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Miércoles 18 de julio de 2018

La voz del Instituto

En ocasión del 25 aniversario de Voz y Voto, el jueves 22 de febrero
se llevaron a cabo dos mesas de discusión sobre las transformaciones del sistema político-electoral mexicano, que en gran medida han corrido en paralelo a la existencia de nuestra revista. En la primera, conducida por el periodista Humberto Musacchio, participaron dos ex presidentes del Instituto Federal Electoral, José Woldenberg y Leonardo Valdés, el ex consejero electoral Rodrigo Morales y el actual secretario ejecutivo del Instituto
Nacional Electoral, Edmundo Jacobo. En la segunda mesa, moderada por el también periodista René Delgado, conversaron los ex candidatos presidenciales Francisco Labastida y Diego Fernández de Cevallos, así como Manlio Fabio Beltrones, quien en su calidad de subsecretario de Gobernación fue secretario técnico de la extinta Comisión Federal Electoral.
Ofrecemos a nuestros lectores ambas conversaciones sobre lo que, para bien y para mal, ha cambiado en este cuarto de siglo, así como las opiniones de los participantes, a veces divergentes, sobre las transformaciones que México requiere para alentar el desarrollo de una democracia de calidad, que trascienda el ámbito electoral, y de un sistema político que propicie la gobernabilidad.

Humberto Musacchio: En estos 25 años la revista Voz y Voto ha acompañado en la coincidencia y en la discrepancia los procesos electorales y la actuación de los órganos electorales. Precisamente por eso resulta de especial importancia saber qué piensan quienes han estado en el corazón del monstruo, de ese organismo que está siempre en la mira de los ciudadanos, lo que es natural, y que a veces tiene respuestas que nos satisfacen a todos, a veces no. Están aquí ellos para decirnos cómo han afrontado estos 25 años los órganos electorales. Quisiera que cada uno de mis compañeros en esta mesa nos contara de estas historias paralelas. Comencemos con Edmundo Jacobo, secretario ejecutivo del ine, esperamos tu palabra, tus ideas, tu inteligencia.

Edmundo Jacobo: Cada vez menos cosas que valen la pena duran tanto tiempo como esta revista. La lógica de inmediatez, las redes sociales, la frivolización de la reflexión, el exceso de ocurrencias que circulan en todo tipo de medios, son un obstáculo para la existencia de los proyectos de comunicación con un objetivo de largo plazo tan claro y relevante como lo ha tenido Voz y Voto: informar.

La longevidad de esta publicación no solo obedece a su vigencia como fuente de referencia especializada entre quienes estamos inmersos en la recreación de la vida político-electoral mexicana, es también prueba material de la constancia y perseverancia de su fundador y director. Desde la credencial para votar, el padrón electoral, los cómputos, el PREP, ahora el conteo rápido, la fiscalización, prácticamente todo el andamiaje institucional ha encontrado espacio en esta revista, para ser explicado por voces autorizadas.

Voz y Voto ha sido testigo, actor y espejo de esa parte de la historia tan vital para todos nosotros. Esa historia que transformó nuestro país dándole nuevos derroteros. Hoy vivimos en un México distinto del de hace 25 años, cuando luchábamos por que se escuchara nuestra voz y contara nuestro voto, por elegir en libertad. Yo crecí en un país donde disentir era castigado, donde cuestionar el ejercicio del poder significaba arriesgar al menos el trabajo. Para muchos hoy esa historia parece olvidada, pero varios de quienes estamos aquí y que vivimos ese país nos acordamos de aquellos momentos y sus transformaciones.

Hoy nuestra realidad y prioridades han cambiado, si antes eran factores que requerían atención inmediata, hoy este país reclama, inaplazablemente, opciones de representación política que logren abatir su dolorosa desigualdad, las inaceptables condiciones de vida de la gran mayoría, el deterioro de la vida social, la inseguridad, la impunidad, todo aquello que contribuye al desánimo colectivo, a tal grado que hay amplios sectores de la sociedad que hoy se declaran dispuestos a cambiar libertades por algo de orden y seguridad. Pura supervivencia, lamentablemente.

