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viernes 18 de octubre de 2019

El primer tercer informe

Rodrigo Morales M.*

El primer tercer informe de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador resultó un evento más parecido a las conferencias de prensa matutinas, que a un informe de gobierno tal y como los fuimos conociendo a lo largo del tiempo. El nuevo estilo. En este escrito nos ocuparemos de revisar algunos de los temas del informe, o tratar de entender el nuevo estilo de gobernar y, finalmente, cuáles pueden ser las perspectivas y rasgos característicos de la nueva administración.

Iniciemos con el informe. Muchas novedades en las formas: el mensaje se dio en Palacio Nacional, antes de hacerlo llegar formalmente al Poder Legislativo y, por lo que pudimos ver en la transmisión, con el sol a plomo, muchos mandos castrenses, algunas sillas vacías, omitiendo en las salutaciones a los órganos constitucionales autónomos. Dicha omisión parece confirmar la incómoda relación que tiene el presidente con instituciones que suponen algún contrapeso.

Respecto al contenido del informe, se corrobora que el mensaje es más relevante que el rigor. No pareció importarle mucho que las cifras con las que iba ilustrando sus dichos no se correspondieran con otras fuentes oficiales de información. Y por más que el día del informe y, acaso dos o tres días subsecuentes, los analistas quisieran extraer grandes conclusiones de él, la verdad es que era difícil conferirle seriedad a un mensaje donde el propio emisor más bien despreció la ocasión.

No procuró un formato distinto a la didáctica de las mañaneras, la estructura del mensaje tampoco fue afortunada para destacar y ordenar logros y retos, jerarquizar problemas; tampoco se ensayó algún guiño a sus adversarios que despertara la sensación de que se iniciaba una nueva etapa en las relaciones políticas. En fin, se confirmó el nuevo viejo estilo de gobernar.

El estilo parece rezar de la siguiente manera: mis interlocutores exclusivos son mis adherentes, quienes disienten no sólo no son tomados en cuenta, sino que son (y serán) señalados de manera cotidiana. Así, el desfile de cifras iba dirigido justamente a sus electores, a sus apoyadores. No hubo tampoco sorpresas en esa narrativa: el país, al decir del presidente, y más allá de la evidencia, va muy bien; los compromisos (selectivos de cierto) se cumplen, el dominio de la numeralia “morralla” sigue siendo notable. Hay mucha familiaridad con las cifras que su auditorio quiere oír: cancelación de privilegios, avión presidencial, reducción de salarios, aun cuando ello no represente nada sustantivo en el presupuesto global.

Y así como hay dominio en la morralla, en los grandes números no parece haber tanta solvencia. El crecimiento económico ya no importa, lo relevante ahora es el bienestar y la felicidad, lo que todo el mundo entiende como subejercicio hoy se denomina ahorro. En fin, fue, lo ha sido siempre, muy eficiente en la morralla para ofrecerle montos a su narrativa del cambio de régimen y cuarta transformación.

Empero, lo que puede llegar a ser una muy mala noticia para la confección de políticas públicas es la condena presidencial a lo que llamó “la obsesión neoliberal de medirlo todo”. Si ello es el anticipo de que diversos esfuerzos institucionales, precisamente por medir el impacto de las políticas públicas, van a empezar a desaparecer o disminuir su espectro y es sin duda una muy mala señal. Imponer la métrica del mitin, endiosar la asesoría del pueblo bueno, en fin, endosar a las intuiciones el valor del dato duro, puede llevarnos a un divorcio muy peligroso con la realidad. Hago votos porque dicha arenga, sea eso, una pieza relevante en la construcción de su narrativa, y que no sea parte sustantiva de una nueva manera de “hacer” política pública.

En efecto, tal vez sea muy corto de miras, pero no alcanzo a ver cómo se puede desplegar una política social sin mediciones, cómo podemos aspirar a cerrar las brechas de oportunidades e ingreso sin contar con un registro preciso de necesidades y déficits. Sigo pensando que para darle un contenido cabal a la vieja y justa consigna de “por el bien de México, primero los pobres”, es crucial tener cada día mejores mediciones de la realidad. Igualar donde no hay iguales inevitablemente nos va a llevar a acentuar las diferencias y a no poner la superación de la pobreza en el centro de la estrategia pública.

Aún mas. Creo que declarar el fin del neoliberalismo es una arenga atractiva para el presidente y sus seguidores, pero sostengo también que esa proclama no implica que la realidad haya dejado de ser compleja. El presunto fin de las políticas anteriores no son el nacimiento de una realidad más simple. La inseguridad no desaparece con proclamas, el medio ambiente no se alivia por decreto, el empleo no se resuelve con becas y la economía precisa de crecer si es que se pretende distribuir ingreso y repartir felicidad.

