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domingo 16 de junio de 2019

España en tiempos de polarización

Eva Anduiza*

Si es posible hacer una lectura unificada de los resultados de unas elecciones, los españoles votaron el 28 de abril de 2019 principalmente contra una coalición de las derechas y por la moderación con respecto al conflicto territorial.

La pregunta más importante en estas elecciones generales era si la derecha obtendría suficiente apoyo para formar un gobierno. La derecha en España se encuentra actualmente fragmentada en tres partidos: el conservador Partido Popular (PP), el nuevo partido de centro–derecha Ciudadanos, y el novísimo partido de ultraderecha Vox (término en latín que significa “voz”). El PP ha gobernado en minoría desde 2011 y lo hizo hasta la moción de censura presentada y ganada en mayo de 2018 por el socialista Pedro Sánchez. Ciudadanos surge en Cataluña en 2006 esencialmente como un partido españolista, y crece en esta comunidad autónoma hasta saltar a la arena nacional en 2015. Vox se crea en 2013 como una escisión del PP por la derecha, y hasta estas últimas elecciones generales apenas había conseguido unos miles de votos.

Hace unos pocos meses el PP y Ciudadanos llegaron a un acuerdo con Vox para gobernar en Andalucía después de las recientes elecciones regionales, poniendo fin a cuatro décadas de gobierno de los socialistas en esta comunidad autónoma. Durante la campaña de las elecciones generales hubo declaraciones explícitas del líder del PP sobre la viabilidad de replicar esta coalición de derecha a nivel nacional. Al contrario de lo que ha sucedido en otros países europeos, en España la derecha moderada en ningún momento consideró excluir a la ultraderecha de un posible gobierno. Los electores fueron a las urnas sabiendo que si ganaban los escaños necesarios, las derechas formarían gobierno. Las encuestas daban alguna plausibilidad al escenario de la coalición de derechas. Incluso si parecía claro que el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) iba a ser el partido más votado, los votantes acudieron a las urnas sin saber qué tipo de gobierno podría salir de las elecciones.

Seguramente por esta incertidumbre y por lo mucho que había en juego, la participación electoral ha sido una de las más altas de nuestra historia democrática reciente, con más del 76% del censo votando (en España la inscripción en el censo se realiza de oficio y el voto es voluntario). La lectura rápida de los resultados en el eje izquierda derecha arroja una inequívoca, aunque no arrolladora, victoria de la izquierda. El Parlamento tiene ahora 186 de sus 350 escaños ocupados por candidatos de partidos de izquierda, incluidos el PSOE, Podemos y varios partidos regionales de izquierda, principalmente de Galicia, el País Vasco y Cataluña.

El partido socialista (PSOE) ganó las elecciones con 123 escaños y el 29% de los votos. Este es un aumento más que notable con respecto al mínimo histórico de 85 escaños que ganó en 2016. Esta victoria del PSOE puede atribuirse a varios factores, cuyo peso tendrá que ser evaluado una vez que tengamos datos de la encuesta posterior a las elecciones: la amenaza de la coalición de derechas, la capacidad de presentar las políticas llevadas a cabo en los últimos meses de gobierno socialista bajo una situación económica relativamente favorable, y el apoyo de las mujeres.

España tiene un sistema parlamentario en el que el presidente del gobierno debe contar con el apoyo del Parlamento por mayoría absoluta (176) en primera votación, o simple, en segunda. El resultado de las elecciones no determina directamente la formación del gobierno. La gran distancia que separa al PSOE del siguiente partido más votado debería facilitar la tarea de formar un gobierno, pero aun así el PSOE necesitará negociar algunos apoyos parlamentarios.

Podemos, un partido político de izquierda creado en 2014 como proyección del movimiento 15M o Indignados, pagó el precio de esta victoria socialista. Junto con sus aliados regionales, Podemos logró mantener únicamente 45 de los 71 escaños obtenidos en 2016. Podemos también ha sido castigado por el sistema electoral, que penaliza a los partidos pequeños cuyo apoyo electoral está poco concentrado territorialmente. Aun así, sigue siendo un partido importante con capacidad para condicionar la formación del gobierno.

