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Miércoles 18 de julio de 2018

Europa. Todo por servir se acaba

Marianna Lara Otaola*

La crisis económica de 2008-2009 evidenció no solo las fallas de la estructura financiera internacional, sino también la rigidez de las instituciones para actuar ante ésta y sus consecuencias. En el caso de Europa, hemos visto que la Troika, así como el Parlamento Europeo, no han logrado satisfacer las demandas económicas, políticas y sociales de sus ciudadanos. En 2012, los principales riesgos que enfrentaba la eurozona eran financieros, el posible impago de algunos países del sur del continente. A raíz de esa crisis, los riesgos que emanaron enseguida fueron sociales, y hoy se observan los políticos. Aumentó el desempleo, principalmente de los jóvenes, y tanto los salarios de servidores públicos como el gasto social disminuyeron ante las medidas de austeridad impuestas por la Troika, lo que ocasionó que europeos del sur migraran al norte en búsqueda de oportunidades. La oleada migratoria se agravó. En 2011-2012, cuando estalló la Primavera Árabe, la migración árabe hacia Europa aumentó drásticamente, y más aún cuando la guerra en Siria se agudizó.

En este contexto se entienden los recientes resultados electorales en los países del norte y del sur de Europa. La crisis económica y social dio pie al surgimiento de políticos que prometían revertir la situación, así como limitar, controlar o bloquear la migración. Además, el crecimiento de la popularidad de partidos o movimientos de extrema derecha o extrema izquierda se alimentó del desencanto de la población con Bruselas, debido principalmente a las políticas de austeridad del gasto en el caso de los países del sur de Europa, y las políticas migratorias en el caso de los del norte de Europa. En este sentido, políticos y partidos anti establishment alcanzan escaños en los parlamentos de los Estados y de la Unión Europea (UE), mientras que los partidos tradicionales, que gobernaban con mayorías tras la Segunda Guerra Mundial, pierden representación en el Legislativo. En algunos países lo anterior ha dificultado la creación de gobiernos de coalición.

En el sur de Europa, el surgimiento de partidos antieuropeos ha tenido un tinte principalmente económico. Syriza fue el primer partido político de izquierda radical europeo que demostró el descontento ante las políticas de austeridad. En 2015, los griegos votaron por Alexis Tsipras esperando un cambio de la Troika. Así, Syriza fue el partido con mayor votación, el 36 por ciento, mientras que los partidos tradicionales obtuvieron la votación más baja en su historia; por ejemplo, el socialdemócrata Pasok apenas tuvo 4.6 por ciento.

En España, en las elecciones de diciembre de 2015 compitieron Ciudadanos y Podemos, ambos partidos nuevos muy distintos a los tradicionales Partido Popular (PP) y Partido Socialista Obrero Español (PSOE); obtuvieron 13.9 y 20.7 por ciento de los votos, respectivamente. En diversas ocasiones, los líderes de Podemos se compararon con Syriza, al buscar un relajamiento de las políticas macroeconómicas dictadas por Bruselas y la salida de España de la zona del euro. En agosto de 2016, tras ocho meses sin gobierno y después de repetirse las elecciones para crear mayorías sin éxito alguno, el pp y Ciudadanos firmaron el pacto Anticorrupción y acordaron votar por el presidente Mariano Rajoy para otro periodo.

Ahora en Italia vemos un fenómeno similar. En las elecciones del 4 de marzo pasado, ninguno de los partidos tradicionales alcanzó la mayoría necesaria para gobernar por sí solo, de hecho, todos tuvieron los peores resultados en su historia. El Partido Democrático del primer ministro Matteo RenZi tuvo 19 por ciento de los votos. Lo sorprendente de la elección fue el apoyo que recibieron los partidos anti establishment y antieuropeos, los cuales suman mayoría. Movimiento Cinco Estrellas (M5S) fue el de mayor votación, 32 por ciento, y de la coalición de derecha formada por Liga Norte y Forza Italia, encabezados por el ex primer ministro Silvio Berlusconi, 18 y 14 por ciento, respectivamente. Al cierre de esta edición, aún se desconoce la coalición que liderará el M5S, partido que se define como “un poco democristiano, un poco de derechas y de izquierdas y un poco de centro”; en caso de que no reúna mayoría, el presidente podría convocar nuevamente a elecciones, como sucedió en España.

