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viernes 19 de abril de 2019

Guardianes de la democracia

Flavia Freidenberg*

Los políticos no son extraterrestres… aunque lo parezcan.

Los/las políticos/as y sus partidos no son extraterrestres que hayan invadido la Tierra. Al contrario, se parecen a la sociedad en la que viven. Aun cuando diversos sectores de la sociedad quieren hacer pensar que, por haber un fuerte distanciamiento entre esta y la política, se requieren nuevos partidos, candidaturas no partidarias o líderes carismáticos salvadores para mejorar la conexión entre representantes y representados, tanto unos como otros salen de las entrañas de la sociedad que los elige y no suelen ser muy diferentes de los votantes.

A pesar de esta idea, cuando la ciudadanía toma decisiones y celebra elecciones, la política latinoamericana parece hecha por extraterrestres. Una evaluación rápida de los sistemas democráticos da cuenta de la desconexión de las élites respecto a los problemas de bienestar de la ciudadanía; de la escasa empatía y sensibilidad ante las carencias que la población enfrenta, y del modo clasista y privilegiado en que esas élites se comportan, incluso tolerando y reproduciendo altos niveles de corrupción).1 Además, muchos gobiernos no han sabido (o no han podido) mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía y sus resultados han sido insuficientes para cubrir los niveles de bienestar mínimos.Por ejemplo, los datos para México son escalofriantes: 53.4 millones de personas viven en situación de pobreza (43.6 por ciento) y otros 9.4, en pobreza extrema (7.6 por ciento).2

La ciudadanía está cada vez más descontenta con la manera de hacer política en México y América Latina. Si bien la desconexión con sus gobernantes no supone necesariamente el rechazo a la democracia como régimen político,3 ese malestar ha generado un nuevo ciclo electoral que beneficia a nuevos líderes –o líderes reciclados en partidos de reciente creación– que dicen satisfacer las demandas de cambio de estos electores molestos con los pobres resultados de los gobiernos democráticos. No parece extraño que la gente se aleje de los partidos que la han gobernado o los rechace categóricamente cuando surgen nuevas alternativas que la interpelan e incluso atienden (aunque sea discursivamente, de manera clientelar y cortoplacista) sus demandas de lucha contra la desi-
gualdad, la inseguridad, la exclusión, la violencia o la corrupción.

En países muy diferentes se han dado procesos similares, en que partidos altamente institucionalizados, que venían compitiendo al menos desde 1978, han ido perdiendo su capacidad de control de las candidaturas, de movilizar al electorado, de colocar temas en la agenda pública y de generar explicaciones (frames) sobre cómo son las cosas y cómo deben resolverse.4 En esos escenarios, nuevas agrupaciones políticas surgieron para cambiar de raíz el statu quo (como Alianza País en Ecuador, MVR en Venezuela, MAS en Bolivia o Morena en México), mientras que otras quieren representar un tema o demanda específica vinculada a sus valores o intereses (como los nuevos partidos ambientalistas en Costa Rica o los evangélicos en Brasil, Argentina, Chile, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia).

El ciclo electoral de 2009-2019 muestra que, de las últimas 44 elecciones presidenciales realizadas en América Latina, cinco las ganaron candidatos impulsados por nuevos partidos, es decir, organizaciones creadas para competir en esa elección o al menos en los últimos diez años,5 y que algunos de sus competidores (siete de ellos) también eran nuevas fuerzas políticas.6  Esto evidencia el cambio del escenario político latinoamericano, el modo en que nuevos partidos han ido remplazando a viejas fuerzas políticas, el hecho de que la mayoría de esos nuevos partidos se ha creado en torno a líderes carismáticos o liderazgos personalistas (la mayoría de ellos, hombres), así como reafirma la idea central de que los partidos siguen siendo el eje articulador funcional de las democracias, a pesar de sus agoreros.

La democracia como sistema de reglas e incertidumbre

Más allá de la antigüedad de los partidos, sean viejos o nuevos, la democracia procedimental continúa siendo el mecanismo a partir del cual se resuelven los conflictos en los sistemas políticos de la región. Los últimos cuarenta años han sido el único periodo de la historia de América Latina en el que más países han celebrado simultáneamente procesos electorales donde los partidos han aprendido a competir, los votantes a votar y las instituciones electorales a contar los votos. El mayor aprendizaje de este periodo ha sido que la realización de elecciones competitivas, plurales, (más o menos) equitativas y transparentes, donde unos ganan y otros pierden, fueran entendidas como puntales de la democracia.

