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lunes 20 de enero de 2020

Juventud, divino regreso

Ernesto Rodríguez*

Protagonistas de las manifestaciones y los reclamos populares

Este 2019 ha vuelto a encontrar a las generaciones jóvenes de América Latina en el centro de las protestas y los reclamos populares a lo largo y ancho del continente. Los ejemplos son muchos y muy variados, pero si hubiera que destacar los casos más evidentes (y recientes) resulta ineludible referir la irrupción popular en Chile que ha echado por tierra al experimento neoliberal más destacado de las últimas décadas, impulsada y liderada –claramente– por los estudiantes secundarios y universitarios, al tiempo que resulta inevitable aludir al evidente protagonismo juvenil en la última ola de paros nacionales en Colombia (desde el 21N), que también ha liderado y dinamizado los reclamos masivos por un cambio claro de rumbo, que permita retomar el proceso de paz y el combate a las históricas desigualdades sociales.

La lista de ejemplos centrados en revueltas populares en contra del neoliberalismo podría ampliarse con otros varios ejemplos, pero también importa destacar el protagonismo juvenil que, con un patente sentido contrario al progresismo boliviano, ha tenido el Movimiento Juvenil Cruceñista (mjc) en el reciente golpe de Estado, un grupo de “jailones” (como se denomina a los jóvenes que pertenecen a sectores sociales de clase alta en Bolivia) que actúan con grados impresionantes de violencia y con notorias posturas racistas en contra de la población indígena, mayoritaria en dicho país. Y, por supuesto, esta “lista” quedaría incompleta si no se incluyera la presencia juvenil en contra de regímenes autoritarios de izquierda (como en Nicaragua y Venezuela) o en respaldo a regímenes democráticos fuertes, como en Uruguay, orientado desde gobiernos progresistas en los últimos 15 años y que ahora entra en un impasse con el ajustado y reciente retorno de la derecha al gobierno, a pesar del abultado respaldo electoral de los jóvenes al Frente Amplio.

Pero más allá de los “casos nacionales” mencionados, importa destacar el protagonismo manifiesto de las nuevas generaciones en la renovación y el fortalecimiento de movimientos sociales (viejos y nuevos) en varios países de la región. Es el caso, por ejemplo, de los movimientos feministas que, en el marco de procesos como los que se han verificado en estos últimos años en Argentina, donde el dinamismo del movimiento “Ni una Menos” ha empujado de forma notoria los límites impuestos por el machismo y el patriarcado, en lo que ha llevado a algunas activistas a caracterizar lo que denominan “la revolución de las hijas” (Peker, 2019), en franca alusión (generacional) a estos nuevos tiempos del feminismo militante, como un fenómeno innovador, de una gran potencia y que llegó para quedarse. Ya se cuenta con evidencias y análisis rigurosos sobre estas particulares dinámicas, con estudios de caso que se están desplegando en rincones muy diversos de nuestra América Latina, tanto en ámbitos nacionales como locales, con características muy dispares entre sí, más allá de los muchos elementos en común que los caracterizan (por ejemplo, Larrondo y Ponce, 2019), por lo que se puede asumir que estamos ante procesos “duros” que distan de ser simples “modas” pasajeras o apenas “contagios” momentáneos.

La revolución de los 30 pesos

Buscando explicaciones, más allá de los estereotipos

¿A qué se debe este nuevo y tan potente resurgimiento de los movimientos estudiantiles y juveniles en general? ¿Estamos ante una “nueva ola” del mismo estilo que las más clásicas y tradicionales o enfrentamos fenómenos nuevos que habrá que tratar de entender más y mejor para especular sobre su eventual incidencia efectiva en los procesos políticos y sociales de nuestros países? ¿Pueden ser englobados bajo una única definición, ya sea política, ideológica o cultural, o estamos ante una amplia variedad de dinámicas particulares, que confluyen (o no) en torno a ciertos ejes explicativos comunes? Desde luego, las categorías que se han utilizado hasta el momento para encontrar explicaciones resultan muy limitadas y, en particular, engañosas, sobre todo las que han querido meter todo (o casi todo) en la “bolsa” de los denominados millennials, apoyándose en lecturas simplistas de los paradigmas generacionales más clásicos y pasándole por encima a las notorias diferencias intrageneracionales existentes en el mundo de lo que solemos llamar “jóvenes”. A manera de complemento, se ha asumido en algunos casos dicho simplismo (al menos de manera parcial), sobre todo en lo que hace a las diferencias de clase y, como otro resultado simplista, con esto tomó forma la noción (estigmatizadora) de los mal denominados “ninis” (por aquello de que “no estudian ni trabajan”), reservando en este marco la noción de millennials para los “integrados”, pertenecientes a clases medias y altas (Novella, Repetto, Rovino y Rucci, 2018).

