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domingo 16 de junio de 2019

Disfrutar del teatro para pensar

Por Emoé de la Parra*

 

Wenses y Lala1 no tiene desperdicio. Así lo ha expresado la crítica mediante múltiples premios, y el público, por su parte, no ha permitido que abandone la cartelera desde hace cinco años. Surge la inquietud: ¿por qué?, ¿cuál es la fórmula? ¿En qué estriba, en general, el éxito de una obra de teatro? Partamos de un hecho calamitoso: nuestra ciudad rebosa de puestas en escena cuyo público escasea, y todos los interesados –“teatreros” en la jerga– nos devanamos el seso y la imaginación buscando las palmas de “el respetable”.  Destacar la excelencia de una puesta no basta para esclarecer su eficacia, pero vale la pena meditar al respecto. Destaco algunas de las virtudes de la obra que da pie a esta reflexión porque, en mi opinión, aunque no son indispensables, muy a menudo concurren cuando se cierra el círculo virtuoso por el que una obra excelente –como sin duda lo es Wenses y Lala– encuentra al público que merece, ampliándolo constantemente.

Verosimilitud y mímesis. Ciertamente, no todo el teatro ha sido ni debe ser un retrato fiel de nuestra realidad, ni busca la identificación y fusión del espectador con los personajes y acciones representados, y ha habido movimientos teatrales de gran trascendencia que se orientan hacia un efecto distinto o francamente contrario –paradigmáticamente el efecto de distanciamiento (Verfremdungseffekt) de Brecht–, pero mucho del goce estético y del entretenimiento que ofrece el teatro deriva de una historia creíble con personajes entrañables.  En principio, la universalidad de una anécdota –como una historia de amor con sus reveses y prodigios– en carne que se parece mucho a la nuestra, mueve y conmueve pero, en rigor, si la identificación a rajatabla nos roba la conciencia y nos confunde el ánimo, si en el entramado de las peripecias avizoramos desazones propias, es porque los personajes y la historia están hechos con veracidad y valentía.

Hay obras que dejan preguntas y otras, certezas. En un primer acercamiento, Wenses y Lala nos deja con pocas perplejidades…, si no fuera porque no hay nada más turbador que transitar sin problemas de uno a otro de los pensamientos más íntimos de alguien más –de este par de enamorados–; si no fuera porque constatamos asombrados que los avatares de su historia nos importan casi como los nuestros. Y esta invaluable, casi prosaica cercanía, ¿de dónde proviene? En muy buena medida, del lenguaje.

Eficacia comunicativa. Un estilo llano es como una bocanada de aire fresco, y en Wenses y Lala el lenguaje se respira con harto placer.

A muchos nos irrita toparnos de pronto con construcciones lingüísticas farragosas que, seguramente en aras de un extraño prurito absolutamente innecesario, sustituyen expresiones que nos son propias y perfectamente correctas, por otras importadas de usos del español de otras latitudes –casi siempre el hispano– o del inglés americano. Así, en lugar de un “me parece que” nos topamos con un “encuentro que” –y me molesta mucho encontrarme  o toparme con él tan seguido–, y aunque podamos “encontrarlos” claros (si realmente el encuentro aclarase), nos parecen, o a mí me parecen, absolutamente artificiosos. A veces, incluso, me admiro de que no hayamos adoptado el horripilante leísmo de muchos hispanos.

En cuanto a la infuencia avasalladora del inglés en nuestro idioma, he constatado con sorpresa, por decir lo menos, cómo ciertos dramaturgos jóvenes han empezado a escribir –permítanme la expresión– “español en inglés”. Así, por ejemplo, veo con incomodidad cómo expresiones que nunca utilizamos coloquialmente, como “lo haré” –en lugar de “voy a hacerlo”–, han cobrado carta de ciudadanía con la indeseada consecuencia de distanciarnos de la acción. Ciertamente, esto es un reflejo de un fenómeno más amplio de transformación natural de la lengua, y muchos de mi generación añoramos nuestros sabrosos “buenos días” porque ahora, además de haber sido penosamente reducidos a la unidad, se nos desean vestidos de “lindo” o de “bonito”. Y estas sutiles modificaciones, aparentemente inocuas, afectan nuestra cosmovisión; así, cuando en lugar de la expresión normal y más amplia: “¿cómo te sientes?”, se utiliza un “¿estás bien? Deberíamos sospechar, al menos yo sospecho, que independientemente de la envergadura del infortunio que aqueja a un sufriente –por ejemplo, a un accidentado maltrecho–, se espera de él que asuma una actitud banalmente optimista; y en el teatro –ese megáfono de nuestras actitudes vitales– a veces esa importación sin aranceles de giros y vocablos produce un sesgo involuntariamente cómico o, al menos, cierto extrañamiento pernicioso.

Hay que desembarazarse de todo abigarramiento innecesario, sobre todo para preservar ese grado mínimo de inocencia que nos permita liarnos cuerpo a cuerpo con los personajes y las situaciones. Y esto, por lo menos esto, lo encontramos con brillantez en Wenses y Lala.

* Actriz y directora de teatro.
1 Wenses y Lala, de Adrián Vázquez. Dirección: Adrián Vázquez. Actuación: Teté Espinoza y Adrián Vázquez. Teatro Julio Prieto (Xola) (Xola 809, Col. Del Valle). Martes: 8.30 p.m. (hasta el 20 de agosto).
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