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Jueves 18 de octubre de 2018

Claves de la elección

Lorenzo Córdova Vianello*

[…] Quiero partir de una premisa que puede parecer provocadora y que a muchos podrá no gustarles: el 1º de julio no nos volvimos democráticos, no es que nos hayamos acostado siendo un determinado régimen político y nos hayamos despertado al día siguiente siendo una nación democrática. Si el 1º de julio se respetó la voluntad ciudadana, como ocurrió, es porque existían las condiciones para que las y los ciudadanos votaran libremente y para que fuera la voluntad ciudadana la que definiera ganadores y perdedores, es decir, la redefinición del equilibrio político en el país. Eso no se construye de la noche a la mañana.

El 1o de julio es la última de las estaciones de un proceso de cambio político e institucional que arrancó hace prácticamente tres décadas y que en muchos sentidos, y por eso hablo de un parteaguas, nos coloca en una nueva etapa de esta evolución histórica.

A lo largo de las últimas tres décadas, todas las fuerzas políticas del espectro ideológico nacional han llegado a la Presidencia por la vía de las urnas, es decir, por una vía democrática. Eso no es un asunto menor. Algunos teóricos de la transición española, por ejemplo, consideran que la transición no terminó de cumplirse, no en el plano institucional porque eso está muy claro, en 1978 se expidió una nueva Constitución democrática y ahí culminó, luego de los pactos de la Moncloa. Pero hay quien dice que desde la perspectiva no institucional sino estrictamente política, la transición no culminó sino hasta las elecciones de 1982, con el ascenso del PSOE al poder […]

Si asumimos esa interpretación, nos está pasando justamente eso, porque lo que acabamos de demostrar con esta elección, producto del respeto a la voluntad ciudadana emitida en las urnas de manera libre, es que cualquier fuerza política puede llegar al poder por la vía democrática si genera los consensos necesarios.

[…] A dónde nos va a llevar esta nueva etapa de la transición lo tendremos que ir viendo poco a poco, pero en abstracto, por lo menos todas las fuerzas, todas las orientaciones del espectro ideológico, han llegado ya por la vía democrática al poder.

Las elecciones de este año han sido las más grandes de nuestra historia, esto solemos decirlo cada vez que hay un proceso electoral; en 2021, les anticipo que se dirá [lo mismo]. Mientras la pirámide poblacional siga siendo la que es y toda la organización de las elecciones siga dependiendo del número de potenciales electores inscritos en la lista nominal, las elecciones seguirán creciendo. En esta ocasión, sin embargo, tenemos elementos adicionales, más allá del mero crecimiento de la lista nominal, para decir que enfrentamos la elección más grande de la historia.

No solamente el número de potenciales electores y en consecuencia el número de casillas, sino también el número de ciudadanos que tuvimos que convencer para que fueran funcionarios de casilla, ha sido el más alto de la historia, así como el número de boletas, de actas, etc. Pero no nada más en la dimensión organizativa, sino también en la política, nunca habíamos enfrentado una disputa por el poder en las urnas tan amplia y, en consecuencia, tan intensa.

[…] la cantidad de cargos que se habrán asignado a partir del voto emitido el 1º de julio nunca antes se había visto en nuestro país; fueron 3,406 cargos en disputa, pero si se toma en cuenta que en los ayuntamientos no solo se elige al presidente municipal, sino también a los síndicos y regidores, el número total de cargos que se distribuyó a partir del voto ciudadano con las elecciones de este año rebasa los 18,300. Es una cifra inédita, nunca había habido tanta disputa por el poder y esto en buena medida explica la intensidad de la contienda política, una intensidad que hoy parece haberse diluido, vista la apabullante votación en favor de una fuerza política emergente que hoy es la hegemónica, Morena. Si hacemos una memoria histórica probablemente no encontremos una campaña con una rispidez como la que tuvimos.

