You dont have javascript enabled! Please download Google Chrome!
domingo 16 de junio de 2019

Discriminación multicultural

Janine M. Otálora Malassis*

Ser mujer, ser indígena

En nuestro país vivimos una época importante, de grandes logros en la igualdad entre las mujeres y los hombres. Los resultados de las elecciones de los últimos años han elevado notablemente la representación política de las mujeres en todos los niveles de gobierno, alcanzando la paridad en la integración del Congreso de la Unión. Estos avances,  resultado de la larga y difícil lucha feminista, son importantes y, con el tiempo, cambiarán a fondo la vida pública de nuestro país. Tenemos que celebrarlos y reconocerlos.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que aún persisten ámbitos y sectores de la población que no se han beneficiado de estos cambios. El incremento de la violencia política en razón de género es un obstáculo enorme que tienen que superar muchas de  las mujeres que quieren involucrarse en la actividad pública. La lucha contra los estereotipos, estigmatización, amenazas e, incluso, agresiones físicas y sexuales, alcanza a las mujeres que participan en la política en todos los niveles, en todos los partidos políticos y a lo largo y ancho del país.

Existe un grupo especial de mujeres, las mujeres indígenas y afromexicanas, que se enfrentan a condiciones aún más complejas en el ejercicio de sus derechos, tanto en el interior como fuera de sus comunidades, y tienen que superar, además, enormes desigualdades estructurales. La interseccionalidad propia de las mujeres indígenas genera condiciones especiales y distintas de las que viven las mujeres pertenecientes a otros grupos o de las que viven los hombres indígenas.

En nuestra sociedad, ser mujer es una característica que todavía conlleva condiciones especiales y peligros adicionales en comparación con la mitad masculina: las mujeres somos más vulnerables a la violencia, a la pobreza, los trabajos precarios y la falta de seguridad social (Coneval, 2017). Ser indígena es otra de las características que en México coloca en desventaja a gran parte de la población, dificultando su acceso a la educación y a los servicios del Estado, incrementando la posibilidad de sufrir pobreza y discriminación (Gutiérrez, 2015). Cuando las dos características convergen, las mujeres indígenas se enfrentan a dinámicas altamente complejas que perjudican su ejercicio de los derechos políticos y su capacidad de desarrollar una vida plena.

El contexto que viven las mujeres indígenas y afromexicanas, expuestas a la discriminación por motivos de género, de clase, de etnia y racismo, genera discriminaciones múltiples y complejas, que exigen del Estado mexicano atención y solución. Su situación particular –la necesidad de enfrentarse a la sociedad en general y a su propia comunidad en la lucha por la plenitud de sus derechos– requiere de medidas especiales y de una sensibilidad al mismo tiempo feminista y multicultural.

Contra la sociedad y contra la comunidad

Si bien la Constitución de nuestro país reconoce tanto el derecho de los pueblos y comunidades indígenas a la autodeterminación como la igualdad entre mujeres y hombres, la puesta en práctica de estos dos ideales ha sido compleja.

A casi 20 años de la reforma al artículo 2o. constitucional, muchas entidades federativas aún tienen pendiente la regulación de las elecciones por sistemas normativos internos. Son escasos los lugares donde las personas indígenas cuentan con representación ante los órganos municipales o integran las autoridades estatales. Las barreras lingüísticas y culturales, así como la falta de recursos, dificultan su lucha por la plenitud de derechos. En este contexto, y ante la ausencia de otros mecanismos legales, la actuación del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ha sido clave para garantizar su derecho a elegir a sus autoridades a través de mecanismos tradicionales, a integrar el Congreso federal, o a acceder a la justicia.

El Tribunal ha sido clave también en la protección de los derechos individuales de las y los integrantes de las comunidades, al emitir criterios que obligaron a respetar los derechos de participación política de las mujeres, tanto como votantes como candidatas. Algunas decisiones fueron particularmente relevantes para abrir la puerta al acceso de las mujeres a los cargos, como por ejemplo la de San Bartolo Coyotepec, Oaxaca, donde se anuló una elección en la que se impidió la postulación de las mujeres (SUP-REC-16/2014).

La intervención del Tribunal, al igual que el involucramiento de organizaciones civiles, en ocasiones son percibidas por las propias comunidades como una imposición externa, la cual, a su vez, tiene como consecuencia el rechazo de las medidas o de la idea de la igualdad. Con frecuencia las mujeres que han osado oponerse a las costumbres y recurrir a las instancias del Estado son consideradas como elementos desintegradores y ajenos a su lucha, vinculados a “valores externos” o “valores occidentales” que buscan imponer los derechos individuales sobre los derechos comunales (Tauli, 2015, punto 13). De esta forma, la lucha de las mujeres indígenas se desarrolla en dos frentes: ante el Estado y la sociedad, cuestionando las visiones universalistas que descalifican los derechos colectivos y culturales por estimarlos opresivos para las mujeres, y ante las propias comunidades, desarrollando estrategias para incluir una visión con equidad de género en su interior (Sierra, 2013, p. 239).

