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viernes 18 de octubre de 2019

Disfrutar del teatro para pensar

Por Emoé de la Parra**

Y de pronto, algo nos cimbra: en el segundo de un escalofrío (que dura cerca de setenta minutos) un resplandor vivo nos ciega desvelando contornos de una realidad que se antoja desmesurada: sólo hay aristas punzantes, formas retorcidas, colores fuertes y vivos. Con Desvenar8 estamos al lomo de un relámpago cuyo trueno postrero sólo llega para refrendar el alcance del fenómeno. Esta es la experiencia global en la que nos sumerge este espectáculo teatral que borda, mediante el chile, sobre la multiplicidad de facetas del México bronco. Y así, con una técnica que recuerda el expresionismo pictórico, la subjetividad de los creadores tiende túneles inimaginados con la nuestra y de buenas a primeras nos encontramos comiendo y contando chiles, es decir, repasando todos los signos de nuestra mexicanidad que a veces impone su picor o seduce con sus muchos sabores y siempre invita al albur, al pique, al orgullo, a la necesidad de torearla, desvenarla, devanarla… de tragársela a fuerza de licor alacranado o agusanado.

Al ritmo desenfrenado de machincuepas, bailes, canciones, combates coreografiados, rap y ritmos varios pulsados por una guitarra y la percusión de cuerpos y zapateados, el ingenio de los tres actores mueve la lengua, la habla (a veces salpicada de giros chicanos) y la exprime enchilada, borracha de aguardiente y de vida para luego festejarla de nuevo. Y en ese transcurrir sucede algo que llama la atención: esta obra de teatro se resiste a contar una historia, lo cual suena paradójico, contrario a su signo, casi una provocación. Por supuesto, hay trozos biográficos, lances y episodios en torno al tema de la migración y del amor, pero estas remisiones son pretextos en absoluto prescindibles para expresar otra cosa. Y es que los personajes no son los protagonistas propiamente, sino instrumentos expresivos mediante los cuales algo más se dice…

Sucede algo paralelo a lo establecido en últimas fechas respecto a El grito, el famoso cuadro de Munch: según Guilia Bartrum, curadora de Edvard Munch: love and angst, el personaje central no está gritando, sino escuchado horrorizado el grito general de una naturaleza lacerada. De igual modo, vestido por completo de colores patrios, lleno de sudor fresco todavía, el espectáculo Desvenar emerge –chirriante en la superficie, desgarrado en las entrañas– de las múltiples improvisaciones que tanto le habrán nutrido de incandescencia para hacernos oír el lamento de una llorona eterna, de una patria vencida, de un país ultrajado.

Cabe preguntarse, no obstante: ¿qué hace el mexicano?, ¿qué hacemos los mexicanos con ese grito? ¿Vitorear héroes? ¿Tomar las armas? ¿Deshollarnos? ¿Torear a la realidad como al chile? ¿Desvenarla como al chile? No, lo que hacemos es tragárnoslo completo con todos sus tonos y semitonos… tragárnoslo como el chile y, si nos enchilamos y lloramos ardidos haciendo aspavientos y exagerando la comicidad de nuestra situación, más ufanos nos sentimos.

Extraña condición, peculiar idiosincrasia la del mexicano enchilado: nace el regodeo, jugamos a torearnos, somos machos todos y todas, zapateamos; cuando estamos enchilados: nos engallamos.

Vanagloriarse de la propia ignominia parece, por lo menos, enigmático. Muchas mentes excepcionales se han ocupado del tema al investigar la escencia de lo mexicano: Samuel Ramos, Emilio Uranga, Leopoldo Zea, José Vasconcelos, Abelardo Villegas; de manera destacadamente penetrante Octavio Paz nos regaló una espléndida obra (El laberinto de la soledad), en la que ilumina con humor muy mexicano el funcionamiento de este, digamos, “orgullo” mexicano.

Me parece que Desvenar invita a una reflexión suplementaria: esta peculiaridad es tan anacrónica que puede representar un punto de resistencia ante ciertas tendencias actuales, porque no hay nada más ajeno al espíritu que hoy prevalece de obligado optimismo, de invitación a la asertividad, de entronización de lo banal, de esa consigna generalizada e inescapable de encontrar, a como dé lugar, eso que confusamente se llama “felicidad” y que muchos sospechamos que sólo es conformismo y alaraca sin sentido.

Esta “aberración” del mexicano podría erigirse en una piedra de toque para cuestionar, tarea que parece urgente, el sentido de esa filosofía de la alegría. A la manera oblícua del albur, nuestro orgullo por la autoconmiseración tiene un aspecto inexplotado y rico que obras de teatro como la que aquí reseño tienen la virtud de despertar.

“Comer chile duele, como ser mexicano”, dice uno de los personajes. Me gustaría añadir: el dolor del mexicano, como el sabor del chile y el talento de teatreros mexianos, puede hacer llorar para ver más claro…

** Actriz y directora de teatro.
8 Desvenar de Richard Viqueira, quien también dirige y actúa. Actuación: Valentina Garibay y Ángel Luna. Sala Xavier Villaurrutia. (Centro Cultural del Boque. Paseo de la Reforma, esq. Campo Marte s/n. Col. Chapultepec Polanco). Lunes y martes: 20 horas. Hasta el 22 de octubre.
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