Esta, la elección más grande de la historia, no surgió de la nada, es producto de una serie de evoluciones, tanto de las normas, como de la experiencia acumulada por las autoridades electorales. A mí me gusta decir que este proceso no comenzó en septiembre del año pasado, como formalmente lo determina la ley, sino al día siguiente de que terminaron las elecciones de 2015. Cada proceso electoral de los que hemos venido realizando como Instituto Nacional Electoral nos ha servido como una base sobre la que estuvimos nutriéndonos a partir de un ejercicio muchas veces de ensayo-error, para prepararnos para esta elección. Pongo un ejemplo que no es menor: el año pasado hubo cuatro elecciones locales, dos de ellas muy polémicas, las del estado de México y Coahuila. El INE tenía una competencia parcial, por ejemplo, no era competente para resolver los conflictos que durante las campañas se presentaran. Se nos reclamó mucho en la opinión pública: “por qué no paran el uso indiscriminado de los programas sociales, que se distribuyeron masivamente en los días previos a las campañas electorales, tratándose de programas sociales federales y tratándose de funcionarios federales, quienes de una manera atípica ostentosamente estaban haciendo esta distribución”. Bueno, aunque parezca paradójico, no era competencia del INE, porque las controversias en una contienda local son responsabilidad del órgano electoral de cada estado.

Otro botón de muestra: el año pasado hubo una polémica en torno al conteo rápido que para gobernador se realizó en Coahuila, en el que, de manera atípica, no hubo coincidencia entre los datos que arrojó y lo que al final del día dieron como resultado el prep y más adelante los cómputos distritales. Un comportamiento atípico que llamó la atención, a juicio de algunos era la evidencia de un fraude. El INE, la autoridad rectora del sistema, no era la responsable. Los conteos rápidos son responsabilidad de los OPLE; sin embargo, decidimos generar un informe, analizar qué había pasado y, con criterios científicos, evidenciamos que había habido una serie de errores en el conteo rápido realizado en Coahuila; salieron a dar resultados sin tener todavía una muestra estadísticamente representativa, es decir muestra suficiente para salir.

[…] lo pongo como parte de esta lógica de aprendizaje con la que fuimos a las elecciones de 2018. Cuando la autoridad explica un problema que ya ocurrió, no está explicando en estricto sentido, sino haciendo un control de daños. Explicar una elección significa anticiparse en la narrativa de lo que va a ocurrir, como una manera de elevar el costo a quienes acusen eventualmente de que algo se hizo mal o de manera indebida […] cuando una autoridad electoral construye una elección solo a partir de una lógica reactiva, está sembrando un terreno minado.

Por eso decidimos que esta fuera la elección más explicada, por eso construimos una narrativa que fuera volviendo a lo básico, sobre todo entre la población joven, explicando que la manera en que se hacen las elecciones en México es resultado de una larga evolución de una serie de previsiones para tratar de inocular la desconfianza, que vuelve a nuestro sistema electoral absolutamente barroco, como le gusta decir a mi colega Ciro Murayama. Nuestro sistema electoral es recargado, sobrecargado, se prevé cualquier cantidad de hipótesis, y eso, lejos de generar certeza, en muchas ocasiones genera una incomprensión del propio sistema electoral y una dificultad para explicarlo. Y como me gusta decir, cuando el derecho está peleado con el sentido común, es muy alta la probabilidad de que esté equivocado.

Construir una narrativa de la elección fue uno de los principales desafíos de la autoridad. Hasta donde tengo memoria, por ejemplo, nunca en una elección se había explicado con tanta antelación qué es el conteo rápido, cuáles eran sus posibles resultados, no en los números, sino cuáles eran las hipótesis que podían presentarse en la noche de la elección […] el escenario más complicado de un conteo rápido y que hay que machacar una y otra vez, es el que se presentó en 2006, cuando los resultados son tan estrechos entre el primero y segundo lugar que estadísticamente no hay manera cierta, definitiva, de anticipar el triunfo de uno de los dos candidatos […] una cosa son los conteos rápidos a partir de resultados ciertos y emitidos, y otra cosa son las preferencias electorales que reflejan las encuestas y que tienen un grado de error.

Pongo esto como ejemplo de cómo la narrativa del INE fue apostándole a la explicación de la elección, quisimos que fuera no solo la más grande de la historia, sino también la más explicada. Una manera, repito, de ir generando anticuerpos frente a un escenario en que la autoridad electoral tuviera que salir a contestar o a replicar algún tipo de acusación de irregularidad o problema.

Las elecciones se resolvieron con un margen muy amplio de votación, y esto puede llevarnos a perder de vista algunos datos que vale la pena recuperar y que son el mejor ejemplo de una elección exitosa. Es muy fácil decir “les fue muy bien porque quien ganó, ganó con 30 puntos de ventaja, y porque en la misma noche de la elección, incluso antes de que saliera la autoridad electoral, los derrotados [lo aceptaron]” […] Hace 20 años Felipe González vino a México a dictar una conferencia de título muy evocativo: “La aceptabilidad de la derrota como condición de funcionamiento de la democracia”. Cuando no hay aceptabilidad de la derrota la democracia siempre va a tener un problema, no porque funcione mal, sino porque este dato cultural acaba convirtiéndose en una fuente de conflictos.