En estos años, hemos logrado lo que hace apenas medio siglo resultaba impensable: quien hoy ostenta el poder político es indudablemente quien obtuvo el mayor número de votos en las urnas, votos secretos, protegidos, bien contados. La dinámica de alternancia política a lo largo y ancho del país es un botón de muestra que confirma esta realidad. La triste paradoja de esta historia es que, no obstante los innegables avances, hay un deterioro profundo de la vida social, no puede concebirse que existan libertades ni derechos plenos ahí donde la sociedad carece de las condiciones materiales mínimas para una vida justa y digna.

El nacimiento del IFE autónomo y ciudadano fue sin duda un momento de inflexión, y ha sido a lo largo de las últimas dos décadas referencia obligada de estudios, artículos y editoriales sobre el desarrollo de la democracia en México. La profunda transformación de esta institución cuando se convirtió en INE sigue siendo difícil de explicar por lo complejo del modelo electoral, por la gran cantidad de atribuciones sustantivas que tiene debido a su alcance nacional, distinto al ife que conocimos, tan lleno de certezas y seguridades.

Humberto Musacchio: Toca el turno a Rodrigo Morales, quien fue consejero electoral del IFE. Adelante amigo.

Rodrigo Morales: Desde aquel lejano 1993 en que se fundó Voz y Voto, los ordenamientos electorales se han modificado cuatro veces, en tres de ellas, sin ninguna duda, Jorge fue un actor centralísimo en la elaboración y discusión de estas nuevas reglas que, dicho sea de paso, cada vez se alejan de parecer siquiera definitivas.

El Consejo General del IFE ha tenido ya cinco generaciones, la Sala Superior del Tribunal Electoral tiene hoy su tercera integración. En fin, algo ha llovido en estos 25 años. No creo exagerar si afirmo que muchas de las reflexiones y referencias para repensar los arreglos institucionales, adecuar las normas, afinar criterios, han tenido lugar justamente en las páginas de esta revista.

Recordemos que la generación de consejeros a la que yo pertenecí fue la primera que no coronó una reforma electoral y fue la primera que se formó sin el consenso de todos los partidos políticos, lo cual le imprimía a ese Consejo General un sello particular. Había un diagnóstico que habían producido los consejeros precedentes, los de la generación de José Woldenberg, respecto de las áreas del Código que ya parecían inoperantes; eso llevó a la agenda del Consejo General a ensayar, digamos, una tarea regulatoria en muchos aspectos, como la tregua navideña, el acuerdo de neutralidad, que no estaban en la ley pero sí parecían estar en la agenda y en la preocupación de los actores políticos. Llegamos con un Cofipe que ya olía a añejo y con unas necesidades de adecuar la regulación, de lo que en algo nos ocupamos.

Para finalizar, creo que si el propósito de Voz y Voto era desterrar la desconfianza, etc., le quedan muchos años de vida.

Humberto Musacchio: Leonardo Valdés es actualmente un investigador que está vaciando toda su experiencia en temas electorales, que se enriqueció con su paso por la presidencia del Consejo General del IFE.

Leonardo Valdés: Conocí a Jorge como compañero de partido en 1987, en el naciente Partido Mexicano Socialista. Él venía del PSUM y era diputado; yo venía del PMT y era un modesto representante ante la Comisión Federal Electoral. Nos tocó ser representantes después de esa reforma que estableció el criterio de representación proporcional en ese miniparlamento en que se convirtió la Comisión Federal Electoral. El PRI tenía 16 representantes, el PAN tenía cinco –su coordinador está aquí sentado, Diego–, el PMS tenía dos, podíamos tener un coordinador pero nunca nos pusimos de acuerdo, Jorge quería ser, yo también. Cada uno del resto de los partidos tenía un representante. Había un senador, electo por la mayoría de los senadores; un diputado, electo por la mayoría de los diputados, y el secretario de Gobernación presidía la Comisión. Si los representantes de la oposición lográbamos ponernos de acuerdo –lo que no era fácil–, juntábamos 12 votos; si convencíamos al diputado y al senador llegábamos a 14; en el rarísimo caso de que convenciéramos al mismísimo secretario de Gobernación, que Diego se obstinaba en convencerlo, llegábamos a 15. El PRI tenía 16.

