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Miércoles 18 de julio de 2018

Editorial Julio 2018

El límite

Habrá tiempo para hacer un balance integral y objetivo del sistema electoral
a la luz de lo acontecido en el proceso de 2017-2018; por ahora adelantamos
elementos para una opinión preliminar.
La reforma electoral de 2014, que produjo el mazacote legislativo con el que se han
regulado los procesos comiciales de 2015 a 2018, causó un daño considerable
al sistema y a las instituciones electorales, al tiempo que acentuó la decadencia
de los partidos políticos, grandes y pequeños.
Nuestras elecciones siguen siendo demasiado largas y muy caras. Si evaluamos
a las autoridades educativas y electorales por sus resultados en la forja de ciudadanía,
la calificación es reprobatoria. Nadie pone en duda la eficiencia organizativa
que el INE demuestra; pero tampoco nadie duda de que la ciudadanía se
muestra indiferente y hastiada de las elecciones, los candidatos y los partidos.
Una ciudadanía de baja calidad es el correlato de una democracia
de baja calidad; el círculo vicioso se retroalimenta y expande.
Este estado de cosas no es culpa del INE o del TEPJF –aunque ninguno es
totalmente inocente–, sino el resultado de una acumulación de problemas
y desaciertos a los que no se ha dado atención y menos aún solución.
Problemas viejos y nuevos se acumulan porque los partidos y las autoridades
no los reconocen como tales. En la zona de confort en que están instalados,
los problemas se minimizan o no existen, son noticias falsas o producto de rumores.
En 2014 se aseguró que, gracias a la creación del INE y la centralización, se reduciría
el costo de las elecciones. Falso. Son más costosas que nunca.
Se dijo que los partidos recibirían menos financiamiento público. Falso. En su voracidad,
los partidos duplicaron lo que reciben del erario, es decir, de los contribuyentes.
También se negaron a corregir el mayor defecto del modelo de acceso a televisión
y radio: la proliferación de spots; en lugar de eso, se abalanzaron sobre
el tiempo disponible en procesos locales, para consumirlo en más spots.
La separación del proceso electoral en tres etapas –precampaña, intercampaña y campaña–
es más falsa que un billete de tres pesos; la simulación de partidos y aspirantes a candidatos
a cargos de elección se volvió regla. Dirigentes partidistas que decidieron usar
en beneficio propio los spots asignados a sus respectivos partidos lo pudieron hacer
por la pasividad y tolerancia de las autoridades. El daño causado
a la equidad en la contienda presidencial de 2018 es irreparable.
La sobrerregulación ha llegado a extremos caricaturescos. Para aplicar la extensa
LGIPE existe un Reglamento de Elecciones de 443 artículos, al que se suman otros que
regulan cuestiones puntuales. Son cientos los acuerdos que regulan aspectos generales o específicos
de las elecciones. Es un laberinto que hace que el de Creta parezca amigable vereda.
Hemos llegado al límite.
Y sin embargo, la mejor forma de evitar la crisis del sistema electoral es acudiendo
a las urnas este domingo 1º de julio, para que la voluntad popular sea el aval
que legitime a quienes deberán emprender, cuanto antes, la tarea de regresar a lo básico en
esta materia y atender los retos y demandas que enfrentamos como nación.
Es la hora de las urnas.
Es la cita de los ciudadanos con sus conciudadanos que reciben
el voto y lo cuentan para que, de la suma de voluntades,
emerja el mandato que legitima al que gobierna.
Vamos a votar, en paz y libertad.

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