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Lunes 12 de noviembre de 2018

El universo empático y personal de Marco Antonio Cruz

Por José Woldenberg*

Dice el dicho que recordar es vivir. No me parece. Pero recordar es lo que nos hace singulares, lo que modela nuestra autobiografía, lo que ofrece sentido a lo vivido (o no). Y la muestra fotográfica de Marco Antonio Cruz a lo largo de cuatro décadas es un pasadizo por el tiempo ido que no solo dispara los recuerdos, sino transporta a un México igual a sí mismo y paradójicamente también transformado.

Conocí a Marco Antonio a fines de 1981 o inicios de 1982. Ambos coincidimos en los afanes por forjar un partido que unificara a la izquierda. Él venía del Partido Comunista, yo del Movimiento de Acción Popular, y nos encontramos en los trabajos por edificar al Partido Socialista Unificado de México. Era, si mal no recuerdo, una época cargada de esperanzas. La reforma política había permitido que fuerzas de izquierda marginadas de la esfera institucional electoral pudieran entrar a ella; el PC, junto con otras agrupaciones, acababa de participar en las primeras elecciones federales después de la reforma, las de 1979; y el nuevo partido se aprestaba a contender en sus primeros comicios generales, lo que incluía la elección presidencial para la que postulamos a Arnoldo Martínez Verdugo.

Marco Antonio tenía ya una cierta experiencia en la fotografía. Publicaba en el periódico Oposición del PC y siguió haciendo lo mismo en Así es, órgano del PSUM. Cualquiera que revise aquellas publicaciones encontrará el universo conceptual y el horizonte en el que navegaba esa franja de la izquierda, pero también las imágenes que le otorgaban sentido a su lucha, que develaban sus rostros, sus carencias, sus energías.

Hay en el esfuerzo sostenido de Marco Antonio un afán por preservar la memoria. En un país desmemoriado, quizá como todos, sus imágenes testimoniales informan, dan cuenta, salvaguardan los acontecimientos. Ahí se pueden encontrar los rastros de la campaña presidencial de Valentín Campa en 1976, las movilizaciones campesinas, los mítines y las marchas, los esfuerzos de Doña Rosario Ibarra y otras madres por recuperar a sus hijos “desaparecidos”, los actos de apoyo a la Nicaragua rebelde, las primeras concentraciones del orgullo gay. Esas fotografías conforman una especie de mural –si se quiere inarmónico– de una época, de las ambiciones y agendas de ese movimiento heterogéneo y en ocasiones contradictorio al que por facilidad del lenguaje llamamos izquierda. Son un testimonio y un alegato, una invocación y una exposición de un pasado que, como todos, se diluye todos los días. Pero tengo la certeza, o para no ser tan contundente la intuición, de que esas fotografías seguirán multiplicando su pertinencia conforme pase el tiempo. Porque las memorias se adelgazan mientras las evidencias gráficas del pasado aumentan su valor.

Pero hay en las fotografías de Marco Antonio Cruz también un estilo. Una forma de acercarse a los eventos, las personas, las situaciones. Las que aparecen en el capítulo “Años formativos”, que entiendo son parte de sus primeros trabajos, me parecen no solo expresivas, sino producto de un ojo educado capaz de rescatar imágenes sorprendentes en donde el común de las personas, entre las que me encuentro, solo somos competentes para apreciar rutinas circulares, inercias insípidas, paisajes conocidos. El hombre solo entre las líneas del tranvía, que quizá desea pasar la calle, o la combinación extraña entre el paraguas y la coladera vistos desde lo alto o el tragafuegos en medio del Hemiciclo a Juárez, resultan cuadros no solo sugerentes sino fantasmales, producto decantado de alguien que al ver observa, que sabe que lo cotidiano carga sus sorpresas, que eso que llamamos realidad no es más que una especie de sombrero de mago de donde brotan imágenes prodigiosas que solo perviven unos segundos.

Marco Antonio Cruz tiene diferentes registros. Puede ser un fotógrafo realista, directo, contundente, como el que uno descubre en las fotos de campesinos pobres que fueron desplegadas en la primera página del periódico Así es. Sus trabajos de concentraciones, gestos, banderas y marchas también fueron utilizados en la propaganda partidista; pero en esos afanes captó imágenes que, trascendiendo su utilidad coyuntural, se convirtieron en estandartes perdurables de la injusticia que cruza nuestras relaciones sociales: pienso en los presos que asoman sus rostros en una cárcel rudimentaria de madera o en la manta con las fotografías de los guerrilleros desaparecidos.

En La Jornada, otro proyecto en el que coincidimos en sus inicios, Marco Antonio y un grupo destacado de fotógrafos hicieron del retrato periodístico, diario, ilustrativo, un campo de experimentación y expresión. Por supuesto, ahí se encuentran los rostros de los políticos de entonces captados en poses curiosas, inusuales, indiscretas, cuando lo usual era retratarlos como si estuvieran posando para la posteridad. Ese toque juguetón, irreverente, sarcástico, ofrecía un acercamiento distinto a una actividad entonces rodeada de un halo de solemnidad como si se tratara de un mundo inalcanzable, segregado del común de los mortales.

