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martes 18 de diciembre de 2018

El enredo del Brexit

Marianna Lara Otaola y Susana Berruecos*

Al cierre de esta edición, el futuro de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea está literalmente en el aire. Pasadas las 10 de la noche del 14 de noviembre, la primera ministra británica Theresa May, visiblemente nerviosa, anunció el respaldo de su gabinete al acuerdo negociado con la UE en torno a la salida del Reino Unido. Unas horas después, antes de la reunión convocada en el Parlamento para discutir los detalles de dicho acuerdo, tres miembros del gabinete dieron a conocer su renuncia, incluido el responsable de las negociaciones del Brexit. Para el 16 de noviembre ya sumaban siete las renuncias en el gobierno británico, con la creciente especulación de una posible moción de censura al liderazgo de May, para el que se requieren 48 pronunciamientos escritos de sus correligionarios. En estas condiciones, lo único cierto ahora es que en tierras británicas habrá un intenso cierre de año en el que todo puede suceder.

La maratónica sesión del 15 de noviembre, en la que se discutió el acuerdo presentado por la primera ministra, estuvo plagada de severas críticas y hasta burlas de los legisladores, que llevaron la libra esterlina a sus niveles más bajos de los últimos años. La mayor crudeza tal vez provino de las propias filas de Theresa May: solo diez de 315 tories le ofrecieron respaldo. Ante un Parlamento hostil, May respondió cada cuestionamiento con mayor calma que la noche anterior, sin perder el hilo del argumento central, poniendo en la mesa la única propuesta de acuerdo con la UE, pues sus críticos no han logrado articular una contrapropuesta viable. Si bien noviembre, en particular la semana del 12, ha sido desgastante para ella, insiste en que el gobierno no tiene considerada la posibilidad de no alcanzar un acuerdo, ni mucho menos planes de permanecer en la Unión Europea.

Así, ante los duros embates de propios y extraños, May emula tiempos thatcherianos, en los que, paradójicamente, quizá se haya llegado a una importante coincidencia: el reconocimiento de la tenacidad y dedicación de una mujer llegada al poder con un mandato por demás complejo. Para bien o para mal ha cumplido con su responsabilidad, con el mandato expreso de aquel referéndum celebrado el 23 de junio de 2016, que puso fin a los recurrentes debates desde que el Reino Unido se integró a la Comunidad Económica Europea en 1973.

Por extraño que parezca, al presentar el acuerdo en la Cámara de los Comunes, Theresa May recuperó terreno, pues en la etapa más crítica para dar inicio a la implementación del Brexit, pudo trasladar la presión a los parlamentarios.

Ahora bien, el camino que falta no será de aguas más tranquilas; difícilmente el Parlamento aprobará el acuerdo, pues ni siquiera los conservadores están conformes con el borrador. En la actual coyuntura crece la posibilidad de lo inimaginable, que oponentes políticos como el laborista y proeuropeo Tony Blair y el conservador y euroescéptico Boris Johnson exijan de manera conjunta que se convoque un segundo referéndum, en línea con la multitudinaria marcha del 20 de octubre.

Así como hay revuelo dentro del Reino Unido, en menor medida se ha generado controversia en algunos países como España y Francia, que han manifestado cierto escepticismo por el acuerdo alcanzado. En este sentido, difícilmente será aprobado por unanimidad en la Cumbre de la UE del 25 de noviembre y se respetarán los tiempos establecidos –el 29 de marzo comienza formalmente el periodo de transición de salida, el cual concluiría en enero de 2021.

Las negociaciones del Brexit han sido un verdadero reto político para las partes. Cabe recordar que, a seis meses de cumplirse el plazo para que por primera vez la UE vea salir a uno de sus miembros, lo más factible era la salida del Reino Unido sin ningún tipo de acuerdo. Lo anterior, después de que la iniciativa conocida como Plan Chequers no fue bien recibida en la Cumbre de Salzburgo de septiembre pasado, y que Bruselas rechazó desde un inicio. Consistentemente, los líderes europeos se opusieron a que ese Plan traspasara la integridad del mercado común de la UE, así como a favorecer a las empresas británicas con prácticas de competencia desleal.

Poco después, a principios de noviembre, contra todo pronóstico May fue construyendo una alternativa que en los medios se manejó como viable; sin embargo, el 15 de noviembre vimos lo contrario en el Parlamento.

La rueda de la fortuna vivida en el Reino Unido desde aquel referéndum de junio de 2016, en el que por apenas 52 por ciento se impuso la salida de la ue, ha resultado sumamente desgastante y costosa para el actual gobierno conservador. Desde el punto de vista financiero, tanta incertidumbre ha ocasionado que la libra esterlina vuelva a debilitarse frente al dólar y siga cerrando su diferencial con el euro, depreciación que ha extendido una nueva ola de nerviosismo entre el sector empresarial.

Desde el punto de vista político, a medida que se acercaba la posibilidad de un acuerdo con Bruselas, Theresa May acumuló enemigos dentro de su propio partido, y las dimisiones de sus correligionarios siguen creciendo. En el Parlamento, May no solo ha perdido el respaldo en dos sectores de su partido, tanto los defensores de un Brexit “duro” como los partidarios de la permanencia, sino que crece la amenaza de ruptura del Partido Democrático Unionista (DUP) de Irlanda del Norte, cuyo respaldo resulta crucial para sumar la mayoría requerida de 320 diputados que ratifique el acuerdo con Bruselas.

