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lunes 23 de septiembre de 2019

Disfrutar del teatro para pensar

Por Emoé de la Parra*

Cuando la realidad es atroz, la mejor denuncia es un retrato fiel. Y así como la buena imagen fotográfica está abarrotada de presencia y nos punza, nos lastima (Cfr. R. Barthes: La cámara lúcida), una puesta en escena rotundamente realista también nos mira directo a los ojos. Y entonces no hay escapatoria: se excluye toda catarsis, cualquier tipo de purificación y nos vemos obligados a mirar la escandalosa aspereza de los hechos.

En No volveré,1 los personajes nos interpelan con la franqueza de una confesión o de un desafío, justo porque la autora los deja ensimismadamente perdidos en su miseria. Por su parte, conmueve la delicadeza –diríase casi devoción– con la que la dirección y los actores velaron por no trastocarles ese destino. Por ello, su historia interesa menos como trama que como herida y el espectador los acompaña en sus aventuras otorgándoles una especie de carta blanca de simpatía. El enamoramiento de los dos viejos conmueve de manera profunda, entre otras cosas, por la facilidad con la que reconocemos en Marta y en Ismael rasgos de tantas personas que conocemos; nos condolemos con Aurelio porque los infortunios que le sobrevienen cuando decide emigrar a Estados Unidos son pan nuestro de todos los días; pero, curiosamente, cuando descubrimos que ha violado y sometido a su hermana, y que Marta la madre (personaje entrañable) ha consentido el atropello, nuestra simpatía sigue incólume (al menos a mí tales revelaciones no me movieron a disgusto ni a reprobación) porque lo que indigna son las circunstancias en que germinan conductas tan brutales como frecuentes.

El retrato realista es una forma con la que cumple el teatro con uno de sus muchos cometidos: el de la denuncia. Y una observación abierta y crítica difícilmente podría tener la eficacia de este retrato que nos obliga a considerar en serio la disyuntiva: ¿vamos a girar la cabeza hacia otro lado o acusamos recibo del reclamo?

El teatro también sale al encuentro de sus compromisos sociales cuando señala con dedo sonriente el incomprensible desvarío de un mundo que se obstina en rozar los linderos de su ruina. Hay momentos en que la humanidad está particularmente cochina y necesita un bañito de historia.

Una tortuga devenida mujer aparece a la mitad de un escenario para recordarnos que sin memoria estamos destinados al desastre. Por su longevidad y simpatía, también por su condición femenina pero, sobre todo, porque el autor de La tortuga de Darwin2 no tiene empacho en plantarla en momentos culminantes de la historia de los últimos dos siglos, la tortuga-personaje tiene la autoridad y sabiduría para recordarnos, por desgracia infructuosamente, los múltiples descalabros en que hemos incurrido. Su consigna involuntaria es contundente: la historia puede ayudarnos a pensar el presente y a imaginar el futuro, pero sólo a condición de recordarla. Embriagada de evidencia, Harriet Robinson (la tortuga) vive a trompicones desatando las peores pasiones: la avidez del profesor que intenta extraerle información, la impiedad con que la científica la somete a experimentación y la ambición bobalicona, pero feroz, de una mujer que sueña en explotarla como espectáculo. Situación delirante, comedia deliciosa.

En las últimas décadas la neurociencia ha sistematizado algunas nociones sobre las emociones que, de una forma u otra, las artes conocen y manejan desde hace siglos. Investigando sobre la manipulación de mentes y voluntades, sobre el falseamiento de la información y algunas de las abyecciones que de ahí emanan, se ha señalado el papel de los sentimientos en este proceso de adopción de credos y actitudes.

En No volveré nos irritan las circunstancias inadmisibles en la que están atrapados los personajes y nos penetran ideas y resoluciones, quizás de justicia, quizás de sublevación, que seguramente crecerán en nosotros casi casi que a nuestras espaldas.

En La tortuga de Darwin, por su parte, es la risa la que nos secuestra la conciencia y con levedad, mientras “jugamos”, nuestro intelecto acoge el mandato de no perder nunca de vista la historia. Y todo gracias al goce, a la especialísima habilidad de los cómicos, esos sacerdotes de todos los tiempos que han puesto a temblar a encumbrados personajes. La risa corroe y el talento subyuga: se cede “voluntariamente” al embrujo. En Paola Izquierdo, sobre todo, admiramos ese talento, esa destreza cómica –cimentada en una técnica muy bien forjada– y esa liviandad de personalidad que pisa fuerte y deja huella. “La risa siempre necesita un eco” (H. Bergson: La risa) y el concurso de un público riendo al unísono nos invita a celebrar el teatro, la vida y esa comunión que cada vez se antoja más deseable por escasa.

* Actriz y directora de teatro.
1 No volveré de Estela Leñero. Dirección: Ángeles Cruz y Alberto Lomnitz. Actuación: Julieta Ortíz Elizondo, Arturo Reyes, Fernanda Rivera y Bernardo Velasco. Ciclo teatral por la dignidad. Foro Sor Juana Inés de la Cruz. (Centro Cultural Universitario. Insurgentes Sur 3000). Horarios: consultar cartelera.
2 La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga. Dirección: Ginés Cruz. Actuación: María Elena Olivares, Paola Izquierdo y Miguel Romero. Teatro Sanata Catarina. (Jardín Santa Catarina 10, Coyoacán). Horarios: consultar cartelera.
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