Para mí esa es la expresión de un sistema de partido hegemónico que estuvo vigente en este país y que hemos ido superando gracias, entre otras cosas, al trabajo de la revista Voz y Voto. Por supuesto que también gracias a los partidos políticos que se inscribieron en la agenda de ir cambiando las leyes electorales.

En aquellas tardes de trabajo nunca hubiéramos imaginado que íbamos a tener un Consejo en el que los ciudadanos tendrían el voto y los partidos, solo la voz, muy importante, pero solo la voz. Esas reformas han hecho que este país sea otro; desde la perspectiva de la arquitectura institucional y de los procedimientos electorales, no se parece en nada a lo que teníamos incluso cuando nació Voz y Voto. Porque ya existía el IFE pero el secretario de Gobernación seguía siendo el presidente del Consejo General y los partidos todavía no perdían el voto; estaban los magistrados ciudadanos, que nivelaban pero curiosamente siempre votaban todos en el mismo sentido. Y se dice que iban a Bucareli a consultar cómo venían los temas.

El caso es que cambió el país, cambiaron las autoridades electorales, cambió la legislación, cambió la política, cambió el sistema de partidos. En 1993 yo era un profesor universitario que estudiaba las elecciones; cuando nuestro partido mutó en un nuevo partido decidí tomarme un sabático de la militancia política y afortunadamente todavía no termina ese sabático. Estudiaba las leyes y el comportamiento de los ciudadanos, y últimamente, que he vuelto a la academia, estoy muy interesado en ese comportamiento de los ciudadanos. La dura estadística electoral dice que, conforme se fue modificando el marco jurídico de nuestras elecciones, también se fue implantando el pluralismo político en nuestra sociedad.

En mi artículo para el número 300 de Voz y Voto, termino diciendo que el pluralismo llegó a México como la música de 620, la música que llegó para quedarse. En aquel 1993 yo era profesor de la UAM Iztapalapa y al lado de la UAM estaba la antena de transmisión de 620, de tal suerte que yo oía esa música.

Creo que está empezando a generar problemas el pluralismo. Es un producto neto de la democracia, porque hay que reconocer que veníamos de una estructura social en la que el “unanimismo” era la nota característica. Pepe Woldenberg lo ha explicado muchas veces, de un sistema monocolor hemos entrado en un sistema de muchos colores, y lo cierto es que eso empieza a generar algunos problemas, como el hecho de que hoy se puede ganar la Presidencia de la República quizá con un poco más del 25 por ciento de los votos. De hecho, desde 1994 ningún presidente mexicano ha ganado con más del 50 por ciento de los votos.

Sé bien que no hay unanimidad respecto a la necesidad de ir por el sistema de mayoría absoluta con segunda vuelta, pero creo que tenemos que pensar en salidas institucionales al pluralismo. Lo que hoy tenemos es una solución pragmática, a mí no me sorprende que de nueve partidos tengamos tres coaliciones, porque los partidos saben que la fragmentación del voto hace más incierto el proceso electoral. De tal suerte, creo que lo que sigue en la agenda es una discusión seria de cómo institucionalmente este país va a resolver el problema de un pluralismo que se está acercando a una gran fragmentación y que puede provocar situaciones de ingobernabilidad y también de falta de legitimidad de los gobernantes. Creo que esa es la agenda.

Humberto Musacchio: Dejo el micrófono al sindicalista, aficionado al futbol, profesor universitario antes y ahora otra vez, consejero del IFE y luego presidente del IFE autónomo.

José Woldenberg: Pienso que podría ser interesante ver qué había pasado ya en 1993 en materia electoral, en dónde estábamos parados y qué fue lo que vino después.

