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lunes 23 de septiembre de 2019

Ni comparsa de AMLO ni satélite de Morena

Guillermo Ruiz de Teresa*

Acabó la elección del PRI y los resultados fueron los que todos esperaban: un triunfo “arrollador” de Alito y Carolina, una votación bastante disminuida para Ivonne y José Encarnación Alfaro, podríamos decir alta aunque sólo fuera 3% para Lorena Piñón y Daniel Santos, sobre todo si es verdad lo que se ha dicho hasta el cansancio de que ella había participado en una elección panista y que ahora sólo funcionaría como “golpeadora”.

Mis primeras impresiones, al día siguiente de la elección, me refirieron a lo que Narro planteó en su momento, hablo de varios problemas, pero resalto dos: el padrón y el financiamiento; así lo describí en un artículo de mi autoría en el número anterior de esta revista y desafortunadamente Narro tuvo razón en su planteamiento.

Pero en estas primeras impresiones –donde la consulta a la base pareciera la única solución para fortalecer al partido– recuerdo una entrevista que, en la época del presidente Fox, hicieron Ciro Gómez Leyva y Denise Maerker al expresidente López Portillo, donde éste dijo que cuando hubo cambiado la circunstancia del PRI al tener como Jefe del Gobierno Federal a alguien de un partido opositor al PRI, este partido debiera voltear a las bases para elegir a la nueva dirigencia, pero para ello habría que trabajar mucho en educar y capacitar a los propios priistas a fin de saber cómo llevar este proceso sin que las cúpulas quisieran influir en la decisión. Dijo que no era un proceso fácil porque había que educar a las bases a elegir libremente, no esperar la “línea”, pero también a las cúpulas a no meterse, a no querer influir, a no buscar sus intereses antes que los del propio partido; recalcó la importancia de concebirlo en el largo plazo, no sólo en la coyuntura.

En esta ocasión se hizo así por interés de alguien o de algún equipo o la mayoría estaba convencida de que el método escogido era el mejor camino, si así fuera ¿por qué se metieron los gobernadores? ¿Qué querían ganar? ¿Qué estaban buscando? ¿A quién querían complacer?

La pregunta aquí sería si la elección y la forma de cómo la hicimos ahora robustece al PRI en el largo plazo o sólo en la coyuntura.

Por ejemplo, teníamos un padrón de 6.5 millones, pero se abrió la posibilidad de crecerlo y así sucedió mayoritariamente en cinco estados; sin embargo, el número de votantes en esta elección fue igual al porcentaje que votaron en las diferentes elecciones: entre 15 y 20% del padrón.

La idea de abrir éste para que “miles” de priistas fueran a inscribirse y votaran, sólo fue un buen deseo, pareciera que no lograron la motivación necesaria para que aquellos que alguna vez fueron priistas regresaran a luchar políticamente por este partido; no lograron superar el rechazo al PRI que ha marcado las últimas elecciones. Esto, sin duda, es y será uno de los grandes retos que enfrentará la nueva dirigencia, donde, seguro, lo tendrán que pensar y repensar, además de adecuar el partido a la realidad, rehacer nuestro padrón con números reales y no seguir pensando que somos lo que ya no somos.

Abrir la posibilidad de crecer el padrón sólo se prestó a que varios pensaran en que esto haría dispareja la elección. No votaron más personas que el porcentaje que lo estaba haciendo últimamente, porque la votación se concentró (por ejemplo, en Oaxaca votó 80% de su padrón) y este tipo de cosas nada más ensució la elección y dio pie a malas interpretaciones.

Mucho trabajo tendrá la nueva dirigencia para poner todo su esfuerzo en terminar con la simulación y entrar de verdad a un proceso de renovación.

