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Miércoles 20 de junio de 2018

De la primavera  al invierno 

Marianna Lara Otaola*

En los últimos días, la mirada internacional se ha volcado a Medio Oriente. Los ataques entre Israel y Palestina se han intensificado a raíz de que Estados Unidos trasladara su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, un acto de reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y, con ello, la anulación del Estado palestino. Sin embargo, lo que podría convertirse en la cuarta intifada palestina se enmarca, y parcialmente se explica, en los recientes acontecimientos de Siria.

Desde 2011 Siria está sumergida en una guerra. Entre los procesos políticos y sociales vividos por los países de la región que promovieron la Primavera Árabe, Siria ha sido el más afectado en vidas humanas y destrucción de riqueza. La intervención de potencias mundiales y regionales ha agudizado y complejizado el conflicto.

La Primavera Árabe fue un despertar de la sociedad civil en Túnez, Libia, Egipto, Baréin, Yemen, Siria, Mali, Nigeria e Irak. Comenzó a finales de 2010 y principios de 2011 en Túnez, donde el movimiento social que se desencadenó después de la inmolación de un joven descontento con su situación económica y social, tomó fuerza a través de redes sociales, que llevaron a marchas masivas y, por fin, al derrocamiento del presidente. Este escenario se replicó de distintas formas en otros países de Medio Oriente, con la finalidad de cambiar el statu quo y promover un cambio de régimen.

Los resultados han sido muy variados a lo largo de la región.

Túnez cambió de régimen y avanzó en su democratización, aunque el radicalismo islámico tiene una presencia importante en el país.

En Libia hay un vacío de poder, ocasionado por la derrota y posterior ejecución de Muamar Gadafi; además de estar azotada por una guerra civil, el Estado Islámico (EI) ha logrado controlar yacimientos de crudo y parte del territorio, incluso recientemente atacó a la comisión electoral para obstaculizar la organización de las elecciones nacionales que se llevarán a cabo a finales del año.

En Egipto, tras el derrocamiento de Hosni Mubarak, los militares tomaron el control y se han legitimado mediante elecciones manejadas y manipuladas; el actual presidente Abdulfatah al Sisi llegó tras un golpe de Estado y se reeligió para un segundo mandato en abril pasado, con poco más del 90 por ciento de los votos.

En Baréin, los chiitas, que promovieron su Primavera Árabe, han sido excluidos por el gobierno sunita de la vida política del país.

En Yemen continúa la guerra civil, los rebeldes hutíes del norte siguen luchando por espacios en la vida política, económica y social, mientras que las autoridades sunitas los relegan y combaten con el apoyo de Arabia Saudita.

Así como hubo países que vivieron la Primavera Árabe, otros detuvieron el contagio de los movimientos de cambio de régimen con mecanismos económicos y políticos, sobre todo las monarquías de Medio Oriente. Por ejemplo, Qatar aumentó los salarios, lo cual fue relativamente fácil gracias a los altos precios del crudo en 2012-2014; Jordania impulsó una agenda nacional para dar cabida a la pluralidad política; Arabia Saudita realizó reformas a favor de algunas libertades para la mujer; Omán fortaleció el Parlamento; Marruecos aumentó los poderes del jefe de gobierno y redujo los del monarca.

Sin duda, los procesos políticos y sociales detonados por la Primavera Árabe han sido variados. Siria se ha convertido en el foco principal de Medio Oriente, pues su Primavera tuvo el desenlace más funesto, con millones de desplazados, refugiados y muertos. Pasó de un movimiento contra el régimen chiita de Bashar al Assad a una guerra civil, que se inició en 2011 y, cuando se agudizó, el EI intentó establecer un califato. En 2014, ante la proclamación del califato y su crecimiento en Siria e Irak, surgió una coalición internacional liderada por Estados Unidos para detener al EI. Al año siguiente, 2015, con el mismo objetivo Rusia decidió dar apoyo militar al régimen de Bashar al Assad, para recuperar del EI ciudades clave como Alepo.

Con las intervenciones de Estados Unidos y Rusia, poco a poco la guerra se volvió proxy. Inicialmente, el régimen y las dos potencias mundiales de la Guerra Fría tenían un objetivo común, pero en la medida en que fueron replegando y deteniendo la expansión del Estado Islámico y que potencias regionales –Turquía, Irán, Arabia Saudita e Israel– comenzaron a tener un papel activo en el tablero, cambiaron los intereses nacionales e incentivos de largo plazo de los jugadores. Cuando al Assad recuperó territorios y fortaleció su poder político y militar con el apoyo de Rusia e Irán, Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente comenzaron a atacarlo.

Antes de la guerra civil, Siria tenía importancia geopolítica para Estados Unidos por su cercanía a Israel y para Rusia por la base naval de Tartus. Por distintas razones, los demás países de la región resultaban mucho más relevantes que Siria para estas potencias mundiales. Irán, con mayoría chiita, siempre ha sido un aliado de Rusia, no solo en cuestiones económicas sino también militares. Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos han sido valiosos para Estados Unidos por su reserva de hidrocarburos y como contrapeso al régimen chiita iraní, que a los ojos de Occidente es revisionista. Siria no cuenta con reservas de hidrocarburos como sus vecinos, pero sí con infraestructura de almacenamiento y distribución, además de tener salida al Mediterráneo.