Las “evidencias”, sin embargo, van por otro lado. Hoy sabemos que las principales coordenadas estructurales de la dinámica de nuestras sociedades han ido cambiando notoriamente y a ritmos vertiginosos, esto ha incidido en las nuevas generaciones de manera contundente. Así, por ejemplo, la revolución tecnológica ha llevado a que las comunicaciones se hagan más fluidas y autónomas, al tiempo que las jerarquías institucionales (formales e informales, públicas y privadas, etc.) se cuestionen desde todo punto de vista, en paralelo a la implantación hegemónica del “mercado” en todos los planos de la existencia humana (con el fomento del consumismo desenfrenado y avasallador como eje estructurador) lo cual, como sabemos, funciona bien o muy bien para algunos pocos y mal o muy mal para muchos otros.

Se trata de “reglas” de funcionamiento del capitalismo financiero hoy dominante, que se ubican en las antípodas del capitalismo productivo forjado durante buena parte del siglo xx, en el marco de modelos socialdemócratas que intentaron amortiguar las desigualdades evidentes entre capital y trabajo, impulsadas desde posturas más liberales y conservadoras, para evitar el contagio (en Occidente) del socialismo soviético. Con la caída del socialismo real, se forjó el relato del “fin de la historia”, pero lo que realmente se construyó es este capitalismo salvaje que hoy nos domina, que cuenta con relatos justificadores de todo tipo y para todo tipo de “públicos”, incluyendo en particular los manuales de autoayuda (para incentivar el ascenso individual e individualista, eludiendo las construcciones colectivas), la denominada “teología de la prosperidad” (construida sobre la base de que “Dios quiere que seas rico”) y el fomento del emprendedorismo (para dividir aún más a las clases trabajadoras), entre otros no menos nefastos.

El resultado de todas estas y otras dinámicas similares ha sido la consolidación de sociedades cada vez más desiguales, en las que reinan los hombres, adultos, blancos y, por supuesto, ricos (el tristemente célebre 1%), dejando a la enorme mayoría de personas (99%) en posiciones subordinadas, excluidas de todos o la mayor parte de los “beneficios” del modelo vigente. Para que éste funcionara, había que controlar el poder político y ello se procesó mediante varias estrategias convergentes. Cuando los partidos políticos eran afines y cumplían de forma adecuada con los roles asignados por el modelo, se les respaldaba y promocionaba, y cuando éstos dejaban de funcionar como debían, se sustituían por otros elencos gobernantes, recurriendo a golpes “blandos” o directamente “puros y duros”. Y si se tenía que lidiar con gobiernos “hostiles”, que dominaran los poderes Ejecutivo y Legislativo, se recurría al Poder Judicial, para hostigar y hasta derribar gobernantes electos con toda legitimidad, pero peligrosamente “disidentes”.

Este modelo supo entender el valor de los “relatos” (aunque reflejen o no los “hechos”) y las “batallas culturales”, el cual llevó a que ese 1% se apropiara de los grandes medios de comunicación, para machacar con permanencia sus bondades y estigmatizar a todo aquel que planteara posturas disidentes. Por si fuera poco, la “democratización” de las comunicaciones que vino de la mano de las redes sociales quedó en manos de las grandes compañías multinacionales (Google, sobre todo), lo que derivó en que las distancias entre los diferentes “mundos” existentes se agigantaran, en virtud de que, como “elegimos” a nuestros “amigos”, nos cerramos en nuestros propios círculos de “iguales” y nos aislamos de los demás, “diferentes” por definición. El resto de la tarea la hacen los algoritmos, que nos seleccionan a diario lo que queremos ver y nos ocultan lo que no debemos ver, con nuestro beneplácito.

