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Lunes 12 de noviembre de 2018

Los Balcanes en el SXXI

Marianna Lara Otaola*

Los nacionalismos fueron una de las principales razones de cambio y dinamismo en Europa durante los siglos XIX y XX; alimentaron la creación de Estados nación, la ampliación y delimitación de nuevas y viejas fronteras geográficas y administrativas, y con ello, las grandes guerras mundiales y civiles y las desafortunadas limpiezas étnicas y genocidios que marcaron la historia mundial.

A lo largo del siglo XIX, después del Congreso de Viena, las revoluciones liberales buscaron principalmente la afirmación de la soberanía popular. El nacionalismo francés estimuló al nacionalismo alemán; el alemán, al húngaro; el húngaro, al serbio, croata y esloveno; y el serbio, al musulmán bosnio. De esta manera, los nacionalismos comenzaron a erosionar los imperios desde adentro. También los nacionalismos se alebrestaron desde afuera. Por ejemplo, los ingleses y franceses alentaron a los judíos y árabes a levantarse en contra del Imperio Otomano; los alemanes ayudaron a los ucranianos y judíos a crear una oposición en contra del zar y subvertir la moral del ejército multinacional zarista; los rusos fortalecieron sus lazos con los serbios a través de la iglesia cristiana ortodoxa y resaltando el vínculo eslavo.

La forma en que cada imperio se colocó de cara a los nacionalismos, ya sea enfrentándolos o arropándolos, determinó la historia del siglo XX. Por ejemplo, el Imperio Otomano perpetró una limpieza étnica en contra de armenios, kurdos y griegos; el Imperio Ruso llevó a cabo una rusificación a la vez que permitió la diversidad étnica, religiosa y cultural dentro de sus fronteras; y los Habsburgo brindaron derechos y libertades por igual a los habitantes del Imperio Austrohúngaro, a pesar de lo cual los magiares (húngaros) tenían privilegios económicos, políticos, sociales y educativos que las demás etnias no tenían, lo que produjo asimetrías y roces.

La Primera Guerra Mundial reconfiguró las fronteras europeas. En el caso de los Balcanes, el Tratado de Saint-Germain dividió el Imperio Austrohúngaro y dio pie a la creación de la entonces Yugoslavia, con la integración de Croacia, Eslovenia, Montenegro y Bosnia; con el Tratado de Trianon, Hungría se independizó y perdió territorio, que se integraría a Yugoslavia.

Por otro lado, la alianza de Gran Bretaña y Francia con Serbia dio a los eslavos la oportunidad de afirmarse en el territorio históricamente dominado por Austria-Hungría y Turquía.

Sin embargo, las nuevas delimitaciones establecidas en los tratados difícilmente coincidieron con la etnicidad, y el vacío de poder aprovechado por los serbios ante el colapso de los imperios reavivó los nacionalismos. Era cuestión de tiempo para que tomaran fuerza y se manifestaran en guerras.

Yugoslavia, bajo Josip Broz Tito, era una federación tolerante basada en la territorialidad en lugar de la etnicidad, similar al Imperio de Habsburgo. Con la muerte de Tito en 1980, la federación comenzó a resquebrajarse, hasta desintegrarse en 1991. Entonces las diferencias étnicas se manifestaron y la búsqueda de mayor territorio, poder político y económico derivó en guerra y genocidio. En Serbia, la limpieza étnica se convirtió en un instrumento; había sido ideado desde principios del siglo XIX para la construcción de la Gran Serbia.

Los Acuerdos de Dayton (1995) dieron tregua a serbios y bosnios. En concreto, los croatas recibieron Eslavonia del Este, los serbiobosnios obtuvieron Posavina, los serbios se asentarían en 40 por ciento del territorio de Bosnia y los musulmanes bosnios y croatas conformaron una federación. Dado el papel preponderante de Estados Unidos en las negociaciones de paz y la firma de los Acuerdos de Dayton, esta potencia logró instaurar un enclave en un territorio geopolíticamente estratégico, por ser puente entre Europa, Asia Menor y Medio Oriente. Bosnia y Herzegovina, al ser constituida como Estado nación que albergó la autonomía de tres grupos étnicos, quedó bajo la tutela de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que no solo estableció bases militares, sino también adquirió funciones para el mantenimiento de la paz asegurando que las partes respetaran las fronteras establecidas y se detuviera la violación de derechos humanos.

Bajo este Acuerdo se instituyó el sistema político-electoral actual, reflejo de su historia y composición social. Bosnia y Herzegovina se constituyeron como una república federal parlamentaria integrada por dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina, de mayoría bosniocroata, y la República de Srpska, de mayoría serbiobosnia. Se implantó una Presidencia rotativa tripartita. Este arreglo institucional ha permitido que cada grupo esté representado en la toma de decisiones de orden público, sin colocar a ninguna etnia por debajo o por arriba de otra, respetando su existencia e igualdad. No obstante, la gobernabilidad se ha visto mermada, lo que dificulta la creación de leyes e instituciones y, con ello, un proyecto de país.

En 1996 se celebraron las primeras elecciones en Bosnia y Herzegovina, de las que surgió la compleja construcción política de un Estado democrático multiétnico, en un territorio históricamente delimitado por potencias externas y cuyas reglas, instituciones y procedimientos electorales fueron impuestos. Desde entonces, periódicamente se llevan a cabo elecciones libres y pacíficas para elegir a los presidentes y los representantes de los dos parlamentos, así como a los representantes de la unidad multiétnica del distrito de Brcko.

