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domingo 16 de junio de 2019

Mañaneras: desgastes y riesgos

Humberto Musacchio*

En algunos círculos políticos e intelectuales, no necesariamente de oposición, hay una notoria inquietud por las conferencias de prensa del presidente Andrés Manuel López Obrador. En especial, causa desazón la facilidad del mandatario para abrir frentes de batalla, su tendencia a las generalizaciones injustas y el evidente desgaste de la investidura presidencial, con las peligrosas consecuencias que todo eso puede tener para la estabilidad.

Como está claro, o debía estarlo para todos, un candidato puede prometer incluso con ligereza. Pero en el ejercicio del poder aparece la imposibilidad legal, política o financiera para cumplir, lo que obliga a obrar y hablar con suma cautela.

El actual ocupante del Palacio Nacional frecuentemente aparece con un rostro que denota cansancio, explicable por su durísimo ajetreo diario, su edad, sus condiciones de salud, que distan de ser las óptimas, y las tensiones propias de su cargo. Y ese agotamiento, ahora que está en los primeros meses de su mandato, aparece en el rostro, en la voz, en los movimientos y en todo aquello que captan las cámaras fotográficas y de televisión, lo que tampoco conviene a la institución presidencial.

En esa innecesaria y riesgosa sobreexposición, López Obrador no se da espacio para evitar la confrontación ni tiempo para reflexionar sobre la declaración o respuesta más adecuada. Si la conferencia mañanera estuviera a cargo de un vocero y éste hiciera una declaración impolítica o equivocada, quedaría el recurso de enmendarle la plana y, en un caso extremo, hasta de cesarlo. Pero si el declarante es el propio mandatario, resulta difícil que se desdiga o que se refute a sí mismo y, como es obvio, tampoco puede cesarse.

Hay días en que López Obrador sale al escenario y muestra que no tiene un tema por tratar o de plano lo confiesa, lo que –se supone– haría ociosa la conferencia matutina. Pero entonces ocurre lo más peligroso, pues el Ejecutivo cae en un ejercicio de improvisación donde las dudas, los largos silencios y las opiniones resultan costosas para quien ejerce el poder, como sus recurrentes ataques contra el diario Reforma o la tremenda descalificación de los diputados de Morena, miembros de la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) que votaron contra el dictamen de la nueva reforma educativa, quienes por su calidad de legisladores y la independencia que les confiere esa investidura debieran merecer el mayor respeto del Poder Ejecutivo. Pero López Obrador los tildó de “fifís” por no haber votado afirmativamente su proyecto.

El actual gobierno despliega más ansiedad que eficacia. Lo demostró al federalizar las tarjetas para personas de la tercera edad, madres solteras, jóvenes, etcétera. Los capitalinos que recibían esa ayuda ahora la tendrán del gobierno federal, lo que pudiera ser inobjetable si funcionara bien. Lamentablemente, son muchos miles de mexicanos los que esperan ese beneficio y han resultado víctimas de la centralización, proceso que se puso en manos de uno de los incondicionales, un tipo evidentemente inepto que ha manejado todo en forma desastrosa, pues muchos de los antiguos y nuevos beneficiarios están impedidos de cobrar porque no aparecen en los padrones o porque ya no pueden pagar con la tarjeta en la tienda de autoservicio, sino que deben ir al banco y retirar el dinero para disponer de él; en caso de no hacerlo lo perderán, ya que no es acumulable. Y eso le dicen a personas de edad avanzada, muchas de ellas con serias dificultades para desplazarse aun dentro de su casa. Para colmo, López Obrador prometió que todo estaría resuelto en el mes de junio, y ahí seguimos.

Con frecuencia, el Ejecutivo juzga equivocadas algunas declaraciones de sus subordinados, lo que nada tendría de extraordinario si se hiciera en privado. Lo malo es que el jalón de orejas ocurre en público, en las conferencias matinales, lo que lejos de generar confianza, exhibe una evidente debilidad por la falta de acoplamiento de los colaboradores y, peor aún, porque es una demostración de que el equipo presidencial no comparte las ideas ni el proyecto de su líder.

Entre los muchos deslices de madrugada, los más costosos son aquellos que atacan a periódicos y periodistas. arguyendo que si ellos tienen la libertad de criticar al presidente, éste también puede hacerlo con los medios de comunicación. Olvida el mandatario que los ciudadanos (periodistas incluidos) tienen derechos, en tanto que las autoridades tienen atribuciones. Los primeros pueden hacer todo aquello que esté prohibido expresamente, mientras que las segundas solamente pueden hacer precisamente lo que manda la ley.

Alguien puede imaginar que se trata del combate presidencial contra la corrupción periodística, pero no es así. En lugar de exhibir a los medios y periodistas que venden caro su amor, en vez de señalar por su nombre a los deshonestos, los ataques se dirigen a los medios y profesionales críticos, que los hay de derecha, de izquierda, de centro, de arriba y de abajo.

En contraste, no se explica a la opinión pública la razón de los brutales recortes en el presupuesto publicitario del gobierno, lo que ha ocasionado el despido de más de 5 mil trabajadores de los medios, los que de ninguna manera pueden ser considerados “fifís”. Muchos de ellos votaron por Morena con la esperanza de tener seguridad en el empleo y ahora ven a sus familias en la inopia. Eso no fue lo prometido.

Como jefe de gobierno, López Obrador tuvo que recurrir a las conferencias mañaneras porque no tenía en sus manos los medios de comunicación y otros recursos del Estado, de los que ahora sí puede disponer. Insistir en esa fórmula de comunicación le irá ganando cada día nuevos y muy evitables enemigos. Los periodistas buscan información, no pleito. Eso es algo que el gobierno deberá asumir y asimilar.

Lo recomendable es que se vayan espaciando las mañaneras y que se empiece a emplear a un vocero capaz de ejercer el cargo, lo que daría un respiro al presidente y mayor capacidad de maniobra a su gabinete, cuyos integrantes se mueven con una cautela cercana a la parálisis o, peor aún, a la paranoia, pues temen ser reprendidos en público al día siguiente.

Andrés Manuel López Obrador dispone de una base social que no tuvo ningún presidente en los últimos tres cuartos de siglo, pero no todo puede apostarse a la popularidad. También cuentan las promesas cumplidas, la capacidad para concretar proyectos y conciliar intereses. Recordemos que la virtud máxima de un político es la eficacia para convencer, en la idea de que importa ser, pero también parecer.

Los riesgos de insistir en lo trillado son muchos. El mayor es que se irá minando su enorme base social de que ahora dispone el Ejecutivo, pues propicia la resurrección de los partidos opositores, fortalece la crítica de quienes representan a los enemigos reales y expone a su gobierno a nuevas y mayores presiones de Estados Unidos, con el riesgo de que pretenda aplicar a México la misma receta que a Venezuela.

Desde luego, nada es ni será fácil con el país en la triste situación en que lo dejaron 36 años de neoliberalismo. Pero los electores rechazaron lo viejo, aquella esclerosis política que el PRI y el PAN se encargaron de prolongar hasta dejar al país agónico. Se votó por algo nuevo, y todo cambio causa sobresaltos, sorpresas y jaloneos. Por eso mismo, viviremos tiempos interesantes.

El presidente de la República no debe ver enemigos donde no los hay.

* Periodista
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