[…] tenemos un sistema electoral que, además de barroco, lamentablemente incentiva la impugnación. Partido que no impugna una elección, no está siguiendo el libreto prácticamente obligado. En México tenemos hasta un partido que impugna la elección que ganó; el Partido Encuentro Social es el que más recursos presentó en contra de la elección presidencial, cuyo candidato en coalición, Andrés Manuel López Obrador, fue el franco triunfador y hoy presidente electo. Hay un incentivo perverso en nuestra legislación para impugnar los resultados electorales, pero esa es otra historia.

Vuelvo al punto, el margen tan apabullante de ventaja con el que se resolvió la elección nos puede llevar a perder de vista algunos datos que sustentan el éxito de la elección. Vamos viendo con datos mucho más puntuales si cualquiera organiza una elección con esta complejidad logística operativa y en un contexto de violencia […] que no es un tema electoral, y esto lo insistimos mucho en esta narrativa o pedagogía durante la elección. La violencia estaba ahí antes de las elecciones; 2017, antes incluso de que acabaran las precampañas, ya de por sí era el año más violento en términos de homicidios registrados.

La violencia no la detonaron las elecciones. Claro que hay una dimensión de la violencia que pudo haber sido provocada por la disputa electoral, y esos casos tienen que identificarse de manera muy clara, pero las elecciones se realizaron en un contexto de violencia que ya estaba ahí y lamentablemente sigue ahí, es uno de los grandes problemas estructurales que tenemos que resolver como sociedad, junto con los de la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la impunidad.

Dicho eso, hacer elecciones en el contexto en que las hicimos, con esta rijosidad de los actores políticos, y tener este tipo de resultados, no es un asunto menor, implica un ejercicio logístico pero, sobre todo, algo en lo que hemos hecho mucho énfasis, una apropiación de las y los ciudadanos del proceso electoral como no la habíamos visto en mucho tiempo.

Una de nuestras preocupaciones fundamentales –lo dijimos varias veces a principios de este año– era si lograríamos tener la capacidad de convocatoria en tiempos de desencanto con la democracia, de crisis de la política, de insatisfacción con los resultados de los gobiernos democráticamente electos. Porque no es retórica: en México las elecciones las hacen las y los ciudadanos.

Teníamos que convocar a prácticamente 1.4 millones de ciudadanas y ciudadanos para que operaran las casillas, y ya sabemos que si no son los que fueron sorteados y capacitados para tal efecto vamos a tener problemas, porque eso abona el terreno para que alguien diga que no fueron funcionarios de casilla los que debían ser, y que hubo fraude.

[…]

Sabíamos que teníamos que convencer a estos ciudadanos, sabíamos que no iba a ser sencillo. Nuestra sorpresa mayúscula fue que las y los ciudadanos se apropiaron de la elección, desde los primeros 30 días de la etapa de capacitación, desde la visita, teníamos más del doble de ciudadanos de los que necesitábamos, que se declararon dispuestos a operar las casillas. Los grandes héroes de esta elección fueron las y los ciudadanos que literalmente se apropiaron de ella.

Primer gran dato que comparto con ustedes: de las 156 mil casillas, el 99.9 se instaló, solamente 15 casillas dejaron de instalarse, en este caso, por conflictos comunitarios. Comunidades como Cherán, como Zacapu en Michoacán, que están en una lógica de cambiar a usos y costumbres, han utilizado el impedir elecciones como una herramienta de lucha en su demanda de que las elecciones municipales operen con formas de autogobierno. Esa fue la causa por la que 15 casillas no se instalaron. ¿Cuántas casillas de las más de 156 mil dejaron de instalarse por cuestiones de inseguridad? Ninguna.

Segundo dato: de los 908 mil funcionarios que operaron la elección (los 1.4 millones que mencioné eran contando a propietarios y suplentes, pero en la jornada electoral estuvieron recibiendo y contando los votos poco más de 900 mil), menos de 20 mil fueron tomados de la fila. Es decir, el grado de eficacia de la convocatoria ciudadana para hacer la elección fue de casi 98 por ciento, cifra que no veíamos desde hace muchísimo tiempo, lo cual para los sociólogos y politólogos es ya motivo de estudio, cómo en un contexto de desencanto democrático tuvimos una participación como la que tuvimos. Es una manera de medir la participación, no solo cuántos votaron sino también cuántos estuvieron dispuestos a cumplir como funcionarios de casilla.