Esta situación y la doble lucha de las mujeres indígenas evidencian que el contexto en el que viven y los retos a los que se enfrentan distan significativamente de los vividos por las mujeres pertenecientes a otros grupos. Las experiencias, las necesidades y las prioridades de las mujeres indígenas son diferentes y complejas, y requieren de soluciones propias. Es más, debemos reconocer que las mujeres indígenas tampoco son un grupo uniforme y que, en su interior, podemos encontrar diferencias importantes entre ellas, derivadas de la posición económica, nivel educativo o profesional, que también afectan las condiciones de vida y sus experiencias.

Las complejidades no pueden ser atendidas a través de mecanismos simples. Las recetas que han funcionado en algunos ámbitos –como las cuotas de género y el principio de paridad que permitieron equilibrar la representación política en los cuerpos legislativos– no necesariamente tendrán el mismo impacto positivo en otros niveles de gobierno. Tal es el caso de los ayuntamientos, donde todavía no logramos la paridad.

La diversidad de los contextos de las comunidades indígenas, muy distintos entre sí en cuanto a su cosmovisión, tradiciones y costumbres, exige que diversifiquemos las políticas públicas con las que pretendamos contribuir al fortalecimiento de los derechos de las mujeres indígenas y afromexicanas. Establecer modelos únicos y uniformes, desde la perspectiva occidental, de los roles de género y modificaciones de éstos que buscan las sociedades modernas, conlleva el riesgo de una nueva discriminación, de una actitud paternalista, ciega ante la experiencia del racismo, exclusión y colonialismo que sufren las mujeres indígenas y afromexicanas.

No podemos simplemente trasladar los estándares de participación y representación femenina, que aún estamos reconstruyendo en la cultura occidental, a las estructuras y tradiciones existentes en las comunidades. El hacerlo genera rechazo de las comunidades –al ser visto como algo ajeno a su tradición y cultura– e, incluso, de las propias mujeres que no quieren ser salvadas de las cadenas opresoras de la tradición indígena, sino encontrar apoyo para su propia lucha por la igualdad, que no siempre pretende romper con la tradición.

Aquí debe recordarse que, al contrario de muchos estereotipos vigentes en nuestra sociedad, muchos de los patrones machistas existentes en las comunidades que discriminan y violentan a las mujeres, no derivan directamente de la cosmovisión indígena sino de las conductas impuestas durante la Colonia, que se reafirmaron en el periodo poscolonial. La dualidad de lo masculino y lo femenino propia de la cosmogonía indígena, fue desplazada durante la colonización por nuevos principios occidentales, entre ellos, los patrones patriarcales. Como señaló Cumes, la colonización oprimió a los hombres indígenas en el mundo público, pero los empoderó en lo privado (Cumes, 2012, p. 12).

Por ello la lucha por los derechos de las mujeres indígenas está íntimamente vinculada con las reivindicaciones poscoloniales, que abogan por el reconocimiento del pluralismo jurídico. También por ello el feminismo académico u occidental no necesariamente corresponde con las perspectivas y necesidades de las mujeres indígenas y afromexicanas.

Construyendo feminismo multicultural 

La doble lucha de las mujeres indígenas –en el interior de sus comunidades y frente al Estado– exige otras perspectivas y herramientas que se hagan cargo de las particularidades de sus contextos y necesidades.

Las identidades de las mujeres indígenas y afromexicanas derivan de diversos contextos, historias y culturas que definen su percepción de los roles de género y modelan las alternativas y posibilidades de cambio en ellos. Ante esta situaión, es necesario encontrar nuevos referentes de la igualdad, que no exijan un rompimiento con la tradición sino que se inserten en la diversidad cultural de los pueblos y comunidades indígenas, y reconozcan su cosmovisión (Sierra, 2013). Debemos encontrar las identidades femeninas que correspondan con la diversidad cultural y social, las jerarquías sociales, la exclusión, el racismo, el sexismo y la discriminación, así como las múltiples formas de desigualdad y sus interconexiones contextuales (Ströbele–Gregor, 2013, p. 76).

Es necesario romper con el esquema que culpa exclusivamente a las comunidades, su cosmovisión y tradiciones, por la exclusión y la desigualdad de género. Esa perspectiva que niega la responsabilidad del Estado y de la sociedad pone a las mujeres indígenas y afromexicanas ante un falso dilema y necesidad de elegir  entre “su cultura o sus derechos”, como si existiera una sola manera correcta de ser feminista y de lucha por la igualdad, y que ésta implicara la necesidad de romper de tajo con la tradición indígena. Cito aquí a Judith Butler, quien reconoce la pluralidad de identidades y luchas por la igualdad al señalar que “Cualquier teoría feminista que restrinja el significado del género en las presuposiciones de su propia práctica establece normas de género excluyentes en el seno del feminismo” (Butler, 2001, p. 9).

