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sábado 24 de agosto de 2019

Doble discriminación

Aída Jiménez*

Jóvenes, haced política porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros. Y, probablemente, contra vosotros.

José Ortega y Gasset

A lo largo de los años, las juventudes hemos sido excluidas del espacio político nacional. Durante la historia, la política se ha considerado como sitio exclusivo para hombres, donde no sólo las mujeres estamos en desventaja, sino que las juventudes somos sistemáticamente marginadas por nuestra edad, falta de experiencia y apatía por los temas políticos electorales.

Es cierto que son pocas las juventudes que han despertado y, sobre todo, mantenido su interés en la política; esto se debe a que nos han utilizado como simples “elementos” electorales, no somos tomados en serio, lo cual se traduce en una falta de identidad con las ideologías políticas.

Muchas veces nos sentimos decepcionados de los partidos políticos y no creemos tan fácilmente en sus promesas y discursos. Sin embargo, demandamos ser escuchados e involucrarnos más con las decisiones que toman por el país, las cuales nos afectan.

El pasado proceso electoral se caracterizó por la participación histórica de nosotras, las mujeres. Por primera vez se puede hablar de una paridad real en las cámaras altas, ya que ocupamos 244 de los 500 curules en San Lázaro y 63 de los 128 escaños en el Senado de la República.

Sin embargo, lo que parecía ser un triunfo de la paridad en el estado de Chiapas se convirtió en un fenómeno jamás visto antes: cerca de 30 mujeres –regidoras y diputadas– renunciaron de manera simultánea a sus cargos para cederlos automáticamente a hombres, obligadas por los partidos políticos a los que pertenecían.

Innumerables veces había escuchado que la política no era fácil para las mujeres, pero nadie me había advertido que ser mujer y joven era doblemente difícil; vivimos una doble discriminación, pues se cree, de forma errónea, que necesitamos doble protección debido a la visión patriarcal adultocentrista existente en nuestra sociedad.

Cuando se es mujer y joven, repito, la batalla comienza por “ganar” las candidaturas, que se puedan transformar en espacios para tomar decisiones y que no sólo te “pongan” para cubrir una cuota. Así comenzó mi odisea en 2018, con una candidatura desierta, a 15 días de la elección y un porcentaje por cubrir.

Fui la protagonista de la crónica de una derrota anunciada, candidata a diputada local por el distrito XV del estado de Chiapas, con el nombre de un hombre en la boleta, quien dejó la candidatura desierta por irse a otro color. ¿Y quién mejor que una mujer joven para aventarse a ese ruedo? De igual forma, fui incluida en la lista de candidaturas plurinominales de diputados locales de mi partido, ocupando el lugar número uno de la segunda circunscripción.

Llegó la fecha tan esperada… y la derrota anunciada: los resultados no fueron favorecedores. Aún saboreaba el fracaso cuando recibí una llamada del representante del partido ante el Instituto de Elecciones y Participación Ciudadana del Estado de Chiapas. ¿Su mensaje? Invitarme un café.

Acudí al lugar a la hora pactada, vi llegar al hombre, llevaba una carpeta en su mano, la cual puso en la mesa y encima de ella una pluma. Una plática casual –forzada– se adueñó de la antesala, después llego el mensaje: “Eres alguien en quien confiamos y es por esa razón que estás encabezando dicha lista. Sin embargo, debes saber que ese lugar no es tuyo, ese espacio es para alguien más. Ojalá puedas apoyarnos con tu firma y sabremos gratificártelo.”

Este tipo de situaciones suele ser difícil y más si tienes 24 años, me limite a decir: “Gracias, no me interesa” y me alejé del lugar, confundida, con miedo y sorprendida. Estaba preparada para la insistencia que probablemente se convertiría en acoso, el cual no llegó.

Exiliada y recelosa, veía el sinnúmero de renuncias de mujeres temerosas ante la instancia correspondiente, la misma que me informó que había sido presentada mi renuncia a la candidatura plurinominal y que se entregó con una firma falsa. No me preocupé, sabía que, de acuerdo con los lineamientos, dicha renuncia tenía que ratificarse. Lo anterior para evitar las viejas prácticas.

Días después se presentó una mujer en la junta distrital con una identificación falsa, dispuesta a ratificar dicha renuncia; sin embargo, no pudo lograr su objetivo. Más tarde se publicaron las litas de diputados plurinominales y, de acuerdo con los números, yo no alcanzaba un curul por esa vía, quizá por esa razón dejaron de insistir.