Pero, en fin, el primer tercer informe nos confirma que el presidente sigue firme en sus convicciones y estilo, y que en todo caso las rectificaciones, matices, correcciones hoy son responsabilidad del gabinete que lo acompaña. El desapego al rigor de las cifras (huachicol), el desprecio por las evidencias (ProMéxico) son ya un estilo de gobernar que en nada se aleja del estilo de su campaña (decir lo que la gente quiere oír en diversos auditorios, prometer lo que la gente quiere escuchar y adoptar una narrativa inobjetable: México puede ser un país sin corrupción, más justo, más feliz). Cada que hace falta, se reiteran los privilegios que se acabaron, lo que va a pagar la venta del avión presidencial, lo que ingresa por el fin del huachicol, aunque todo eso sea impreciso o falso no ha dejado de ser eficiente en la percepción pública.

Tampoco debiera sorprendernos tanto este divorcio, en apariencia estructural, entre el discurso y los hechos. Ya lo vivimos en la presentación del Plan Nacional de Desarrollo. Conocimos un texto presidencial con arengas, buenos propósitos y mensajes políticos conviviendo con un documento elaborado por la Secretaría de Hacienda que compilaba los compromisos y metas de la administración pública, bajo un formato que atendía las formalidades de la planeación, pero la concordancia entre ambos escritos no necesariamente era lo más relevante.

Algo parecido acabamos de ver en fechas recientes. Los criterios generales de política económica vuelven a tener una distancia con las premisas del Plan Nacional de Desarrollo, los objetivos planteados en el informe y los supuestos del presupuesto. Dos de las tres prioridades estratégicas, Santa Lucía y el Tren Maya, tienen una muy precaria expresión presupuestaria; lo que ocupan en el discurso del presidente no lo desquitan en las previsiones que hace la Secretaría de Hacienda. En el caso de la refinería de Dos Bocas, hay una asignación sin duda más significativa, pero no en los montos necesarios para culminar la obra en los plazos prometidos. En fin, el presupuesto reitera que uno es el mundo discursivo y otro el reino de las cifras.

Tengo la impresión de que a estas alturas más que descuidos o imprecisiones, se trata de un estilo personal de gobernar. Mientras el país y la terquedad de sus datos duros van por un lado, el discurso presidencial y la construcción de la percepción van por otro rumbo. No tengo duda que el presidente se siente extremadamente cómodo en sus cotidianos encuentros con la prensa y en sus giras. Es en esos espacios donde se le aprecia pleno, dominador. La precisión o el rigor no son necesarios. Al menos para el presidente. Es ahí dónde es casi ilimitada su capacidad de fijar agenda, de hacer que todos los actores hablen sobre lo que él dijo. Esa capacidad sin duda está intacta.

La cuestión ahora, a diferencia de cuando ha estado en campañas, es que los problemas nacionales evolucionan y que la responsabilidad de resolverlos ya no recae en actores difusos, sino directamente en él. Es ahí donde el nuevo estilo de gobernar se antoja ineficiente. Veamos. Que la percepción o los índices de aprobación sigan siendo elevados sólo refleja eso: un éxito comunicacional, una empatía que ha soportado toda clase de pruebas, pero no quiere decir que el país esté mejor.

La ceremonia del Grito el pasado 15 de septiembre confirma esa virtuosa conexión que tiene el presidente de la República con enormes sectores de la población. Su austeridad, su distancia con el glamur son guiños que conectan con muchos. El simbolismo del nuevo gobierno ha sido sin duda una operación exitosa y se ha cimentado en muchas de las razones de su contundente victoria electoral. Algo de lo que reveló el resultado de las recientes elecciones presidenciales es que el nivel de hartazgo con una clase gobernante distante y abusiva, con la impunidad como rutina, con la inseguridad como hábito, tuvo un registro insospechado. Andrés Manuel capitalizó muy bien ese hartazgo y esas son las líneas discursivas que ha sabido reiterar como presidente.

Sin embargo, y con eso concluyo, la popularidad que ostenta el mandatario, la conexión que su discurso tiene con amplios sectores de la población, no son suficientes para resolver los graves problemas de México. Un gobernante popular, desafortunadamente sobran ejemplos en la historia, no se traduce en un gobierno eficiente, en una administración pública más justa o en una sociedad que mejore sus condiciones de vida. Ojalá pronto se encuentren las buenas intenciones del presidente con los datos duros de la realidad.

* Exconsejero del IFE.

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