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sábado 23 de febrero de 2019

Fascismo: una advertencia

Por Luis Octavio Vado Grajales*

Basada en su experiencia personal y familiar, la secretaria de Estado del segundo mandato de Bill Clinton (1997-2001) construye este libro a partir del ejercicio de definir el término “fascismo” con sus alumnos. Realiza un recorrido histórico que inicia con Mussolini, sigue con cierto cabo austriaco, va a McCarthy (llamado “Pepín” por Daniel Cosío Villegas), habla de la caída del comunismo en Checoslovaquia, para pasar a Slobodan Milosevic, Chávez, Maduro, Erdogan, Orban, Putin y Kaczynski, sin tachar a todos de fascistas pero sí de cercanos a serlo.

Define como fascista a aquel político que se identifica fuertemente con una nación o grupo en cuyo nombre pretende hablar, no le preocupan los derechos de los demás y está dispuesto a usar los medios necesarios, incluso la violencia, para conseguir sus objetivos.

¿Para qué sirve el libro? Para afirmar que lo sucedido está ocurriendo de nuevo, así como para reflexionar sobre las razones de que la democracia esté en crisis. Para Albright, las causas posiblemente sean el reclamo de satisfacción inmediata, la pérdida de la habilidad para distinguir lo real de lo falso y, por último, el hecho de que vivimos en nuestra propia burbuja asumiendo que el otro está equivocado. Respecto a su país considera difícil, aunque no imposible, que llegue a establecerse un gobierno fascista.

¿Para quién está escrito? Para todos aquellos a quienes nos preocupa el resurgimiento de estos hombres fuertes que desprecian los derechos humanos, la competencia electoral y la crítica; que explotan los odios y miedos de amplias capas ciudadanas y satanizan a los que son diferentes.

La autora narra sucintamente la vida de cada personaje centrándose en las circunstancias que en su opinión definen su personalidad. Destaca su relato de las condiciones que permiten el ascenso de estas figuras, que pueden agruparse de la siguiente manera:

  1. Económicas: crisis por guerras o ajustes impuestos por organizaciones internacionales.
  2. Políticas: una élite gobernante incapaz de enfrentar los retos, bloqueo de la negociación entre grupos.
  3. Estado de ánimo: desazón, hartazgo, necesidad popular de creer en algo o alguien, lo que se convierte en el momento adecuado para el surgimiento de un liderazgo fascista.

La estrategia que siguen estos políticos es inspirar con un llamado para creer en algo mayor y retomar un pasado mítico, mientras inventan culpables fáciles de odiar y brindan explicaciones sencillas de problemas complejos. Fomentan el miedo, el odio y la venganza.

El líder que emerge llama a la unión nacional señalando contundentemente a los enemigos, a “los otros”, que pueden ser migrantes o personas de un grupo minoritario. Ya en el poder, poco a poco el fascista va desarticulando las barreras de la democracia, como la prensa libre y los tribunales, así como prohibiendo los partidos de oposición o fijando reglas que hagan prácticamente imposible su triunfo.

Explica la ex secretaria de Estado que, si bien estos líderes pueden hablar en nombre de un pasado que es más leyenda que realidad, también pueden reclamar imposibles logros personales, como sucedía con Kim Il-Sung en Corea del Norte, o el llamado a la misma sangre más allá de las fronteras, como lo hizo Hitler y actualmente hace Viktor Orbán en Hungría, o combinar ese recuerdo mítico con las maniobras de otras naciones para debilitar a la propia, tal como lo hace Putin.

¿Qué pasa con Estados Unidos? Para Albright el país eligió a un hombre que ha decidido no apoyar a quienes luchan por la democracia en contra de las tiranías y enfrentarse con sus aliados, así como halagar a los dictadores. Su desprecio por la prensa libre y la verdad ha sido observado e imitado por otros líderes en el mundo. Critica en dos sentidos la visión simplista de Donald Trump: primero, porque no es cierto que en las relaciones internacionales todo sea una búsqueda de la sumisión del otro y la no colaboración; y segundo, en tanto es falso que Estados Unidos sea una nación de la cual todos se hayan aprovechado.

Sus preguntas finales, que presenta como guía para tomar decisiones, giran alrededor de que un posible líder use los símbolos nacionales para agitar el odio, ataque a la prensa libre y los jueces, nos haga dudar de nuestras instituciones y comicios, provoque o apoye el odio a aquellos con quienes no compartimos etnia, credo o filiación política, o hable de un modo machista de usar la violencia para derrotar a sus “enemigos”.

Debe entenderse que el “nosotros” al que se refiere la autora es estadounidense; por ejemplo, cuando  trata el desencanto con la democracia, las razones que desarrolla no pueden aceptarse sin más como una representación exacta de las que podría tener cualquier país. Permea en el libro la idea de la democracia basada en los derechos humanos y la contienda electoral. Si no se comparte esta concepción, probablemente pierda sentido para el lector.

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