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sábado 24 de agosto de 2019

Importa un cacahuate

Humberto Musacchio*

La pregunta que se hacen quienes analizan el mundillo de la producción artístico-intelectual es: ¿Vamos hacia un cambio en las políticas culturales? La respuesta es necesariamente afirmativa si se tiene presente la severa reducción del presupuesto para el ramo, la intentona de suprimir las becas y los dislates en que ha incurrido Alejandra Frausto, secretaria de Cultura.

En todo caso, lo que habría que averiguar es si esa reforma servirá para llevar la cultura mexicana a un nivel más alto o si, por el contrario, se considera que los creadores pertenecen a una casta privilegiada que no requiere apoyo alguno del Estado. Todo indica que la segunda es la tendencia dominante en el gobierno y su partido.

Para empezar, hay quien piensa que la cultura mexicana no vive sus mejores momentos. Una revisión somera de lo ocurrido en la posrevolución muestra que muy atrás quedaron las glorias del muralismo y, en general, los mejores días de las expresiones plásticas. Muertos los llamados “tres grandes” lo mismo que Rufino Tamayo y recientemente José Luis Cuevas, si bien abundan hoy los buenos artistas, sólo Francisco Toledo despierta la admiración general, aunque los mercaderes de cualquier timo se solazan con el “instalacionismo”, las ocurrencias de los performanceros y expresiones de ese talante.

En la música sinfónica sucede algo semejante, pues pertenecen al pasado sus momentos de grandeza. No hay en el panorama filarmónico compositores como el inmenso Silvestre Revueltas, como Candelario Huízar, Blas Galindo, José Pablo Moncayo o Miguel Bernal Jiménez, ni revolucionarios como Julián Carrillo o un promotor y organizador sobresaliente como Manuel M. Ponce, aunque desde luego tenemos respetables y capaces directores de orquesta. En el bel canto, por fortuna, contamos con un contingente de primera línea, lo mismo que en la danza, pero se trata de figuras con enormes facultades que debieron emigrar para ser debidamente valoradas.

De acuerdo con Emmanuel Carballo, la década dorada de nuestras letras fue la de los años cincuenta, pues estaban vivos los ateneístas, los contemporáneos, los estridentistas, los creadores del exilio español, la generación del Taller y la de Tierra Nueva. Octavio Paz y José Revueltas eran valores consolidados, Juan Rulfo daba a las prensas El llano en llamas y esa obra maestra de la literatura universal que es Pedro Páramo. En esos años irrumpieron Carlos Fuentes, Jaime Sabines, Sergio Magaña, Emilio Carballido, Rosario Castellanos y Fernando del Paso, que entonces publicó poesía. Llegó a México Raquel Tibol, estaba vigente Antonio Rodríguez y Fernando Benítez dirigía México en la Cultura, el insuperado suplemento de Novedades.

Lo cierto es que aquí y ahora no hay genios, por mucho que algunos se lo crean, ni figurones como los de otras épocas. Y qué bueno. Los aires que soplen en el movimiento social y las condiciones históricas, educativas, económicas y, por supuesto, culturales, en algún momento arrojarán a nuestras playas los medios para que brillen más y mejor los talentos nacionales. Los grandes movimientos artísticos, las revoluciones culturales no se dan todos los días.

Por supuesto, si hoy resulta muy difícil tener el relieve de los viejos maestros, la culpa no es tanto de los creadores, que los tenemos, y muy buenos, si bien abundan los influidos por modas foráneas e intrascendentes. Explica esta situación la ausencia de las condiciones en que se gestan las obras mayores, que requieren sentido individual y social de grandeza, y la influencia de la epopeya, como ocurrió con la Revolución mexicana, inspiradora del gran movimiento pictórico, del nacionalismo musical y dancístico, así como de una literatura que, con los pies en esta tierra, se asomaba a los grandes temas del arte universal.

Pero de poco sirve lamentar lo perdido. La comunidad cultural debe mantener la guardia en alto para preservar las condiciones en que se desenvuelven las artes y las producciones intelectuales. Si bien es cierto que hoy existen becas, salas de conciertos, teatros, editoriales y, en general, mejores condiciones para que fluya en todos sentidos la obra que enriquece espiritualmente a la nación, no faltan juicios facilones que tachan de privilegiados a nuestros creadores que, en efecto lo son, pero no por los beneficios que reciben del Estado o del mercado, sino porque integran una minoría capaz de trabajar para la sociedad, aunque ésta no lo sepa.

Lo malo y peligroso es que tampoco lo sepan ni lo entiendan quienes se mueven en la esfera del Estado, políticos que emiten juicios facilones contra los creadores, a los que insultan y difaman llamándolos “fifís”, si por tales se entiende a quienes tienen resueltas sus necesidades materiales. No es el caso de la abrumadora mayoría de nuestros creadores, que viven en la miseria o, si bien les va, perciben apenas lo necesario para la sobrevivencia de ellos y sus familias, pese a que en muchísimos casos deben desempeñar los oficios más ingratos para ganarse el pan y luego, robándole horas al sueño y a la familia, dedicar un tiempo precioso a la producción de un texto, de una pintura o de una obra musical, generalmente sin recibir siquiera lo invertido en esa producción.

Octavio Paz se quejó más de una vez del poco apoyo que recibió del Estado, algo que lo obligó a ganarse la vida como periodista, profesor o burócrata. Fue al final de su vida, en los días en que sus libros se editaban en tirajes masivos en varios idiomas y de todo el mundo le llegaban premios y distinciones, cuando por fin tuvo la vida resuelta. Por eso, el mismo autor promovió la formación del sistema de becas para creadores, en la que puso en juego toda su energía y su prestigio.