La moderación ha ganado dentro de la izquierda, pero también en otra dimensión del resultado de estas elecciones, fundamental para el futuro a medio plazo de la política española. En Cataluña, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) (en español: Izquierda Republicana de Cataluña) ha sido el partido más votado en una elección general por primera vez desde 1977, superando a gran distancia la candidatura de Junts per Catalunya (JxCat) (en español: Juntos por Cataluña). ERC es un partido independentista de izquierda que, después de asumir un papel destacado en el otoño caliente de 2017 (celebración de un referéndum anulado por el Tribunal Constitucional español, y declaración unilateral de independencia), ha tomado una posición más moderada y pragmática que JxCat a favor del diálogo y la negociación con el gobierno español. En una conferencia de prensa desde la cárcel, su líder, Oriol Junqueras, declaró que ERC haría cualquier cosa para evitar a un gobierno que incluye a la extrema derecha.

En Cataluña, la participación electoral fue 17 puntos porcentuales más alta en 2019 que en 2016. Aun teniendo en cuenta que la participación fue muy baja en las elecciones generales anteriores, este es un enorme aumento de la participación electoral. Los catalanes sabían que la coalición de la derecha era una amenaza particularmente peligrosa para el autogobierno catalán. Tras la declaración de independencia de 2017, las instituciones de la Generalitat (gobierno catalán) fueron intervenidas por el gobierno central tras la autorización del Senado en aplicación del artículo 155 de la Constitución hasta la celebración de elecciones autonómicas, en diciembre de 2017. En estas autonómicas, celebradas en un momento de máxima tensión, Ciudadanos fue el partido más votado, seguido por JxCat. En estas elecciones generales de 2019, la correlación de fuerzas ha variado significativamente. No sólo es ERC el partido más votado en Cataluña, sino que el siguiente ha sido el Partido Socialista (PSC en Cataluña), y no Ciudadanos. Los dos actores más moderados son también los dos más votados. El PP ha desaparecido prácticamente del mapa catalán, manteniendo un único escaño por Barcelona de los 48 que corresponden a los cuatro distritos electorales catalanes. La misma representación que Vox en esta comunidad autónoma.

El duro discurso de Ciudadanos y PP (y, por supuesto, de Vox) sobre Cataluña no ha dado sus frutos electorales esta vez. Los efectos de este rechazo al discurso de la derecha, tan poco acogedor con la diversidad y el pluralismo territorial de España, se aprecian no sólo en Cataluña sino también en el País Vasco, donde ni el PP, ni Ciudadanos ni Vox ganan un solo escaño. La dureza es quizás innecesaria cuando los líderes catalanes independentistas están siendo juzgados en Madrid por delitos tan graves como el de rebelión. Algunos de ellos, recluidos en prisión preventiva durante más de un año, eran candidatos a diputados y han sido privados de sus derechos políticos a lo largo de la campaña electoral, ya que no han podido participar en ella con normalidad. Los votantes parecen estar ya más interesados en buscar posibles soluciones futuras para la crisis territorial que en los líderes que continúan encastillados en posiciones de enfrentamiento que miran al pasado.

La gran sorpresa del resultado electoral ha sido la debacle del PP. Se mantiene como segundo partido, pero con tan sólo 66 escaños y únicamente el 17% de los votos, su peor resultado desde 1979, cuando la Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez era el principal partido de la derecha. Los votantes han abandonado masivamente este partido, que ha perdido la mitad de sus escaños.  La magnitud de la derrota del PP sólo es similar a la que sufrió la extinta UCD antes de desaparecer. Parte de las razones de este severo correctivo electoral puede estar relacionada con la corrupción generalizada que ha protagonizado el partido en los últimos años. Pero ni la corrupción es algo nuevo para el PP, ni Ciudadanos ni Vox nacen en respuesta a la corrupción. Ambos son principalmente el resultado del conflicto territorial.

