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Lunes 12 de noviembre de 2018

De Tlatelolco a Ayotzinapa

Humberto Musacchio*

Eran las cinco de la tarde cuando los contingentes empezaron a entrar en la avenida Cinco de Mayo para desembocar en el Zócalo. El grueso llegaba desde Tlatelolco y otros grupos arribaban por avenida Juárez y desde el sur por el Eje Central.

Este 2 de octubre de 2018, grupos de muchachos jovencísimos gritaban “¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir!”, como si en esta época, en plena Ciudad de México, no hubiera cada día varias manifestaciones callejeras. En fin, era el descubrimiento, ciertamente tardío, de una libertad conquistada hace medio siglo al costo de innumerables vidas y años de prisión política de estudiantes y profesores.

Otra consigna igualmente vieja sonó con insistencia: “¡Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche gobierno se tiene que morir!”. Carlos Ortiz Tejeda, que andaba por ahí con la misma prestancia de hace cincuenta y tantos años –cuando quemó la bandera gringa frente al Hemiciclo–, pregunta si el “pinche gobierno” es el actual o el que empieza el próximo 1º de diciembre. Nadie responde y la chamacada sigue con su mecánica cantaleta.

Por supuesto, todos y todas –como ahora se dice por equidad de género– repetían en forma incesante para que el mundo entero lo oyera: “¡Dos de octubre no se olvida, dos de octubre no se olvida!”. Sí, porque precisamente la manifestación se realizó en esa fecha que marca el momento más trágico del movimiento estudiantil de 1968.

Los muchachos de la Normal de Ayotzinapa desfilaron en actitud hierática, con la mirada perdida en un futuro imprevisible. Ayer y hoy, los empuja la convicción, la certeza de que hallarán a sus compañeros secuestrados en Iguala por las autoridades en una noche tan triste como la de Tlatelolco. “La lucha sigue y sigue”, gritan a todo pulmón. Son estudiantes pobres entre los pobres. Su escuela es un muestrario de inopias, sin material didáctico, frecuentemente sin maestros, sin presupuesto. Los internos duermen en el suelo, comen lo que pueden y cuando el hambre aprieta salen a pedir cooperación. No hay de otra. Sus acciones están dictadas por una necesidad de elemental sobrevivencia. Al gobierno le preocupa su activismo, no sus míseras condiciones de existencia.

Un contingente altamente disciplinado, serio y con rigurosa organización es el de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, a la que pertenece Ayotzinapa. Los chamacos desfilan ordenadamente, despliegan sus mantas y elevan sus pancartas con cuidado para que todo mundo las vea y las lea; gritan enjundiosos sus consignas y por momentos musitan a coro algo incomprensible, como un ensalmo, un mantra, un canto semimudo que parece expresar la solidaridad con sus muertos –Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, entre otros– y la decisión de seguir caminando para apropiarse de una vida sin tanta pobreza y sin tanto dolor como la de sus padres y abuelos.

En algún momento dejan de entrar manifestantes al Zócalo. Parecen haberse detenido en Cinco de Mayo, y sí, en efecto, la provocadora agresividad de los “anarcos” suscita un zipizape que afortunadamente no llega a mayores, aunque varios comercios sufren el saqueo de estos delincuentes y el vandalismo que rompe aparadores y pintarrajea los muros. La pandilla lumpen se oculta bajo pasamontañas, pese a que los organizadores de la manifestación advirtieron de que no se admitirían encapuchados. Y la policía –bien, gracias– es incapaz de reconocer y detener a estas bandas vestidas de negro, metidas en las protestas para que, de ser necesario, las autoridades y los medios a su servicio acusen a los manifestantes por los desórdenes o se justifique la represión de quienes marchan pacíficamente. El ardid es viejo.