Finalmente se constituyeron el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y el Sistema Nacional de Creadores, pero contra lo que se piensa en la esfera oficial, no se trata de mecanismos asistencialistas, sino de un conjunto de fórmulas para estimular la creación. No son para sacar de la pobreza a los beneficiarios, aunque por supuesto a nadie le cae mal una beca o el apoyo económico para llevar adelante un proyecto.

Se dirá, con cierta razón, que nuestros grandes creadores no necesitaron de becas y apoyos como los de hoy para producir su obra, porque, en efecto, quien tiene el talento y la fuerza para producir una obra de valía intentará hacerla bajo cualquier circunstancia. Pero lo que debe tenerse en cuenta es que, sin apoyo estatal, muchos de esos seres bien dotados no tienen la posibilidad de concretar sus proyectos, aunque se lo propongan y trabajen duro para conseguirlo.

De modo que si se trata de impulsar la creación artístico-intelectual, lo mejor es que existan fórmulas como el FONCA y el Sistema Nacional de Creadores de Arte (no se incluye aquí el Sistema Nacional de Investigadores porque es otro su funcionamiento y fue creado para compensar la enorme caída de los sueldos académicos en el nefasto sexenio de Miguel de la Madrid).

Los gobernantes, los de ayer y los de hoy, suelen exaltar a los artistas e intelectuales y sus obras, y hacen bien. México es conocido en el mundo por sus políticos ladrones, sus narcotraficantes y sus creadores. De modo que hacer el elogio de lo mejor que tenemos viste bien, da cierto lustre internacional y, en alguna medida, aporta legitimidad en el orden interno.

Pero ni por eso se sigue una línea política congruente ni se cuidan las formas. Cuando el actual presidente de la República gobernó el Distrito Federal, su secretario de Cultura dedicaba los miércoles a escribir sus artículos para un periódico capitalino, los viernes en la tarde se iba a su casa de campo y el resto de la semana se dedicaba fundamentalmente a escribir los discursos de su jefe. Cuando, por razones políticas, hubo cambio en la Secretaría de Cultura, Andrés Manuel López Obrador le dio el cargo a una académica sin conocimiento ni interés en el ámbito artístico-intelectual, con los resultados esperables. Ahora, por cierto, es la encargada de crear las cien universidades que se supone abrirán en este sexenio mientras se recortan recursos a las existentes. Si se trata de empobrecer la cultura, está en su papel.

Más lamentable es que ahora, para ocupar la Secretaría de Cultura, se haya designado a quien carece de títulos para desempeñar tan alto cargo, pues viene de puestos menores y no tiene los arrestos necesarios para negociar con su jefe y con sus pares, el secretario de Hacienda y el de Educación, e incluso ni con el director del Fondo de Cultura Económica, que sí sabe lo que hay que hacer y a quien ya le pasaron dependencias enteras que antes pertenecían a la Secretaría que formalmente encabeza Alejandra Frausto.

La cultura le importa un cacahuate al actual gobierno, como lo exhibió crudamente el magro presupuesto cultural del presente año, que a precios corrientes es menos de la mitad del que llegó a ejercer Consuelo Sáizar. Lejos de protestar, la titular de Cultura dijo que era suficiente y tuvieron que ser los diputados quienes le arrimaran 500 millones más de los llamados “etiquetados”.

La Secretaría de Cultura canceló ya algunos festivales y otras actividades. De manera sinuosa, se ha estado buscando la manera de desprestigiar a los creadores y suprimir o reducir el sistema de becas. Para empezar, se lanzó el primer presidente del FONCA, quien debió renunciar ante la repulsa de la comunidad cultural; luego, el proyecto antibecas, que no se atreve a decir su nombre, lo asumió la senadora Jesusa Rodríguez, de Morena, personaje de teatro que amasó su fortuna explotando a sus actores y actrices, malpagándoles y obligándolos a fungir como meseros en el cabaret de su propiedad.

Lo más lamentable para la comunidad intelectual, cuyos integrantes son tildados de “fifís”, es que votó mayoritariamente por AMLO, pensando que con él habría más oportunidades de empleo, mercado para sus obras, seguridad social y otras prestaciones. Más triste es que esa pobre idea de los creadores prenda en las masas que apoyan al actual gobierno, como lo evidencia la sucia campaña que se desenvuelve en el anonimato de las redes sociales contra quienes muestran su desacuerdo con el líder de esa masa anónima.

Esa labor de ablandamiento es el prólogo de algo más nefasto. Resulta obvio que está en marcha una reforma o, más precisamente, una contrarreforma para deteriorar las condiciones de vida y la influencia social de los creadores, intérpretes y críticos. El poder unipersonal no tolera la disidencia y a sus ojos un sector social culto es peligrosamente respondón.

Sobra decir que políticas equivocadas, funcionarios ineptos, presupuestos exiguos y la animadversión gubernamental pueden llevar a México a un profundo retroceso en el orden cultural. Pero de ir adelante en ese propósito, el daño será también para el Estado y sus representantes, que de muy poco podrán presumir ante el mundo. Políticamente nunca ha sido buen negocio embestir contra los bienes culturales y quienes los producen. Ojalá lo entiendan en las alturas del poder. Estamos a tiempo.

* Periodista
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