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domingo 19 de mayo de 2019

El Trump israelita

Omar Cepeda*

A pesar de los múltiples casos de corrupción que pesan en su contra, una amplia mayoría de israelíes han vuelto a votar en las pasadas elecciones generales por el líder conservador, Benjamín Netanyahu, y por la coalición partidista que aglutina a ultranacionalistas, ultraconservadores y ortodoxos. De esta manera, veremos en el país hebreo un futuro continuista en materia política, tanto en la esfera nacional como internacional. Junto a su principal aliado, Estados Unidos, buscará consolidar su predominio en Medio Oriente.

El progresismo se va a rezagar ante temas urgentes: se desvanece la posibilidad de lograr un acuerdo de paz con Palestina; de desmilitarizar un Estado que desde su fundación (mayo de 1948) decidió armarse decididamente con el apoyo y aval de Estados Unidos –argumentando amenazas constantes–, y de separar las ideas religiosas del Estado en la toma de decisiones que tienen que ver con el progreso social y con la garantía de los derechos humanos a grupos minoritarios: árabes israelíes, comunidad LGTBI, feministas, etcétera.

Benjamín Netanyahu gobernará Israel por quinta ocasión, su cuarta de forma consecutiva en los últimos diez años. Una de las democracias mejor conformadas en Oriente Medio. El pasado 9 de abril más de 4 millones de ciudadanos acudieron a sufragar (67% del electorado, cuatro puntos menos que los comicios de 2015) en las 2 mil urnas instaladas en este país que se encuentra en el mediterráneo y comparte complejas fronteras con Jordania, Siria, Cisjordania, Líbano y Arabia Saudita, zona geográfica donde nació la historia moderna.

Aunque el día de las elecciones los dos candidatos favoritos se proclamaron ganadores ante lo cerrado en las tendencias, los números son fríos y al final de la jornada se esclareció el panorama. El partido Likud de Benjamín Netanyahu obtuvo 30% de las preferencias, frente al 29% de la coalición de centro-izquierda Azul y Blanco (colores de la bandera de Israel) encabezada por el exmilitar y exjefe de Estado mayor, Benny Gantz.

Con estos porcentajes, Likud asegura 36 escaños (en 2015 obtuvo 30) en el Knesset (parlamento israelí) frente a los 35 del segundo lugar. No obstante, la alianza del Likud con los partidos de derecha y ultraconservadores le otorgará 65 asientos en el Legislativo, consolidándolo con más del 50% de los espacios parlamentarios en el Knesset, que cuenta con 120 representantes.

Este triunfo es revelador porque se observa cómo se ha asentado la mayoría de la sociedad israelí en el ala ideológica de derecha y ultraderecha, cómodamente, al menos en la última década. Además, se consolida una de las figuras más trascendentales del judaísmo en este siglo XXI. Y es que después del padre del Estado israelí, David Ben-Gurion (1883–1973), Benjamín Netanyahu (1949) es quién más tiempo se ha empoderado en el Ejecutivo del país hebreo. No sólo se ha encargado de defender las fronteras del Estado, sino que presumiblemente sus intenciones son ampliarlas hacia territorio cisjordano.

Lo anterior es un indicativo de que la mayoría israelí  aún quiere a un líder con  “mano dura”, en lugar de otro mandatario que asuma el compromiso de negociar o conciliar con los palestinos, abrir alianzas con sus vecinos árabes, garantizar la libertad de expresión y acción a movimientos progresistas, y sobre todo, de modernizar una joven democracia que todavía se encuentra anclada en el siglo XX.

Los conservadores todavía se sienten vulnerables ante el complejo y duro desarrollo de su breve historia como nación. Prefieren continuar con quien les ha dado garantías cuasi paternales (Estados Unidos) y blindarse ante el mundo exterior, argumentando supuestos ataques extranjeros, amenazas terroristas o pérdida de territorialidad e identidad. En este siglo XXI, los intereses geopolíticos y económicos se han intensificado, e Israel juega un papel preponderante como puerta hacia la península arábica, Medio Oriente, Eurasia y África. Es un ojo que se mueve a 360 grados.