Cerrada la avenida Cinco de Mayo por la canalla seudoanarquista, los contingentes toman la calle 16 de Septiembre como puerta de entrada al Zócalo. Durante poco más de tres horas estuvieron llegando a la Plaza de la Constitución grupos de universidades públicas y privadas, del Politécnico y Chapingo, de la Nacional de Maestros, la Normal Superior y otros centros de estudio. En la masa, jóvenes al fin, se alterna el franco jolgorio con las sonrisas tímidas y las expresiones de pesadumbre, decisión, luto…

El caudal humano entra a la plaza y en la mayoría de los casos no se queda a oír los discursos, como ocurría en otro tiempo. La mayoría de los contingentes llega, se desperdiga y se va. Por eso en ningún momento se llenó la gran explanada, aunque hubo suficiente gentío para ocuparla por completo.

La copiosa asistencia de mujeres, en no pocos casos al frente de sus escuelas, como lideresas, es un golpe contundente a la misoginia. Entre las ganancias del 68 está la incorporación masiva de alumnas y maestras al movimiento social, al de entonces y al de ahora. Y no participan calladas ni dóciles, son las mujeres del futuro que ya no están atrás de los hombres, sino a su lado. ¡Ah, si las vieran Leona Vicario, Sor Juana, doña Josefa y tantas heroínas nuestras!

Entre los primeros en llegar hasta el templete montado al pie del Palacio Nacional abundan los rostros solemnes, las testas encanecidas o ya calvas, los rostros arrugados que parecen decir: ¡Aquí estamos! Seguimos en la pelea, queremos justicia, merecemos un México menos desigual, menos sangriento, con estudio y empleos al alcance de todos (y todas, queridas feministas).

Hay un reencuentro con los compañeros de hace medio siglo, los amigos de juventud. La legión de las cabezas blancas es también un complejo de emociones encontradas, pues junto al orgullo de marchar nuevamente, de estar vivos y en la pelea, se agolpan los recuerdos de aquellas jornadas en las que muchos, si no es que todos, queríamos ser héroes; de los días en que las cárceles estaban repletas de presos políticos, como los dirigentes del movimiento ferrocarrilero, los líderes de la huelga camionera de la línea Peralvillo-Cozumel, los integrantes del trotskista Partido Obrero Revolucionario, el grupo encabezado por Víctor Rico Galán y Rolf Meiners, los jóvenes miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria Estudiantil a quienes se atribuía la voladura de la estatua de Miguel Alemán, sí, aquella mole que proyectaba su ominosa sombra sobre la Ciudad Universitaria y que en buena hora fue expulsada del campus.

En las cárceles de los estados era numerosa la población de campesinos que habían participado en una toma de tierras o que cultivaban parcelas míseras en terrenos ajenos; ahí estaban –y están– los que habían osado protestar contra el despojo de su triste patrimonio, contra el asesinato de sus líderes, de sus camaradas, de sus familias.

Gustavo Díaz Ordaz, empeñado en pasar a la historia como el carcelero mayor de los mexicanos, atiborraba la siempre sobrepoblada cárcel de Lecumberri con pecadores políticos, seres heterodoxos que no creían en las bondades de un gobierno criminal. Durante más de dos meses, con una persistencia que debieran emplear para combatir el crimen, policías de a pie, granaderos brutales –valga la redundancia–, torvos agentes secretos, los torturadores de la Dirección Federal de Seguridad y los militares –“nuestros heroicos Juanes”, les llamó el sátrapa–, se dedicaron a perseguir, golpear, detener, herir y matar a muchachos que habían decidido ejercer los derechos de expresión, imprenta, reunión, manifestación y otros que concedía la Carta Magna.

De fines de julio a octubre y aún después, decenas de estudiantes y no pocos profesores, al igual que varios dirigentes y miembros del Partido Comunista Mexicano, se convirtieron en presos políticos, todos ellos acusados por los delitos que se le ocurrían al Ministerio Público y que sin pruebas ni averiguación alguna daba por buenos el siniestro Eduardo Ferrer Mac Gregor, juez de consigna que en 1974 fue trasladado a Oaxaca para evitar el escándalo, pues, tan cumplido a la hora de encarcelar a inocentes, también se dedicaba a proteger a narcotraficantes. Todo un emblema de la corrupción judicial.

