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lunes 22 de julio de 2019

El ganador es… el abstencionismo

Rita Bell López Vences*

El pasado domingo 2 de junio se llevaron a cabo seis elecciones locales. En Puebla se realizó una elección extraordinaria para elegir la gubernatura de la entidad y cinco ayuntamientos. En los casos de Aguascalientes, Baja California, Durango, Quintana Roo y Tamaulipas, se tuvieron procesos ordinarios para renovar sus ayuntamientos o congresos locales, y sólo en el caso de Baja California, también para elegir la gubernatura.

En todas, es de reconocer el gran trabajo realizado por los organismos públicos locales electorales, los cuales, en coordinación con el Instituto Nacional Electoral, realizaron procesos limpios y transparentes en los que no quedó duda del actuar imparcial y profesional de las autoridades electorales.

Particularmente pude observar el desarrollo de la jornada electoral en el estado de Puebla, que fue una de las que más atrajo los reflectores nacionales, por los lamentables acontecimientos que orillaron a la celebración de una elección extraordinaria. Hay que recordar que el fatídico accidente aéreo donde perdió la vida la gobernadora Martha Erika Alonso fue la causa por la que debieron celebrarse nuevos comicios, organizados esta vez por el propio ine, en uso de su facultad de asunción total.

Tuve la oportunidad de poder participar en esta jornada, junto con algunas observadoras electorales de la Asociación Civil Fuerza Ciudadana. Después de un largo recorrido por las casillas, el corte a las 14:00 horas nos había dejado en claro la poca participación por parte de la ciudadanía, pese a ser un domingo con muchas personas y familia caminando por las calles, haciendo su vida normal, pero no con el objetivo de participar en la jornada electoral. No se sentía ese ambiente que se vive en lo que se ha llamado la fiesta electoral.

Las y los funcionarios de casilla comentaban que había sido un día muy largo, y que era muy poca la gente que había acudido a votar. El clima tampoco colaboró en mucho, pues aquel día contamos con una persistente amenaza de fuertes lluvias, aunque ello no justifica la apatía ciudadana.

Durante nuestros recorridos hablamos con algunas personas, quienes, al preguntarles si ya habían acudido a votar, la mayoría de ellas nos contestaban que no, pero que lo harían más tarde, respuesta que resultó ser dada por cordialidad, más que como aseveración gustosa por ser partícipes en la decisión de quien habrá de gobernarlas los próximos seis años.

De igual manera, la conversación con una encuestadora nos confirmó la poca participación de la ciudadanía; entre otras cosas, la encuestadora nos habló de  lo difícil que era para las personas adultas apoyar con sus encuestas, no así para los jóvenes, de quienes recibía mejor disposición. Lo anterior  puede indicar ciertas resistencias en la población adulta por compartir el sentido de su voto y, por el contrario, mayor apertura por parte de los jóvenes en este tipo de ejercicios que permiten conocer una aproximación de los resultados de la jornada.

Llegada la hora del cierre de casillas, nuestras percepciones fueron confirmadas al darse a conocer por el ine los datos arrojados por el Programa de Resultados Electorales Preliminares; hubo una escasa participación ciudadana: 33.41%, porcentaje que fue más o menos similar en las elecciones de Tamaulipas y Aguascalientes. En el caso de Baja California y Quintana Roo, el porcentaje de participación se colocó incluso por debajo del 30 por ciento. Sólo en la elección de Durango el porcentaje de participación fue superior al 40 por ciento.

Ante estos datos, puede haber un sinfín de propuestas para atender la inminente falta de participación ciudadana, pero en esta ocasión he optado por centrarme en dos: 1) la obligatoriedad del voto, y 2) la democratización de los partidos políticos.

Los procesos electorales en nuestro país se han ido perfeccionando; la inspiración de todos los mecanismos de seguridad que se han implementado tiene su base en la desconfianza, pero el daño ya está hecho y aunque se han introducido diversos mecanismos de seguridad, la desconfianza persiste, quizás hasta como una herramienta de los propios partidos políticos para que en los procesos electorales se cree incertidumbre, incluso se deslegitime a las instituciones o a quien se interponga frente al cumplimiento de sus intereses.

En diversos procesos electorales, cuántas veces no hemos oído el viejo discurso de los representantes de partido, quienes sin empacho pregonan: “daremos un voto de confianza, pero si mi partido no gana, entonces fue una elección amañada”. Una vieja táctica que en nada abona al mejoramiento de la calidad de la democracia, pues únicamente confunde a la ciudadanía con información sesgada, que termina por poner en tela de juicio el trabajo hecho a lo largo de las extensas jornadas, que implica el sacar avante un proceso electoral.

Lo cierto es que hoy por hoy el sistema funciona, consecuencia de cambios en la ley en aquellas cosas en las que se ha señalado que puede ser una debilidad; los resultados en las elecciones de 2014 y hasta las del 2 de junio de este año, dan prueba de su efectividad. Ciertamente, el sistema democrático no debería ser caro; lo que realmente lo encarece es la desconfianza de las personas hacia las instituciones, los procesos electorales, las candidaturas, y aun entre las mismas personas.

Precisamente por ello, la ciudadanía tendría que estar enterada, ser participativa y mantenerse al tanto de cada etapa de los procesos electorales. Lo cierto es que, como digo, el daño está hecho y existe una gran apatía; incluso hay personas a las que he oído decir que quien gana no es por el resultado del proceso electoral, del número de votos obtenidos, sino de los acuerdos previos entre las cúpulas del poder; sin embargo, al preguntarles por qué piensan así, es común escucharlas justificarse con expresiones como: “así me parece”, “yo creo”, “dicen”.

