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sábado 24 de agosto de 2019

El día después

Rubén Ignacio Moreira*

El 11 de agosto el PRI decidirá su próxima dirigencia nacional, lo hará con el método de elección abierta a la militancia. Es decir, podrán participar más de seis millones y medio de electores priistas, cuyo voto será una de las acciones más trascendentales para el futuro del partido.

Me parece necesario insistir en el hecho de que la elección es solamente una de las decisiones importantes que tendrá que asumir la militancia en el futuro del partido. La derrota que vivió el PRI fue terrible, pero las cosas van peor de lo que se esperaba. Tocará a la militancia seleccionar a la dirigencia y, con ello, romper la cadena de decisiones cupulares que se hicieron una constante en los últimos años.

La inevitable pregunta: 

¿Qué pasó con el PRI?

No me refiero al resultado electoral, cualquiera lo sabe. De ello sólo vale la pena señalar que hay una diferencia significativa entre los votos del candidato a la presidencia y de quienes lo acompañaron compitiendo por otros cargos. La diferencia es desfavorable para el primero.

Pasan los días y los militantes no tenemos respuestas contundentes para explicar la debacle, como tampoco una ruta clara para volver a ser una alternativa. En otras latitudes, en la derrota estrepitosa, se llama de inmediato a una renovación total de la dirigencia. Acá se optó por dejar pasar el tiempo y administrar la transición. Es indudable que se requiere de una directiva con mayor legitimidad para convocar a la militancia a responder preguntas como las siguientes: ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? ¿Seguimos siendo un partido viable? ¿Qué somos? ¿Qué queremos ser? ¿Qué hacer? A ello se suma que es imposible ejecutar el mandato de la militancia si no se cuenta con su respaldo.

En el horizonte se han dibujado explicaciones para entender el resultado electoral y también propuestas para, en su caso, aliviar al enfermo. Sin embargo, no son satisfactorias ni mucho menos contienen el consenso del priismo. Se discute y propone lejos de la base. Desde hace años no hay aprecio a la voz de los seccionales. La directiva sigue sin reconocer que es el militante de territorio el mejor calificado para responder, por qué su vecino votó por otra opción.

Como un boxeador que ha recibido un fuerte golpe, el PRI no ha tenido la oportunidad de despejar la mente y encontrar el camino para reponerse. En la arena política llevamos un año trastabillando en una semi inconsciencia, en la que no atinamos a establecer una estrategia que nos permita regresar a la pelea. Lo anterior es comprensible. Por ello se precisa de una dirigencia con la mayor fuerza posible, la cual sólo puede surgir de una elección en donde la militancia participe y decida.

El 11 de agosto los priistas cumpliremos con ese primer requisito. Se intentó evitar una elección de estas características, no faltó quien esgrimiera, como pretexto, el rompimiento de la unidad; otros plantearon la posibilidad de intervención de agentes externos al Partido y hubo quienes expusieron el miedo a ser exhibidos por una baja participación en los comicios. Salvo el último de estos supuestos inconvenientes, los otros se pueden argumentar en contra del resto de los métodos de selección que establece el estatuto partidario.

Como en toda contienda, los ánimos y pasiones se exaltan. Eso no es malo, siempre y cuando acepte la derrota quien no se vea favorecido por la voluntad de sus correligionarios y, quien triunfe, convoque de forma inteligente a la ruta de la reconstrucción. El reto es más complejo de lo que parece, la dirigencia y la militancia tendrán que asumir prácticas que, si bien no son inéditas, han sido poco frecuentes en la vida institucional del partido.

Durante años se desmanteló la vida interna del pri. En términos de reflexión y debate político, la actividad del militante fue limitada y disminuida. Se eliminaron los procesos democráticos internos y se descuidó la estructura territorial. El seccional, célula base del partido, fue excluido de todo tipo de decisiones. El menosprecio, salvo excepciones, llegó al extremo de no someter a la evaluación de la militancia las políticas publicas de los gobiernos que, gracias a su apoyo, accedieron al poder.

En menor o mayor medida, las dirigencias actuaron como si el partido fuera una agrupación de cuadros y no de masas. Tal vez esa contradicción con el diseño y naturaleza del PRI fue una de las razones por las cuales, al momento de ser requeridas, las bases no respaldaron las propuestas de la cúpula. La crisis se acentuó cuando, con el propósito de sustituir y evitar la práctica partidaria y la lealtad a una posición política, ideológica o histórica, se recurrió al marketing y a las famosas “estrategias de comunicación”.