Ya en 1993 las principales fuerzas políticas del país estaban en el escenario político-electoral. Esa fue una de las grandes virtudes de la reforma de 1977, que abrió la puerta para que aquellos a los que se mantenía artificialmente marginados del mundo electoral, pudieran ingresar a él.

También se había modificado ya la fórmula de integración de la Cámara de Diputados, es decir, se habían introducido los diputados plurinominales para tratar de atemperar la sobre y la subrepresentación a las que de manera natural lleva la fórmula uninominal.

En aquel año, ya se habían producido fenómenos de alternancia en un número muy grande de municipios, incluso en algunas gubernaturas, empezando por la de Baja California, ya se había vivido la alternancia.

Se había creado la Asamblea de Representantes del Distrito Federal en 1986, el primer eslabón de lo que sería la reforma a toda la fórmula de gobierno de la capital.

Luego de las muy controvertidas elecciones de 1988, se había creado el IFE y se había tirado al cesto de la basura la Comisión Federal Electoral a la que acaba de hacer alusión Leonardo Valdés.

Se habían creado los primeros tribunales electorales, todavía no el que conocemos hoy, pero sí el Tribunal de lo Contencioso Electoral y luego el Tribunal Federal Electoral. Los conflictos postelectorales estaban a la orden del día, es decir, el problema del cómputo de los votos de manera limpia y transparente no estaba resuelto.

Después vinieron reformas tan importantes como la regulación del financiamiento privado a los partidos, parece increíble, pero hasta 1993 todavía no estaba regulado.

En el marco de aquellas tensas, difíciles y complejas elecciones de 1994, se dio una serie de cambios que dejaron su huella. Se reformó la Constitución para modificar la conformación del Consejo General del ife. Hoy parece increíble, pero se permitió que los observadores electorales precisamente observaran todos y cada uno de los eslabones del proceso electoral. Fue la primera campaña donde se dio un debate entre los candidatos a la Presidencia de la República. Fue la primera vez que México permitió que visitantes extranjeros vinieran a ver nuestras elecciones; por supuesto, bajo el eufemismo de “visitantes extranjeros” estábamos hablando de observadores electorales, pero por aquello del artículo 33 quedaba todavía ese resabio. Luego se crearía el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Luego el secretario de Gobernación saldría del IFE. Luego se reformaría la integración de las cámaras de Diputados y Senadores. Luego se replantearía la fórmula de gobierno entera del Distrito Federal, pasando a la elección del jefe de gobierno y los jefes delegacionales, y convirtiendo la Asamblea de Representantes en una Asamblea de carácter legislativo.

Y por supuesto, todos esos cambios de carácter normativo lo que iban reflejando y al mismo tiempo facilitando era que la pluralidad política que habitaba México pudiera expresarse, pudiera recrearse, convivir y competir en términos pacíficos e institucionales. Eso que se dice fácil es el gran logro civilizatorio de las elecciones, no tratar de exorcizar la diversidad, sino ofrecerle un cauce; no tratar de bloquear la expresión de la pluralidad que está implantada en una sociedad, sino garantizar el ejercicio de los derechos, de las libertades, y la convivencia de todas las corrientes ideológicas que existen en determinado país.

Sobra decir que, en términos políticos, pasamos de elecciones sin competencia a elecciones altamente competidas, de un mundo de la representación habitado básicamente por una sola fuerza política, a un mundo plural; que hemos vivido fenómenos de alternancia en todos los niveles de gobierno, y que hoy hay que ser un auténtico excéntrico para pensar que un país complejo, masivo, contradictorio, como lo es México, puede caber bajo el manto de una sola ideología, de una sola organización, de un solo partido político.

A querer o no, creo que todos estamos ya acostumbrados a vivir en pluralidad y, si se ve la historia larga, es una adquisición relativamente reciente. Ojalá que seamos capaces de mantener las normas, las instituciones y las condiciones políticas para que esa diversidad que está implantada en México pueda seguir conviviendo y compitiendo.