En todo este cuadro, las generaciones adultas tienden a expresar sus descontentos y sus reclamos por medio de vías “institucionalizadas” (partidos políticos, sindicatos, elecciones, etc.) porque es lo que conocen (son las reglas con las que siempre se han manejado) y para evaluar su situación actual comparan con el pasado, pero las generaciones jóvenes comparan con el futuro, con sus deseos y sus expectativas; por tanto, tienen menos paciencia y sus umbrales de tolerancia con las instituciones establecidas son mucho más bajos. Esto ha sido así casi desde siempre, pero en la actualidad todos estos procesos se aceleran visiblemente, lo que lleva a que las distancias generacionales (que siempre existieron) hoy sean mayores y más evidentes que nunca antes.

Por todo lo dicho, hemos pasado de los clásicos “movimientos” juveniles (más formales, organizados, estables en el tiempo, etc.) a las nuevas “movidas” juveniles (más informales, espontáneas, puntuales en sus irrupciones públicas, etc.). Esto no es bueno ni malo en sí mismo, apenas ayuda en el intento para explicar las recurrentes asaltos juveniles, que luego decaen y hasta desaparecen por un tiempo, y que hoy –de nuevo– tienen una fuerte presencia en las calles, en contra de la corrupción, del autoritarismo… o en defensa de la democracia, de los derechos humanos, del ambiente, hasta en la promoción de lo que se ha denominado la “nueva agenda de derechos” (matrimonio igualitario, interrupción voluntaria del embarazo, legalización de la marihuana, etc.) según hemos analizado en otros contextos (Rodríguez, 2013).

Malestares y protestas: especificidades y convergencias

Ejemplos sobran, en cualquiera de las tres “categorías” de protestas esquemáticamente enunciada. Los estudiantes nicaragüenses lideran las luchas con el autoritarismo del gobierno; los colombianos, por una educación pública para todos; los chilenos, contra las desigualdades sociales… Pero en todos los casos defienden la democracia, la participación ciudadana, la vigencia de los derechos humanos y una larga lista de “viejos” derechos, trabajando también por la implantación y la defensa de “nuevos” derechos, como ha ocurrido en estos últimos años en Uruguay, donde fechas emblemáticas como el 8 de marzo (Día Internacional de las Mujeres), el 20 de mayo (Marcha del Silencio por el reclamo de justicia por los Desaparecidos en la Dictadura) y el 29 de setiembre (Marcha de la Diversidad Sexual) congregan cada año a más y más jóvenes, que se han transformado en los verdaderos protagonistas de dichos eventos, al margen de las convocatorias partidarias (aún desde la izquierda).

Lo dicho muestra con claridad el estado actual de los derechos (en su sentido más amplio y pleno) que, a su vez, es un reflejo de cómo se encuentran hoy en día nuestras sociedades, ubicadas en la región del mundo que ostenta dos de los récords más lamentables: somos la región más desigual y, a la vez, la más violenta del mundo. Por ello, hemos tenido que recurrir a nuevas categorías analíticas que nos ayuden a caracterizar fenómenos que –por su gravedad– ya no caben en géneros más tradicionales; así, hoy hablamos de “feminicidios” y de “juvenicidios” (Valenzuela, 2015) para referirnos a los crímenes cometidos contra mujeres y jóvenes, por su simple condición de serlo y no por las acciones o las actividades que desplieguen.

Por si fuera poco, ahora volvemos a enfrentar un creciente ascenso de los sectores más conservadores y ultraderechistas que, respaldados en sectores evangélicos muy activos, grupos empresariales poderosos y grandes cadenas mediáticas, recurren una vez más a viejas recetas y ya no se contentan con golpes “blandos” (como en Brasil o Paraguay) y emplean los “puros y duros” de antaño, como acaba de ocurrir en Bolivia y no hace mucho en Honduras, por citar otro ejemplo destacado, pero del que se habla mucho menos. En algunos casos nacionales, estos procesos de “derechización” se produjeron por la vía electoral (Argentina, Colombia, Guatemala, Paraguay y Perú) y en varios de ellos se recurrió al viejo expediente de la “ayuda” del Fondo Monetario Internacional (fmi) para procesar ajustes impopulares que sólo benefician a los sectores dominantes (nacionales e internacionales) y es frente a esta perversa combinación que ahora se rebelan las amplias mayorías populares, muy perjudicadas por la aplicación de modelos neoliberales y ajustes salvajes que han provocado el aumento de la pobreza y la exclusión (en Argentina y Brasil, esto es inescrupulosamente fuerte, por ejemplo, pero es un fenómeno generalizado).