Como se dijo, cuando el EI perdió fuerza en Siria y Bashar al Assad recuperó poder, los objetivos de los actores internacionales cambiaron. A Rusia, por un lado, le interesa reconstruir y controlar los gasoductos, terminales de almacenamiento y refinerías ubicados en Siria. El presidente al Assad ha acordado con Vladimir Putin que las concesiones y contratos serán para Rusia. De suceder así, esta potencia controlaría las principales rutas de exportación de hidrocarburos a Europa, considerando que actualmente tiene el Nord Stream (acceso por el mar Báltico) y el Turk Stream (acceso por el mar Negro). Aparte, Rusia busca ampliar su base militar, lo cual le permitiría profundizar sus lazos económicos y comerciales con Europa y África, y expandir así su dominio en el este del Mediterráneo, ambición que ha tenido desde el siglo xix.

Estados Unidos busca derrocar al régimen de al Assad porque, al ser alauita (una secta de los chiitas), guarda una alianza política, militar, energética, económica y religiosa con Irán. Derrocándolo debilitaría a Irán, que busca convertirse en el poder hegemónico regional. Recientemente, Estados Unidos ha tomado medidas contra Irán para desgastarlo y reducir u obstaculizar el apoyo que brinda a Siria: le impuso nuevamente sanciones, se retiró del acuerdo nuclear y lo acusa de incitar la violencia en Israel a través de Hamás.

Además, así como existe el proyecto ruso-iraní-sirio para el transporte de hidrocarburos al sur y este de Europa, Estados Unidos ha apoyado la propuesta de Qatar, que implica unir la red de suministros de Arabia Saudita, Jordania, Turquía y Siria. Asimismo, busca que las monarquías del Golfo permanezcan fuertes y de su lado, como contrapeso a las fuerzas militares de Irán, para limitar la creciente presencia rusa en la región, la influencia iraní en Siria y la yihad (Estado Islámico y Al Qaeda).

Respecto a las potencias regionales, son reactivas ante el vacío de poder y el avance que uno u otro pueda tener. A Irán le interesa sostener el régimen sirio actual por la alianza existente, que le permite tener control y acceso a sus recursos. Ahora que el EI ha perdido fuerza, se ha creado un vacío de poder, el cual Irán busca ostentar en la región, sobre todo en Siria, su aliado histórico y natural. En la medida en que Irán interviene en Siria, en las otras potencias regionales crece la necesidad de posicionarse y evitar la hegemonía regional iraní.

Israel por ahora se ha mantenido al margen, pero en caso de agudizarse el conflicto en Siria, apoyaría a Estados Unidos.

Turquía, principal receptor de refugiados dentro de la región, se ha involucrado en la guerra para proteger su interés nacional. Con la llegada de kurdos del norte de Siria, la población separatista ha tomado mayor fuerza política y social, ya que se estima que ha forjado lazos con el Partido de los Trabajadores Kurdos de Turquía. La posibilidad de una región kurda es considerada una amenaza para la integridad del Estado turco. Por ello, ha roto con la tradicional postura de política exterior de no tomar partido en los conflictos regionales. Incluso, se ha distanciado de Estados Unidos por su apoyo a los kurdos sirios contra el EI.

Por su parte, Araba Saudita, si bien busca la hegemonía regional y conservar su cercanía con Estados Unidos, ha tenido un nuevo e histórico acercamiento con Rusia. El afán saudí y ruso de empujar los precios del crudo disminuyendo inventario, así como el resto de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, ha acercado a los dos países para cooperar en asuntos energéticos, económicos y militares. Aunque están en bandos opuestos en la guerra, los dos ambicionan controlar la infraestructura de distribución y almacenamiento instalada en Siria.

Las Primaveras Árabes, excepto la de Túnez, fracasaron desde el punto de vista del establecimiento de regímenes libres tendientes a la democracia. En su mayoría cambiaron de régimen, pero no precisamente al esperado por Occidente. Desde otra perspectiva, optimista, se podría decir que la primavera continúa, que los procesos políticos y sociales en los distintos países siguen en marcha. Sin embargo, en medio de la violencia y los vacíos de poder, el extremismo islámico ha encontrado suelo para florecer, como sucedió con el avance del EI, que dificultó la estabilización y pacificación. Por ello, procesar la pluralidad política, vinculada a la religiosa en estos países de Medio Oriente, es un reto mayúsculo para la región.

El caso más alarmante es Siria, porque los actores y factores internos no son los únicos que están interactuando. En la medida en que los intereses políticos, militares y económicos de las potencias mundiales y regionales estén en juego en este país, más difícil será resolver el conflicto. Este tipo de guerras proxy puede durar años, como ocurrió en Vietnam, y sus costos son altísimos. Hemos visto cómo la guerra en Siria y sus consecuencias se han agudizado y ocasionado una crisis humanitaria. Además, ante la perspectiva y realidad de la mejora de los precios internacionales de los hidrocarburos, los intereses de los actores externos se vuelven más tangibles.

En ese contexto, Siria seguirá teniendo un papel preponderante para Medio Oriente y relevante en el escenario internacional. El problema es que la guerra ha alcanzado dimensiones humanitarias, militares, económicas, sociales y religiosas muy complejas y costosas. Además, en tanto no haya condiciones mínimas de paz, difícilmente se podrá hablar de una transición o cambio de régimen. En este sentido, habrá que preguntarse hacia dónde convergerá la postura del gobierno sirio en el mediano y largo plazo, cuál será el equilibrio de poder que acordarán los actores externos e internos involucrados para resolver el conflicto y de qué manera resolverán la crisis humanitaria.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.
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