La alianza con el DUP, que está a favor de la unión de la República de Irlanda e Irlanda del Norte, camina por la cuerda floja desde principios del año, cuando la cuestión de la frontera con Irlanda del Norte comenzó a volverse el centro de las negociaciones entre las partes. Las ambivalencias e indefiniciones en las negociaciones por la frontera entre estas dos naciones han desgastado la relación aliancista entre conservadores y unionistas.

Si bien en estos dos años hubo temas sensibles durante la negociación del Brexit, como el del flujo y los derechos y obligaciones de ciudadanos británicos que trabajan, estudian y viven en Europa y viceversa, así como los servicios financieros concentrados en la City de Londres, ninguno ha sido tan complicado y delicado como el de la frontera con Irlanda del Norte, que ha trabado y pausado las negociaciones entre las partes, casi al punto de no retorno. Incluso, dentro del Reino Unido, además de que el dup participa activamente en las negociaciones, cuatro partidos de Irlanda del Norte han exigido un referéndum por la unidad de las dos Irlandas.

Las negociaciones en torno a Irlanda del Norte se han movido entre dos escenarios que han removido los sentimientos políticos y nacionalistas no solo de los británicos, incluidos los irlandeses del norte, sino también de los europeos. En los últimos tiempos, el tema de las fronteras y el nacionalismo ha estado muy presente en la Unión Europea, por lo que la forma en que se resuelva la cuestión de la frontera marcaría pauta en caso de otra salida de algún miembro de la UE, por ejemplo la de Grecia, que en numerosas ocasiones han propuesto partidos de extrema derecha e izquierda, así como en caso de una secesión territorial, si se diera la independencia de Cataluña.

En un escenario se consideró que Irlanda del Norte compartiera la unión aduanera, el mercado común y el Impuesto Ad Valorem (IVA) con la Unión Europea, con la finalidad de simplificar el flujo de personas, mercancías y moneda en una frontera de 300 millas. Sin embargo, esto planteaba la separación virtual de Irlanda del Norte y el Reino Unido, rechazada por los británicos, sobre todo por los partidos Conservador y Unionista, ya que atenta contra la integridad constitucional del Reino.

Otro escenario fue establecer puntos físicos de control de aduana en la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte, opción que removió el pasado doloroso y belicoso del conflicto entre estas dos naciones (1968-1998). La Unión Europea apoyaba esta opción, pero las otras partes involucradas la rechazaron contundentemente.

Finalmente, el acuerdo alcanzado deja abierta la cuestión: Irlanda del Norte no tendrá un trato diferente al del Reino Unido y habrá un territorio aduanero único para todo el Reino. Aparentemente el acuerdo carece de detalles sobre cómo se garantizará la libre circulación de mercancías entre Irlanda y el Reino Unido a través de Irlanda del Norte, y establece la posibilidad de prorrogar la salida hasta que se defina con claridad. Esto ha sido criticado por las dos Irlandas, España y Francia, ya que sería continuar en el limbo y la incertidumbre, con las respectivas consecuencias de política pública y privada.

Sin duda, para Theresa May la mejor opción era tener un acuerdo antes de finalizar 2018, el que fuera, de manera similar a lo sucedido con la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte: para México era mejor tener un acuerdo que ninguno. En caso de que el Parlamento no lo apruebe, lo que al escribir estas líneas consideramos altamente probable, la alternativa para May es un continuo desgaste interno y, con ello, una nueva amenaza de elecciones anticipadas. Incluso, en este caso aumenta la probabilidad de otro referéndum sobre el Brexit, con una composición distinta del Parlamento, donde ya no exista la alianza liderada por los conservadores y quizás haya una mayoría de los laboristas o una mayor fragmentación y polarización política.

Apenas el pasado 10 de noviembre, Jo Johnson, secretario de Transportes y hermano del euroescéptico Boris Johnson, quien había permanecido fiel a May desde 2016, dimitió exigiendo como muchos otros que se celebre un nuevo referéndum, con una clara advertencia hecha a un diario británico: “Es engañoso presentar este acuerdo como el cumplimiento del referéndum. Se suponía que con el Brexit íbamos a recuperar control. Lo que estamos haciendo es ceder más”.

La ironía es que, a pesar de todo, Theresa May podría salir fortalecida de la actual coyuntura. Su discurso ante el Parlamento no solo fue de templanza y resistencia, también dejó muy claro que el objetivo que se le encomendó en 2016 se ha cumplido de la mejor manera posible. Ante lo que hay, es lo que hay; herida pero todavía de pie, como estuvo en junio de 2017 cuando el Partido Conservador perdió la mayoría y tuvo que aliarse con el DUP. Como lo expuso ella misma ante los legisladores: “En tanto primera ministra, mi trabajo es presentar un acuerdo que cumpla con lo que decidieron y votaron los británicos. Yo ya he cumplido con mi responsabilidad. Ahora deberán ser los parlamentarios quienes cumplan con la suya”

* Maestra en Política Comparada y doctora en Gobierno, por la London School of Economics, respectivamente.
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