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viernes 19 de abril de 2019

El problema de los tres cuerpos

Por Carlos González Muñiz3

La imaginación humana suele ser feroz aunque las mejores obras literarias acostumbran esconder esa energía creadora detrás de una estructura verosímil, una tesis viable. Los mayores triunfos librescos, para algunos, radican precisamente en la exactitud de los sentimientos mostrados, en la verdad que se intuye en las palabras o en los hechos contados, en el roce empático, en la emoción primigenia que lleva a un lector a estrechar su relación con un personaje o una trama bien contada. Crear esa conexión con los espectadores es quizá la labor más difícil de un contador de historias. Y en el género de la ciencia ficción ese trabajo es aún más arduo: nos acercamos a él, primero, con la mirada desconfiada de quien no quiere encontrarse con una nave espacial de los setenta y personajes planos, aunque entrañables en su inocencia, como el capitán Kirk o su escudero Spock.

Uno de los temas que suele confrontar a los amantes de la ciencia ficción es la poca o nula exactitud (y cantidad) de ciencia incluida en los relatos. No se necesita tener un doctorado en física para escribir una escena en la que un extraterrestre recolecta muestras de un metal raro en un planeta más raro aún y dice una frase como “sin duda es grosamita tipo 12, con un alto nivel de radioactividad clase b” (esto lo invento conforme escribo). Pero si vamos a hacer una novela que pone en juego la posibilidad del viaje espacial y se basa en el problema de los tres cuerpos, hecho famoso por Poincaré, y que resulta tener una explicación extenuante y una solución numérica pero no analítica, entonces las cosas se ponen de otro color.

Es intergaláctica la distancia entre la pulp fiction que popularizó en los veinte la revista Amazing Stories, por poner un ejemplo, y que muy pronto se tradujo al cómic en historias tipo Flash Gordon en donde héroes y villanos peleaban con rayos láser en entornos galácticos, y esa otra ciencia ficción que cultivaron de muy distinto modo Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, entre muchos otros, y que está densamente anclada en teorías científicas vigentes y que se convirtió en una verdadera puesta en escena de especulaciones teóricas.

Aunque el debate entre estas dos clases de ciencia ficción, la dura y la blanda, puede ser una buena forma de explicar a los no iniciados el funcionamiento de este género, es mucho más emocionante entrar en esos ajustados puntos medios, esos lindes en donde una se confunde con la otra o, mejor aún, en los que se producen resultados que trascienden la simple tensión entre los opuestos. Tal es el caso de Ursula K. Le Guin y la extraordinaria ciencia ficción social de Los desposeídos, o la oscura cibernarrativa de William Gibson y su Neuromancer, o El problema de los tres cuerpos de Liu Cixin (Madrid: Nova, 2017).

Vale la pena detenerse en este último libro, el primero de una trilogía completada por El bosque oscuro y El fin de la muerte porque, además de ser tremendamente adictivo, resuenan en él los ecos de la mejor ciencia ficción. Liu Cixin ha conjurado a los demonios del fin del mundo, tan socorridos desde que comenzó a declinar el siglo XX. Pero su acercamiento al tema es asombroso y, como suele ocurrir con algunos narradores orientales, muy inquietante para los espectadores occidentales, tan acostumbrados a los arcos narrativos basados en el cumplimiento de buenos deseos.

La trama de la novela, contada a través de un generoso mosaico de personajes, nos lleva desde episodios de la Revolución Cultural hasta un hipotético presente en el que se ha establecido contacto con una avanzada civilización extraterrestre. El paso de un sitio a otro no es sencillo. En medio hay una conspiración política, un extraño juego de realidad virtual y científicos que intentan seguir adelante en una sociedad que les ha arrebatado muchas cosas y en un mundo que está al borde del colapso ecológico.

¿Qué nos gusta de este libro? Muchas cosas. La densidad científica bien dosificada y la inteligencia con la que el autor pone a funcionar un oscuro problema de la física moderna como parte de una historia profundamente humana. Quizá los libros que más nos competen son los que hacen visible la valentía con que nos encaran. Este no concede, no se ahorra explicaciones, tiene en alta estima la verosimilitud científica. Como ejemplo, las decenas de páginas en las que se nos explica cómo funciona el sistema de detección de señales provenientes del espacio (sistema que existe, por cierto) y la anomalía que permitió la comunicación con alguien que, desde el otro extremo de la línea cósmica, atendió la llamada. Otro ejemplo, fundamental para la trama, es el razonamiento de física teórica detrás del tiempo que tarda en llegar una señal desde alguna parte del universo (la que sea, todas están tremendamente lejos) y cómo es posible reducir ese tiempo a una fracción considerable. En este sentido, la novela se enmarca en una tradición de escritores y guionistas que han dedicado muchas páginas al problema de las distancias astronómicas: Asimov lo convierte en parte fundamental de sus novelas sobre la Fundación; Le Guin solo puede estructurar un universo por el que se puede viajar si se ha creado un instrumental capaz de reducir los años luz a días. A estas posiciones de autores clásicos se agregan las teorías actuales de la física de partículas, y el resultado es un auténtico coctel especulativo.

Liu Cixin convierte este tema clásico de la ciencia ficción en la columna vertebral de sus novelas. No voy a decir cómo ni por qué, pero se trata de un detalle que el lector agradecerá por las enormes implicaciones éticas que tiene en la novela. Hablar sobre el espacio, sobre el contacto con otras civilizaciones, siempre es una forma parabólica de hablar sobre nosotros mismos. Cixin lo hace bien, con recursos sobrados que son capaces de sujetarse a la exigencia de la ciencia ficción dura, pero también a aquellas otras de la empatía, la tragedia implícita en las emociones humanas, las fuerzas de la historia y la posición de los individuos frente a lo que se levanta, inmenso, ante ellos cuando deciden transformar la realidad en la que viven. Y este es uno de los temas centrales del libro: cómo han enfrentado diferentes físico-matemáticos ilustres el problema de los tres cuerpos y cómo esta incapacidad, aparentemente teórica, tiene consecuencias nefastas en la vida de sociedades enteras. El problema es aparentemente sencillo: cómo se puede calcular y predecir la forma en que tres cuerpos (digamos tres bolas de billar) se comportarán cuando se ejerza una fuerza sobre ellos. La ciencia no puede responder, no hay fórmula que pueda. Este es apenas uno de los aprietos en los que se ven envueltos los científicos incomprendidos a quienes la humanidad les encarga su salvación.

* Cofundador y director de La Cifra Editorial.
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