Tercer dato, para hablar de los sinsentidos, si se me permite, de la legislación electoral. En los días posteriores a la elección, cuando se realizan los cómputos distritales, es decir, los cómputos con validez oficial de los resultados de las tres elecciones federales, tuvimos el recuento de votos más alto de la historia. En 2006 el grito de batalla de la impugnación de la elección fue “voto por voto, casilla por casilla”. Bueno, el voto por voto, casilla por casilla es ya una realidad en nuestro país, es más, en esta elección presidencial, que se resolvió con 30 puntos de diferencia, casi el 74 por ciento de los paquetes se volvió a abrir para contar voto por voto. En una paradoja que es pública, el representante de Morena, que hace 12 años era representante del PRD ante el Consejo General y planteó el “voto por voto, casilla por casilla”, en la sesión de Consejo General del miércoles posterior a la elección del 1º de julio dijo: “oigan, hay 30 puntos de ventaja, que no se recuenten los votos de la elección presidencial”. Vueltas que da la vida.

En todo caso, ante hipótesis legales, tres de cada cuatro paquetes electorales se abrieron y se volvieron a contar los votos. Lo mismo ocurrió con las elecciones de senadores y de diputados.

Lección aprendida después de prácticamente diez años de recuentos en sede distrital: ¿saben cuánto cambió [el recuento] respecto de lo que contaron los ciudadanos en la noche de la elección? Prácticamente nada. Claro que hay errores que cometen los ciudadanos, hubo mesas de casilla que cerraron a las cinco y media de la mañana del día siguiente a la elección. Nunca habíamos tenido una elección concurrente tan grande y eso implicó que, por ejemplo, en las casillas de la Ciudad de México se tuvieran que contar los votos de seis elecciones distintas, las tres federales y las tres locales. Eso es algo que vamos a tener que reflexionar como modelo, incluso, pensar con mucha seriedad si avanzamos hacia mecanismos electrónicos de votación.

Mientras tanto, seguimos desconfiando de lo que hacen los y las ciudadanas, aunque las pruebas nos siguen revelando que hacen bien su trabajo. Insisto, errores por cansancio, errores aritméticos, puede haber, en algún caso puede haber mala fe […] pero son casos aislados. ¿Realmente eso significa una manipulación y una distorsión de la voluntad popular? La respuesta desde mi punto de vista es no.

Dicho lo cual, fue también la elección más vigilada de la historia reciente; desde 2000 no habíamos tenido tantos representantes de partidos políticos en las casillas, tantos observadores electorales y visitantes extranjeros. Obviamente era una elección con un atractivo particular, lo que se traduce en mucha mayor transparencia, mucha mayor exigencia para las autoridades electorales y también para los partidos políticos.

Si sumamos el prácticamente millón de ciudadanos que estuvo en las casillas, más todos los funcionarios del INE, tanto los permanentes como los eventuales involucrados en la elección del 1° de julio, cerca de cuatro millones de mexicanas y mexicanos estuvimos involucrados de alguna manera en su realización […]

Sigue siendo un hito en la participación ciudadana la elección de 1994, con más del 77 por ciento; sin embargo, si observamos la tendencia que se ha venido manteniendo tanto en las elecciones intermedias como en las presidenciales, después de la elección de 2000 esta de 2018 tuvo prácticamente el mismo porcentaje de participación ciudadana.

Otro dato interesante es que una vez más los mecanismos de conteo rápido funcionaron de maravilla, a la perfección. Se trata de mecanismos científicos y cuando se hacen bien arrojan proyecciones de los resultados con un altísimo grado de confiabilidad […] hubo una coincidencia casi perfecta entre lo que el conteo rápido arrojó en la noche de la elección y lo que los otros mecanismos de resultados, sea preliminares, sea definitivos, generaron.

En esta ocasión, para evitar lo que pasó en Coahuila el año pasado, los nueve conteos rápidos de elecciones de gobernador, incluida la Ciudad de México, los hizo el INE, de manera excepcional. La apuesta política era tan grande que no podíamos permitirnos que nada saliera mal. Obviamente no es sano ni pertinente que la autoridad electoral nacional haga el trabajo de los órganos electorales locales, para algo están ahí, mientras estén, y ellos tienen que asumir sus propias atribuciones. Es la última vez que el INE hace conteos rápidos, pero creo que la vara quedó suficientemente clara como punto de referencia para el trabajo en futuros procesos electorales.