El electorado ha encontrado en Netanyahu a un efectivo operador de ese juego geopolítico, y eso les ha permitido sentirse a salvo de revivir episodios como la “guerra de los 7 días” (1967).

El Estado judío se construyó a partir de las diásporas de migrantes provenientes de Europa, Estados Unidos, América Latina (la comunidad judía más importante está en Brasil, de ahí la simpatía inherente entre Netanyahu y su presidente de extrema derecha, Jair Bolsonaro, quién visito Israel el 31 de marzo), así como de países africanos, países de la exUnión Soviética y, por supuesto, de países árabes, desde antes de su creación. Esta diversidad y al mismo tiempo paradoja de ser extranjeros y  judíos (un alto porcentaje de su población habla su idioma de origen más el hebreo), sugiere que la riqueza de su cultura debe ser también traducida en garantías sociales, donde todos se sientan integrados.

A pesar del triunfo irrefutable de Netanyahu, a esta nueva etapa se suman temas que nublarán su gobierno, y quizá no sea tan terso como los anteriores. La ciudadanía sabe que tiene a un presidente que debe enfrentar acusaciones por corrupción. Y aunque para Netanyahu no parece que esta sea su principal preocupación, pues cuenta con un fuerte apoyo social a aliados internacionales y a poderosos empresarios, esos casos por corrupción pueden activar al otro 50% de la población y socavar su futuro político, sobre todo si considera intentar una sexta reelección dentro de cinco años.

El fiscal general de Israel, Avichai Mandelblit, acusó –en plena campaña electoral– a Netanyahu por “soborno, fraude y abuso de confianza”, después de dos años de investigación y concluir que hizo tratos con empresarios israelíes y extranjeros; desde productores de cine hasta directores de medios de comunicación. Recibió costosos regalos (joyas, bebidas de lujo, puros cubanos, publicidad en medios valuados en más de 260  mil dólares)  a cambio de “favores públicos o gubernamentales”, sobre todo en beneficios fiscales; por ejemplo a la empresa de telecomunicaciones Bezeq, por 280 millones de dólares.

Por supuesto que Netanyahu se defendió y afirmó que la procedencia de esas “filtraciones” no sólo eran falsas, sino formaban parte de una estrategia de campaña, a la que calificó de “cacería de brujas”. Del otro lado de la moneda, la oposición liderada por Benny Gantz, utilizó estas acusaciones para pedir un cambio de gobierno que impulse la transparencia y combata la corrupción.

La ciudadanía conservadora echó en saco roto este escándalo y votó por él.  No obstante, las acusaciones hechas por el fiscal Avichai se mantienen, y se espera que la resolución final se dé en las próximas semanas. Mientras tanto, Netanyahu transitará sin problemas para ser investido por quinta ocasión primer ministro de Israel.

Otro de los perdedores con este resultado de las elecciones es el Estado palestino, pues espera al menos otros cinco años de hostilidades crecientes con Tel Aviv. Incluso, Netanyahu aseguró en campaña que anexaría asentamientos judíos en la parte ocupada de Cisjordania, una declaración alentada por el gobierno de Donald Trump, sobre todo después de que reconociera a Jerusalén como la capital de Israel.

La mayor parte de la comunidad internacional ha consentido el establecimiento de la política de dos Estados: Israelí y Palestino, pero es muy poco realista que se dé en los próximos años, sobre todo si Netanyahu ejecuta la promesa de anexión de más asentamientos en territorio cisjordano. No sólo no se dará el reconocimiento de dos Estados, sino que se generará un polvorín con todos los países árabes. A todo este panorama complejo hay que agregar el reciente reconocimiento de Donald Trump de los Altos del Golán a la soberanía israelí, meseta que Tel Aviv quitó a Siria en 1967. Donald Trump está con Benjamín Netanyahu.

En 2018 Netanyahu necesitó de Trump para ganar las elecciones. Pero en 2019 seguramente Trump necesitara de Netanyahu y de la poderosa comunidad judía en Estados Unidos para obtener sus votos, en su intento de reelegirse. Las piezas en el tablero global se mueven de prisa en este siglo XXI, aún falta mucho por ver.

* Internacionalista
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