“Emputados, disputados y vigilados”

En Colombia, a los “indignados” se les denomina –con más lógica– “emputados”. Se trata de un término tan popular como preciso para caracterizar eso que la esposa del presidente Piñera denominó “alienígenas” (seres que lo invaden todo y frente a los cuales es muy difícil reaccionar) y que tanto preocupan a las clases dominantes, celosas de proteger sus privilegios y sin la más mínima voluntad de distribuir siquiera, de forma un poquito menos desigual, las riquezas que se generan en nuestros países (con el esfuerzo de todos, por cierto). Es precisamente contra eso que se han rebelado los “emputados”: como se diría en México “estamos hasta la madre” con este estado de cosas y, al fin, ha llegado la hora de decir con contundencia y en plena calle: “basta”. Es la hora, de las “manifestaciones” callejeras, crecientes ante la crisis de los mecanismos clásicos de representación y de los modelos clásicos de participación (Filleule y Tartakowsky, 2015).

Indignados

Frente a todas estas irrupciones callejeras (tan masivas como creativas), varios gobiernos han respondido con estrategias punitivas centradas en la represión (más o menos “salvaje”, más o menos “civilizada”), procurando acallar las expresiones del descontento popular. Lo que en principio estuvo en manos de las grandes cadenas mediáticas y el accionar de la justicia (con el objetivo de desprestigiar los sistemas políticos y mostrar las supuestas limitaciones de las “excesivas” libertades reinantes), y que dio ciertos resultados en distintas etapas de estos procesos en varios países de la región, ahora se vuelve a dejar en manos del expediente policial y militar, corroborando las interpretaciones de varios académicos de gran prestigio, como Wacquant y Bauman, que han mostrado estos procesos como un componente central de las reformas neoliberales (y no como un efecto no previsto) o de aquellos otros que sostienen (también con razón) que todo esto también puede ser interpretado en el marco del creciente auge del neoconservadurismo, que asume el punitivismo de forma más explícita y sin eufemismos.

En este marco, no puede sorprender que las generaciones jóvenes sean las que impulsan (otra vez) estas revueltas populares. Estamos ante jóvenes muy diversos, pero que tienen delante un horizonte tan complejo como incierto y tan desolador como desalentador. El “desorden” mundial es tan evidente como desesperante, las vías clásicas para “integrarse” a la sociedad (la educación, el trabajo, la cultura, etc.) ya no brindan las respuestas esperadas y las perspectivas que pueden visualizarse sólo muestran más de lo mismo (si no es que peor). El “retorno al pasado” (sea cual sea) que pretenden algunos sectores de las generaciones adultas, no es opción para jóvenes que –pura y sencillamente– carecen de pasado (su pasado es su niñez) y el pasotismo sólo puede entusiasmar (de manera transitoria) a quienes tienen el futuro asegurado, sean cuales sean sus opciones.

Con el creciente acceso a la educación y a las tic que, entre otras cosas, brindan más información que nunca antes y permiten contar con una visión global del mundo que jamás tuvimos a nuestro alcance, hoy los jóvenes tienen mucha más autonomía “simbólica” (aunque tienen menos autonomía “material”) y pueden distanciarse con más naturalidad de las instituciones, los patrones y los modelos adultos que “ataron” a las generaciones jóvenes anteriores. Y como su “lugar en el mundo” está en plena construcción, no tienen las ataduras, los compromisos y las obligaciones de las generaciones adultas (responsabilidades familiares que atender, puestos de trabajo que cuidar, lealtades políticas que mantener, etc.); lo que marca con mayor claridad sus actitudes y comportamientos son sus aspiraciones, sus sueños y deseos.