Desde luego que también debe tenerse en cuenta la existencia de campañas destinadas a generar la anulación del voto o la abstinencia del mismo como una forma de manifestación, de reproche o para dar una lección a la clase política, y aunque sin duda hay un mensaje muy importante en el abstencionismo y la anulación de votos, mientras en nuestro país gane quien más votos logre, esta forma de manifestación sólo hace más profundo el abismo entre la ciudadanía y quienes gobiernan, complicando aún más los procesos de rendición de cuentas y de evaluación del gobierno.

De esta manera, valdría la pena valorar la implementación de alguna consecuencia ante la abstención de ir a votar, pues recordemos que constitucionalmente, votar en las elecciones es una obligación de las y los ciudadanos mexicanos; no obstante, hasta la fecha no se ha establecido consecuencia alguna ante el incumplimiento de este mandato, a diferencia de lo que ocurre en otros países como Ecuador, en donde para acceder a los servicios públicos es indispensable presentar el comprobante de votación, lo cual, desde mi punto de vista, resulta ser el enlace justo entre las personas que eligen y quienes son elegidos para gobernar y proporcionar servicios básicos.

Claro que para que esto funcione adecuadamente, también es muy importante que los partidos oferten sus mejores perfiles en sus candidaturas y se democraticen desde su interior, esto es, con un trabajo apegado al quehacer ciudadano, involucrado con las necesidades de la población, enviando a competir a aquellas personas con un auténtico liderazgo y reconocimiento de la ciudadanía, así como a través de la implementación de: 1) mecanismos internos que permitan la apertura a toda la ciudadanía, mediante elecciones primarias y transparentes, para elegir a las y los candidatos por capacidad y aptitud, y 2) procedimientos que permitan a la militancia elegir a sus órganos directivos.

Vale la pena recordar lo que señala el Informe Latinobarómetro 2018: que en México únicamente el 11% de la población confía en los partidos políticos, y ello tiene que ver con que el 88% de las personas considera que se gobierna para unos cuantos y en su propio beneficio. Por su parte, el Informe país sobre la calidad de la ciudadanía, destaca que sólo 17.2% de los encuestados dijo confiar “mucho” o “algo” en los partidos políticos; para los diputados, el porcentaje fue de 15.6 por ciento.

Igualmente es de preocuparse por los resultados de la Consulta Infantil y Juvenil 2018, en la que, según los datos arrojados, se señala que tan sólo el 1.6% de las niñas, niños y adolescentes confía en los partidos políticos, y el 2.5%, en sus gobernantes. Asimismo, únicamente el 5.1% de niñas y niños entre 10 y 13 años, manifestó querer ser política o político, mientras que en el caso de las y los adolescentes, esta afirmación  fue hecha por el 7.3 por ciento. Estos datos, aparte de resultar preocupantes, deben ocupar a los partidos políticos, pues la percepción de estas niñas, niños y jóvenes es tan importante como la de cualquier adulto y debe ser atendida de forma inmediata para que cuando lleguen a la madurez no formen parte de los datos estadísticos antes indicados.

De ahí la importancia del trabajo que se hace desde el ine y los ople en materia de educación cívica y participación ciudadana, pues a pesar de las limitaciones de recursos, se han desarrollado actividades importantes para fomentar la participación de las y los niños y adolescentes en la vida pública del país, a través de lecturas de cuentos con enfoque cívico, ferias cívicas, talleres, organización de elecciones escolares, elaboración y diagnóstico de guías de participación, entre otras actividades.

Desde luego que no basta con el trabajo hecho, pues éste debe ser parte de la formación en las escuelas y también se requiere del apoyo de los núcleos familiares, así como de cambios profundos en las instituciones, principalmente en la clase política.

Nos encontramos en un momento clave para diseñar y reforzar las estrategias educativas de promoción y fortalecimiento de la participación ciudadana, para consolidar las instituciones públicas y para que los partidos asuman su obligación prevista en la Constitución, fomentando en la ciudadanía la participación política, llevándolos a ocupar los cargos de elección popular para que, desde ahí, se incida en estas estrategias conjuntas que mejoren la participación de las y los ciudadanos.

Son tiempos de gobernanza en los que ningún grupo por sí solo logrará conducir estos cambios profundos; de ahí que sea necesario el compromiso de todas las fuerzas políticas, de las instituciones confiables y de los partidos políticos que estén a la altura de un país que ha crecido, que vigila, que cuestiona y sanciona.

No se puede triunfar con un porcentaje menor que el del abstencionismo, no puede ser el ganador teniendo un gran sistema electoral como el que tenemos, con máximos niveles de seguridad, y que además es revisado por los órganos jurisdiccionales. Los partidos no pueden simplemente aspirar a llegar y estar en el poder para, desde ahí, reformar todo cuanto sea necesario acorde con sus intereses, destruir instituciones y procedimientos sólidos que ha llevado años construir; este país requiere de buenos partidos políticos, democráticos y respetuosos de la ley, en el que a nuestras niñas y niños no les de pena decir que quieren ser políticos y confíen en las personas de su alrededor y en las instituciones del Estado. Por ellas y ellos, la ciudadanía del presente, por quienes no acudieron a votar porque no esperan nada de la clase política, no puede ser el gran ganador el abstencionismo. Contrarrestarlo requiere de la suma de voluntades.

Con la escasa participación en estas elecciones la ciudadanía no gana, como tampoco lo hacen las instituciones, aunque quizá sí, los rostros de siempre, los de la clase política que ha estado y permanecerá si la ciudadanía no retoma el poder que como colectividad tiene, si no se decide por expresarse en las urnas para exigir el cumplimiento de lo prometido en las campañas y por señalar y cuestionar a sus gobernantes cuando se han convertido en un obstáculo para el desarrollo, más que un motor que lo impulse.

* Consejera electoral del Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca.
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