Si bien Grecia, España e Italia son de los países más afectados por la crisis económica y social, también en Reino Unido, Francia y Alemania han surgido partidos que prometen revertir las actuales condiciones. Los partidos tradicionales no consiguen mayorías, incluso obtienen los niveles más bajos de votación registrados desde la Segunda Guerra Mundial. Pero los partidos que toman fuerza en estos países del norte de Europa llevan una bandera antieuropea y nacionalista, motivada principalmente por la crisis migratoria.

En Reino Unido, en 2016 el Brexit ganó y el partido de extrema derecha xenófobo –el Partido Independiente del Reino Unido (UKIP)– conquistó un escaño en el Parlamento. La postura antieuropea de los votantes se sustentó en el desacuerdo de seguir financiando a las instituciones europeas, con el argumento de que son pocos los beneficios que les brindan a los británicos, mientras que el costo de mantenerlas conlleva un menor gasto social en el Reino Unido. Por otro lado, los resultados electorales de 2016 mostraron el descontento de los votantes con los flujos migratorios, que habían aumentado significativamente desde la crisis de 2008-2009 y de Medio Oriente, a raíz de la Primavera Árabe.

Francia, en las elecciones de abril de 2017, vio cerca la convergencia de la extrema derecha y la extrema izquierda. Dos visiones que parecen divergentes, ambas buscaban la salida de Francia de la Unión Europea o la negociación con Bruselas para regresarle al país galo el control fiscal y migratorio. En la primera vuelta, los partidos tradicionales, los socialistas y los conservadores, fueron eliminados. La candidata Marine Le Pen, de extrema derecha, recibió 21 por ciento de los votos en la primera vuelta y 33.9 por ciento en la segunda. Por otro lado, el candidato Jean-Luc Mélenchon, de extrema izquierda, obtuvo 19 por ciento de los votos en la primera vuelta.

Alemania tuvo elecciones en septiembre de 2017, y apenas en marzo de este año pudo formar un gobierno de coalición. El bloque de la canciller Angela Merkel, los conservadores y la Unión Cristianodemócrata (CDU), que obtuvieron su peor resultado desde la Segunda Guerra Mundial, después de casi seis meses se aliaron con el Partido Social Demócrata. El bloque tuvo que ceder dos importantes posiciones en el gabinete: los ministerios de Finanzas y de Exteriores, los responsables de asuntos económicos y migratorios, respectivamente. El recién creado partido antimigrante, Alternativa por Alemania, sumó 12 por ciento de los votos y se convirtió en el principal partido de oposición en el Bundestag.

Si bien el sur y el norte de Europa tiene problemáticas distintas por sus fundamentos macroeconómicos (los primeros son deudores y los segundos son acreedores), la crisis financiera de 2008-2009 y la crisis humanitaria suscitada a raíz de la Primavera Árabe han tenido graves efectos sociales y políticos en los ámbitos local y regional.

Por un lado, las crisis han alebrestado el sentimiento antieuropeo/antiBruselas; ya que quedaron de manifiesto las fallas de las instituciones europeas para representar y generar acciones a favor de los intereses de sus ciudadanos. Lo local ha quedado subordinado a lo regional.

Por otro lado, en los países han surgido candidatos y partidos muy distintos a los tradicionales, sin una ideología clara, más bien con plataformas de políticas públicas anti establishment, nacionalistas y antiinmigrantes. Lo anterior demuestra la clara necesidad de replantear políticas macroeconómicas y sociales en la Unión Europea para atender el descontento, la tensión social y la crisis de las instituciones.

España, Italia y Alemania vivieron dificultades para construir coaliciones de gobierno, además, como en Francia y Grecia, los partidos tradicionales perdieron mayoría. Esto se ha traducido en un reto para la gobernabilidad de los países, y este mismo reto podría traducirse en el terreno regional.

Ante la fragmentación del poder político y considerando que se han configurado mayorías coyunturales, en 2019 habrá que seguir atentamente el proceso de selección de los presidentes del Banco Central Europeo y de la Comisión Europea, y las elecciones y conformación del Parlamento Europeo.

Si bien la economía de la zona euro está en recuperación, persiste el sentimiento de que los intereses comunitarios prevalecen sobre los nacionales. Hoy ya no hay un riesgo financiero como en 2012, pero los riesgos políticos y sociales están latentes, y cada elección que pasa los saca más a la superficie. Ante esto, Europa, los países, debieran enfocarse en atender sus demandas ciudadanas. Difícilmente un sistema político puede sobrevivir cuando parece que sirve a los intereses externos o de una región.

Mientras, en Rusia…

Como era de esperarse, Vladimir Putin fue reelecto para un cuarto mandato con el 76 por ciento de los votos, incluidos los de Crimea.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics.
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