Para algunos/as, dichas “pretensiones” se manejan casi en exclusiva por vías individuales y, en todo caso, privadas (las herencias siguen explicando de forma masiva las desigualdades), pero para la abrumadora mayoría de las y los jóvenes latinoamericanos, la única vía para tratar de conquistarlas efectivamente pasan por el ámbito público y por las construcciones colectivas, ya sean las más primarias (la pandilla, la esquina, etc.) como las más amplias (el acceso a la educación, al trabajo, a la participación ciudadana, etc.) y aún a las más globales (la construcción de sociedades más igualitarias, solidarias, empáticas y más respetuosas con el ambiente).

Allí, exactamente allí, las generaciones jóvenes están siendo cada vez más “disputadas”, desde enfoques ideológicos, culturales y políticos muy diferentes. Los sectores más conservadores apuestan a “mantenerlos a raya” (en materia de valores tradicionales, por ejemplo) y a “ponerlos en su sitio” (cuando se salen de los límites que se le tratan de imponer), en tanto los sectores más liberales apuestan a generar “igualdad de oportunidades”, pero siempre sobre la base del no cuestionamiento de los privilegios establecidos “naturalmente” en la sociedad, al tiempo que los grupos más progresistas tratan de fomentar el involucramiento de las y los jóvenes en la agenda pública, asumiendo que no basta con la “igualdad de oportunidades” (inviable si no se construye un marco más amigable desde la “igualdad de posiciones”), enfrentando las desigualdades existentes.

Todo esto se procesa sobre todo por medio de “instituciones” (familia, escuela, empresa, partidos políticos, sindicatos, etc.), pero cuando la mayor parte de ellas fallan en el cumplimiento de sus roles más elementales, sólo queda la alternativa de las respuestas o las demandas por medio de canales o vías no institucionalizadas. Y es en la calle, precisamente, donde los jóvenes se sienten más a gusto, porque allí pueden mostrarse tal y como son, sin ataduras ni condicionamientos, sean ellos institucionales, morales o de cualquier otra especie. La irrupción pública de las mujeres jóvenes es el ejemplo más categórico en estas materias, mostrando que han sido capaces de dar pasos que van más allá de los promovidos por los movimientos feministas más tradicionales (que todavía tienen improntas adultas muy evidentes, por cierto), los cuales trataron de dotar de “perspectiva de género” a todas las dimensiones del funcionamiento de nuestras sociedades, incluidas las leyes, políticas públicas, la justicia y un largo etcétera al respecto, con resultados relevantes, pero acotados. Y si bien no se trata de formular paralelismos simplistas, lo cierto es que otras generaciones de mujeres jóvenes también fueron protagonistas de grandes revoluciones en el pasado (con sus minifaldas en los sesenta, sin ir más lejos), por lo que tampoco esto debiera sorprender demasiado.

Hoy por hoy, las generaciones jóvenes están dando batalla en muchos frentes a la vez: en algunos casos, defendiendo derechos conquistados o denunciando violaciones flagrantes a tales derechos, en otros, exigiendo su lugar en las instituciones, en las prácticas ciudadanas, en la apropiación de los espacios públicos y en otros más, al asumir responsabilidades como corresponde cuando tales espacios se conquistan con efectividad… y así sucesivamente (Beretta y Otros, 2018). Todos estos procesos tienen nombres concretos: Dilan Cruz (el joven asesinado por la policía en las protestas en Colombia), Gustavo Gatica (uno de los tantos jóvenes que recibió disparos de la policía en los ojos en el marco de las protestas en Chile y que quedó finalmente ciego), Bertha Zúñiga (hija de Bertha Cáceres, que continúa el camino de defensa de la naturaleza emprendido por su madre, brutalmente asesinada), Ofelia Fernández (que es la diputada más joven de América Latina en el Congreso de la Nación Argentina). La lista podría extenderse mucho más, sin duda, pero estos cuatro casos son más que suficientes para ilustrar lo que estamos diciendo: las y los jóvenes en América Latina son diversos, están comprometidos y son activos protagonistas de la construcción de sociedades más democráticas, prósperas e igualitarias en todos nuestros países, ese espacio en el que tratarán de integrarse procurando su “lugar en el mundo”.

* Especialista en “sociología de las edades”, dirige el Centro Latinoamericano sobre Juventud (www.celaju.net) con sede en Montevideo.

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