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lunes 20 de enero de 2020

Disfrutar del teatro para pensar

Por Emoé de la Parra*

Audaz: así es el teatro, y sorpresivo. Recuerda a un animal agazapado en los entresijos de una anécdota que nos ensarta la mordida de la duda y nos deja heridos de incertidumbre: trasmutado en ficción, puede envenenar las más firmes convicciones y hasta abatirlas. Por algo estuvo prohibido en tantos tiempos y lugares de la historia. Es artero, un tanto mustio: muda su tono y el asalto lo encomienda por igual a magníficos argumentos o a un payasito saltarín. O, por lo menos, esta es la sensación que nos deja esta puesta de Enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. [1]

La primera sorpresa está a cargo del personaje central de la obra cuando, en un arrebato visionario, se alza furibundo contra la democracia: “esa mentira de que la voz del pueblo es la voz de la razón.” ¿Cómo es esto posible y qué significa? En principio, pensar que la democracia no es una panacea, o por lo menos el mecanismo más adecuado para hacer circular las libertades individuales, parece que debería provocar una conmoción. Conmocionado queda Stockmann cuando descubre que los balnearios, el tesoro del pueblo, están fatalmente contaminados y, al poco, cae horrorizado en la cuenta de que la infección de las aguas no es menos letal que el extravío moral de su sociedad: “He descubierto que la base de nuestra vida moral está completamente podrida, que la base de nuestra sociedad está corrompida por la mentira”.

Emulando el modelo de investigación científica de su propio personaje, el biólogo Stockmann, Ibsen parte del resquebrajamiento de las certezas en el campo de la ciencia y las desliza hacia lo social. A partir de ahí, el desarrollo no es menos sorpresivo. El autor descubre la etiología de una enfermedad social y hace un afilado diagnóstico de la dolencia: el verdadero elemento de podredumbre no es la corrupción política por sí sola, sino un fenómeno más amplio y corrosivo que es el achatamiento moral. Stockmann abomina de la democracia, esa excrecencia de la mayoría amorfa que es la plebe; pero puntualiza que los plebeyos lo son porque padecen la tara de la estupidez y de la uniformidad, “piensan lo que piensan sus superiores…, opinan lo que opinan sus superiores”: son plebeyos morales.

Aventurando aún más este juego taxonómico diríamos que Ibsen no sólo diagnostica la enfermedad (la corrupción moral) sino que nos muestra cómo inferirla de su síntoma paradigmático, a saber, la cerrazón individual y su contraparte colectiva: la censura con la que se fustigan unos a otros sin que medie juicio o argumento alguno. Los agentes infecciosos serían la uniformidad y la estupidez, y el caldo de cultivo por excelencia, el secreto de su eficacia virulenta: la invisibilidad. Y la invisibilidad sólo puede ser desbrozada por un microscopio que, en este caso, es la agudeza inteligente de Ibsen. Es más, también nos orienta hacia la posible curación cuando, cerrando la obra, Stockmann declara: “la mayoría tiene la fuerza, pero no la razón.”

¿Cómo interpretar este juego taxonómico en la actualidad? O, lo que casi es lo mismo tratándose de teatro: ¿cómo se pone en escena esta pieza?
Hincando el diente en el propio material dramatúrgico, David Gaitán nos regala una adaptación avispada cuyo atractivo mucho debe a la brillantez y técnica de los actores y creativos (visuales y sonoros). Y Gaitán mete su cuchara no sólo en la trama y desarrollo de la obra sino que también, para nuestro deleite, se plantea aquella pregunta primordial: ¿qué mecanismo, qué ojos nos están faltando para ver el virus que actualmente nos infecta? Y se lanza valiente a la tarea de transfigurarse en microscopio. La puesta nos muestra que en la modalidad actual la tara moral que nos lacra sigue siendo la estupidez y la cerrazón, pero ahora en su modalidad de intolerancia. Y también hay un pronóstico: el virus de la uniformidad se está propagando con tintes alarmantes de epidemia. Y también señala que en nuestro tiempo el principal caldo de cultivo del virus es, nada más pero nada menos que la propia visibilidad. Como buen microscopio torna visible lo invisible: que la visibilidad extrema de nuestra época es, lo mismo que la invisibilidad de los microorganismos, su mejor forma de camuflarse y potenciar su toxicidad. Hoy en día, ¿no es un privilegio ser visto?

Ya no se necesita la penetración filosófica de Foucault ni la perspicacia literaria de Orwell. Ahora, sin más, todos somos pequeños Big Brothers muy aplicados al observar, al vigilar y al juzgar… con la mayor rapidez posible. Estamos ocupadísimos observándonos unos a otros para no romper filas ni rasgar el uniforme, para mantenernos a raya, para censurarnos, para exorcizar el miedo a la diferencia. Eso sí: siempre bajo la consigna de no demorarnos demasiado en abstrusas fundamentaciones. Ahora que todos somos como ciudadanos del Salem de Miller, ahora que la persuasión no cabalga en argumentos sino en simpáticos paquetitos con el sello de “felicidad”, ahora que sabemos que podemos vomitar cuanto meme nos plazca con tal de ser vistos, ahora El enemigo del pueblo nos habla de una historia de nuestro tiempo.

* Actriz y directora de teatro.

[1] Enemigo del pueblo de Henrik Ibsen (adaptación de David Gaitán). Dirección: David Gaitán. Elenco: Compañía Nacional de Teatro. Teatro Julio Castillo (Paseo de la Reforma y Campo Marte s/n, Polanco Chapultepec, Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México) Horarios: jueves y viernes: 8 p.m., sábados: 7 p.m. y domingos: 6 p.m., hasta el 15 de enero. Posteriormente: consultar la cartelera.

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