¿Y por qué digo esto? Porque para nadie es un secreto que hay un humor público en relación a los partidos, a los políticos, a los congresos y a los gobiernos, muy crítico, muy desencantado, y todos sabemos que no hay democracia posible sin partidos, sin políticos, sin gobiernos y sin congresos. Creo que es la hora de hacernos cargo de tratar de que ese malestar que existe con la vida pública de nuestro país no acabe tirando al niño con el agua sucia. En este caso, el niño, para mí sin duda alguna, es la germinal democracia en la que vivimos en México y que se está desgastando por la corrupción, por la espiral de violencia, por una economía que no crece con suficiencia y por una falla estructural de nuestra convivencia, que son las profundas desigualdades que marcan nuestras relaciones sociales.

No creo que haya ninguna posibilidad de hacerle frente a esta ola de malestar si no somos capaces de atender sus nutrientes profundos.

Humberto Musacchio: Damos paso a una ronda de réplicas; me gustaría que además abordaran algunos detalles que están en el aire y que preocupan a la opinión pública –cualquier cosa que eso sea–, por ejemplo, las discrepancias que surgen con tanta y tan alarmante frecuencia entre el INE y el Tribunal Electoral; esto que planteaban Leonardo y Pepe sobre la pluralidad que parece que se condensa de repente en tres corrientes cuando el hecho de darles espacio a todos es precisamente para ganar en la expresión de la discrepancia, de las diferentes corrientes, sin embargo, ahí hay no diría una contradicción, pero un hecho a la vista de todos: tenemos pluralidad pero los plurales se juntan para competir.

Edmundo Jacobo: Sería muy complejo hacer un recuento de qué ha pasado con las instituciones electorales en este periodo de 25 años y más en unos minutos, pero puedo compartir algunas pinceladas de los casi diez años que he sido secretario ejecutivo del Instituto.

Por invitación de Leonardo, me designaron secretario ejecutivo recién aprobada esa reforma de gran calado, la de 2007. Uno de sus momentos más complejos –que por cierto todavía no salda heridas, o todavía sigue suscitando muchas tensiones en la organización de las elecciones y en la relación de las instituciones electorales con los medios– fue la prohibición de la compra y venta de tiempos en radio y televisión. Abundan las anécdotas e insisto, sigue habiendo tensión hasta la fecha, que en las vísperas del proceso electoral de 2011-2012 no se aplacaba; tuvimos que hacer una serie de reuniones con los medios para decirles que no fue el IFE, sino el legislador el que hizo esa reforma, que el IFE tenía que cumplir con lo que de ella emanaba y todos teníamos una gran responsabilidad de sacar adelante el proceso electoral que estaba a punto de iniciarse. Si ustedes siguen golpeando de esta manera al árbitro electoral, como lo han hecho durante tres años –les dijimos– ¿quién va a organizar la elección y sobre todo quién va a dar los resultados?

Leonardo conoce muy bien los entretelones de aquella historia. Finalmente, en una serie de largas mesas de discusión, llegamos a una especie de compromiso de caballeros para sacar la elección presidencial y después, en su caso, los medios harían todo lo que tuvieran que hacer para tratar de cambiar la reforma, cosa que no ha sucedido hasta la fecha. Aunque en cada periodo que se abre del Congreso, el tema vuelve a surgir y vuelve a surgir y en cualquier oportunidad vuelve esa tensión entre medios y autoridad electoral, a veces pública y muchas otras veces a la sordina.

El último episodio, aunque parecería desconectado pero al contrario, está muy conectado, es el reciente convenio que hizo el INE con Facebook. Tiene tanto que ver como en aquel momento la disputa por los mercados en los medios, la compra y venta de publicidad y demás.