Por el lado de las finanzas, también tendrán que trabajar mucho, el PRI ahora es un partido con poco dinero, grandes deudas y más necesidades; en esta elección se nos fueron 80 millones de pesos. Una deuda más para un partido en problemas. Si, además, ya está en la mesa de discusión disminuir a los partidos sus prerrogativas, podríamos tener el peligro de privatizar la política y, en este caso, no sólo me refiero al PRI sino prácticamente a todos los partidos –menos, obvio, al partido en el gobierno–, tendrán el mismo problema; es la política mexicana la que está en ese peligro.

Pero estos son temas de la propia elección, pueden ser graves, pero al final la solución a los verdaderos problemas para la vida partidista empieza a partir de la toma de protesta de la nueva dirigencia. ¿Qué imagen debe tener la ciudadanía sobre el pri para volver a confiar en los priistas? ¿Cómo quitar la idea de un partido de corruptos, de un partido donde la competencia pareciera sólo una simulación, sobre todo después del apoyo cupular de 11 gobernadores?

Su reto será convertir al PRI en un partido orgulloso de su historia y comprometido con México, en cada acto deberá quedar claro que no es comparsa de AMLO ni satélite de Morena. El 21 será el gran reto, para el PRI es ¡ahora o nunca!

Durante el proceso de renovación necesitamos reivindicarnos de todo lo que nos acusan sin razón y borrar aquello en donde sí tienen razón y, al mismo tiempo, promover un proyecto con identidad propia, un partido en el que la gente confíe respecto a que defenderá sus causas, un partido que represente los ideales de los mexicanos, los ideales que se enarbolaron principalmente en la Revolución y que el propio pri tiene como apotegma: Democracia y Justicia Social.

Las irregularidades que existieron no se podrán repetir en el futuro, deberán ser sólo una anécdota y no una forma de trabajo. Cinco estados (Oaxaca, Campeche, Puebla, Coahuila y Estado de México) le dieron a Alito 45% de su votación y, por cierto, fue donde más había crecido el padrón, ¿esto es lo que se quiere en un partido nacional, que cinco estados acaparen una elección nacional?

El PRI sigue siendo el partido más grande del país con 12 gobernadores y con casi  36% de la población, aunque sólo gobierna en tres ciudades capitales; el PRI todavía tiene mucha tela de donde cortar, tiene que regresar a sus bases, sí, pero también debe quedar claro qué papel deben jugar los gobernadores, éstos deben ser ejemplo para todos y entender que, antes que ellos, sin acomodos y sin intereses, está el PRI y el país.

El 21 será, como dije antes, un momento relevante, ocho de las 12 gubernaturas estarán en juego y, obviamente, la Cámara de Diputados; si no le va bien para el 24, podrá ser un pequeño partido satélite.

La nueva dirigencia tiene la obligación de entender las aspiraciones de la ciudadanía y abanderarla sobre todo en contra del gobierno actual o, mejor dicho, en contra de las acciones equivocadas del gobierno actual; deberá asumir los costos de ser una oposición real; un PRI fuerte le sirve a todos, incluyendo al nuevo gobierno o, más bien, sobre todo al nuevo gobierno.

Si el pasado y la propia historia del país no se entiende sin el pri como partido fuerte, pero también como cultura política, el futuro no será fuerte y promisorio sin un pri consolidado y articulado, con posiciones políticas claras, abanderando los anhelos y necesidades de la población; estableciendo ante el gobierno actual límites y fortaleciendo el Estado de derecho.

El PRI debe aprovechar esta coyuntura y “lavarse la cara”, pero sin simulación, deberá realmente hacer una renovación de formas y métodos que no permitan las malas interpretaciones.

Alito y Carolina tienen la responsabilidad, desde el partido, de hacer un país renovado con opciones reales, donde los ciudadanos no sólo estemos esperando qué se dice en las “mañaneras”. Deben, como partido, reaccionar sin duda, pero sobre todo proponer. Los priistas deben contar con que esta nueva dirigencia tenga la capacidad, la voluntad, los arrestos y el compromiso de hacerlo.

Por el bien del PRI y del país, el partido se debe recomponer en el corto plazo.

* Representante ante el PRI del aspirante Dr. José Narro Robles.
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