En este escenario, la democracia se caracteriza por la certidumbre en las reglas y la incertidumbre en los resultados.7 Este es el mecanismo que se usa para decidir quién accede a los cargos de representación y, al mismo tiempo, el instrumento que garantiza el ejercicio plural del poder y el respeto a los derechos humanos.8 Este conjunto de reglas, procedimientos y garantías regula el conflicto social. Esa es la ventaja que tiene la democracia frente a regímenes autoritarios o totalitarios, líderes carismáticos o autoritarismos electorales: la capacidad de la ciudadanía de elegir a unos para que gobiernen y de quitarlos de sus cargos –mediante esas elecciones– cuando ya no los representan.

A pesar de lo cada vez más generalizada que está esa idea, la relación entre reglas, incertidumbre y resultados parece ser inversa en América Latina. En una serie de estudios elaborados para el Observatorio de Reformas Políticas de América Latina9 se ha evidenciado que los países latinoamericanos han cambiado las leyes electorales y textos constitucionales en al menos 265 elementos de las dimensiones críticas del sistema electoral en 17 países de la región, entre 1978 y 2018 (Gráfica 1). Estos cambios han sembrado incertidumbre en los incentivos y en los procedimientos empleados tanto para la organización electoral como para la contienda intrapartidista. Mientras que los resultados de las elecciones han sido competitivos y han gozado de una cada vez mayor certeza en la mayoría de los países de la región, las reglas se han caracterizado por la incertidumbre.

La “incontinencia reformista” ha caracterizado a países como México (24), Perú (24), República Dominicana (20) y Ecuador (38); cada uno ha realizado más de 20 cambios en diversos temas en el periodo 1978-2018 (Cuadro 1). Las élites de los partidos han sido las que han impulsado las reformas sin contar con la ciudadanía en la elaboración de los diagnósticos, en la identificación de los problemas, en la manera en que se decide una reforma o, incluso, en la legitimación de esos cambios. A pesar de ese activismo reformista, los cambios no han sido suficientes para subsanar la subrepresentación de los grupos sociales, la escasa democracia interna de los partidos, la falta de transparencia en el financiamiento, la inequidad en la contienda, las malas prácticas electorales, las falencias técnicas de la gobernanza electoral, entre otras cuestiones.

Además, el nivel de activismo reformista no se asocia al nivel de institucionalización de los partidos y los sistemas de partidos.10 Por un lado, países con baja institucionalización de sus organizaciones partidistas, como Perú y Ecuador, tienen un alto nivel reformista, mientras que un país como Guatemala, con los partidos más débiles de la región, tiene un reformismo limitado. Por otro lado, Uruguay –con partidos políticos muy institucionalizados– tiene menores niveles de activismo reformista, mientras que México –con partidos hasta ahora bastante fuertes– tiene niveles de reformismo tan altos como los de Perú, con uno de los sistemas de partidos más débiles de la región.11

Los partidos como “guardianes de la democracia”

Los datos del Observatorio de Reformas Políticas de América Latina dan cuenta de las transformaciones que han enfrentado los partidos en lo normativo e institucional. Los partidos latinoamericanos juegan el mismo juego en un escenario (casi) desconocido. El contexto les ha cambiado no solo en las reglas (mediante múltiples reformas) y en los competidores (con nuevos partidos e incluso asociaciones cívicas o movimientos sociales que les cuestionan el monopolio de la representación), sino también en el modo en que el electorado se informa, participa e interactúa, a partir de la rápida expansión y adopción de las tecnologías de la información y las comunicaciones y la expansión de las redes sociales.

En este escenario movedizo y volátil, las élites partidistas continúan siendo claves para filtrar comportamientos autoritarios, a partir de que esas élites cumplan con dos normas informales básicas para que esa democracia pluralista funcione, según Levitsky y Ziblatt, “tolerancia mutua”, o el acuerdo entre rivales de aceptarse como adversarios, y “contención”, la moderación en el ejercicio del poder.12 Una tercera regla informal también resulta fundamental: la capacidad de las mayorías para garantizar (y proteger) los derechos de las minorías, aun cuando estas busquen o defiendan intereses diferentes a la posición dominante.

El modo en que las mayorías respeten las reglas (formales e informales) es clave para la supervivencia democrática, incluso cuando por número gocen del beneficio de “mayoritear”. El derecho a pensar distinto, la posibilidad de no sentir temor de expresar las opiniones y de animarse a disentir del clima de opinión dominante (incluso a través de las redes sociales) inoculan el autoritarismo. A pesar de que algunos liderazgos actúan como “antidepresivos sociales” para esas mayorías,13 el éxito de la democracia está en que las minorías no se sientan amenazadas y que haya espacio para que líderes, partidos y grupos de oposición articulen a quienes piensan distinto.