En mi opinión, el PP ha sido víctima de su propia estrategia. Ha utilizado el conflicto territorial (especialmente en su versión catalana después de que la organización terrorista vasca ETA declarara el cese de la violencia en 2011) como una estrategia electoral para obtener votos en otras partes de España, incluso si ello significaba sacrificar su apoyo en el País Vasco o Cataluña. Al recoger firmas y presentar en 2006 un recurso contra el Estatut de Catalunya (constitución autonómica, cuyo texto ya había sido modificado y limitado por el Parlamento español, y aprobado por la ciudadanía catalana en referéndum) ante el Tribunal Constitucional, el PP “estableció” la semilla de un problema que luego se negó a abordar políticamente. Durante años, esta estrategia pareció funcionar. En los años de la Gran Recesión, desvió la atención de otros temas más incómodos, como la crisis económica o la corrupción generalizada. Sin duda, la estrategia de centrarse en el proceso hacia la independencia también funcionó para los partidos independentistas, algunos de los cuales también necesitaban desviar la atención de los escándalos de corrupción y de un pobre desempeño económico.

Este agresivo discurso del PP contra las minorías territoriales que buscan más autogobierno, y el énfasis permanente en los líderes independentistas como la fuente de todo mal, establece el marco de relato que se pone a disposición de quien lo quiera usar. Otros actores sin las responsabilidades y limitaciones propias de un gobierno llevaron el argumento al límite de sus posibilidades. Al igual que con la pasta de dientes cuando sale fuera del tubo, hay cosas que una vez desatadas son imposibles de controlar. El cambio de liderazgo en el PP, tras perder el gobierno, propició un movimiento aún mayor hacia posiciones conservadoras. Rajoy había logrado mantener el difícil equilibrio entre conservar a la facción más extrema dentro del partido y al mismo tiempo dar una imagen de relativa moderación electoralmente atractiva. El nuevo presidente, Pablo Casado, ganó las primeras primarias del PP frente a la candidata de Rajoy, la exvicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría. Bajo su liderazgo el pp ha iniciado una deriva hacia la extrema derecha antes de que Vox fuera un actor relevante, llegando a cuestionar otra vez los derechos reproductivos de las mujeres en la edad de #Metoo y el 8M. Tras el batacazo, ya está corrigiendo el rumbo con miras a las elecciones europeas, regionales y locales del 26 de mayo.

España es un caso peculiar en el que la radicalización de la derecha moderada con responsabilidades gubernamentales en el pasado, precede y ha creado la oportunidad para la aparición de la ultraderecha. La crisis económica, la corrupción sistémica y el hecho de que el pp haya tenido que lidiar desde el gobierno con el referéndum independentista y la declaración unilateral de independencia han facilitado las cosas, primero para Ciudadanos en 2015 y luego para Vox en 2019. Tanto Ciudadanos como Vox han tenido un buen resultado en 2019. Pero no lo suficientemente bueno. Podría incluso permitirme el lujo de cerrar este artículo sin dedicar más atención a Vox, que consigue 24 escaños con el 10% del voto, un poco por debajo de lo que las encuestas pronosticaban y castigado por el sistema electoral. No hubo voto oculto a la ultraderecha.

Será difícil alejarse de la dinámica de polarización y los altos niveles de hostilidad que han caracterizado a la política española en los últimos años. Cualquier intento de dialogar sobre la cuestión territorial será utilizado y criticado por la derecha y su entorno mediático. Habrá fuertes presiones para un gobierno con PSOE y Ciudadanos. Aquellos propensos a la distensión y al diálogo tendrán que soportar los gritos de quienes basan su estrategia en la demonización del otro y la negación de la naturaleza diversa y plural de España, ahora no sólo en los medios sino también en el Parlamento. Pero los votos dan razones y fuerza, y están señalando un necesario cambio de rumbo. Esperemos que sean escuchados.

* Universidad Autónoma de Barcelona.
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