Por el daño causado, me detengo un poco en el tema del llamado “marketing político”. Su uso fue de tal magnitud que vale la pena reflexionarlo. Como partido, cedimos a la tentación de enfrentar los procesos electorales con fórmulas mágicas que incluían figuras artificiales y lemas de coyuntura. Para infortunio, tuvimos de inicio buenos resultados, lo que profundizó el abandono de la vida partidaria. La quiebra vino al momento de una competencia complicada, donde la derrota tomó proporciones catastróficas. El famoso “voto duro” nos abandonó.

¿Hay posibilidad de regresar a la contienda?

Sí la hay. No obstante, es necesario dejar en claro que la elección abierta es sólo el comienzo de una amplia estrategia. No basta que la dirigencia esté legitimada por el voto de la militancia. Son muchas más las cosas que se requieren para que aparezca una luz al final del túnel. La responsabilidad de la nueva directiva es mayúscula. No falta quien espera triunfos inmediatos y los que exigen que la simpatía de los votantes regrese al pri de un día a otro. El tema es complejo y va más allá de buscar satisfacer expectativas a corto plazo. En la mesa se encuentra el futuro del partido. No hay espacio para el uso de “fórmulas mágicas”, esto nos llevó a la situación en la que nos encontramos.

¿Qué hacer?

En mi opinión, hay cuando menos cuatro tareas ineludibles y un requisito estructural. Entregar el poder a la militancia es el requisito. El futuro del partido no puede enfrentarse sin que los militantes participen en la reflexión y toma de decisiones.

La respuesta a la crisis debe comenzar por un cambio radical. Es necesario llevar la conducción del partido al territorio, alejarla del poder gubernamental, quitársela a los que se la apropiaron para fines personales y expulsar, de paso, la práctica del marketing. Un partido es una visión de futuro y una herencia cultural. Los triunfos sólidos se presentan cuando un mensaje honesto convence a los electores. Otros mecanismos normalmente conducen a victorias momentáneas y derrotas posteriores.

Primera tarea. ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Qué representamos? ¿Qué México queremos? Es imprescindible una asamblea nacional para responder lo anterior. Tenemos que confirmar en la militancia el sentido del mensaje que se desprende del último resultado electoral. Nos abandonaron nuestros electores tradicionales: los habitantes de barrios y colonias mudaron su voto a otra opción política en busca de lo que nosotros éramos.

Muchos pensamos que el abandono a nuestros principios históricos fue uno de los motivos de la derrota. Siendo un partido que en sus documentos pregona la socialdemocracia, nunca nos faltan candidatos que salen a la calle con posiciones que rayan en la ultraderecha y gobiernos que envidiarían a los partidos más conservadores. Sin embargo, la ruta del pri tiene que ser confirmada por la reflexión y decisión de una gran asamblea nacional.

Segunda tarea. Reorganizar al partido. Decidir la forma en la cual nos vamos a estructurar. Tomar conciencia de la función que tiene nuestra base territorial y de la actuación que corresponde a los sectores, movimientos y organizaciones.

Definida nuestra posición ideológica y la visión que tenemos para México, nos corresponde articularnos dentro de la sociedad para confrontar nuestra idea de país con la de aquellos que tienen una opción diferente. Urge dentro del partido una práctica política permanente y los mecanismos para que la reflexión y la decisión salgan de la base y no se le impongan.

Tercera tarea. Nada ha hecho más daño al PRI que su relación con el gobierno. Paradójicamente, sus peores crisis las ha vivido con autoridades emanadas de sus filas. El partido debe ser vanguardia y no procesión de un gobierno.

El PRI debe evaluar a los gobiernos y, cuando nazcan de él, tener muy claro el límite hasta donde se les puede acompañar. No sólo se debe abandonar a un mal gobernante, también se debe tomar distancia de aquellos que se alejen de los principios e ideas fundacionales del partido.

Cuarta tarea. Evitar para siempre que la cúpula rapte al PRI. No son pocas las veces que observamos un proceso democrático para la selección de una candidata o candidato, quien una vez satisfecha su pretensión, se convierte en cúpula y se suma a las prácticas antidemocráticas y centralistas que antes criticó.

La autonomía del partido requiere varias cosas, entre ellas, la suficiencia financiera de su estructura estatal, la eliminación de prácticas y facultades metaestatutarias, el fortalecimiento del vínculo del partido con quienes lo representan en cargos legislativos y, también, disminuir al máximo las facultades de la dirigencia para designar candidatos o sustituir a las directivas estatales.

A la próxima dirigencia no le puede satisfacer solamente el triunfo, su misión es mayor: convocar a la militancia a recomponer el partido.

* Diputado federal. Presidente de la Comisión de Asuntos Frontera Norte.
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