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domingo 20 de enero de 2019

Nuevo discurso político

Carlos A. Flores Vargas*

Andrés Manuel López Obrador, candidato por la coalición Juntos Haremos Historia, ganó de forma contundente las elecciones presidenciales del 1º de julio de 2018 con 30 millones 113 mil 483 sufragios (53.19 por ciento de la votación nacional); así, hasta ahora, es el presidente con más votos en la historia democrática de México.

Después de 153 días de una larga transición que terminó con la “… extensa, penosa y costosa agonía del gobierno encabezado por el presidente Enrique Peña Nieto”,1 el 1º de diciembre del año pasado López Obrador tomó protesta como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. En esta ocasión, “… acudimos a una nueva transferencia pacífica del poder político, la tercera alternancia en cuatro elecciones presidenciales celebradas después del proceso histórico de transición democrática… Esta transferencia del poder ha sido posible porque fue habilitada por elecciones genuinamente democráticas. La llegada del nuevo gobierno es la prueba viviente de un esfuerzo colectivo, histórico, mediante el cual México construyó un marco institucional que hace posible el ejercicio efectivo, el cuidado y el cómputo de la voluntad soberana de los mexicanos”.2

En su tercer intento por lograr el máximo cargo de representación popular de los mexicanos, López Obrador se alzó con un triunfo indiscutible bajo el cuidado de las instituciones de la democracia, destacadamente el Instituto Nacional Electoral que, junto a decenas de miles de ciudadanos, hicieron posible, subrayo, el ejercicio libre y efectivo del voto en la elección más grande de nuestra historia. Fue dentro del marco de estas instituciones donde se desahogó un complejo proceso político y social que terminó con ese triunfo en las urnas, las mismas que han organizado las elecciones desde 1991 y que han hecho posible la renovación pacífica del poder político en medio de una convulsión social ocasionada por la violencia, la ominosa corrupción y un pobre desempeño de la economía nacional.

El discurso inaugural

Durante los cinco meses de transición, el presidente nos dejó ver su necesidad de consolidar un poder hegemónico, sostenido en dos pilares. Por un lado, una vuelta al centralismo frente a la percepción de que el federalismo ha hecho ingobernable el país; por otro lado, el control del Estado bajo la idea de que las instituciones le han fallado al “pueblo” desde la elección de 2006,3 es decir, la desconfianza en las instituciones impulsa al nuevo gobierno a cambiarlas para “refundar la confianza del pueblo” en ellas.

A ese par de elementos se suma, como ha señalado Duncan Wood, el ejercicio y dominación de una estructura de poder, no por la coerción sino por el consentimiento (las mal llamadas “consultas” como modelo de legitimación de decisiones políticas o técnicas).

El tono del discurso inaugural asienta algunos de esos elementos sobre las prioridades del nuevo gobierno. Más allá de repetir con la venda en los ojos que se ha iniciado una “cuarta transformación” (no conozco alguna que haya sido decretada como tal antes de conocerse los resultados y medirse los cambios), lo que es claro es el estilo propio de ejercer el poder político. El 1º de diciembre, el nuevo mandatario expuso públicamente los trazos de su gobierno, tanto en el discurso de la toma de protesta en la Cámara de Diputados (78 minutos), como en el pronunciado en el Zócalo capitalino (105 minutos) frente a unas 160 mil personas.

Entre frases ocurrentes, pero muy simbólicas para su audiencia (“me canso ganso”, “yo ya no me pertenezco”, “todos nos vamos a portar bien”, “vamos a promover el bienestar del alma”, “con ustedes [el pueblo] me van a hacer lo que el viento a Juárez”), promesas cual si fuera campaña y un buen resumen de medidas anunciadas en la transición, hay al menos cinco ejes en la narrativa presidencial y en el horizonte para el país:

  1. En el corazón de la transformación está el cambio de régimen profundo y radical. Como lo dijo el presidente, “por mandato del pueblo iniciamos hoy la cuarta transformación política de México, puede parecer pretencioso o exagerado, pero hoy no solo inicia un nuevo gobierno, hoy comienza un cambio de régimen político… A partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical… Ahora, nosotros queremos convertir la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno. No se trata de un asunto retórico o propagandístico, estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó, no solo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este periodo de la más inmunda corrupción pública y privada”.
  2. El centro del gobierno: primero los pobres, la paradójica lucha contra la corrupción y un perdón con sabor a impunidad. “Por el bien de todos, primero los pobres” se escuchó con claridad y el gobierno perfila programas sociales que incluyen, entre otros, becas a estudiantes de escasos recursos en primaria y secundaria; todos los estudiantes de bachillerato público recibirán 800 pesos mensuales; 300 mil jóvenes universitarios en pobreza recibirán 2,400 pesos mensuales; la pensión a adultos mayores alcanzará los 1,274 pesos mensuales; se apoyará a un millón de discapacitados en pobreza; dos millones 300 mil jóvenes sin empleo serán aprendices y ganarán un sueldo de 3,600 pesos mensuales; se implementará un plan de reforestación con árboles frutales y maderables para 400 mil personas. Se trata de programas que, además de la enorme cantidad de recursos que requieren, han abierto un debate entre las medidas clientelares y quien ve una política social de carácter universal.

Sobre el combate a la corrupción, dijo el presidente: “la corrupción se convirtió en la principal función del poder político… Si me piden que exprese en una frase el plan del nuevo gobierno, respondo: acabar con la corrupción y la impunidad”. Y, sin embargo, propuso al pueblo mexicano poner un punto final y empezar de nuevo; en pocas palabras, “que no haya persecución del pasado y que las autoridades desahoguen en absoluta libertad los asuntos pendientes. Que en el terreno de la justicia se pueden castigar los errores del pasado, pero lo fundamental es evitar los del porvenir… Pongamos un punto final a esta horrible historia y mejor empecemos de nuevo”. Se trata, pues, de una lucha contra un lastre de México que se combatirá, paradójicamente, con una suerte de amnistía.

  1. El destierro del neoliberalismo, pero conservando la ortodoxia tecnocrática para no generar deuda, no ampliar ni elevar impuestos y adelgazar al Estado. En la tribuna se oyó en varias ocasiones lo que este gobierno piensa del neoliberalismo y se resume en “un desastre, una calamidad para la vida pública del país… El distintivo del neoliberalismo es la corrupción, suena fuerte pero privatización ha sido en México sinónimo de corrupción”. Así que también es necesario separar del poder político a las élites económicas, en virtud de que “se han alimentado mutuamente y se han implantado como modus operandi del robo de las riquezas y de los bienes de la nación”.
  2. La democracia llega con este gobierno y la idea de fraude electoral está instalada hasta lo más profundo del pensamiento del presidente. Primero reconoció el “talante democrático” de Enrique Peña Nieto: “le agradezco sus atenciones. Pero, sobre todo, le reconozco el hecho de no haber intervenido, como lo hicieron otros presidentes, en las pasadas elecciones presidenciales. Hemos padecido ya ese atropello antidemocrático y valoramos el que el presidente en funciones respete la voluntad del pueblo. Por eso, muchas gracias, licenciado Peña Nieto”. Y remató señalando que “se acabará la vergonzosa tradición de fraudes electorales, las elecciones serán limpias y libres y quien use recursos públicos o privados para favorecer a candidatos o partidos irá a la cárcel”.
  3. No reelección. En una declaración llena de fuerza, López Obrador se definió como juarista y cardenista, pero también maderista y partidario del sufragio efectivo y la no reelección. Se trató de un mensaje al final de la toma de protesta frente a la posición que sus adversarios han expresado desde 2006, la idea de que México terminará como Venezuela en sus manos. Por ello, expresó que bajo ninguna circunstancia habrá de reelegirse, por el contrario, se someterá a la revocación de mandato.