Para las cabecitas blancas que marcharon el pasado 2 de octubre, son inolvidables aquellas escenas de hace media centuria en que policías uniformados o de civil la emprendían a golpes contra algún estudiante al que cobardemente “echaban montón”. Igualmente tristes son las muchas fotos en que “nuestros heroicos Juanes” apuntan sus fusiles contra jóvenes inermes y golpean y vejan a estudiantes.

Los movimientos estudiantiles suelen caer en el olvido. Así ocurrió con la huelga de politécnicos y normalistas de 1956, con la gesta autonomista de 1929 o con el movimiento por la Universidad Libre de 1875. Más hundidas en la amnesia social están las rebeliones estudiantiles de la época colonial, que también las hubo. Por eso mismo, resulta admirable que el movimiento de 1968 permanezca en la memoria de las nuevas generaciones. Puede ser una imagen borrosa o poco fiel, pero ahí está porque abundan las razones para no olvidar.

En 1968 se vivió una fiesta libertaria protagonizada por la juventud estudiosa. Las manifestaciones fueron un extraordinario despliegue de risas, ingenio y energía. En ese año mágico de rock y canción de protesta, de la irrupción de los anticonceptivos y la libertad erótica, de la minifalda y el pelo largo, empezaba a masificarse la enseñanza universitaria. De ahí que en el mundo estallaran las movilizaciones estudiantiles y que por primera vez, como quería Alfonso Reyes, los mexicanos fueran contemporáneos de todos los hombres, por lo menos los jóvenes, que ya era bastante.

Hasta la saturación, en estos meses de 2018 los medios impresos, la radio, la televisión e internet han revivido lo que ocurrió en 1968. Son historias donde se mezclan los hechos más conocidos con inexactitudes flagrantes, el realismo más descarnado con la leyenda, el sueño y la invención. En el mismo tenor se han ofrecido obras de teatro, exposiciones de fotos o de pintura, ciclos de cine, coreografías, conciertos de rock o de música clásica. La fantasía interpreta la realidad y la preserva.

Si en Tlatelolco el movimiento fue derrotado a sangre y fuego, lo cierto es que no pudo ser vencido, pues en 1969 se derogaron los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, se puso en libertad a Demetrio Vallejo y Valentín Campa, fueron despedidos los jefes policiacos Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecero y en los primeros años setenta fueron liberados los restantes presos políticos. No se lograron la indemnización a las familias de nuestros muertos, la desaparición del cuerpo de granaderos ni el deslinde legal de responsabilidades, aunque hoy todos sabemos quiénes ordenaron los asesinatos y otros hechos represivos.

Obligado por las circunstancias, Luis Echeverría, el presidente que sucedió a Díaz Ordaz, habló de realizar una apertura democrática, cancelada por la matanza del 10 de junio de 1971 y por la guerra sucia de Guerrero. Sin embargo, con el siguiente mandatario, José López Portillo, se reconocieron los derechos políticos del Partido Comunista Mexicano, que obtuvo para la izquierda representación parlamentaria. El movimiento social tomó las calles y ocupó las plazas, la prensa fue ganando pluralidad y la radio se abrió plenamente a la información en los sismos de 1985. Esas son algunas de las victorias mediatas del movimiento social que arrancó en 1968 y que bajo diversas formas ha seguido presente y actuante.

Por supuesto, no está ausente el afán denigratorio, pero lo sorprendente es que cincuenta años después se mantenga la convicción de que en el 68 hubo un gran despliegue juvenil por la democracia, por las libertades ciudadanas, por oxigenar la asfixiante atmósfera de un sistema político que el pasado 1º de julio fue sepultado por una avalancha de votos. Lo más plausible es que, en este 2018, la violencia de Estado fue vencida por medios legales y pacíficos. Ignoramos lo que vendrá, pero ya nada será igual. Nuestros muertos triunfaron.

* Periodista
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