En votación desde el extranjero tuvimos la más alta, si bien lejana de lo que siempre son las expectativas. Al día de hoy tenemos más de 700 mil mexicanos que se han credencializado desde el extranjero. Desde hace casi dos años el INE está emitiendo credenciales para mexicanos que viven fuera del país y que realizan su trámite en los consulados. En esta elección, además los mexicanos desde el extranjero pudieron votar por senadores. Se inscribieron 190 mil y de ellos votaron 98 mil.

¿Y por qué no tuvimos más votantes? Recordemos que la inscripción es voluntaria, no vinculante. Lo dejo como una provocación: quién sabe si los mexicanos en el extranjero tengan como prioridad votar en México. Es un derecho y hay que abrir la posibilidad, maximizar estos derechos, pero en México el ejercicio del voto, aunque en abstracto es obligatorio, al final del día es potestativo […] Es cierto que todavía sigue siendo gravoso votar desde el extranjero; para las próximas elecciones de gobernador en 2021, estamos pensando ya, la ley nos lo faculta, en avanzar hacia el voto electrónico. Este es un dato interesante, la ley ya permite el voto electrónico desde el extranjero, no en el país, pero es una buena punta de lanza que en el futuro nos puede permitir demostrar que mecanismos de votación electrónica pueden ser tan seguros y confiables como los analógicos, o hasta más, y con muchas bondades en costo, oportunidad y, por supuesto, prontitud de los resultados […]

Nota a pie de página. Sí, sí tuvimos en este año los peores ataques informáticos de la historia electoral, y nuestros sistemas aguantaron, como lo habíamos anticipado. Hoy sí se puede decir, durante la elección estaba terminantemente prohibido por ser una especie de provocación a los hackers […]

Hay un dato que no hay que perder de vista. Estamos viviendo, no solo desde esta elección sino en los últimos cuatro años, el periodo con mayor alternancia de la historia del país. No quiero decir que esto nos vuelva más democráticos. La alternancia en sí no es condición de la democracia, la condición democrática es que existan las condiciones reales para que, si así lo deciden los ciudadanos con su voto, haya alternancia. Es decir, son las condiciones, es la posibilidad de la alternancia lo que vuelve democrático a un sistema político. Si la hay o no, eso lo deciden los electores.

El mapa político de las gubernaturas revela, incluidos los resultados de 2018, que todas las fuerzas políticas, sin excepción, se han beneficiado en algún momento de las posibilidades reales de que a través del voto se produzca un cambio de gobierno. Me atrevo a decir, como lo decía Sartori, que el voto no solamente es una manera de designar a quienes nos van a representar y tomar las decisiones en los órganos políticos, sino también es una poderosa herramienta de rendición de cuentas en manos de las y los ciudadanos, que con ella pueden premiar o castigar las acciones de gobierno.

Desde que en 1996 se completó el proceso de autonomía de la autoridad electoral federal, del entonces IFE, esta ha organizado cuatro elecciones de gobernadores, en tres de las cuales ha habido alternancia. Es un fenómeno que no hay que perder de vista, para juzgar con objetividad y con datos, no solamente con el hígado y con sensaciones, el proceso de cambio político que hemos vivido y que puede tener múltiples aristas, objeciones y lo que se quiera, pero nadie puede decir que en México el voto no se respeta, porque si no, el mapa político no habría podido convertirse en el que hoy tenemos.

En muchos de esos estados en donde hubo alternancia hay pruebas documentadas de que hubo manipulación de programas sociales con fines clientelares e incluso desvío de recursos públicos para beneficiar a algún partido político. Pero la gran lección de estas elecciones es que el dinero no determina los resultados. Ahí están los datos de la fiscalización de las campañas que realizó el INE, que son públicos: no ganó el partido con más spots, no ganó el partido que dispuso de más recursos. Ganó el partido que tuvo más votos.

Creo que una lección que nos deja el 1° de julio es que hay que empezar a tenerle más deferencia al elector. Es cierto, tenemos 43.5 millones de personas en situación de pobreza, según datos oficiales (hay que esperar las cifras de este año). Claro que este es un terreno fértil para la compra y la coacción del voto, para el uso político de los programas sociales, para el despliegue de prácticas clientelares indebidas.

