, ¡aunque hace unos días el tribunal dijo que debía participar y sólo Alito la felicitó por ello! ¿Un priista felicita a una panista para que compita por la dirigencia? ¿Le parecerá sano y democrático? Ante esto, Kafka podría ser un escritor costumbrista.

Lo anterior sólo describe en forma muy general cómo fue el inicio del proceso y la causa principal por lo que José Narro prefirió no seguir en la competencia. Sin embargo, a partir de esta reseña valdría preguntarnos las consecuencias inmediatas para el partido, para sus militantes y, sin duda, para el país y su democracia.

Si consideramos que realmente nos quedan dos opciones: Alejandro Moreno e Ivonne Ortega, ellos y sólo ellos, por su trayectoria, fama pública, historia y origen llevarán al partido a su fortaleza electoral y a su propia militancia a lugares diferentes ¿cuál lo fortalecerá más?

¿La militancia verá a Alito, por el apoyo de los gobernadores, como el candidato del sistema y a Ivonne como la candidata del antisistema? Se dice que Alito es el candidato de Peña, pero también de AMLO y que eso convertiría al PRI en un apéndice del gobierno. Malo para el país si esa fuera la realidad y más malo para el partido que se desfondará. Tendremos la respuesta en los siguientes meses, fundamentalmente con la elección del 11 de agosto.

Pero todo lo anterior no son más que anécdotas; el tema principal es cómo sería el PRI que compita en el 21, como sería la visión con cada uno de los dos contendientes reales.

¿Para la democracia en el país, lo importante es que existan contrapesos al gobierno? ¿El PRI debe ser comparsa de las decisiones gubernamentales? ¿Qué papel debe tener en las Cámaras? ¿Los legisladores deben votar a favor de lo que proponga Morena y que cada legislador vote como mejor le convenga o deberá la dirigencia promover con sus legisladores un voto unido y de contrapeso a decisiones unilaterales?

Deberemos ser claros, el gobierno está en un lado de la mesa, toda la oposición en el opuesto, por lo que nos debemos cuestionar quién de ellos permitirá o promoverá al PRI aliarse con otros opositores para ser un gran contrapeso que no sólo se oponga, sino analice, evite cosas inadecuadas para la vida nacional y proponga proyectos de desarrollo y empleo.

¿Cómo controlará la nueva dirigencia a sus legisladores para evitar posiciones gubernamentales que no quiera el PRI? ¿Quién consolidaría mejor al partido como oposición dura y sólida, y fomentará el orgullo de sus militantes? Y, ¿quién representa con profundidad los valores priistas de honestidad y ética que son importantes para los militantes o sólo preferirá acomodarse a resultados de corto plazo?

Revivir y fortalecer al PRI va de la mano con una dirigencia sin debilidades que pueda aprovechar el gobierno para algún fin determinado.

No puedo cerrar este análisis sin considerar la información  que salió en un periódico sobre una casa propiedad del exgobernador de Campeche, que seguramente tendrá repercusiones en el proceso.

Para que este tema pueda cerrarse y no se convierta en una nueva “casa blanca”, tendrá que aclarar con todo detalle las acusaciones y demostrar que eran intereses políticos y no realidades inmobiliarias, no puede dejarlo a un lado y sin contestar.

Ivonne, por su parte, no ha tenido llamadas legales ni mediáticas por su actuación en ninguno de los puestos públicos que ha ocupado; por ello, y para la salud del partido y la tranquilidad de los priistas, Ivonne y Alito deberán mostrar, además de inteligencia, conocimiento partidista y de la militancia; compromiso con el futuro del partido y, sobre todo, con el futuro del país, así como absoluta transparencia en su vida personal y en su patrimonio.

¡La nueva elección debe de ser una oportunidad para fortalecer al partido, no una amenaza que lo pueda destruir!

* Representante ante el PRI del aspirante Dr. José Narro Robles.
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