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lunes 22 de julio de 2019

Disfrutar del teatro para pensar

Por Emoé de la Parra*

Allá por los años ochenta, durante una función de Hedda Gabler dirigida por Germán Dehesa, sucedió algo que nunca olvidaré. Cuando la protagonista dijo “me aburro soberanamente”, una espectadora replicó a voz en cuello: “yo también”. No fui de la misma opinión, pero desde entonces me quedó la inquietud de rumiar sobre el asunto, y ahora lo hago en ocasión de que esta obra del dramaturgo noruego está de nuevo en cartelera.1

Aquella vez me quedé muy desazonada porque cavilaba: si la propia protagonista se aburre, ¿qué podemos esperar los demás? Ahora ofrezco una respuesta cabal, aunque paradójica: Hedda Gabler no nos aburre porque nos ofrece una experiencia apasionante.

¿Pero por qué? ¿Y cómo?

Una mujer se aburre…

Para empezar, habría que cuestionar si nos aburrimos más las mujeres que los hombres… Yo pienso que sí, por lo menos en el marco de las convenciones tradicionales.

Es casi obvio y por lo mismo pueril señalar que en Hedda se encuentra el crisol de una rebeldía, de una liberación del destino, tan yermo y aburridísimo, tradicionalmente asignado a las mujeres. Pero además, en esta obra el aburrimiento se trastoca en resistencia y perturbación: del orden establecido, de los designios impuestos.

El personaje que nos presenta Ibsen es una mujer fría y egoísta cuya ferocidad la vuelve destructiva para sí misma y para los demás. Su desventura es patética en el sentido de que parece casi ridícula. Ella es patética porque sus sufrimientos interiores se topan con su cobardía social. Y es patética, casi escandalosa, su reacción ante el aburrimiento mortal que la abruma: se mata. Ambas cosas se antojan desproporcionadas, caprichosas: provocan disgusto.

En un primer acercamiento este hastío es el signo de una emancipación. Como muchas mujeres rebeldes, en Hedda Gabler conviven el miedo y el deseo de ser una mujer libre de convencionalismos. Además, la refinada crueldad que junto con un intelecto brillante Ibsen deposita en ella,  la emparentan con figuras icónicas de la mujer como prototipo de la bruja, del ser anómalo y disruptivo que por naturaleza trae consigo destrucción, una de las muchas facetas de la liberación (incluida la femenina).

Pero algo más se cuece en ese fastidio que a primera vista parece puramente circunstancial: algo “patético” de otra índole. Y es que  la declaración de Hedda no es tanto la expresión de un estado de ánimo como una pregunta sobre su existencia: “¿qué me ha pasado?” Ya no se reconoce por entero en el absurdo del mundo que la rodea porque, al igual que muchas mujeres, se ha atrevido a morder la manzana podrida de la inconformidad, pero también porque se enfrenta a la pregunta existencial por excelencia: cuál es mi destino.

Como en otras de sus obras, en este retrato social que Ibsen nos regala hay una especie de precisión irónica que trastoca su minucioso realismo, algo que lo descontrola, algo como un “crack” cristalizado en este personaje trasnochadamente romántico con tintes simbólicos difíciles de desentrañar. Hedda se aburre de un hilo, pero su desventura es también patética en el sentido del pathos del teatro griego: víctima de un encandilamiento que la subyuga, muere enceguecida por su afán de encontrar “alguna cosa iluminada por un rayo de belleza absoluta”.

En esta obra se vislumbra una especie de verdad que quizá sólo se deja apresar por una red de su misma naturaleza. Ya se sabe que hay “cosas” que sólo las metáforas permiten pensar porque lo hacen oblicuamente, como con disimulo, sin que la razón las espante; sólo ellas −las metáforas− pueden acercarse a esas verdades-pájaro que a veces se posan en las ramas descuidadas de una imagen.

 En este tenor propongo que Hedda, como toda mujer, es el hilo elástico y último en cuyos destellos relumbran, magnificadas, las tensiones de un tejido social que apesta a decadencia; es el hilo en cuya superficie conviven la resistencia más aguda y el punto de quiebre del resquebrajamiento definitivo de aquel tejido; el hilo que se inmola en la hecatombe que no puede contener. También propongo imaginar que Ibsen inaugura una fenomenología del aburrimiento como forma de resistencia que, dado nuestro panorama “cultural”, es como una llamada de atención. Pienso que tal vez, ante la vertiginosa oferta de entretenimiento que hoy priva, lo que deberíamos lamentar no es tanto la calidad de lo que se nos ofrece como el apremio con el que se nos empuja a “consumirlo”: sin dilación, a toda costa, sin cortapisas, sin distracciones. Tal vez el goce y el consumo atragantado no vayan juntos. Tal vez no sea necesario distraer al pensamiento de sus cavilaciones. Tal vez la meditación no es la antesala del suicidio. Tal vez del aburrimiento de esta mujer tan quejumbrosa podríamos extraer una moraleja que, emulando la máxima cartesiana, rezase: “Me aburro, luego pienso…”.

* Actriz y directora de teatro.
1 Hedda Gabler de Henrik Ibsen. Dramaturgia de Gabriela Guraieb a partir de la obra de Henrik Ibsen. Dirección: Angélica Roel. Actuación: Paloma Woolrich, Gabriela Zas, Verónica Bravo, Omar Medina, Iker Madrid y Jerónimo Best. Teatro Helénico (Av. Revolución, 1500, Col. Guadalupe Inn). Martes: 8:30 p.m. (hasta el 20 de agosto).
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