El informe de una organización anticorrupción que hizo observación durante este proceso electoral llegaba a la conclusión de que, a pesar del uso clientelar de los programas sociales, a pesar de que un 30 por ciento de la población está expuesto a prácticas de compra del voto, en realidad este no es un elemento determinante […] de compra de voto se habla mucho y cuando pierdes elecciones, más. No digo que no exista, sería irresponsable decirlo, pero la mejor manera de combatir la compra y coacción del voto no es por la vía electoral, claro que tiene que haber acciones punitivas y sancionatorias para quien cometa algo que es un delito, pero la mejor manera de combatirlo es resolver el grave problema estructural de desigualdad y pobreza que aqueja a nuestra sociedad.

Dicho eso, la alternancia llegó a nuestro país para quedarse, y me atrevo a decir, en esta lógica de no menospreciar a los electores, que quien vota en una elección no necesariamente va a votar por la misma opción política dentro de tres años. Tenemos una ciudadanía cada vez más empoderada y que sabe; habrá que hacer más adelante los estudios de comparación del llamado “voto diferenciado”, eso habla de un elector cada vez más sofisticado.

[…]

Un par de datos adicionales. Siempre he sido –y afortunadamente lo he escrito– un defensor del sistema de representación proporcional. A contracorriente, porque desde hace 20 años ha venido repitiéndose la cantaleta de que a los diputados y senadores de representación proporcional no los eligen, que son unos flojos, que ahí nada más están las élites partidistas, que no tienen un vínculo con los electores y una larga letanía adicional. Quiero dejarles sobre la mesa lo que sería el Congreso de la Unión con los resultados del 1º de julio si no hubiera esta cuota proporcional que venturosamente desde hace 41 años se incorporó paulatinamente a nuestro sistema representativo.

Dato curioso, en los últimos cuatro años, una fuerza política promovió una consulta popular, fallida porque la Corte dijo que era inconstitucional y por lo tanto no se realizó, y que ha presentado una y otra vez iniciativas para reducir o incluso eliminar la representación proporcional. Esa fuerza política es el PRI. Si en esta elección no hubiéramos tenido diputados de representación proporcional, que son una manera de compensar la distorsión que genera la mayoría relativa, por la cual los votos emitidos en un distrito por un partido que no ganó, no son utilizados, el PRI hoy tendría siete diputados […] habría sido la quinta bancada, siendo un partido en el gobierno todavía. Sería la quinta bancada, hoy es la tercera; en virtud del trasvase a Morena, el PT y el PES van a tener menos diputados que el PRI, pero es gracias a la representación proporcional, podrá gustar o no, ese no es el tema. El pri es una opción política que tiene una representación. En la presidencial obtuvo el 16 por ciento de los votos. No es menospreciable. Con siete diputados de 300 habría sido completamente marginal.

En un ejercicio de lo que sería la Cámara de Diputados si tuviéramos solo 300 legisladores de mayoría relativa, antes incluso del trasvase que operó, hoy Morena tendría la capacidad de modificar por sí solo la Constitución. Soy un defensor del pluralismo político, es un valor de la sociedad democrática; los órganos representativos tienen que reflejar ese pluralismo político, y modificar la Constitución Política implica ponerse de acuerdo con alguna otra fuerza. Eso no es malo, creo yo, si la democracia la entendemos no solamente como que la mayoría decide, sino también, como lo decía Tocqueville, que su riesgo principal es la tiranía de la mayoría. Que la mayoría tenga controles y contrapesos, debe ocurrir en un sistema democrático.

En la composición del Senado la representación proporcional también cumple un rol compensatorio de las distorsiones de un sistema eminentemente mayoritario, pero que sin esta cuota proporcional, tendría unas distorsiones todavía más acentuadas.

Termino con un par de reflexiones. Hay que sentirnos muy orgullosos de ser el tercer país en el mundo con más porcentaje de legisladoras en ambas cámaras. En la Cámara de Diputados prácticamente llegamos a una composición paritaria. A esto ha contribuido no solo la norma de paridad establecida en la Constitución, sino también una serie de acciones afirmativas que fuimos tomando en los órganos electorales, por ejemplo, que al menos dos de las listas proporcionales empezaran con mujeres; rediseñamos cuáles son los distritos ganadores, porque no basta cumplir con presentar a la mitad de candidatas y a la mitad de candidatos, sino que debe ser en distritos donde se tengan altas probabilidades de ganar, los partidos los tienen que dividir a mitades entre hombres y mujeres.