La disputa entre los diferentes partidos políticos en tribunales puso mi nombre nuevamente en la jugada, fue hasta el 1 de octubre que, por resolución de la Sala Superior, me notificaron que sería diputada local plurinominal de Chiapas.

La pesadilla había terminado –o comenzado–, estaba lista para tomar protesta en el Honorable Congreso del Estado, convirtiéndome en la diputada más joven de Chiapas. Pero no todo podía ser “miel sobre hojuelas” para una mujer joven en una tierra de machos.

En el recinto legislativo, a minutos de iniciar la sesión solemne, fui interceptada por el presidente de mi partido, quién con insultos e intimidaciones quiso obligarme, bajo el argumento de que “por él había llegado y se la debía”, a firmar en favor de su esposa para ser coordinadora de la bancada. No firmé y desde entonces comenzó un golpeteo mediático contra mi persona.

Pero las juventudes nos enfrentamos a retos que van más allá de ganar puestos de elección popular, el reto más grande es que por medio de nuestras acciones en distintos espacios gubernamentales logremos normalizar nuestra participación y el cumplimiento de las cuotas juveniles.

En general se piensa que ser joven es sinónimo de inexperiencia, irresponsabilidad e indecisión; llegar desde esa perspectiva a espacios de decisión es sumamente difícil. Tienes que demostrar el doble de capacidades que una persona con edad promedio dentro de la política.

En lo personal, legislar desde la juventud es un gran reto, es defender una ideología, una causa, una iniciativa ante tantos prejuicios. Asimismo, implica moverte en muchos escenarios y adoptar diferentes posturas, el ser joven político conlleva responsabilidad de renovación y de un cambio real y cultural.

Mi trabajo legislativo siempre ha estado de la mano con las juventudes de la sociedad civil, juntos hemos llevado a la mesa de debate del congreso chiapaneco temas como violencia digital, suicidio, diversidad sexual, violencia política de género, derechos reproductivos y participación ciudadana, entre otros.

Lo anterior ha desatado diversos comentarios y críticas en torno a que, por mi inexperiencia, proponía temas tan irrelevantes como estos. Pero si no son las juventudes quienes sugieren los temas “modernos”, ¿quiénes lo harían?

Joaquín Balaguer expresó: “La juventud es la esperanza, y la esperanza no se pierde”, creo firmemente que tiene razón. Nos toca a nosotras las juventudes el cambio en el liderazgo político, no basta con ser joven de edad, de nada sirve la juventud si seguimos imitando viejas prácticas; si queremos que la democracia se consolide, debemos jugar un papel proactivo.

Las juventudes por naturaleza somos rebeldes, críticas e inquietas, características que, lejos de ser un defecto, deben servir de impulso para participar activamente en la política e inyectar vida, dinamismo, exigencia y una visión fresca a la misma.

Estamos viviendo una época de cambios, donde casi 30% de la población de nuestro país se cataloga como joven, es decir, que ronda entre los 12 y 29 años. Jóvenes que somos conocidos como la generación millennial.

Se dice de ésta que resulta peligrosa, poco confiable e indecisa con lo que quiere, pero no es para menos, somos críticos por naturaleza y hemos crecido en entornos hostiles, conviviendo con la violencia, inseguridad, corrupción, discriminación y una gran desigualdad de oportunidades.

Creo que es fundamental la reincorporación de los jóvenes a la política, no precisamente a la política partidaria, sino a la concebida por Aristóteles: la política como herramienta de cambio y transformación.

Es mediante las políticas públicas que se generan espacios donde la voz de las juventudes puede ser escuchada y tomada en cuenta para emprender acciones que mejoren el entorno y el país.

De igual manera, es desde las asociaciones civiles donde las juventudes se activan, puesto que los partidos políticos y las instituciones gubernamentales suele tomarnos en cuenta si cumplimos aquellos lineamientos que sólo los benefician a ellos y no a los jóvenes, tienden a utilizarnos como carne de cañón para “cubrir” cuotas en espacios irrelevantes. Esto ha orillado a que busquemos otras formas de inserción en el quehacer nacional, en plataformas que no sean convencionales.

Los datos del Instituto Nacional Electoral muestran cerca de 40% de abstencionismo político de las juventudes en elecciones federales, esta cifra aumenta cuando se trata de elecciones locales.

Ya basta de una política sin las juventudes, una política sin futuro.

* Diputada por el Congreso Estatal de Chiapas.
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