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martes 18 de diciembre de 2018

La querella por la democracia

Por José Woldenberg

Alejandro Sahuí. Igualdad y calidad de la democracia. Fontamara. México, 2018.

Contra lo que quizá se pensaba hace 20 o 25 años, que los sistemas democráticos no solo se multiplicaban sino que se expandían a zonas antes impensadas, hoy existe una legítima preocupación por su salud y supervivencia. Los valores que la ponen en pie son cuestionados y en no pocas latitudes se viven auténticas regresiones. Se vuelve patente algo que siempre estuvo ahí: que, por ser una edificación humana, la democracia puede fortalecerse, ampliarse, convertirse en sentido común o, por el contrario, reblandecerse, desfigurarse e incluso puede ser remplazada por alguna fórmula autoritaria… y para sorpresa de algunos, con apoyo popular.

Desde dentro la democracia puede debilitarse porque es un sistema complejo, plagado de pesos y contrapesos, regulaciones varias, en el que coexisten diferentes diagnósticos y agendas que no siempre son compatibles, y que, en conjunto, pueden proyectar la imagen de un arreglo laberíntico, ineficaz y autorreferente. Y desde fuera, el hábitat en el que se reproduce puede ser la fuente de insatisfacciones crecientes que sean el combustible para la desafección con los políticos, partidos, congresos y gobiernos que la hacen posible. Fenómenos tales como la creciente inseguridad, el deterioro de las condiciones de vida, la impunidad y la corrupción, el déficit de estado de derecho o más aún las crisis económicas que conllevan pérdidas de empleos, deterioro de las percepciones, más flujos migratorios crecientes son las fuentes que alimentan la animosidad y el hartazgo frente a las rutinas democráticas.

No hay ni creo que pueda darse un triunfo definitivo de la democracia, por la simple y contundente razón de que no existen estaciones necesarias y menos terminales en la historia. Por ello, discutir a la democracia desde muy diversas plataformas no solo tiene sentido académico sino además pertinencia política. Y entiendo que el esfuerzo de Alejandro Sahuí en Igualdad y calidad de la democracia tiene como finalidad pensar lo que es y lo que no es la democracia, lo que podemos pedirle y lo que resulta insensato exigirle.

Dado que estamos presentando el libro solo recupero cinco de los múltiples temas planteados como una fórmula para abrir el apetito.

  1. Democracia e igualdad. La gran promesa y el piso básico para la reproducción de un régimen democrático es el de la igualdad en derechos políticos. Se trata de un régimen político, de una forma de gobierno, claramente diferenciable de los autoritarismos, dictaduras, totalitarismos y teocracias, porque reconoce el pluralismo que palpita en las sociedades e intenta ofrecerle un cauce de expresión y reproducción civilizado. Es como nos recuerda Alejandro Sahuí citando a Bobbio: “un conjunto de reglas que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos”. Y en ese sentido el autor defiende con claridad esa dimensión procedimental como la nuez de los sistemas democráticos, que si bien, reconoce, son debilitados por las flagrantes desigualdades económicas y sociales, para fines analíticos y conceptuales vale la pena no mezclar todo tipo de asimetrías en la definición y comprensión del régimen de gobierno. Porque si bien esas desigualdades tienen “un impacto negativo sobre la cohesión social y la confianza interpersonal”, la democracia reclama la igualdad en el plano de lo político.

Entiendo que no se trata de minusvalorar el impacto que esa desigualdad tiene en la vida política, sino de establecer que por la vía de sobrecargar al concepto de condicionantes se acaba por no comprender lo que resulta propio, singular, del sistema político democrático: la posibilidad de ejercer una serie de derechos que eventualmente pueden ser habilitantes de otros derechos, libertad de asociación, de expresión, de prensa, derecho de votar y ser votado. El ejercicio de esos derechos posibilita la coexistencia de la diversidad, genera mecánicas de gobierno y oposición, multiplica las libertades, acota normativamente a las instituciones estatales, genera un sistema de pesos y contrapesos que intenta que el poder no se concentre. Y todo ello no es poco, aunque, por supuesto, tampoco es suficiente para construir sociedades menos polarizadas, más armónicas, más cohesionadas. (No obstante, nos recuerda Sahuí, incluso ahí donde existen desigualdades económicas extremas, como es el caso de México, se puede acudir a fórmulas específicas para intentar reforzar las condiciones de la competencia en un sentido equitativo. Con buen tino enumera algunas políticas concretas: “financiamiento público a los partidos, prohibición de contratar propaganda electoral por particulares, el uso de tiempos oficiales equitativos para los contendientes electorales”.)

  1. Discriminación y desigualdad. He sostenido que la desigualdad es la falla estructural de nuestra “convivencia”. Pero Sahuí nos llama la atención, y con razón, sobre cómo la desigualdad conecta con otras relaciones sociales, destacadamente las de la discriminación y la exclusión. Tienen puentes comunicantes, pero no son una y la misma cosa. Existen franjas enormes de la sociedad cuya dificultad para ejercer el conjunto de los derechos que supuestamente debe garantizar un régimen democrático (civiles, políticos, sociales, culturales) es enorme. Mujeres, homosexuales e indígenas pueden ilustrar esas dificultades. No es una cuestión solo de desigualdad sino de discriminación. Se trata, nos dice Sahuí, siguiendo a Jesús Rodríguez Zepeda, “de una forma de dominación que convierte la diferencia en desigualdad; implica asimetrías y desventajas injustificadas, así como la denegación sistemática de derechos y oportunidades a grupos específicos”. Es una dimensión que excluye y que, a pesar del marco constitucional y legal, se reproduce inercialmente todos los días. Y por supuesto no se debe contemporizar con ella.

