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lunes 20 de enero de 2020

Líbano, más allá de las fronteras

Carolina Bracco*

“Todas las calles de la revolución son mi patria. De Beirut a Yemen, Siria, Palestina, Iraq, Amazonas, Ecuador, Brasil, Libia, Egipto, Sudán”, reza un grafiti grabado en la Plaza de los Mártires de Beirut registrado por la periodista Layal Hadad el 19 de octubre de 2019. Movilizaciones masivas habían comenzado a agitar al país dos días antes y los libaneses ya se imaginaban como parte de un movimiento global contra los sistemas corruptos y la inequidad social. La semana anterior, grandes incendios en algunas regiones habían puesto una vez más al descubierto la ineficiencia y carencia de servicios públicos que, entre otras cosas, mantiene cotidianamente a ciudades enteras en penumbras por los apagones.

Puede decirse con toda literalidad que el fuego encendió un descontento que ya tenía años de fermentación en la sociedad libanesa y que rápidamente se extendió por todo el país. Las manifestaciones atrajeron a todos los sectores de la sociedad civil y se centralizaron en las ciudades más empobrecidas, como Trípoli. Esta población del norte se convirtió en el epicentro de las concentraciones, fiestas masivas con bailes y dj e innovadoras formas de protesta que reunieron a diferentes segmentos, como sindicatos de médicos, ingenieros y estudiantes. Una de las más tempranas y permanentes consignas ha sido: “Todos significa todos”.

Con un espíritu similar al que casi diez años antes la Primavera árabe hizo temblar los cimientos de toda la región –y removió las autocracias de Túnez, Egipto y Libia–, el 17 de octubre Líbano se sumó a una nueva ola revolucionaria que agita a países árabes como Sudán, Argelia e Iraq, misma que recoge y potencia las experiencias de sus vecinos.

A la renuncia de Abdelaziz Bouteflika en Argelia y de Omar al Bashir en Sudán –en abril– se sumó la del primer ministro libanés, Saad Hariri, a finales de octubre. Tras ello, se anunciaron reformas y la conformación de un nuevo gobierno. Sin embargo, ello no fue suficiente para mitigar las manifestaciones, que se reivindican como revolucionarias y piden un cambio profundo del sistema político, tal como está sucediendo en los otros dos países.

Saad Hariri

De manera similar a los derrocados Mubarak (Egipto), Ben Ali (Túnez) y Gadafi (Libia), Bouteflika y Bashir se mantuvieron 20 y 30 años en el poder, respectivamente. Hariri, por su parte, permaneció tres años en el cargo (que ya había ocupado entre 2009 y 2011) al que había renunciado en noviembre de 2017 desde Arabia Saudita por medio de un comunicado televisado. En un confuso episodio, un mes más tarde retiró su renuncia al volver a Beirut. Su padre, Rafik Hariri, ocupó este cargo también en dos ocasiones y fue asesinado en 2005, en un atentado atribuido a Hezbollah.

Así, para comprender la revolución libanesa se debe dar cuenta de las bases de la dinámica propia del país, profundamente arraigada en tres cuestiones ligadas de forma íntima entre sí: el sistema político confesional-patriarcal, el contexto regional y su influencia en los asuntos internos del país y la crisis económica.

El sistema político confesional-patriarcal

La región que hoy incluye a Siria y Líbano fue una provincia del Imperio Otomano durante cuatro siglos. Tras la Primera Guerra Mundial adoptó un sistema de tutelaje colonial bajo el nombre de Mandato francés. El fin de éste dio lugar a la creación de dos países: Líbano (1943) y Siria (1946). Si bien no existían como entidades políticas separadas, al momento de la independencia cada uno tenía la legislación y el andamiaje institucional propio de un Estado nación.