Pero en La Jornada vimos también aparecer fotos que no querían ilustrar la nota, imágenes que hablaban por sí solas, que iluminaban la vida cotidiana y que bien podrían haber estado expuestas en una sala de exhibiciones. Y ahí está la obsesión de Marco Antonio Cruz por retratar la Torre Latinoamericana: bloqueada por los humos de la contaminación o por dos aves que vuelan en torno suyo o iluminada y resplandeciente en la noche o crepuscular o en contraste con un tendedero de ropa en alguna azotea adyacente.

Había conciencia de que las imágenes no eran un adorno insustancial, se buscaba que hablaran por sí mismas, y los reportajes gráficos de Marco Antonio lo atestiguan sin duda. La comparecencia del narcotraficante Rafael Caro Quintero ante el juez, la vida de los cortadores de caña, los duros trabajos del cilindrero frente a Bellas Artes, la huelga de los policías del Metro o las crudas y explícitas imágenes de la destrucción causada por el temblor de 1985, nos remiten a un fotógrafo de prensa que sabe que los testimonios visuales deben abrir puertas para la comprensión empática de las realidades que nos rodean y modelan.

Marco Antonio se inscribe en una tradición. Y reconoce el magisterio de aquellos que lo precedieron en el oficio. En sus textos registra y agradece la influencia y las enseñanzas de Héctor García y Nacho López. Se trata de aquellos fotógrafos que nos han ayudado a reconocer el rostro de un país marcado por la desigualdad, por profundas carencias y tragedias, pero también cargado de luminosas actividades aparentemente marginales o situaciones varias que componen un rompecabezas inabarcable.

Haber fundado, mantenido y dirigido una agencia fotográfica (Imagenlatina) no es un mérito menor. Por el contrario. Conscientes del valor de su trabajo y de la centralidad del mismo, lucharon “por el derecho que tenían los fotógrafos a sus negativos”, construyeron una plataforma para difundir su trabajo, se dieron a la tarea de preservarlo y nutrieron a muy distintas publicaciones. Porque si bien los testimonios que retratan son efímeros, la idea motriz es que por ello mismo no deben perderse.

La ternura y la distancia se conjugan en los niños de la calle y los campesinos pobres que retrata Marco Antonio. Hay una mirada empática, solidaria, en ocasiones hasta querendona, pero al mismo tiempo respetuosa, apartada, no invasiva. Contienen al mismo tiempo un cierto pudor mientras que se devela una realidad que muchos quisieran esconder. Recuerdo a Arthur Koestler hablando de la prostitución. Decía: “a las buenas conciencias no les preocupa, al igual que la pobreza, lo que no soportan es observarla cara a cara, por eso quieren que se mantenga escondida”.

Como buen fotógrafo Marco Antonio Cruz es ambicioso. No ha buscado la especialización. Su mirada invade muy distintas esferas de la vida pública y aun de la privada. Lo mismo documentó el levantamiento del EZLN y las atrocidades subsecuentes, que la vida cotidiana en la ciudad de México, el alarido y el desmadre que acompañaron al Mundial de futbol en 1986 y la Pasión de Cristo en Iztapalapa o los convidados de la pulquería “La Hija de los Apaches”. Sabe que no existe tema insustancial sino tratamientos rutinarios, y lo que hace es precisamente ofrecer un punto de vista diferente –en muchos casos juguetón– a realidades que se encuentran ahí y no somos capaces de percibir en toda su riqueza.

Sus fotos de la ciudad de México nos descubren un universo variado, intenso, bueno para la contemplación, pero también para la ironía, para la reflexión y el juego. Un perro a punto de ser atropellado por una Combi, la mirada de desprecio de un paseante a un tipo autoencadenado, un bigotón vestido de mujer, un enorme King Kong que se asoma por encima de la multitud, un puesto saturado de relojes, las sombras de las aves sobre el pavimento, un tendedero, unas escaleras de caracol, todo es materia moldeable, todo puede mostrarnos un ángulo oculto, todo se presta para ser diseccionado por la cámara de un fotógrafo con oficio y estilo.

El Metro o los separos de la Procuraduría e incluso la morgue, fueron también los escenarios que recorrió Marco Antonio. Un espacio público lleno de besos y arrumacos, contra otro, vedado a la mirada del común de las personas, que presagia el inframundo. Luz y oscuridad, alegría y miedo, libertad y prisión, contrastes de la vida, contrastes de la fotografía.

Recoger una muestra de un trabajo persistente y lúcido a lo largo de cuarenta años siempre tiene sentido. Y más, si documenta los espacios y circunstancias, los laberintos y contextos, en los que transcurre la vida de una nación. Luna Córnea ha realizado esa labor al seleccionar, editar y comentar la obra de Marco Antonio Cruz. (Y, por cierto, las notas, sobrias, claras e ilustrativas, resultan más que pertinentes y aleccionadoras.) Hay que agradecer a la revista y felicitar al justamente agasajado.

* Revista Luna Córnea núm. 36, 2017. Leído el 30 de agosto de 2018 en la presentación de la revista en el Centro de la Imagen.
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