Recuerdo mucho la reflexión que se hacía de que después de aquella gran reforma de 2007-2008 era difícil que hubiera otra de gran calado. Pasó muy poco tiempo y tuvimos otra gran reforma, aunque desde mi punto de vista se quedó a medias, aquella que quiso nacionalizar toda la organización de los procesos electorales, que con esa intención se sentaron a negociarla y que en las últimas 48 horas no lograron el consenso necesario, de manera tal que crecieron las atribuciones del INE desproporcionadamente, quedaron las autoridades electorales locales con atribuciones menores, incluso, sus consejeros nombrados por el Consejo General del INE, pero con responsabilidades específicas. Lo cual ha hecho muy, muy complejo lo que era básico en la organización de los procesos electorales; incluso temas que ya no lo eran en la discusión entre los actores, vuelven a serlo.

Las elecciones del año pasado, en el estado de México, Coahuila, etc., ponen en evidencia que algunas cuestiones que ya dábamos como parte de la cotidianeidad de la organización de las elecciones hoy en día en cualquier momento pueden volverse factores muy importantes no solo en la discusión y reflexión, sino en el cuestionamiento de la organización del propio proceso y motivo incluso de eventual impugnación, para los resultados que vendrán después del próximo 1º de julio.

No me canso de decirlo, lo decía desde antes de la reforma de 2014, no hay ninguna institución electoral en el mundo que tenga la cantidad de atribuciones que entonces tenía el IFE y que ahora tiene el INE. Sin duda, producto de lo bien que lo ha hecho, creo que se ha ganado esa confianza y a pesar de que todo mundo lo critique, con cada reforma van más y más atribuciones a la autoridad electoral. Pero yo creo que ya basta de darle la vuelta, corremos el riesgo de que la autoridad electoral termine enredada en tantas atribuciones que resulte ineficaz e ineficiente. Ojalá que la reforma que venga en 2019 ponga otra vez en su justa dimensión al INE como una autoridad administrativa electoral, y eso quiere decir que se dedique solamente a organizar elecciones, tarea de por sí bastante compleja.

Rodrigo Morales: Más que réplica, un pequeño comentario a esas tensiones cotidianas que señalabas Humberto, entre la autoridad administrativa y la jurisdiccional. Estoy cierto de que no es un asunto de personas, sino de adónde hemos llevado el diseño de las instituciones y su convivencia. Edmundo lo apuntaba bien, hemos caído en una dinámica en que para solucionar un problema se cree que basta con dar una nueva atribución, y parece que con eso se soluciona todo. Desde hace tiempo se ha perdido una visión de conjunto, quiero decir que la agenda de la autoridad administrativa y la agenda de la jurisdiccional sean muy precisas. Con cada nueva reforma desgraciadamente se han ido complejizando, y eso se ha ido traduciendo en una sobrecarga de trabajo de ambas instituciones.

En mi época como consejero (2003-2008) todavía podíamos pasarnos dos meses sin sesionar en el Consejo General, y eso quería decir mucho tiempo para platicar, negociar y convencer. Eso ya no es así. Y en el caso de las salas Superior y regionales del Tribunal es más o menos lo mismo, antes podían sesionar con mucho tiempo para preparar los asuntos y hoy las quejas son una industria, ya se cuentan por miles.

Me parece que eso es parte de lo que hay que repensar, cómo recuperamos un diseño más simple, más funcional, que se haga cargo de lo que ocurre en la cotidianeidad de ambas instituciones.

Las tensiones por supuesto son lamentables, hay que poner en perspectiva que el 1º de julio alguien va a ganar y alguien le va a tener que alzar la mano, y ojalá que ese alguien sea fuerte y respetado.

Leonardo Valdés: Profundizo en la reflexión sobre el pluralismo porque estoy convencido de que es producto auténtico de la democracia, no puedo pensar un sistema democrático sin una pluralidad de opciones, de propuestas, opiniones y posiciones. En los años sesenta se explicaba el pluralismo en función de las líneas divisorias de las sociedades, en algunas es la religión, en otras es el norte y el sur, en otras el centro y la periferia, y muchas veces se superponen esas líneas divisorias. Eso va creando el sistema de partidos, cuantas más son las líneas divisorias más plural es ese sistema. En ese contexto se decía que había partidos que eran ideológicos y otros eran pragmáticos.