Esta región del mundo árabe se caracteriza por una demografía muy plural, que incluye tres grupos étnico-nacionales: árabes, armenios y kurdos, así como múltiples confesiones: musulmanes sunitas y chiitas, alauitas, drusos y numerosas sectas cristianas (griegos ortodoxos y maronitas, entre los más numerosos). Los franceses alimentaron las tensiones entre comunidades dando privilegios a los cristianos, a quienes se percibía como agentes civilizatorios, excluyendo a drusos y alauitas, que fueron la base material de la configuración del partido Ba´az, fundado en la década de 1940, el cual gobernó por décadas Iraq hasta la invasión de 2003 y aún se mantiene en el poder en la Siria actual.

Bachar Al Assad

El Estado libanés, por su parte, incorporó esta heterogeneidad a su estructura político-administrativa, diseñada durante el Mandato y con el acuerdo de las élites en un Pacto Nacional. Según el Pacto, el presidente debe ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán sunita y el presidente del parlamento un musulmán chiita. Las bancas del parlamento y demás puestos también se distribuyen según esta lógica.

El país tiene 16 confesiones reconocidas oficialmente y el último censo, realizado por las autoridades francesas en 1932, dio como resultado una mayoría cristiana (51%). La necesidad de que las 16 confesiones compartan el poder y los recursos hace que la coexistencia se base en la construcción de consenso a pesar de sus conflictos políticos e ideológicos.

Así, luego de la renuncia de Hariri, el resto del espectro político no ha podido formar gobierno. Ante el vacío de poder, éste continúa en el epicentro de la política libanesa, ya que además es el líder político de los sunitas. Si Hariri se retira del escenario político, su comunidad se autopercibirá como el chivo expiatorio de la crisis política y económica que atraviesa el país, mientras que el presidente Michelle Aoun (cristiano maronita) y el presidente del parlamento, Nabih Berri (chiita), la sortearán sin consecuencias.

Nabhi Berri

Sin embargo, ello no se dará sin dificultades. En el parlamento, Hezbollah y sus aliados conforman la primera minoría y puede decirse que desde 2015 este partido controla la política libanesa, aunque no puede gobernar en soledad dada la composición sectaria del régimen. Además, por la propia configuración demográfica del país, algunas regiones son homogéneas en su composición y, por tanto, impenetrables y fácilmente controlables por partidos locales.

El contexto regional y su influencia en los asuntos internos del país

Por su propia ubicación geográfica y su composición demográfico-política, Líbano ha sido desde mediados del siglo xx el epicentro de las intrigas e intereses de diferentes sectores. Por un lado, Siria mantuvo a lo largo de los años su visión de que era su “hermano menor” y por ello ha tendido desde siempre a influir en mayor o menor grado en la política libanesa imponiendo sus intereses.

Michelle Aoun, presidente de Líbano

Sumado a lo anterior, la creación del Estado de Israel en su frontera sur y la llegada masiva de refugiados palestinos en 1948 –de confesión musulmana sunita– generó un fuerte desbalance demográfico, lo que dio lugar a un sistema de discriminación y tensiones que llevaron al país a una guerra civil entre 1975 y 1990.

En el contexto de la guerra, el sur cayó bajo ocupación israelí, cuya resistencia dio lugar al surgimiento de la agrupación chiita Hezbollah en 1982, convertida años más tarde en partido político, apoyado por Irán y Siria. Este último país, gobernado por Hafez al Assad (1970-2000), ocupó parte de Líbano desde 1976. Recién en 2005, su hijo y sucesor Bashar al Assad retiró a su ejército cuando las presiones internacionales y las manifestaciones de cristianos y sunitas libaneses hicieron insostenible la ocupación. Rafiq Hariri, en ese momento primer ministro del país, pagó con su vida la retirada, repudiada por Hezbollah, aliado de los al Assad.