Un líder carismático que está buscando remplazar a los partidos nunca está solo ni gana en un vacío; junto a este estilo de liderazgo siempre hay ciudadanos y ciudadanas que eligen tener un vínculo directo y emocional con él (por encima de la representación programática), al mismo tiempo que desconfían de la capacidad de las élites y las instituciones para resolver sus problemas cotidianos. La política se plantea en términos de amigo-enemigo, lo que polariza al otro del nosotros y construye identidades radicales sobre la base de mitos que separan al “pueblo bueno” del que discursivamente no lo es.

¿Por qué la gente elegiría una vez más una democracia que no resuelve sus problemas? La respuesta teórica sería sencilla: por su convicción democrática. Centrar el foco en la capacidad de la ciudadanía para elegir la democracia puede hacernos sentir más cómodos, pero eso supone ciudadanía informada, con principios y habilidades democráticos y exigente con sus autoridades. Poner en práctica esta idea requiere inversión pública y educación en valores. Mientras tanto, hasta que no tengamos “superdemócratas” convencidos de que la democracia pluralista siempre es la mejor respuesta, la gente prefiere delegar la representación en líderes que les dan esperanzas de cambio. Por ello, el foco de la respuesta sigue estando en exigir mejores partidos que realmente funcionen como “guardianes de la democracia”,14 es decir, como los únicos actores capaces de reflejar la genuina diversidad de las sociedades actuales.

* Observatorio de Reformas Políticas de América Latina [#ObservatorioREFPOL]. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM y Red de Politólogas. flavia@unam.mx
1 Ferreira Rubio, Delia. 2019. “La corrupción no viene sola”, publicado en Primer Saque, 25 de febrero. https://oraculus.mx/2019/02/25/la-corrupcion-no-viene-sola/
2 Datos de Coneval 2016. Véase https://www.coneval.org.mx/Medicion/Paginas/PobrezaInicio.aspx
3 El apoyo a la democracia es superior o igual al 50 por ciento en Venezuela (75 por ciento), Costa Rica (63), Uruguay (61) y Argentina (59), mientras que El Salvador y Guatemala tienen menor apoyo (26 por ciento), seguidos de Brasil y Honduras (34). México se ubica en medio, con 38 por ciento (Latinobarómetro, 2018).
4 Adecos y copeyanos en Venezuela, la mayoría de los partidos peruanos, los demócratas populares y los socialdemócratas en Ecuador, ADN o MIR en Bolivia y, más recientemente, el PRI, PAN y PRD en México o FMLN y Arena en El Salvador, por mencionar algunos.
5 Los presidentes electos que fueron postulados por partidos creados entre 2009 y 2019 son, en Argentina, Mauricio Macri, Cambiemos (coalición encabezada por PRO), 2015; en Perú, Pedro Pablo Kuczynski, PPK, 2016; en Colombia, Iván Duque, Centro Democrático, 2018; en México, Andrés Manuel López Obrador, Morena, 2018; en El Salvador, Nayib Bukele, Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), 2019. (Márquez, Vladimir. 2019. Cambiando el tablero político: las razones del éxito de partidos no tradicionales en América Latina. Tesis de maestría, México: UNAM.)
6 Ellos han sido, en Bolivia, uno, Plan Progreso para Bolivia (se creó en 2009 y se desintegró en 2013); en Colombia, uno, el Partido Verde (en las elecciones de 2010 pasó a segunda vuelta); en Ecuador, uno, CREO, que participó en las elecciones de 2013 y 2017; en Guatemala, uno, Líder (se creó en 2010 y se disolvió en 2016); en Honduras, dos (Partido Libre y Partido Anticorrupción), y en Perú, uno, Fuerza Popular (Márquez, ídem.).
7 Przworski, Adam. 1995. Democracia y mercado. Cambridge University Press.
8 Dahl, Robert. 1971. La poliarquía. Madrid: Tecnos.
9 Freidenberg, Flavia y Cristhian Uribe Mendoza. 2019. “Las reformas político-electorales en América Latina (2015-2018)”. Documento de trabajo. Observatorio de Reformas Políticas de América Latina, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, y Organización de los Estados Americanos. Freidenberg, Flavia y Tomáš Došek. 2016. “Las reformas electorales en América Latina (1978-2015)”. En: Casas-Zamora, Kevin et al. (eds.) Reformas políticas en América Latina. Tendencias y casos. Washington: Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos, pp. 25-92.
10 Freidenberg y Došek, op. cit.
11 Freidenberg, Flavia (ed). 2016. Los sistemas de partidos de América Latina. México: Instituto Nacional Electoral e Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.
12 Levitsky, Steve y Daniel Ziblatt. 2018. Cómo mueren las democracias. México: Ariel, p. 17.
13 Dorna, Alejandro. 2006. “Carisma y populismo”. En Alejandro Dorna, Psicología política. Caracas: PSICOM Editores.
14 Levitsky y Ziblatt, op. cit., p. 31.
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