Después, en los años setenta, Sartori dijo que el nuestro era un sistema de partido hegemónico pragmático. Lo hegemónico ya se nos quitó; lo pragmático no. No es una categoría peyorativa, como lo hegemónico tampoco lo era. En ciencia política las categorías nunca son peyorativas, no es que sea mejor ser ideológico que pragmático, son dos formas distintas de relación de los partidos con la sociedad. Cuando los partidos son ideológicos, tienen una ideología –en los años setenta, claramente el marxismo-leninismo– que los relaciona con la sociedad y que además rige sus relaciones internas. Cuando los partidos son pragmáticos, su relación con la sociedad y sus relaciones internas son en función de los intereses y los objetivos que las élites políticas de los partidos van poniendo en la agenda.

Por eso no me sorprende que tengamos hoy tres coaliciones, constituidas por nueve partidos, que muchos critican porque les parece que la ideología ya quedó atrás. Sí quedó atrás, porque ahora ya no hay un partido pragmático, todos lo son. En este contexto necesitamos elementos que les exijan a esos pragmáticos encontrar soluciones para darle un buen cauce al pluralismo, un cauce institucional que nos permita una gobernabilidad democrática y una representación política legítima. Y por eso sigo convocando a que lo discutamos. Yo propongo la segunda vuelta, Manlio Fabio Beltrones propone el gobierno de coalición, Jorge Alcocer no está de acuerdo con la segunda vuelta, pero tenemos que discutirlo, hacer un gran esfuerzo para compartir reflexiones que nos permitan ir construyendo soluciones a una situación que parece problemática pero que en realidad no lo es: el pluralismo es hijo de la democracia. Bienvenido el pluralismo, bienvenida la democracia y bienvenida la reflexión intelectual para darnos soluciones institucionales.

José Woldenberg: Tres notas en tres minutos.

Primero, sobre las relaciones INE-Tribunal. Yo creo que deberíamos volver a lo básico, es decir, que el ine sea única y exclusivamente una autoridad administrativa encargada de organizar las elecciones y que todos los litigios vayan desde un inicio directamente a los tribunales. Para eso tenemos 33 tribunales. Voy más allá: el INE, en lo que son los eslabones del proceso electoral, hace las cosas mucho mejor que el IFE. Nadie discute hoy el padrón, la organización, la capacitación, el PREP, ni los conteos rápidos. Lo específicamente electoral sale muy bien. Los litigios entre partidos no los debe resolver el INE.

Segunda nota: el tema de la fragmentación. Lo que sucede es que es una novedad. Durante muchas décadas, el nuestro fue un sistema de partido hegemónico pragmático, es decir, de un partido hegemónico. Con la transición, parecía que se estaba formando un sistema básicamente tripartita; siempre hubo más partidos, pero PRI, PAN, PRD ordenaban lo fundamental de la vida política. Vinieron la escisión en la izquierda, el surgimiento de Morena, la caída relativa de los votos del PRI y del PAN, partidos nacionales que hoy son fuertes en algunas regiones, como Movimiento Ciudadano en Jalisco o el Partido Verde en Chiapas, más las candidaturas independientes. Entonces, hay una fragmentación mucho mayor. Y en efecto, los partidos, creo que conscientes de esa fragmentación, han forjado tres coaliciones.

Tercera nota: el problema no es en sí mismo las coaliciones, sino, creo yo, que las identidades y las ideologías parecen difuminarse, y el personalismo y el pragmatismo parecen instalarse entre todos. ¿Por qué ese es un problema? Porque hay dificultades para que los ciudadanos logren identificarse y entender el significado de las diferentes propuestas que aparecen en la boleta. Una dosis de pragmatismo siempre es bienvenida, no se trata de pensar a los partidos como si fueran fortalezas inexpugnables, incontaminadas por otras corrientes de pensamiento, pero como dicen los anuncios de televisión, todo con medida. Si no hay esa medida, al final da la impresión de que todos los gatos son pardos, lo cual no ayuda a ordenar el debate político en nuestro país, sino más bien a difuminarlo.

Humberto Musacchio: Muchas gracias a todos.

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