La guerra civil en Siria, comenzada con el impulso democratizador de la Primavera árabe en 2011, complejizó aún más el escenario, ya que mientras milicianos de Hezbollah participan en apoyo a la dictadura de al Assad, más de un millón de sirios se refugian actualmente en Líbano huyendo de la guerra, sumándose a los más de 450,000 palestinos, 100,000 iraquíes y 80,000 kurdos, todos desplazados por conflictos en la región.

A su vez, Arabia Saudita –como se ha visto en el incidente de la renuncia ficticia de Hariri– influye de manera determinante en los asuntos internos del país, escenario de su disputa regional con Irán. La República Islámica, alineada con al Assad y Hezbollah, no tiene la capacidad económica de antaño y se desgasta con sucesivas movilizaciones que comenzaron en 2009 y que resurgen periódicamente. Los últimos meses de 2019 se ha sumado a la ola global de descontento que lanzó a miles de manifestantes a las calles de Teherán, donde fueron duramente reprimidos por las fuerzas de seguridad. Además, en el vecino y convulsionado Iraq –donde las revueltas empezaron a comienzos de octubre y ya suman más de 400 muertos– el descontento con la injerencia iraní en los asuntos internos del país crece cada día más en un pueblo asfixiado por décadas de dictadura, sanciones económicas y ocupación extranjera.

A todo ello se suman los intereses rusos, así como los estadounidenses, en alianza con la dictadura brutal egipcia y el Estado de Israel, que han dejado en punto muerto cualquier solución viable para la subsistencia de la población palestina, además de la tensión en la frontera turco-siria, la amenaza a la población kurda y las células del Estado Islámico, todos ellos elementos que influyen en la política libanesa.

La crisis económica

Como la mayoría de los países árabes, Líbano tiene un sistema económico aristocrático y neofeudal, enclavado en acuerdos sociopolíticos patriarcales. Desde hace décadas la economía se halla supeditada al dólar y, en los comercios del país, se puede pagar indistintamente con dólar o libra libanesa.
Tras la guerra, los proyectos de reconstrucción otorgaron beneficios desmedidos para un sector minoritario del país, ligado a la especulación inmobiliaria y al mercado financiero. La privatización casi total de todos los servicios y la importación de todos los productos de primera necesidad hace que la vida en el país sea extremadamente cara y el acceso a los servicios básicos restringido y discriminatorio. Cada secta tiene sus redes de clientelismo dentro y fuera del país; además, en pos de alimentar sus intereses, le ha dado la espalda al pueblo libanés como un todo, que se ha empobrecido pero no debilitado.

Según el periódico Al Akhbar entre 2010 y 2016 la desocupación entre la población menor de 35 años era de 37%. Sumado a ello, la mayoría de los trabajadores migrantes sufren bajo el sistema de kafala, se encuentran en una situación de semi o completa esclavitud, lo que afecta mayormente a las trabajadoras domésticas filipinas y de otros países del sudeste asiático, así como a trabajadores de la construcción sirios. Los refugiados viven en condiciones de hacinamiento bajo un sistema discriminatorio que no les permite formar parte del mercado laboral formal, lo que complica aún más el panorama.

La imposibilidad de cumplir con los acuerdos pactados con organismos de financiamiento internacional hizo que el gobierno de Hariri impusiera este año nuevas “medidas de austeridad”, que asfixiaron aún más a la población. La gota que rebalsó el vaso fue el impuesto a las llamadas por WhatsApp. Tras su anuncio, el 17 de octubre, miles de jóvenes se lanzaron a las calles como lo hicieron en Iraq, Chile, Ecuador y tantos otros alrededor del mundo, para pedir no sólo la caída de una medida, sino del sistema en su conjunto. Tienen claro que el sistema financiero y la clase política son los responsables de la debacle libanesa.