Además, a partir de que la Unión Europea (UE) comenzó su proceso de ampliación en la primera década de los 2000, el gobierno de Bosnia y Herzegovina ha trabajado de la mano con sus instituciones en aras de convertirse en miembro en el mediano plazo. La posible integración a la UE se ha convertido en un incentivo creíble para construir una democracia liberal y avanzar en la convivencia pacífica entre grupos étnico religiosos.

Sin embargo, los lentos avances de los últimos 23 años para la conciliación nacional y democratización pudieran verse amenazados por los resultados de las elecciones generales del pasado 7 de octubre, cuyas campañas se caracterizaron por el discurso de odio de los partidos y algunos candidatos. Pareciera que renacen los nacionalismos exacerbados. En esas elecciones resultaron ganadores el nacionalista serbio Milorad Dodik, el nacionalista bosnio musulmán Sefik Dzaferovic y el centroizquierdista croata Zeljko Komsic. Dodik, de la Unión de los Socialdemócratas Independientes (SNSD), obtuvo el 54 por ciento de los votos; Dzaferovic, del Partido de Acción Democrática, 37 por ciento, y Komsic, actual miembro croata de la Presidencia del país, el 51 por ciento.

Komsic al menos discursivamente no ha favorecido a ninguna etnia sobre otra. Pero esta neutralidad ha preocupado a los bosniocroatas, ya que el candidato Covic, quien quedó en segundo lugar para el asiento croata, buscaba la creación de una tercera entidad.

Dzaferovic se ha pronunciado por una mayor integración interna, pero su partido es el más grande de los musulmanes bosnios, además de tener un corte nacionalista. Dodik ha dicho explícitamente que “la República Serbia ante todo” y es crítico de Occidente, tanto de la OTAN como de la UE, por lo que es probable que durante su Presidencia no se realicen las reformas necesarias para avanzar en el proceso de adhesión a la Unión.

Por otro lado, Dodik ha dado indicios de cambio en la política exterior, dada su cercanía con Rusia, que va más allá del vínculo histórico del pueblo eslavo. Dodik ha frecuentado al presidente Vladimir Putin, cuyo interés es desestabilizar la península, abrir otro frente para la Unión Europea, además del que tiene en Ucrania, para ampliar su influencia en la periferia sureste de Europa, geográficamente clave para el suministro de hidrocarburos al continente. Además, si bien los Balcanes no son parte del cercano extranjero ruso, desde la desintegración de la urss Rusia ha estado en contra de la expansión de la otan, la cual continúa; Montenegro se sumó a la alianza el año pasado y Macedonia está en proceso.

Hoy vemos a Bosnia y Herzegovina en un punto de inflexión. Por un lado, tiene la posibilidad de seguir avanzando hacia la construcción democrática de un Estado donde conviven pacíficamente varias etnias y que en el mediano plazo podría ser miembro de la ue. Por otro lado, como sucedió en el Imperio Austrohúngaro, donde la afirmación del carácter nacional se basó en las diferencias étnicas y religiosas entre comunidades que habitaban en el mismo espacio geográfico y esta fue orquestada por las élites políticas (hoy los partidos), estimuladas por poderes externos (hoy Rusia), Bosnia y Herzegovina podría separarse en dos o tres entidades, que ya existen administrativamente de alguna manera. Sobre todo, este segundo camino ha sido incitado por el reelecto presidente serbio, Dodik.

Como en los siglos XIX y XX, el nacionalismo sigue vigente. Los movimientos nacionalistas de hoy día no distan de aquellos que ensombrecieron y rearticularon a Europa, pero los mecanismos para legitimarlos han cambiado. Ahora, en raras ocasiones se usa la fuerza; las leyes y los procedimientos electorales se han convertido en las herramientas de validación. Por ejemplo, hoy los partidos de corte nacionalista, igual que lo hicieron durante la época entre guerras, compiten en elecciones que les otorgan escaños en parlamentos; es el caso en Alemania, Suecia, Austria y Francia, por mencionar algunos. También, podemos observar cómo se modifican las leyes para abrir y cerrar las fronteras al flujo de personas, monedas, productos y servicios en aras de proteger los intereses nacionales; así ha sucedido en Estados Unidos y está pasando en Reino Unido.

La democracia electoral se ha convertido en el medio para procesar la pluralidad política de los Estados nación y, en muchos casos, la violencia ha sido remplazada por los votos. La paz no tiene precio, ese es uno de los grandes valores intrínsecos de la democracia. Los nacionalismos y el discurso nacionalista exacerbado y divisivo han encontrado una vía pacífica para institucionalizarse a través de las elecciones. En países como Bosnia y Herzegovina, donde el Estado nación y la democracia siguen construyéndose y la sociedad está tan fragmentada, existe el riesgo de que estallen conflictos armados.

Finalmente, la historia nos ha demostrado repetidamente lo peligrosa que puede ser la institucionalización de los nacionalismos por la vía electoral, que imbuye legalidad y legitimidad a actores que buscan dividir a las sociedades. De ahí la importancia de que las instituciones democráticas sean fuertes y los contrapesos sólidos en los diferentes poderes y niveles de gobierno, así como la existencia de actores que procuren la unidad basada en la territorialidad y no en las diferencias, como lo hizo Tito. Ningún país está exento de los peligros del nacionalismo; hasta las democracias liberales maduras, con una sociedad plural, pueden sufrir retrocesos.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.
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