No obstante, vale la pena subrayar que es precisamente en democracia en donde esas patologías adquieren visibilidad y es posible combatirlas. El autor nos recuerda, como ejemplo, la potencia del movimiento feminista, cuyos logros no creo que puedan y deban ser minimizados (lo que no quiere decir que en la materia no exista mucho más por hacer).

  1. ¿Derechos sucesivos? Es conocida la historia de los derechos en Europa, por lo menos como la contó T. H. Marshall. Parece existir una secuencia que va de los civiles a los políticos a los sociales. Y no son pocos los que señalan que si esos derechos no encuentran plena satisfacción no puede hablarse de democracia. Incluso no faltan, como nos recuerda el autor, aquellos que plantean que es necesaria la vigencia previa de esos derechos, como un requisito para poder siquiera hablar de un régimen democrático. Creo que con tino nos advierte de que “la calificación del régimen no puede estar sujeta ni depender de la provisión de bienes materiales… (entre otras cosas) porque ese tipo de derechos pueden ser conseguidos tanto por medios autoritarios como democráticos” (aunque habría que apuntar que en el primer caso casi siempre aparecen como dádivas y que solo en democracia se reconocen como derechos).

Creo, sin embargo, que a la luz de la experiencia latinoamericana podríamos afirmar que no existe una ley de la historia que señale que los derechos se alcanzan en la secuencia esbozada al inicio. En nuestro país el ejercicio de derechos políticos en muchos casos ha precedido a la apropiación de derechos civiles y eventualmente posibilitará la explotación y ampliación de derechos económicos y sociales. Y un buen número de derechos sociales se ejerció antes que muchos de los políticos. O para decirlo de otra manera, no creo que se pueda o deba optar por una supuesta secuencia de derechos, entre otras cosas, porque la historia no tiene un guion predeterminado.

  1. Migraciones. Hay un tema apenas esbozado en el libro que me interesa traer a cuento. Es el de las olas crecientes de migrantes por motivos económicos, de seguridad o discriminación. Esas olas, en un mundo cada vez mejor comunicado y cada vez más desigual, seguirán al alta. Preguntarnos por el estatus de los migrantes o refugiados en los regímenes democráticos no es un asunto baladí sobre todo porque, por desgracia, están alimentando reacciones xenófobas, violentas y excluyentes y dando paso a una retórica hipernacionalista que los convierte en chivos expiatorios y “razón” del crecimiento de opciones ultraderechistas. Alejandro Sahuí nos dice con razón: “si una proporción significativa de los habitantes del territorio no cuenta como ciudadanos, en el sentido de que sus derechos e intereses se desconocen, resulta dudoso normativamente hablando que se describa a esa sociedad como democrática”.

Ello nos lleva a una discusión de grandes proporciones que tarde o temprano deberá encarar el mundo. Hasta ahora, el ejercicio de los derechos políticos se desprende, en la inmensa mayoría de los casos, de la nacionalidad. Por ello incluso, la extensión del sufragio a los connacionales que se encuentran fuera del territorio. No obstante, paulatinamente, algunos países o grupos de países empiezan a reconocer la posibilidad de ejercer derechos políticos a partir de la residencia, aunque se carezca de la nacionalidad. Es el caso de la Unión Europea, en la cual un español residente en Hamburgo puede votar por el alcalde o un alemán en Málaga puede hacer lo mismo. Y en Uruguay sucede algo similar. Si uno es residente de ese país tiene derecho a voto, mientras que los uruguayos en el exterior, no.

Traigo a cuenta el tema (y los ejemplos) porque creo que aún se encuentra en “pañales” y que en los próximos años (pienso) cobrará una enorme centralidad. Porque miles y miles de personas desarraigadas de su lugar de nacimiento, trasplantadas a otras latitudes, están incapacitadas hoy para ejercer derechos políticos.

  1. Democracia y populismo. La insípida y tortuosa democracia se encuentra sujeta a fuegos cruzados. Se le critica –como nos dice Sahuí– por carecer de fines sustantivos, porque está plagada de mediaciones “innecesarias” y limita la participación directa del pueblo y porque al final de cuentas resulta elitista porque convive con sociedades profundamente desiguales. Lo primero, quizá sobra decirlo, es una virtud porque permite la coexistencia de diferentes idearios y propuestas. Las mediaciones son imprescindibles y consustanciales a la democracia representativa e incluso quienes las niegan o combaten acaban por forjar algún tipo de institución intermedia, y en efecto la democracia puede reproducirse, aunque de manera tensa, en medio de sociedades polarizadas, cargadas de desigualdades, pero desde los circuitos democráticos se puede intentar atemperarlas o incluso borrarlas.

Los populismos al alta en todo el mundo suelen montarse en esas pulsiones antipolíticas y, a nombre de un pueblo al que piensan monolítico, pretenden debilitar los circuitos de la representación plural, descalifican los pesos y contrapesos connaturales a la democracia como simples fórmulas perversas al servicio de los poderosos y convierten a sus opositores en el antipueblo.

En una palabra, algunas de las reales o supuestas debilidades de las democracias, de las desafecciones que genera, de los múltiples problemas que no resuelve, están produciendo una reacción de malestar en la democracia que, como bien señalaba hace algunos años el PNUD, puede convertirse en un malestar con la democracia. En ese límite creo que nos encontramos. Ojalá no suceda, pero para ello es necesario hacernos cargo de que las fuentes del fastidio son poderosas y que, si no somos capaces de atenderlas, el futuro no pintará muy bien.

Última nota que espero no resulte impertinente: estoy seguro de que el libro sería mejor y más contundente con menos repeticiones y citas innecesarias. A mí me hubiera gustado escuchar más la voz del autor.

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