A comienzos de diciembre, el país vive una inflación rampante, escasez en los supermercados, hospitales sin recursos, bancos que limitan la cantidad de dinero que se puede retirar… Muchos negocios ya no aceptan pagos con tarjeta de crédito y existe un mercado negro de dólares. En su cuenta de Twitter, la lira libanesa –sí, la lira libanesa tiene una cuenta de Twitter– actualiza constantemente, con el exquisito humor libanés, las aventuras de la moneda, cuyo logro más celebrado ha sido desestabilizar la economía de su hermano mayor.

¿Hay salida?

De lo expresado más arriba podemos inferir algunas cuestiones que ayuden a comprender el dilema libanés actual y las posibles salidas a la crisis política y económica con base en la evidencia que presenta el actual estado de cosas.

De un lado, la transversalidad de las manifestaciones demuestra la urgencia de reformar el sistema sectario-patriarcal por uno de partidos que sea representativo de la sociedad libanesa actual. En los últimos meses, las calles se transformaron en grandes salones de clases, de discusión política, pero también de festejos y algarabía colectiva. La revolución trasciende las sectas, proponiendo una nueva y necesaria forma de pensar la política en el país, por fuera de las estructuras corruptas y las lealtades sectarias.

En este sentido, la salida será viable sólo si la estructura política sectaria se flexibiliza y permite que otros actores entren en el juego; en especial las mujeres, que estuvieron a la vanguardia de las movilizaciones en todo el país. Contrariamente a otras naciones multiconfesionales de la región –como Iraq y Siria–, Líbano mantiene la legislación en torno a las mujeres y la familia en manos de las autoridades religiosas. Esta decisión ha sido fundamental para sostener el sistema sectario por el papel reproductivo en la disputa demográfica de poder y la politización de la identidad religiosa. Además, la legislación diferenciada de cada segmento hace que mujeres con una misma nacionalidad gocen de derechos particulares en cuestiones como la herencia, retener a los hijos tras el divorcio, la posibilidad de trabajar o abrir un negocio. Esta situación ha obstaculizado históricamente la participación política de las mujeres en los espacios de poder y liderazgo, en un sistema político que además de sectario está signado por la violencia, la corrupción y los intereses de otros actores de la región, que pujan por mantener el statu quo.

Ello quedó reflejado en el actuar de los militantes de Hezbollah y otros grupos armados, cuando atacaron sucesivamente a los manifestantes y periodistas asentados en la Plaza de los Mártires. Sin embargo, este intento de amedrentar y provocar las protestas pacíficas no hizo mella en la multitud presente en el lugar, que cantaba: “¡Los de Hezbollah son terroristas!”.

No sólo estos grupos extremistas amenazan la revolución libanesa. La política del país procede en gran parte de la agenda internacional regional, pero también de los intereses neocoloniales de grandes potencias como Estados Unidos, Rusia, Turquía e Irán, que no permitirán tan fácilmente que sus bienes sean disputados o arrebatados.

Actualmente, no hay una propuesta ni un liderazgo definido en las protestas, por lo que pueden ser aprovechadas por los sectores tradicionales –locales y foráneos– para su propio juego político. Por lo pronto, la acuciante situación económica está asfixiando a la población local. Por citar un ejemplo, recientemente un padre de familia de un barrio musulmán sunita se suicidó por no poder dar a su hija mil liras (menos de un dólar) para ir a la escuela. Es el segundo caso del estilo que deja el año que se va. Hace unos meses, un joven cristiano también se quitó la vida por no poder alimentar a su familia. Mientras escribo estas líneas en los primeros días de diciembre de 2019 llegan noticias de dos nuevos suicidios con las mismas características.

La miseria y la desesperación atraviesan todos los sectores de la sociedad, sofocada por un sistema político obsoleto e ilegítimo que, en pos de sostener intereses propios y ajenos, ha resquebrajado el tejido social por décadas. Ojalá no se lleve puestos los sueños de esta generación.

* Politóloga. Doctora en Culturas Árabe y Hebrea (Universidad de Granada). Profesora de grado y posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Miembro de la Red de Politólogas – #NoSinMujeres
@carobracco

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