Los irreductibles de nuestra democracia

El presidente asumió el cargo en un momento de gran malestar con la democracia en el mundo en donde, desafortunadamente, México no es la excepción. Como señala el Informe Latinobarómetro 2018 en su evaluación sobre América Latina, “podemos constatar que los ciudadanos de la región que han abandonado el apoyo al régimen democrático prefieren ser indiferentes al tipo de régimen, alejándose de la política, la democracia y sus instituciones. Este indicador nos muestra un declive por indiferencia. Son estos indiferentes que votan los que están produciendo los cambios políticos, sin lealtad ideológica ni partidaria y con volatilidad”.4

En los detalles por país, en México apenas un 38 por ciento apoya la democracia; 11 por ciento cree que el país “no es una democracia”; 48 por ciento considera que tenemos “una democracia con grandes problemas” frente al 19 por ciento que alberga la idea de “una democracia con pequeños problemas”; 55 por ciento cree que “la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno”; solo el 16 por ciento está muy satisfecho o satisfecho con la democracia, apenas por encima de Venezuela (12 por ciento), El Salvador y Perú (11) y Brasil (9). Y como colofón de este desencanto democrático, el 88 por ciento considera que México está gobernado “por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio”, mientras que solo nueve por ciento piensa que se gobierna “para el bien de todo el pueblo”.

En ese contexto nos encontramos varias descalificaciones del presidente sobre las instituciones, tales como las “decisiones antidemocráticas” del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación con motivo de la confirmación de la elección en Puebla, o la simple idea de que “se acabará la vergonzosa tradición de fraudes electorales”, que en nada ayudan a mejorar el ambiente adverso a nuestra democracia y, por el contrario, abonan a la división y polarización social. Lo que bien valdría una reflexión profunda, pues como ha dicho el escritor Javier Marías, “la lucha por el poder es legítima, tanto como la aspiración a mejorar y progresar, a acabar con las desigualdades feroces y no digamos con la pobreza extrema. Pero se están abriendo paso, en demasiados lugares, políticos que más bien buscan fomentar el resentimiento de cualquier capa de la población”.5

Más allá del discurso y las intenciones de cambio, un magnífico editorial de El País dilucida que “sacar de la pobreza extrema a millones de mexicanos, paliar la descorazonadora desigualdad social y reducir a niveles aceptables, si tal cosa existe, la violencia de proporciones bíblicas que azota a México requerirá de intervenciones contundentes y cambios profundos en los mecanismos políticos y administrativos del país. Lograr todo ello sin debilitar ni comprometer la democracia, tanto en la letra de la ley como en su espíritu, es tarea hercúlea y requiere sin duda del concierto del conjunto de la sociedad. México no dispone de otro camino, ni de muchas más oportunidades, para salir de la maraña que le asfixia y encarrilar su destino en el siglo XXI”.6

Por ello, el nuevo gobierno tiene la enorme responsabilidad de ensanchar el cauce democrático. El cambio que viene tendría que seguir algunas decisiones democráticas irreductibles, como lo ha señalado el Instituto para la Transición Democrática en La construcción política de la confianza:

  • El marco básico de la Constitución y de las leyes. Mientras no se modifiquen, es preciso procesar los cambios a través suyo, no al margen o en paralelo a ellas. En estas semanas hemos visto que se acude y respeta este expediente, pero en muchas otras ocasiones, no.
  • La división de poderes y el pacto federal no son una enunciación, sino una ruta obligada, sin excusas ni atajos. Muchas cosas pueden cambiar en esas relaciones, pero insistimos: sin cruzar el camino constitucional, sin reformarla, todos estamos bajo su mandato.
  • La gran paradoja del momento es que, cuando más necesarios son, los partidos políticos están más desprestigiados que nunca. Pero en ellos radica, como hemos visto, una gran parte del ánimo nacional y expresan la pluralidad real del país (no la imaginada). La propia elección ha extinguido algunos, pero su importancia y reforma –política, intelectual y moral– son una obligación crítica para esta democracia.
  • Las instituciones independientes, autónomas, deben estar sometidas a la evaluación y a la crítica, pero su existencia y vigencia no pueden depender de las inclinaciones de corriente política alguna. Esas instituciones están allí precisamente para que ningún poder se convierta, bajo ninguna circunstancia, en un poder absoluto. El Poder Judicial que es el garante del orden constitucional, pero tiene una enorme responsabilidad en clarificar la situación y deslindar los legítimos derechos de los inaceptables privilegios, empezando por sí mismos.
  • Todas las políticas, los programas, iniciativas de gobierno deben estar basadas en datos y evidencia bien documentada. No es aceptable ni razonable ni sustentable decidir hoy y dejar para después el estudio riguroso y científico de sus consecuencias.
  • La información, los datos, las cifras, censos y padrones deben ser erigidos por instituciones independientes y objetivas. La política en general y sus programas concretos deben estar fundamentados en datos cuyo diseño, ejecución y evaluación corra a cargo de instituciones autónomas, especializadas, no sujetas al sesgo natural del gobierno, sea del partido que sea.
  • Respetar, cuidar y ejercer la libertad de expresión es, por supuesto, la más obvia de las condiciones, pero en el caso mexicano adquiere un peso doble: ni censuras ni autocensuras, y la comprensión de que no hay “dos” posturas en conflicto, sino una diversidad de puntos de vista que merece ser difundida y escuchada.
  • Y por supuesto, lo inadmisible de la política económica basada en el sometimiento y depresión de los ingresos de la gran mayoría. Los bajos salarios, empezando por los salarios mínimos, forman parte de ese grupo de “inaceptables” que distorsionan la economía y la sociedad de México. Un compromiso por fraguar una política económica que ofrezca un horizonte laboral a millones de jóvenes, decidida a atemperar la oceánica desigualdad y que disminuya la pobreza, sin más posposiciones ni disculpas, para una sociedad más cohesionada.
  • Asimismo, es inescapable reconocer que la fragilidad fiscal del Estado mexicano –que en parte refleja la poca legitimidad del Estado mismo para recaudar los impuestos– es de tal magnitud que los derechos sociales consagrados en la Constitución no podrán ser garantizados, ni podrán atenuarse las inadmisibles brechas de desigualdad social. Una deliberación democrática madura, exige no solo formular y cumplir promesas sino discutir obligaciones. Nos guste o no, el costo de los derechos es uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

Nuestra base democrática debe cuidarse y fortalecerse. Las instituciones por encima de las personas y la ley por encima de la voluntad. Traigo a esta discusión una alusión directa a Trump, Orban, Putin y Erdogan, que Timothy Snyder ha señalado: “el culto a la personalidad debilita la capacidad de mantener un país en marcha. Cuando aceptamos ese culto, no solo estamos cediendo nuestro derecho a elegir a líderes, sino que también estamos debilitando las instituciones que nos permitirían hacerlo en el futuro… La democracia es la manera valiente de tener un país. Un culto a la personalidad es una forma cobarde de destruirla”.7

A nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador y a todos nos irá mejor en democracia que sin ella.

* Especialista en política y elecciones.
1 Trejo Delarbre, Raúl. “La capitulación de Peña Nieto”, La Crónica, 26 de noviembre de 2018.
2 Instituto de Estudios para la Transición Democrática. La construcción política de la confianza en http://www.ietd.org.mx/la-construccion-politica-de-la-confianza/, 12 de diciembre de 2018.
3 Wood, Duncan. “What we learned from the AMLO transition”, Americas Quarterly, 29 de noviembre de 2018.
4 Informe de Latinobarómetro 2018, en http://www.latinobarometro.org/lat.jsp.
5 Marías, Javier. “Fomento del resentimiento”, El País Semanal, 9 de diciembre de 2018.
6 Editorial. “México ante su destino”, El País, 2 de diciembre de 2018.
7 Snyder, Timothy. “The cowardly face of authoritarianism”, The New York Times, 3 de diciembre de 2018 (traducción propia).
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