La ruta hacia la igualdad de la mujeres indígenas y afromexicanas transita, necesariamente, por el reconocimiento del pluralismo legal y cultural propio de nuestro país. Debemos abordar el tema desde la perspectiva multicultural, reconociendo las instituciones propias del derecho indígena y la evolución que éste sigue. Temos que encontrar los equilibrios entre el respeto a la autonomía indígena y la protección tanto de los derechos individuales como de los principios constitucionales que protegen los derechos individuales. Más que imponer esquemas y soluciones, debemos incrementar la influencia de las mujeres en la creación y modificación de su propia cultura, en el ejercicio del derecho a la autodeterminación indígena y dentro del esquema de pluralismo legal (Kymlicka y Rubio–Marín, 2018).

En otras palabras, debemos transitar hacia un feminismo multicultural que, por un lado, reconozca las distintas identidades de género que surgen en diversos contextos culturales y, por el otro, acepte la diversidad de estrategias de lucha por la igualdad de género, asumiendo que algunas de ellas no sean necesariamente de corte feminista. Es necesario tomar en cuenta las características particulares de diversos grupos de mujeres, como la etnia, clase o religión, que son factores relevantes para la formación de las relaciones políticas, económicas, sociales y familiares. En ello, debemos abandonar el “colonialismo discursivo” que coloca a las mujeres indígenas en un papel de víctimas, subordinadas e incapaces de luchar por sus propios derechos, para apoyar sus esfuerzos desde la sociedad y desde las instituciones del Estado.

Ahí, me parece, ante todo queda la necesidad de entender la situación particular de las mujeres y de sus comunidades, para poder tomar mejores decisiones y contribuir a la construcción de la igualdad. Así hemos trabajado en el Tribunal Electoral, recurriendo con frecuencia a los estudios antropológicos y otros mecanismos que nos permitan comprender las tradiciones y costumbres de las comunidades antes de tomar decisiones que van a afectar su vida política. Me parece que ese entendimiento y el reconocimiento del valor de la cultura indígena nos permiten apoyar a las mujeres indígenas en la enorme tarea de demandar al Estado el respeto de los derechos colectivos de sus pueblos y, al mismo tiempo, disputar, en el interior de sus comunidades, el respeto de sus derechos como mujeres.

Es así como podemos lograr la auténtica emancipación de las mujeres indígenas y afromexicanas en sus contextos propios: abriéndonos a un diálogo intercultural, rompiendo con las actitudes paternalistas que pretenden imponer valores, y reconociendo a las mujeres indígenas como agentes en sus propias luchas por la igualdad.

Referencias

Butler, Judith (2001), El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, México: Paidós y PUEG/UNAM.

Coneval (2017), Pobreza y Género en México: hacia un sistema de indicadores, Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, disponible en <https://www.coneval.org.mx/Medicion/MP/Paginas/Pobreza-y-genero-en-Mexico-2010-2016.aspx>.

Cumes, Aurea Estela (2012), “Mujeres indígenas, patriarcado y colonialismo: un desafío a la segregación comprensiva de las formas de dominio”, en  Anuario Hojas de Warmi, núm. 17.

Gutiérrez Chong, Natividad (2015), Ser indígena en México. Raíces y derechos. Encuesta Nacional de Indígenas, UNAM: IIS.

Kymlicka, Will y Ruth Rubio–Marín (2018), “The Participatory Turn in Gender Equality and its Relevance for Multicultural Feminism”, en Gender Parity and Multicultural Feminism. Towards a New Synthesis, Oxford: Oxford University Press, disponible en <https://www.academia.edu/37669920/The_Participatory_Turn_in_Gender_Equality_and_its_Relevance_for_Multicultural_Feminism_2018_>.

Sierra, María Teresa (2013), “Redefiniendo los espacios de género desde la diversidad cultural: Las mujeres indígenas frente a la justicia y los derechos en México y América Latina”, en Juliana Ströbele-Gregor y Dörte Wollard  (eds.), Espacios de género, Buenos Aires: Fundación Friedrich Ebert y ADLAF.

Ströbele–Gregor, Juliana ((2013), “Conquistando ciudadanía con enfoque de género”, en Juliana Ströbele–Gregor y Dörte Wollard (eds.), Espacios de género, Buenos Aires: Fundación Friedrich Ebert y ADLAF.

Tauli Corpuz, Victoria (2015), Informe al Consejo de Derechos Humanos de la Relatora Especial sobre los derechos de los pueblos indígenas, 30º periodo de sesiones. A/HRC/30/41, 6 de agosto de 2015.

* Magistrada de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
error: Alert: Content is protected !!