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viernes 19 de abril de 2019

Chalecos y capuchas

Omar Cepeda*

La Revolución Francesa se hizo en las calles. Además de sustantivos cambios en la sociedad, dejó en el ADN de esta un innato sentido de movilización. Es una de las sociedades más informadas y exigentes cuando se trata de injusticias o desigualdad social. Por ello, lo que está sucediendo con los autodenominados “chalecos amarillos” (gilets jaunes) es para prestarle atención.

Todo se desató cuando se decidió subir el precio de los hidrocarburos. El 17 de noviembre de 2018 salieron a la calle por primera vez. A mediados de marzo se contaron 18 movilizaciones de este inconforme colectivo; en varias de ellas se cometieron actos destructivos, como al simbólico restaurante de lujo Fouquet’s, que representó su rechazo absoluto a las élites económicas.

En más de una ocasión los chalecos amarillos han chocado con la policía; ha habido heridos y detenciones; múltiples programas de televisión han debatido al respecto, mientras que el gobierno de Emmanuel Macron no sale de un laberinto impredecible.

Las redes sociales nuevamente comenzaron a ser el vehículo de difusión y comunicación con la sociedad. Muchos se preguntan por los líderes del movimiento, pero detrás de ellos están vendedoras, camioneros, bomberos, amas de casa, estudiantes. Más que impulsar una ideología, su protesta critica un sistema político-económico. Cientos de grupos de chalecos amarillos se han formado en diversas ciudades de Francia, y más de la mitad no se ubica ni en la izquierda ideológica ni en la derecha.

La naturaleza del francés es maravillosa cuando se trata de movilizarse. En tiempos electorales, es común ver en aulas y auditorios de universidades que los estudiantes se organizan; salen a las calles, lanzan consignas, regresan a las aulas, debaten sobre las propuestas de los candidatos, invitan a politólogos a exponer su punto de vista y vuelven a salir a las calles para subrayar los cambios que anhelan. Todo eso, en un mismo día, pero continúa hasta llegar a la fecha de los comicios electorales. Estos jóvenes franceses que votan por primera o segunda vez ahondan en propuestas versátiles, novedosas y originales.

Lo vi por vez primera hace varios años, en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). Encantaba la ausencia de protagonismos, la naturalidad y energía de los jóvenes para renovar el debate (aunque existan las inevitables utopías), muy distintos de los tradicionales ritos de los candidatos y sus campañas electorales, que se repiten sin cesar y desilusionan por su falta de congruencia y originalidad. La incapacidad de los candidatos en todo el mundo para presentar propuestas convincentes confirma que la forma de hacer política llega a su etapa terminal. El internet y sus autopistas, que comunican e informan cada fracción de segundo, han roto las estructuras tradicionales del cómo hacer política, las estrategias de las campañas y la forma de comunicarse de manera correcta con un público precisamente inherente a las redes sociales.

Los regímenes políticos actuales, basados en democracias imperfectas y economías globales encadenadas, limitan a los candidatos a prometer las mismas fórmulas imprecisas y cortoplacistas (salvo el modelo económico chino), principalmente, las concernientes a los temas económicos.

Por su parte, las promesas políticas dependen de otros aspectos socioculturales, particulares de cada país. No obstante, en la actualidad las instituciones económicas internacionales se imponen a las instituciones políticas locales, cuando debería ser al contrario.

La globalización ha construido estructuras visibles (organismos financieros internacionales) e invisibles (transacciones financieras internacionales necesarias para el crecimiento económico de las naciones), cuyas estrategias y acciones van más allá de las decisiones propias de un gobierno.

Por estos aspectos vale la pena entender la naturaleza de los chalecos amarillos, que emanan de la clase media francesa, de los jóvenes desempleados, de las familias a las que no les alcanza para llegar al final del mes. Pero la observación debe ser muy puntual, ya que su propia naturaleza, sin liderazgos concretos ni programas consensuados, abre la puerta a grupos violentos con intereses que aún se desconocen públicamente y que al parecer son ajenos a los que promueve ese otro sector.

Emmanuel Macron, presidente de Francia cuyo activo personal impactó en campaña y le otorgó un triunfo contundente, ha visto sucumbir poco a poco su popularidad después de haber comenzado a gestionar la compleja realidad francesa. No ha logrado descifrar este movimiento y mucho menos ha estructurado una estrategia de negociación, porque el movimiento se multiplica y se encoge: un día rostro de mujer, pasado mañana de jóvenes, y al día siguiente, de obreros.

El mandatario Emmanuel Macron ya había tenido problemas en 2018: falló por no estructurar programas sociales convincentes y, a la par, el crecimiento económico fue débil, igual que el liderazgo para representar a Europa. Entre otras realidades, sus bonos comenzaron a bajar. Pero fue con esa medida de subir el precio de los hidrocarburos cuando la clase media se sintió realmente herida y obligada a responder. Los cálculos de Macron volvieron a fallar.

Aunque el presidente reculó revirtiendo el aumento de las gasolinas y poniendo sobre la mesa otros beneficios, era demasiado tarde para frenar a los enchalecados. El gen de los franceses se activó y comenzaron las protestas. Los chalecos amarillos irrumpieron en la escena mediática y constiparon al gobierno de Macron. Pintas en paredes, basureros públicos incendiados y plazas llenas, se multiplicaron en París y en varias ciudades; la última marcha de la que hago registro en este texto fue el 16 de marzo: diez mil manifestantes en París y más de treinta mil en todo el territorio. Por supuesto, las redes sociales e internet fueron las plataformas de difusión y de convocatoria para la movilización.

Las imágenes de detenciones a manos de la policía francesa se han hecho virales en Facebook, principal plataforma que utilizan como medio de difusión, lo que ha dividido las opiniones y aumentado los enojos.

A pesar de que con frecuencia se oyen voces que piden la renuncia de Macron, este movimiento centra sus exigencias en la creación de nuevos paradigmas que modifiquen los privilegios, desde los fiscales hasta de los que gozan las élites, en una mejor distribución de los recursos y mejora de los salarios. Mucho más, por supuesto, ha tenido que reconsiderar el presidente, a tres años de que concluya su gobierno. Insisto, hay que ponerle atención a este movimiento.

* Internacionalista.
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