Dato interesante, esta es la primera Legislatura en que tenemos 13 legisladores indígenas, cuatro de ellos mujeres, porque tomamos una acción afirmativa en los órganos electorales planteando que en 13 de los 28 distritos con 60 por ciento o más de población indígena, tuvieran que postularse candidatos autodescritos, de acuerdo con las normas internacionales, como pertenecientes a comunidades indígenas […]

En una democracia nadie gana todo ni nadie pierde todo de una vez y para siempre. Por supuesto que los resultados electorales definen una clara voluntad, una clara orientación política de los ciudadanos en favor de una alternativa. Eso es indubitable. Es el tiempo para que esa alternativa despliegue sus acciones de gobierno a partir de los postulados que enarboló de cara a la ciudadanía.

Pero la democracia no es un juego terminal. Es un juego en el que paulatina y reiteradamente, la voluntad expresada en las urnas no solo sirve para designar a los representantes, sino que también es un poderoso mecanismo para una ciudadanía cada vez más informada, cada vez más exigente, y si bien se dice apática, después del 1o de julio no estoy cierto de que la ciudadanía mexicana lo sea; [no puede verse como si fuera] una fotografía o una estatua de mármol, es más bien una composición de plastilina, que hoy es así y mañana puede cambiar.

Las y los ciudadanos están cada vez más empoderados, cada vez más son conscientes de que su voto se respete. No es un asunto de los resultados electorales. Lo he dicho así y sé que hay quien se molesta. Hay quien ha vivido durante mucho tiempo de análisis centrados en que en México la voluntad ciudadana no se respeta, que los fraudes son los que deciden quién gobierna. Creo que la elección de 2018 acaba demostrando que los teóricos del fraude se quedaron sin materia. Sé que se están reinventando y ahora dicen “lo que pasa es que fue tan grande el alud de votos, que les impidió a las autoridades electorales hacer el fraude que tenían planeado”. No pretendo entrar en especulaciones, sino plantear los datos que están a la vista y, en todo caso, si alguien tenía elementos para decir que un gran fraude estaba maquinándose, que los ponga sobre la mesa y entonces sí discutimos.

Las elecciones de este año nos dejan una enorme cantidad de lecciones, estos son apenas esbozos menores, todavía preliminares, frente a la gran cantidad de datos que vale la pena analizar y estudiar. Pero las elecciones en México ya no son ni deben ser el tema fundamental de nuestras preocupaciones, que hoy tienen que estar centradas en cómo solucionamos esos graves problemas estructurales; la sociedad mexicana hoy votó ejerciendo también un voto de sanción, porque esos problemas están irresueltos, por la gravedad que en la vida cotidiana representan para cada uno de nosotros. La ciudadanía estará atenta a la solución que eventualmente se les dé.

Creo que las elecciones del 1º de julio tienen que ser estudiadas como una manera de cerrar un capítulo y, sin lugar a dudas, para identificar las áreas de oportunidad. Reformas electorales siempre serán necesarias, el punto es si queremos ponerlas como reformas prioritarias […]

Las elecciones de 2018 cierran el primer ciclo de vida de las reformas de 2014. Salvo la gubernatura de Baja California, que se elegirá en junio de 2019, hoy todos los cargos de elección popular del país en los niveles federal, local y municipal, se han elegido bajo estas reglas. Tenemos elementos suficientes para hacer un corte de caja y definir con claridad, seriedad y objetividad hacia dónde queremos encaminar el sistema electoral; aunque lo electoral ya no es el problema, siempre habrá áreas de mejora. Es tiempo de ocuparnos de los grandes problemas nacionales porque son esos los que colocan en situación de riesgo a la sociedad mexicana en términos de polarización, pero, sobre todo, en términos de ejercicio de los más elementales derechos.

Por lo pronto creo que reflexionar sobre la elección no es tema de mera erudición, ni de estarnos viendo el ombligo, es cerrar con un buen corte de caja una elección que creo que nos permite, insisto, colocar en su justa dimensión lo electoral y empezar a ocuparnos de lo que sigue.

* Consejero presidente del Instituto Nacional Electoral. Extractos de la conferencia magistral “Las claves de la elección más importante en la historia contemporánea de México”, dictada en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) el 30 de agosto de 2018.
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